Ríete de las bodas Capítulo 72
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Capítulo 72

En el ayuntamiento, el funcionario, que oficiaba la ceremonia con una sonrisa, decía unas palabras mientras todos los asistentes disfrutaban del momento y de la felicidad que se respiraba en el ambiente.

Saem, que ejercía como padrino y estaba sentado junto a su tío Mario, cada vez que podía miraba a Alma.

Estaba preciosa con aquel vestido verde, tan parecido al color de sus ojos.

Pero, aunque la veía sonreír, ya la iba conociendo y algo le pasaba, pues al llegar al ayuntamiento, cuando le cogió la mano, ella rápidamente se la soltó.

No solo una vez, sino varias veces, y eso le puso en alerta.

Romina, Roberto, Estíbaliz y Alberto, junto a Natalia, el resto de las lobeznas y los invitados a la boda estaban sentados en los bancos traseros y atentamente seguían las palabras del funcionario.

—El matrimonio es un compromiso de amor —decía—, apoyo y respeto, por lo que pueden intercambiar los anillos que formalizarán ante la ley y ante sus seres queridos esta unión.

Nuria le dejó a Alma su ramo de novia, y esta y Saem les entregaron a los novios los anillos que ellos guardaban. Y tan pronto como Mario y Nuria se los pusieron entre risas, el funcionario recitó:

—Nuria, ¿aceptas a Mario como tu legítimo esposo, para amarlo, respetarlo y vivir juntos en matrimonio?

Nuria, a quien las pulsaciones le iban a mil, tras cruzar una cómplice mirada con Alma, que estaba sentada a su lado, miró a aquel hombre que había conseguido que ella diera aquel enorme paso en su vida.

—Sí, acepto —respondió, y asintió con la cabeza.

Instantáneamente, Nuria y todos soltaron una carcajada al ver cómo Mario de broma se secaba el sudor de la frente.

—Mario —prosiguió el funcionario—, ¿aceptas a Nuria como tu legítima esposa, para amarla, respetarla y vivir juntos en matrimonio?

—Por supuesto que sí, acepto —afirmó rápidamente y con seguridad.

Emocionada, Nuria sonrió. Entonces, Alma miró hacia atrás, y al ver cómo su hija y sus amigos la miraban con mofa, se dirigió a ellos:

—Han dicho que sí. ¡Mañana nos invaden los marcianos!

Todos se rieron divertidos, y cuando, instantes después, vieron que los recién casados se besaban, Alma y Saem se miraron y el resto de los invitados comenzaron a aplaudir felices.

Purpurina, arroz, pétalos de rosa. Todo eso fue lo que los invitados lanzaron contra Mario y Nuria cuando estos salieron por la puerta del ayuntamiento.

La palabra felicidad a Nuria y a Mario en aquel instante se les quedaba pequeña. Todos les daban la enhorabuena. Todos les besaban. Y todos querían ser partícipes de su felicidad.

Fotos grupales. Fotos individuales. Y selfis con los teléfonos móviles era lo que tocaba en aquel momento, y, sin perder su sonrisa, los novios lo resistieron.

—Alma, ven un momento. —Ella, al ver que quien la llamaba era Irati, la tía de Nuria, se acercó, y esta, cogiéndola por el brazo, cuchicheó—: ¿Es cierto que ese muchacho es tu acompañante?

Alma miró hacia donde señalaba Irati. Con el gesto supo que se refería a Saem, que sonreía junto a Roberto, el exmarido de Romina.

—Sí. Es mi pareja —respondió.

—¡¿Pareja?! Di más bien un follamigo, como se dice ahora. —Alma no supo reaccionar a aquello, y la tía de Nuria, con una sonrisa picarona, susurró—: No eres tú lista ni nada. ¡Menudo mozo te has buscado! ¿Qué edad tiene? Porque a ese le sacas unos añitos.

Aquella pregunta, en cierto modo, le molestó, y pensó si Irati le haría aquella misma pregunta a un hombre que saliera con una mujer más joven. Pero no quiso ser antipática.

—Cuarenta —contestó.

La mujer asintió.

—Pásatelo bien y disfruta mientras dure —le deseó, después de hacer unos aspavientos con la mano—.

Seguro que ese es de los que te llama tesoro, cielito o cualquier monería de esas.

Pero cuando ya no estés con él, recuerda que mi hijo Julen, que, por cierto, te manda recuerdos, te va más por edad. No ese mocito.

Alma, sin cambiar su gesto, asintió. ¿Por qué tenía que decirle eso? ¿Tan claro estaba que aquello no iba a durar? En ese momento, Saem se acercó.

—Cielo, nos vamos ya para el restaurante —le dijo, agarrándola por la cintura.

Aquel «cielo» hizo que Irati la mirara con guasa.

—¡Genial! ¡Vámonos! —replicó ella, apresurada.

Cuando se distribuyeron en los coches, se encaminaron hacia Mesa Trece. El equipo de Saem los esperaba para deleitarlos, primero, con un estupendo cóctel y, posteriormente, con exquisitos platos.

En el coche de Saem y Alma iban Haneul y Dolores. Las dos mujeres, emocionadas por la boda, hablaban sin parar. Desde que Haneul vivía en la casa de Saem, las dos se habían hecho más que íntimas. Al parar en un semáforo, Saem miró a Alma.

—¿Todo bien, cielo? —le preguntó, poniendo la mano sobre su pierna.

—¡Genial! —exclamó Alma, con una sonrisa nada sincera.

Saem asintió. Y sin querer preguntar nada delante de Dolores y de Haneul, cuando el semáforo se puso verde, avanzó.

Al llegar al restaurante, que ese día estaba cerrado por motivo de la celebración, Saem entró directamente en las cocinas para ver que todo estaba preparado, y Alma se marchó con sus amigos.

Saem, tras revisar los platos y hablar con Ji Woo y Yeon-Seok y el resto del equipo, regresó a la sala, donde ejerció de perfecto padrino.

Con la aparición de los novios en el restaurante, comenzó el cóctel, y, una hora después, todos se sentaron y se sirvió la comida. Allí se degustaron platos maravillosos donde la cocina española, vasca y asiática se mezcló con una extraordinaria sencillez. Saem era un excelente cocinero.

La tarta que cortaron Mario y Nuria era de chocolate blanco y pistacho.

Saem y Alma, como padrinos de la boda, se prepararon unas palabritas, que en ambos casos hicieron llorar no solo a los novios.

Y acabados sus brindis, los novios, emocionados, dieron las gracias a todo el mundo, y el personal extra contratado por Saem para la ocasión retiró las mesas y las sillas de la sala, y con la música del DJ comenzó la fiesta.

Cuando empezó a sonar por los altavoces la canción Tú , de Shakira, Nuria fue hasta donde el novio hablaba con sus amigos y le preguntó:

—Bailas conmigo o todavía estás asimilando lo que has firmado.

Mario y sus acompañantes soltaron una carcajada, y el novio, tras ver cómo su sobrino Saem se reía, miró a Nuria.

—Bailo contigo, pero solo porque he firmado lo que he firmado y eres mi bruja —respondió.

Salieron de la mano al centro del local, y Mario, al darse cuenta del tema que sonaba, y que con seguridad Nuria había pedido, sonrió.

Aquella canción era muy especial para ellos, por el loco momento que les recordaba.

Entre aplausos de los invitados al ver cómo Mario besaba a la que era su mujer, acaramelados, bailaron aquella preciosa melodía, mientras Alma, Romina y Estíbaliz contemplaban a su amiga.

En susurros cantaban la canción y emocionadas sabían que aquel momento sería un precioso recuerdo para no olvidar.

Tras aquella canción, sonaron muchísimas más.

Abba. Shakira. Barry White, y todo el mundo, con ganas de pasarlo bien, bailaba y disfrutaba del momento.

Eran cincuenta invitados, pero tan bulliciosos que parecían doscientos.

Saem se acercaba a Alma cada dos por tres.

Bailaba con ella. Reía. Disfrutaba. Y aunque no lo rechazaba, Saem notaba cierta frialdad.

Pero ¿qué le ocurría? ¿Qué había pasado?

Cuando llegó el momento en el que Nuria tenía que tirar el ramo, se pusieron todas las solteras para cogerlo.

—¡Vamos! —dijo Romina, mirando a Alma.

Alma negó con la cabeza.

—Yo no. Ve tú.

—De eso nada. Vamos las dos, que somos las solteras del grupo.

Desde donde estaba subida, Nuria observaba a sus amigas.

Quería que Alma se colocara dónde estaban las solteras para tirarle a ella el ramo, pero al darse cuenta de que ella se negaba, dejándose llevar por el momento, contó hasta tres, y en vez de lanzarlo hacia donde estaban las solteras, lo desvió hacia donde estaba Mario hablando con Saem, e inevitablemente le cayó a él en las manos.

—¡La madre que la parió! —rio Romina, divertida, entendiendo lo que su amiga había hecho.

—La voy a matar —susurró Alma al ver aquello, y se escabulló hacia el baño con rapidez. Pero ¿qué narices había hecho Nuria?

Ver a Saem con el ramo en las manos hizo reír a todos a carcajadas y aplaudir. Las primeras, Haneul y Dolores.

—No digo nada, sobrino, pero mi bruja ya ha dictaminado que el siguiente en echar una firmita vas a ser tú —se burló su tío.

Saem soltó una carcajada. A sus cuarenta años recién cumplidos y con la preciosa mujer que tenía a su lado, cualquier cosa era posible. Pero al buscarla con la mirada para entregarle el ramo y ver que se escabullía al baño como escondiéndose, no dijo nada y se limitó a sonreír.

Minutos después, cuando Alma salió del baño, Natalia se acercó a ella.

—Mamá, ¿a que no sabes quién ha cogido el ramo de novia?

—¿Quiénnnn?

Natalia, al igual que Saem, había visto la reacción de su madre.

—Bien sabes tú quién lo ha cogido. Pero ¿qué te pasa? —preguntó, cambiando su tono de voz.

Alma, cada vez más agobiada, cogió a su hija del brazo y la arrastró a la calle.

—Mira, Natalia... —empezó.

—No, mamá, mira tú —la interrumpió ella—. Te llevo observando todo el día y cada vez que Saem se acerca a ti, tú sales por patas. Y te aseguro que, si yo me he dado cuenta, Saem también. Pero, mamá, ¿qué te ocurre?

Alma, abrumada, abrió el bolsito que llevaba, sacó un cigarrillo y tras encenderlo, soltó:

—Es que me ha dicho una cosa que...

—¿Qué te ha dicho?

Alma dio una calada a su cigarro, y luego expulsó el humo de sus pulmones.

—Cuando estábamos en casa de Nuria —murmuró en voz baja—, me mandó un mensaje y salimos al descansillo.

Me dijo que Mario estaba nervioso por si Nuria no aparecía en el ayuntamiento, y yo le dije que claro que iba a ir Nuria.

Y entonces... hablamos sobre las inseguridades de los novios el día de la boda, y de pronto me soltó algo así como que, si llegaba para nosotros ese día, yo nunca dudara, porque él sí estaría allí.

Natalia abrió los ojos como platos y llevándose las manos a la boca, dando unos saltitos, gritó:

—Mamáááá.

Alma le pidió que se tranquilizara y Natalia murmuró:

—Eso quiere decir que...

—No lo sé —la cortó—. Pero solo me faltaba eso.

—Al oír aquello, Natalia frunció el ceño, y entonces Alma se sinceró—: No sé qué me pasa, corazón, pero me siento como una bomba a punto de explorar.

Sé que Saem es perfecto. Es el unicornio que siempre he querido tener en mi vida. Pero ¿estar con él es lo correcto?

—Pero mamáááá...

—Mira, Natalia. ¿Y si me estoy equivocando y no estoy sabiendo amoldarme a mi edad? ¿Y si estoy haciendo el ridículo?

—Pero, mamá, ¿qué dices? —Y tomándole las manos, añadió—: Tú eres la mujer más segura y fuerte del mundo.

Siempre has pasado de cuchicheos y tonterías.

¿De verdad te estas dejando comer el coco por lo que digan o piensen los demás?

—Alma no contestó. Su hija tenía razón. Se estaba dejando influenciar por comentarios que nunca le habían importado.

Natalia apostilló—: Mamá, tú eres la mejor y Saem es el mejor. Olvídate del resto, y vive.

Aquellas palabras de su hija la hicieron sonreír. Necesitaba motivación. Positividad para olvidar la negatividad que en sus hombros llevaba. Tiró el cigarrillo y la abrazó.

—Aisss, qué haría yo sin ti —la achuchó.

Natalia sonrió y juntas volvieron a entrar en el local.

Saem, cuando la vio venir de la calle con su hija, pensó en acercarse a ella para preguntarle qué le pasaba, pero fue hasta el DJ y le pidió que pusiera una canción. Estaba preocupado y necesitaba saber qué le pasaba a Alma.

Cuando comenzó a sonar la música, la romántica canción de Bruno Mars, Alma, que estaba ya con sus amigas, murmuró:

—Ay, Dios... ¡me encanta esta canción!

Romina, Nuria y Estíbaliz asintieron. Lo sabían.

—Creo que un guapo dios asiático te mira —cuchicheó Nuria.

Alma, con el corazón a mil, se dio la vuelta y entonces lo vio. Saem estaba parado donde bailaban acarameladas otras parejas, y le sonrió. Tendió su mano hacia ella a modo de invitación, y Alma, atraída como un imán, fue hacia él y lo abrazó. En silencio bailaron.

—¿Estás bien, cielo? —le preguntó al oído.

Alma suspiró, y a pesar de que bailaban su canción, que estaban en una preciosa y emotiva boda y de que el momento no podía ser el peor, necesitada de ser sincera con él, respondió:

—No.

¿Qué ocurría? ¿Qué pasaba?

—¿He hecho algo mal? —le preguntó sin dejar de bailar.

—No.

—Entonces, ¿por qué no estás bien?

—Por muchas cosas, Saem. Tenemos que hablar.

La frase «tenemos que hablar» no solía traer cosas buenas. Pero Saem, manteniendo la compostura, por el lugar en el que estaban y porque su tío y Nuria se merecían felicidad y no drama, dijo con seguridad:

—Hablaremos esta noche en tu casa.

—No. Hoy no. Otro día.

Saem negó con la cabeza.

—Hoy —insistió.

—Prefiero otro día —replicó ella en busca de tiempo. Necesitaba tiempo para pensar y recolocarse.

—Hoy —exigió—. Yo no puedo vivir sin saber qué te ocurre.

Alma finalmente claudicó. Y ninguno dijo nada más. Solo bailaron aquella canción en silencio, mientras sabían que lo que iban a hablar les dolería.