Capítulo 71
El sábado por la mañana, Romina, Estíbaliz y Alma desayunaban bien temprano en casa de Nuria, que estaba atacada. Se casaba a las doce y cuarto en el ayuntamiento, y todos los nervios que no había tenido anteriormente le habían llegado en tromba en ese momento.
Sus amigas, divertidas, la tranquilizaban.
—¿A qué hora vienen las estilistas? —preguntó.
—A las nueve —respondió y luego preguntó—: ¿Y si Mario no va al ayuntamiento?
—Mira, loba, si algo tengo claro —indicó Romina— es que Mario no va a faltar. Pero ¿todavía no eres consciente de los ojitos con que te mira el madurito potentón?
Nuria sonrió. Romina tenía razón.
—Recuerda que, para mantener la pasión en un matrimonio, no puedes saltarte la regla que te dije —le dijo Estíbaliz.
—¿Qué regla?
—La 777.
—Síguela al pie de la letra —le susurró Romina—. Roberto y yo dejamos de hacerla, y nos desencantamos.
Alma sonrió. No sabía de qué hablaban y Nuria, atacada de los nervios, preguntó:
—A ver, Estíbaliz. Recuérdame cuál es esa regla ¿o tengo que consultarla en la IA?
—Muy fácil, cielo. Una vez que os caséis, debéis tener una cita cada siete días. Una escapada de fin de semana cada siete semanas, y unas increíbles vacaciones románticas cada siete meses. Yo lo llevo haciendo con Alberto desde que nos casamos, ¡y mirad qué bien nos va!
Se rieron. Alma se fijó entonces en un papel que había sobre la mesa.
—¿Ciento veinte euros os cuesta casaros en el ayuntamiento? —quiso saber.
—Sí.
—¿Pero no era gratis?
—De lunes a viernes. Los sábados no.
Las chicas se miraron.
—¡Qué fuerteeeee! —exclamó Romina.
Aún se estaban riendo cuando llamaron a la puerta. Alma abrió y segundos después entraron varias mujeres que se presentaron como las estilistas y se pusieron manos a la obra tras decirles sus nombres.
Aquel grupo de profesionales, además de llevar un extenso material que desplegaron por la mesa del salón, sorprendentemente también les ofrecieron revistas del corazón. La peluquera que estaba con Nuria, que era la más joven y se llamaba Tamara, preguntó:
—¿Segundas nupcias?
—No —respondió Nuria, que ojeaba una revista—. Primeras.
Ambas rieron.
—Pues sí que te lo has pensado —apostilló la peluquera—. ¿Para el novio también es la primera boda?
—No.
—Es un madurito potentón —aclaró Estíbaliz.
Eso las hizo reír.
—Nunca entenderé lo de esa pareja —soltó entonces la peluquera. Nuria miró la foto de la revista que veía y que ella señalaba con el rizador de pelo cuando añadió—: ¿Pero qué puede ver ese hombre en esa mujer mayor?
Escuchar aquello hizo que Alma la mirara y Nuria respondió:
—Pues imagino que, de entrada, amor y le seguirá inteligencia, complicidad e infinidad de cosas más. Aquí pone que llevan tres años juntos y felices.
—¿Amor? —se mofó la peluquera—. Mejor llámalo folleteo. Porque tú me contarás qué hace esa mujer de sesenta años con ese guaperas de cuarenta.
Nuria, al ver cómo Alma resoplaba mientras la maquilladora le daba aire con un papel, pues estaba sudando, fue a responder cuando ella se adelantó:
—El folleteo, como tú dices, divierte un rato, pero si llevan tres años juntos, por algo será, ¿no crees?
La peluquera se encogió de hombros.
—Con lo joven que eres, Tamara, ¿cómo puedes pensar así? —le reprochó Estíbaliz a la peluquera al ver el gesto de Alma.
—¿Así cómo? —preguntó ella.
—De forma tan antigua —intervino Romina, que añadió—. Con lo jovencita que eres y siendo mujer, deberías tener la mente más abierta y defender que tú o cualquier mujer puede estar con quien quiera, tenga la edad que tenga.
—A ver. Tengo la mente abierta.
—Sí, claro. Para lo que a ti te conviene —siseó Alma.
—Pero creo que para todo hay una edad —insistió la peluquera.
Oír aquello a Alma le retorció las entrañas. Los malditos prejuicios cada día le escocían más.
—Años los cumplimos todas, Tamara —señaló con firmeza—. Aunque la diferencia es que algunas llegamos a la madurez con seguridad, y otras llegarán con opiniones.
Romina, Estíbaliz y Nuria se miraron. El zasca que Alma le acababa de pegar a la chica las había dejado sin habla.
—¿En serio creéis que algo así puede funcionar?
—insistió la joven—. Porque, vale, llevan tres años juntos.
Pero ese tío ¡es un hombre! Y no digo que todos, pero la gran mayoría sabemos con lo que piensan.
Y cuando salga a la calle y vea mujeres más jóvenes, seguro que se le van los ojos detrás de ellas.
Porque, seamos sinceras, donde esté una piel tersa, unos pechos bien puestos y un culo como Dios manda, ¡que se quite todo lo demás!
—También hay hombres jóvenes que valoran que las mujeres tengamos neuronas, criterio, seguridad, cerebro y no solo filtro de Instagram —apostilló Nuria, cerrando la revista.
—Si tú lo dices —contestó la peluquera callándose, al verlas sonreír.
Cuando la maquilladora que atendía a Alma terminó, esta, mirándose en el espejo, sonrió.
Había atendido a las directrices que le había dado.
Su maquillaje no era pesado, era suave y casual, y eso le encantó.
Mirándose el cabello, que ella misma se había arreglado haciéndose un bonito moño bajo, oyó un pitido en su teléfono, y al cogerlo y ver quién era, sonrió.
Saem ¿Tienes cinco minutos para salir a la puerta?
Sin dudarlo, respondió.
Yo ¡Voy!
Y metiéndose el teléfono en la bata de seda que llevaba, dijo:
—Ahora vuelvo, lobas.
Con una sonrisa fue hasta la puerta, la abrió y cuando sacó la cabeza, allí estaba Saem, en la entrada de la casa de al lado con una preciosa sonrisa.
—Hola, vecino.
Sonriendo, salieron al descansillo.
—¿Pero quién es este bombón de mujer? —la admiró Saem.
Divertida, Alma soltó una carcajada y este, atrayéndola hacia él, la besó. Un beso los llevó a otro, y antes del tercero, Saem preguntó con picardía:
—¿Qué llevas debajo de la bata?
Sonriendo, Alma fue a responder cuando la puerta de la casa de Nuria se abrió. Apareció la peluquera joven. La criticona. Que, boquiabierta, se les quedó mirando.
—Tamara, te presento a mi pareja —dijo Alma sonriendo.
El rostro de la joven se puso rojo como un tomate al ser consciente de que lo que había criticado no había sido precisamente un acierto.
—Encantada —balbuceó, y con gesto desconcertado, consiguió articular—: Tengo... tengo que ir al coche a por algo que me he dejado. —Y se marchó a toda prisa.
—¿Qué le pasa? —preguntó Saem, sorprendido por la reacción de la chica.
—Pues que está tan llena de prejuicios que confunde ignorancia con opinión.
Saem no quiso preguntar más. Con escuchar aquello imaginó por dónde iba el tema.
—¿Todo bien con Mario? —preguntó Alma.
—Dime que Nuria va a ir al ayuntamiento. —Y bajando la voz añadió—: Está preocupado por si ella no se presenta.
Alma sonrió.
—Tranquilo, irá. Ella también está preocupada por lo mismo —murmuró.
—Mario también irá —afirmó Saem, sonriendo.
—¿Será normal el día de la boda preguntarse eso? —inquirió él.
Alma se encogió de hombros. Cuando ella se casó con Carlos, ella no se lo cuestionó.
—Pues no lo sé, la verdad —respondió.
Saem, tras darle un dulce beso en la punta de la nariz, cuchicheó.
—Tú nunca lo dudes. Cuando llegue el momento, yo estaré allí.
Oír eso hizo que Alma se encogiera. ¡¿Qué?! ¿Qué acababa de decir Saem? En ese momento, Haneul y Dolores salieron por la puerta donde besuquearon y piropearon a Alma.
—Alhaja, entra y hazle el nudo de la corbata a Mario —le pidió Haneul a Saem—, que va hecho un Cristo. —Saem sonrió cuando Haneul murmuró—: Está tan nervioso que tiembla como un flan.
Alma no pudo evitar reírse.
—¡Nos vemos en el ayuntamiento! —le dijo Saem, dándole un beso fugaz.
Saem y las dos mujeres desaparecieron, Alma entró en casa de Nuria flotando como si se hubiera fumado un porro. ¿A qué había venido que Saem dijera aquello? ¿Pensaba pedirle matrimonio? De pronto, eso le agobió. Le agobió mucho, y dándose aire con la mano estaba cuando se acercó Romina.
—Vamos. ¡Es hora de vestirnos! —la apremió.
Alma asintió y la siguió. Al entrar en la habitación, Estíbaliz se estaba mirando al espejo y al ver a Alma, algo colorada y dándose aire con la mano, preguntó:
—¿Te está subiendo el calor tropical?
Alma hizo un gesto afirmativo.
—Cada día me sorprendo más por los pensamientos tan antiguos que tienen algunas jovencitas —comentó Romina.
Alma no dijo nada.
—Está claro que la edad es el número que pone en el DNI —dijo Estíbaliz—. Yo misma, aunque tengo cincuenta y seis, sigo sintiéndome como cuando tenía treinta y ocho, aunque mi espalda y mis rodillas tengan otra opinión.
—¿Os acordáis de cuando íbamos una noche de juerga loca loca y al día siguiente estábamos frescas como lechugas? —preguntó Romina.
Alma y Estíbaliz asintieron.
—Ahora si estoy una noche de juerga loca loca, al día siguiente estoy hecha unos zorros y tardo en recuperarme una semana —reconoció Alma.
—Ahí es cuando mi cuerpo me grita que ya no tengo treinta y ocho —apostilló Estíbaliz.
Las tres sonrieron cuando Alma entró en el baño que había dentro de la habitación de Nuria. Desde allí oía a sus amigas hablar.
—Lo que está claro es que para todo hay una edad y a cada edad hay que saber adaptarse, aunque mi DNI y mi espalda no se pongan de acuerdo. Y quien no lo entiende, acaba haciendo el ridículo —dijo Estíbaliz.
Oír aquello la paralizó. Lo que acababa de decir su amiga era una gran verdad.
Una verdad que ella últimamente se había empeñado en obviar, y se sintió fatal.
De pronto, las dudas, miedos e inseguridades acudieron en masa a su cabeza y comenzó a darle vueltas sobre si estaba haciendo el ridículo con Saem.
Apabullada y acalorada, finalmente salió del baño. Comenzó a ponerse su vestido verde cuando Nuria entró en la habitación y llevándose las manos a la boca exclamó:
—Lobas, estáis tan guapas, que me acabo de mear en las bragas.
—Nuria, por favorrrrr —se quejó Romina, riendo.
Alma consiguió paralizar lo que pensaba y se acercó a ella.
—Hoy es tu día, loba —le dijo—. ¡Disfrútalo!
Emocionada, Nuria asintió.
—Este momento bien merece un buen aullido —propuso Estíbaliz.
Y sin más, las cuatro soltaron un «¡Auuuuuu!» que se escuchó hasta en la Cochinchina, aunque lo de Alma, más que un aullido, fuese un lamento.