Capítulo 70
El martes Alma decidió tomarse el día libre para estar con Saem.
Así que cogieron el coche y decidieron irse a la sierra madrileña y disfrutar del día paseando por la naturaleza.
Cuando llegó la hora de comer, se decantaron por un bonito restaurante donde, además de comer de maravilla, Alma se sintió prejuzgada.
Cada vez que Saem la besaba, varios de los comensales se miraban y cuchicheaban.
A diferencia de otras veces en las que ella se había levantado para decir cuatro cosas a quienes se comportaban de aquella manera, esta vez no lo hizo. Primero, porque eso posiblemente molestaría a Saem y, segundo, porque no se atrevió. ¿Qué le ocurría?
El miércoles, tras una mañana en la que en Diva y Radiante hubo más afluencia de público de lo normal, por la tarde, Nuria se hizo la última prueba de su vestido de novia con sus tres amigas como espectadoras. La boda era el sábado.
—Sigo pensando —murmuró, mirándose al espejo— que debería llevar etiqueta de advertencia. ¡Estoy impresionante!
—Baja Modesto de las nubes que sube Nuria —se mofó Estíbaliz.
Divertidas, alababan a la futura novia, cuando de pronto apareció Natalia en la tienda.
—Tía, ¡estás impresionannnte! —exclamó al ver a Nuria.
Nuria, encantada, sonrió.
—Lo sé —afirmó, segura de sí misma.
Eso hizo reír a todas.
—¿Tienes un segundo? —preguntó Natalia a su madre, tras darle un beso.
Alma asintió y las dos subieron a su despacho.
—Papá me llamó ayer —explicó Natalia—. ¿Es verdad que estuvo aquí?
—Sí, corazón. Y la verdad, dijo muchas tonterías.
—Joder, mamá lo siento.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Porque, según me dijo, Elías lo llamó pesaroso diciendo que habíamos roto porque yo no podía soportar que Saem y tú estuvierais juntos. ¿Te lo puedes creer?
—Me lo creo, cielo. Me lo creo. Pero le dejé claro que hablara contigo para que tú le explicaras los verdaderos motivos de...
—¿Sabes qué otra cosa le ha dicho Elías?
—Sorpréndeme.
—Le ha dicho que soy de parejas abiertas.
—Lo sé. Me preguntó qué clase de educación te había dado.
—Pero ¿papá es tonto?
Alma asintió. Y entendiendo lo limitadito que era para muchas cosas, no pudo evitar comentar:
—Muy listo no ha sido nunca.
Natalia, indignada, le explicó a su madre la conversación que mantuvieron donde le habló de todo lo ocurrido.
De cómo quería que dejara de ser ella para ser quien él quería que fuera.
Le habló de sus discusiones. De Verónica.
Del odio que Elías le tenía a sus amigos, en especial a Óscar.
Le comentó las duras palabras que tenía que escuchar hacia su madre por haberse enamorado de Saem.
Pero nada, absolutamente nada de lo que le contó a Carlos pareció importarle.
—¿Te puedes creer que a todo le quitaba importancia?
—Natalia estaba pasmada—. ¡Incluso trató de darme una explicación para mostrar a Elías como un héroe y no como un villano!
—Alma levantó las cejas. Sin llegar a ser Elías, Carlos siempre había sido una persona egoísta que había ido única y exclusivamente a lo suyo.
Natalia continuó—: Según papá, que Elías pusiera ese localizador espía en mi teléfono significa que se preocupa por mí y me quiere con locura.
—¡¿Qué?!
—Sí, mamá. Cuando le conté la manía que le tiene a Óscar, papá dijo que era normal porque Elías me quiere solo para él.
Al hablarle de nuestras discusiones porque me coartaba en cosas, papá volvió a quitarle importancia.
Y cuando le dije que no soportaba que Elías te insultara delante de mí, por el hecho de estar saliendo con su hijo, su respuesta mejor no quieras saberla.
—Alma suspiró. Natalia añadió—: En cuanto a lo de Verónica, según papá, es que hay mucha loca suelta por el mundo que es capaz de cualquier cosa con tal de agarrar a un hombre como Elías.
—Por favorrrr —murmuró indignada Alma—. Lo de tu padre no tiene nombre.
—De lo del préstamo no le he contado nada. No creo que él necesite saber nada al respecto y cuando no me ha dicho nada es porque Elías no se lo ha comentado.
—Te lo agradezco, corazón.
—En definitiva, mamá. Que he hablado con papá. Le he dicho que lo que Elías le ha contado es mentira, pero, viendo que no me cree porque ha decidido creerlo a él, le he dicho que piense lo que quiera, pero que deje de darme por culo.
—¡Natalia!
—A ver, mamá, con esas palabras literales no se lo he dicho. Pero sí le he dejado claro que si no estoy con Elías no es por ti, sino por mí. Y que no es el héroe que se cree, sino más bien el villano.
En silencio se miraron, cuando Natalia, al notar que el teléfono que estaba en el bolsillo de su pantalón vibraba, dijo:
—Elías no para de enviarme mensajes.
Aquello no le gustó a Alma.
—¿No serán amenazas? —quiso saber—. Porque si así es, te juro que voy donde esté, y...
—No, mamá. Son mensajes de puro amor y de cuánto me echa de menos. —Incrédula, Alma miró a su hija, pero ella dijo—: Pero, tranquila, ya no me lo creo. Lo último que haría sería volver con un misógino como él.
—No sabes cuánto me alegra saber que lo tienes tan claro.
Madre e hija se miraron con una sonrisa.
Alma, desde el día que nació Natalia, había estado al pie del cañón, y Natalia sabía que ahora le tocaba a ella.
Por su madre y porque ella cumpliera su sueño de ampliar la tienda, iba a remover el cielo, y sin decirle lo que tenía pensado hacer, porque si se enteraba no se lo permitiría, preguntó:
—¿Con Saem todo bien?
Alma asintió y, aunque a su pesada mochila se le sumaban también las palabras de Carlos, con una sonrisa, mintió:
—Todo mejor que bien, corazón.
Cinco minutos después, las dos salieron del despacho, y tras pasar por el probador donde seguían Nuria, Romina y Estíbaliz, se despidió de ellas.
—Su padre la ha llamado y han tenido una conversación —explicó, al ver que sus amigas la miraban expectantes, y se sirvió una copa de vino blanco.
Ellas asintieron. Les gustara o no, aquel estúpido era el padre de Natalia.
Media hora después, cuando Nuria se quitó el vestido y se puso su propia ropa, las cuatro subieron al despacho de Alma.
Allí les enseñó el menú que Saem, aconsejado por los novios, iba a crear para el día de la boda.
Así de entretenidas estaban cuando el teléfono de Alma, que estaba sobre la mesa, sonó.
Rápidamente todas vieron que ponía mamá.
—Hombre ¡la reina de la fiesta! —se burló Nuria.
—Seguro que llama para preguntarme por tu boda —aventuró Alma—. Sabe que es el sábado.
—Por favorrr, pon el manos libres para escucharlo —le pidió—. Prometo no hablar. Ninguna hablará.
Romina y Estíbaliz, con gesto pícaro, asintieron.
—De acuerdo —concedió Alma—. Pero calladitas, ¿eh?
Todas hicieron un gesto afirmativo.
—Hola, mamá —saludó Alma.
—Soy tu padre, y vergüenza me da decirlo. —Todas se miraron por aquella entrada, y él, con voz dramática, preguntó—: ¿Qué es eso de que te estás follando al hijo del novio de Natalia?
Oír eso hizo que todas se miraran. Algunas se llevaron las manos a la boca.
—¿Quién te ha dicho eso? —quiso saber Alma.
—¿Es verdad o no? —se oyó la voz de su madre.
Alma tomó aire. Estíbaliz cogió su mano.
—Mamá, la realidad no es esa. Tengo una relación con Saem, el hijo de Elías y...
—¿Lo ves, Cecilia? —se escuchó al padre decir—. ¿Ves cómo era cierto? Si ya te decía yo que esta sinvergüenza era capaz de eso y de más. Por los clavos de Cristo. Mi hija acostándose con un muchacho que podría ser su hijo.
—Papá. Saem no es un muchacho. Es un hombre de cuarenta años y...
—Pero ¿no te da vergüenza ser tan guarra?
Nuria, ofuscada, iba a intervenir, cuando Alma puso su mano en la boca y respondió con tranquilidad:
—No, papá. No me da vergüenza, porque no soy ninguna guarra. Simplemente soy una mujer que se ha enamorado de un hombre que también está enamorado de mí, y vivimos con libertad nuestro amor. Y ahora, ¿me podéis decir quién os lo ha contado?
—Carlos —soltó su madre—. Nos acaba de llamar para decirnos que Natalia ha roto con ese viejo por culpa de que tú, insensata, te acuestas con el hijo del viejo, ¡que encima es chino!
Pero, por Dios, Alma, ¿cuándo vas a dejar de avergonzarnos?
Pero ¿qué hemos hecho tu padre y yo para tener una hija así?
Romina negaba con la cabeza. Nunca podría entender por qué Alma soportaba aquello, como nunca podría entender por qué unos padres trataban así a una buena hija. Pero Alma, a quien el pulso no se le había acelerado, preguntó:
—¿Queréis algo más?
—Que te comportes y seas una mujer decente. Deja a ese chino y deja de zorrear, como ha dejado de hacer tu hija con ese viejo. ¡Eso es lo que queremos! —gruñó su padre
—Os dejo. Tengo trabajo. Adiós.
—En serio, ¿por qué no los mandas a la mierda de una santa vez? —siseó Nuria cuando ella cortó la comunicación.
—Porque son mis padres.
—Ya, Alma —afirmó Estíbaliz—. Pero aun siendo tus padres, deberían de guardarte un respeto, ¿no crees?
—Lo creo. Pero ¿alguna vez me han respetado?
—Sinceramente, Alma, todo tiene un límite en la vida —aportó Romina, que estaba horrorizada.
Alma asintió. Las entendía. Y tras meter en su mochila de mierda aquella llamada, miró a sus amigas, y sin ganas de jorobarle la boda a Nuria, preguntó:
—¿Nos vamos a tomar algo? Me muero de sed.
Cinco minutos después, las cuatro salían de Diva y Radiante, y aunque Alma aparentó normalidad, la realidad no era esa.