Ríete de las bodas Capítulo 69
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Capítulo 69

El lunes, tras un fin de semana movidito, Saem llevó a Alma a trabajar en su coche.

Tras lo ocurrido el sábado, cuando se quedaron solos, hablaron largo y tendido.

Saem soltó todo lo que desde hacía meses llevaba a sus espaldas y Alma lo escuchó.

Lo que no sabía Saem era lo que Alma llevaba a sus espaldas y no soltó.

Al llegar a la calle donde estaba Diva y Radiante, Saem paró el vehículo para que Alma se bajara, e inevitablemente los dos miraron el local colindante vacío y que tenía un enorme cartel que ponía «Se vende». Se quedaron unos segundos en silencio con la vista clavada en él.

—Mil veces te elijo a ti. Eso nunca lo dudes —afirmó Alma con seguridad rompiendo el silencio.

Saem sonrió. Saber aquello le tranquilizaba. Había pasado meses muerto de angustia por culpa de su egoísmo al decidir por sí solo sin consultar con Alma. Así que oír aquellas palabras era como un bálsamo para él.

—Y yo a ti, mi vida —aseguró, dándole un beso. Los dos sonrieron y él, con delicadeza, le tocó el cabello y le dijo—: Esta tarde vendré a buscarte.

—¿No trabajas hoy?

—Esta semana he decidido tomármela libre.

—¿Y eso?

—Porque soy el jefe, quiero estar contigo y Mario me necesita. Lo conozco y está nervioso por la boda. Piensa que no todos los días uno se casa con una bruja.

Divertida, Alma sonrió, y tras darle un beso se bajó del vehículo y entró en Diva y Radiante.

Tenía que trabajar. Y al entrar en su despacho el corazón se le desbocó.

Allí estaba su precioso ramo de rosas blancas.

Dejando su bolso sobre la mesa, se acercó a él, y tras coger la notita que siempre traía, leyó: «Si me pides la luna, yo aprendo a volar.

Aun así, hice mal y te vuelvo a pedir perdón. Te quiero. Saem».

Alma, enamorada, sonrió. Era imposible no hacerlo.

Durante la mañana atendió a varias futuras novias. Con cariño y paciencia, les enseñaba sus creaciones y disfrutaba de aquel momento tan mágico y bonito para ellas. La decisión del que posiblemente sería el vestido de sus vidas era algo importante y que merecía atención y cariño.

A la hora de comer, Nuria pasó a buscarla y hablaron de todo lo ocurrido durante el fin de semana. Acabada la comida, regresaron a Diva y Radiante, donde cada una en su despacho trabajó con diligencia escuchando de fondo música de Shakira. De repente, la puerta del despacho de Alma se abrió.

—Estarás contenta con lo que has provocado —oyó.

Al levantar la vista, se encontró con Carlos, su exmarido. Por su gesto y su manera de moverse, parecía muy enfadado. Se acercó a la mesa y apoyó sus manos en ella

—Natalia y Elías han roto —siseó. Sorprendida por esa seguridad, iba a hablar, pero él no le dejó—: Y todo por tu culpa. Por estar liada con el chino y...

—Eh —levantó la voz—. ¡Para! —Carlos se calló, y ella, levantándose de su silla, apagó la música que sonaba, y dijo—: No sé quién te has creído que eres, primero, para entrar como has entrado en mi despacho y, segundo, para soltar por tu boquita lo que dices.

—Me creo el padre de Natalia. Y como su padre, vengo a decirte que le has jodido la vida, porque dudo que vuelva a encontrar a un hombre como Elías.

—Y no sabes cuánto me alegro.

Con una dura mirada Carlos resopló.

—Elías me llamó esta mañana y me dijo que Natalia y él habían roto por tu culpa —explicó.

—¿Que Elías te llamó?

—Sí.

—Vaya... qué buen rollito tenéis, ¿no? ¡Qué amiguitos! —soltó, sarcástica, y en cierto modo sorprendida.

Carlos maldijo. Tener a Elías como yerno era un punto importante para él. Elías movía muchos hilos en muchos lugares que sin duda a él le podrían beneficiar.

—¿Por qué Natalia no me lo dijo? ¿Por qué todo te lo dice a ti? —preguntó, levantando la voz.

—¿Quizá porque yo siempre he estado presente en su vida y tú no?

—No digas tonterías.

—No digo tonterías, Carlos. Simplemente digo la verdad, por mucho que te joda escucharla.

Y que te quede claro que, si Natalia te llama los días que te llama, y te tiene en cuenta, no es porque tú te lo hayas ganado, sino porque yo me lo he trabajado para que ella siga recordando que tiene un padre, aunque este padre haya pasado bastante de ella.

—Eso no es verdad.

—Eso es verdad. ¿Se lo has preguntado a ella?

—Nunca le ha faltado un regalo el día de su cumpleaños, ni en Reyes —respondió él, molesto.

—¿De verdad crees que en la vida de tu hija solo importan esas cosas?

—Carlos resopló y Alma continuó—: Cuando era pequeña, por supuesto que para ella era importante que tuviera esos regalos en su cumpleaños o Reyes.

Pero, por si no te has dado cuenta, los niños crecen, y Natalia también lo hizo.

Y entonces comenzó a valorar más a la persona que estaba con ella las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los trecientos sesenta y cinco días del año.

Valoró que no me perdiera ni una sola función del colegio, fuera a hablar con sus tutores, supiera el nombre de su mejor amiga e incluso el de su enemiga, y cuando fue a la universidad, valoró no solo que me ocupara de que estudiara lo que quisiera, sino que estuviera a su lado en sus berrinches emocionales y en sus alegrías. ¿Tú puedes decir lo mismo?

—¡Tenía que trabajar!

—¿Y yo no? —preguntó Alma. Y al ver que no contestaba, indicó—: La diferencia entre tú y yo es que yo he sido, soy y seré una madre para mi hija toda la vida, porque ella no me pidió venir al mundo.

Fui yo quien la trajo. Porque, sinceramente, tú, con tu comportamiento, le has demostrado que solo fuiste el que puso la semillita.

Incómodo con aquella conversación, maldijo. Aunque sabía que lo que aquella decía era la verdad, no estaba dispuesto a aceptarlo.

—Con Elías tenía un buen futuro —volvió al tema.

—No, Carlos.

—Nunca le hubiera faltado de nada.

—Te equivocas

—No me equivoco. Y, por cierto, ¿qué es eso de que Natalia es una mujer de parejas abiertas?

—Sorprendida por aquello, Alma no respondió y él insistió—: Me lo ha dicho Elías.

Me ha dicho que ha intentado reconducir a Natalia en ese tema, pero, claro, que teniendo el ejemplo que tiene en ti, poco ha podido hacer.

Aquel comentario hizo reír a Alma.

—Pero qué cabronazo —murmuró, y, tomando aire, preguntó—: ¿Reconducir? ¿Pero ese tipo de qué va? ¿Te ha contado también que su anterior novia se intentó suicidar por su manera de tratarla?

A Carlos le sorprendió esa revelación, pero sin querer dar cabida a aquello, recondujo la conversación al mismo asunto.

—¿Tú sabías que Natalia era de tener parejas abiertas? —Alma asintió, y Carlos, llevándose las manos a la cabeza, murmuró—: Por el amor de Dios, ¿pero qué clase de educación y valores le has dado a mi hija?

—¡Mejores que los que tú le has dado, seguro!

En ese momento Nuria abrió la puerta. Las voces la habían alertado y al ver allí a Carlos preguntó:

—¿Se puede saber qué pasa?

—La que faltaba —se mofó Carlos.

Nuria entró y cerró la puerta.

—¿Desde cuándo dejamos que entren fantasmas? —preguntó, mirando a Alma.

Alma sonrió.

—Mira, Carlos. —Quería acabar con aquella estúpida conversación—.

No te voy a hablar de la sexualidad de Natalia porque ella ya es mayorcita para saber con quién se acuesta y con quién se levanta.

Y si quieres saber la realidad de lo que ha pasado con ella y ese mentiroso que te llama, llámala y háblalo con ella. Y ahora, por favor, ¡vete de aquí!

Nuria abrió la puerta con rapidez, e hizo un gesto para que saliera.

—Si no te estuvieras follando al chino, Natalia seguiría con su relación —soltó él—. Pero, por tu culpa, por abrir las piernas con quien no debes, le has jodido el maravilloso futuro que tenía con Elías.

—Por favorrr, qué tensión siento en el puño —musitó Nuria, tocándose la mano.

Alma se volvió a levantar y clavó su gélida mirada verde en él.

—Se llama Saem y... —siseó.

—¡Me da igual cómo se llame! Te estás comportando como una... una... Pero ¿qué hace una tipa de tu edad con un hombre de la edad de él? ¿Pero no te da vergüenza?

—Al final, tú pillas —afirmó Nuria, molesta.

Carlos la miró.

—Vergüenza me das tú con lo que dices —replicó Alma con un tono de hastío en la voz—.

¿En serio eres tan jodidamente machirulo que aun estando en el siglo XXI sigues prejuzgando la vida de los demás?

Porque mira, si tanto me prejuzgas, ¿por qué me llamas siempre que necesitas dinero?

Y, por cierto, a ver si me pagas lo que me debes.

—Alma, lo que estás haciendo no es normal —machacó él, ignorando lo del dinero—. Somos muchos los que pensamos que es una vergüenza. Una inmoralidad.

—Buenoooo... —exclamó Nuria.

—Pues tú y todos esos muchos que pensáis así, a mí, particularmente, me importáis entre cero y nada —dijo Alma—. Por lo tanto, qué tal si te callas, te vas y dejas de decir tonterías.

Pero Carlos siguió y siguió y siguió, hasta que Nuria, cansada, se encaró con él y este le advirtió, levantando un dedo.

—Como se te ocurra tocarme, te denunciaré.

—Habrá merecido la pena la denuncia. —Y golpeó su dedo para bajárselo.

Alma, al ver aquello, se interpuso a toda prisa entre su amiga y él, y empujó a Carlos fuera del despacho.

—Fuera de aquí, ¡ya! Y no se te ocurra volver —le ordenó.

Enfadado y molesto, tras lanzarle una acusatoria mirada, se dio la vuelta y se marchó, momento en el que Alma miró a su amiga.

—¿En serio pensabas zumbarle? —preguntó.

Nuria la miró.

—¿Lo dudas? —le contestó, con una sonrisa pícara.

Ambas sonrieron.

—A Saem y Mario ni una palabra de esto —le advirtió Alma a su amiga—. Bastante tenemos ya.

Nuria asintió y la entendió.