Capítulo 68 #2
—Si firmaba los documentos y rompía contigo —añadió Saem, que en ningún momento había apartado su mirada de ella—, en veinticuatro horas el préstamo os sería concedido.
—¿Cómo? —Nuria no daba crédito.
Mario, ante el gesto de sorpresa de las tres mujeres, asintió.
—Sé que debía haberlo hablado contigo —reconoció Saem—, pero me entró la inseguridad y...
—¿Desde cuándo sabes eso? —consiguió preguntar Alma.
—Cuando nos fuimos a Fuerteventura ya lo sabía.
Ahora entendía qué era aquella rara sensación que ella notaba en Saem y que él negaba. Por fin conocía la verdad, aunque era una verdad que nunca imaginó.
—Ese cabrón le pidió eso a mi sobrino porque intuía que, una vez que rompierais, tú nunca le seguirías a Seúl. Primero, porque tu orgullo de mujer abandonada no te lo permitiría, y, por supuesto, porque no te marcharías lejos de tu hija y de tu negocio, que están en Madrid.
—Será cabronazo —murmuró Natalia muy enfadada.
A Alma le invadió un calor sofocante, y desde luego no era la menopausia. Que Elías hubiera urdido todo aquello, sin que ella hubiera imaginado nada, hacía que se la llevaran los demonios. Saem, necesitado de su contacto, avanzó hacia ella, que dio un paso atrás.
—No. Ni se te ocurra —soltó, con sequedad.
Saem se paró. Verla con aquel gesto serio y distante le hacía saber que lo descubierto le había embotado la cabeza. Él se pasó la mano por la cabeza con preocupación.
—Ahora que lo sabes, Alma, ¿puedes hacerte una idea de lo mal que lo ha pasado Saem? —intervino Mario, intentando echarle una mano a su sobrino—. ¿Eres consciente de sus dudas sobre si contarte la verdad, y con ello poder perderte, por si tú elegías el préstamo antes que a él?
Alma lo escuchaba horrorizada mientras su cabeza, con tanta información, y nada buena, le estaba a punto de explotar.
—Pero ¿cómo no me pude dar cuenta de nada? —se recriminó Natalia.
—Porque Elías es sibilino y sabe cómo hacer las cosas —respondió Saem.
Natalia, incrédula por cómo la había engañado, asintió.
—Si se cree ese sinvergüenza que se va a ir de rositas, lo lleva claro —afirmó, rotunda—. Si pensaba que yo era tonta, se va a enterar de cómo es esta tonta.
—Natalia, olvídate de ese sinvergüenza —apostilló Nuria.
—Estoy con Nuria. Hazle caso —insistió Saem.
Ella no dijo nada, y Alma, acercándose a ella, la cogió del brazo.
—Ni te acerques a él, ¿me has entendido? —le pidió.
Natalia hizo un gesto afirmativo para que su madre se tranquilizara y la abrazó.
La frialdad y el desasosiego se habían adueñado de aquel bonito salón. Nadie sonreía. Nadie hablaba. Todos se miraban con desconfianza. Nuria, al ver el desconcierto de Alma y su necesidad de tranquilidad, miró a Mario.
—Creo que es mejor que te lleves a Saem de aquí —le recomendó.
A Saem se le encogió el corazón. No quería irse. Deseaba hablar con Alma. Lo necesitaba. Mario se acercó a Nuria.
—Siento no haber hablado antes esto contigo, cariño —se disculpó, cogiéndole las manos—, pero Saem y yo siempre hemos confiado el uno en el otro, y si algo nos distingue es que ambos somos hombres de palabra.
Nuria asintió. Estaba molesta. Enfadada. Lo descubierto y lo ocurrido no era agradable para nadie. Pero también entendía a Saem y lo que Mario decía.
—Hablaremos mañana en casa —respondió, apretando sus manos.
—¿Seguro?
Viendo la duda en los bonitos ojos azules de él, le dio un rápido beso en los labios.
—Por supuesto. No lo dudes... tontito —susurró, con una media sonrisa.
Mario asintió y sonrió. Con lo que había hecho Nuria le valía.
Otra vez se instaló un silencio incómodo. Al ver que Alma ni lo miraba, Saem supo que tenía que marcharse. Era imposible hablar con ella en esas circunstancias. Pero antes de llegar a la puerta se detuvo y se giró.
—Alma. —Al oír su nombre ella miró, y él dijo—: Tuve miedo de que prefirieras cumplir tu sueño a mí. Fui egoísta, pensé solo en mí y callé, aun sabiendo que lo que hacía no estaba bien. Y por eso te pido perdón.
Y sin más, salió por la puerta, seguido de su tío.
—Mamá, ¿en serio le vas a dejar irse así? —susurró Natalia.
Alma se retorció las manos. Estaba confundida. Mucho.
—De momento, dejemos que tu madre se airee —sugirió Nuria.
Alma se encendió otro cigarrillo. Al hacerlo vio que las manos le temblaban, mientras su cabeza no paraba de darle vueltas y vueltas a todo lo ocurrido.
—Si yo hubiera estado en su tesitura, no sé qué hubiera hecho.
—Tenía que elegir entre vuestro amor y tu sueño, mamá.
—¿Os podéis callar un momento? —les pidió Alma.
—Pero, mamá...
—Natalia, por favor —insistió.
Nuria y Natalia se miraron y asintieron. La conocían y lo mejor era que la dejaran pensar.
Aunque llovía, Alma abrió la puerta de su amplia y bonita terraza y salió.
Hacía frío. Diluviaba. Pero eso le dio igual.
Necesitaba serenarse y pensar. El olor a tierra mojada que siempre le gustó inundó rápidamente su nariz y cada gota que sentía que caía sobre su rostro despejaba todos y cada uno de sus pensamientos.
Lo ocurrido aquella noche era desagradable.
Horrible. Elías, una vez más, había demostrado lo mala persona que era no solo con su hija y con ellas, sino con su propio hijo.
Con Saem. ¿Cómo podía hacerle aquello? ¿Cómo un padre podía rechazar y querer la infelicidad de un hijo?
Estaba pensando en ello cuando miró a su amiga y a su hija, que, desde el interior entre cuchicheos, la observaban. Allí estaban, acompañándola como siempre. Ellas eran su vida. Diva y Radiante era su negocio. Y Saem... su amor.
La tesitura en la que Elías había puesto a Saem no era justa.
Él había tenido que decidir y elegir entre jugársela y el amor, y estaba claro que había ganado el amor que sentía por ella.
Y aunque a Alma eso le gustó, también sintió cierto rechazo.
¿Acaso ella no se merecía poder elegir? ¿Quién era él para decidir por ella?
Pero, de pronto, como si el frío y el agua hubieran limpiado su mente, entendió el miedo, la inseguridad y la decisión de Saem.
¿Cómo no entenderlo si ella estaba plagada de miedos e inseguridad?
Si el caos hubiera sido, al contrario, ¿cómo no elegir el amor, si Saem era su hogar?
Y, dejando su cigarrillo empapado sobre el cenicero, entró rápidamente a la casa y corrió hacia la puerta.
—Mamá, ¿qué haces?
Pero Alma no contestó. Simplemente abrió la puerta y salió. Natalia y Nuria al ver aquello corrieron tras ella. Natalia pilló al vuelo a Sugar, que corría detrás de su madre, y Nuria, más cerebral, agarró las llaves.
Alma le dio al botón del ascensor, pero, al ver que este tardaba, decidió bajar corriendo los tres pisos.
—Mamá, ¡ten cuidado!
—¡Que te vas a matarrrr! —gritó Nuria al ver a su amiga saltar escalones.
Al llegar al portal, Alma corrió hacia la puerta.
Tenía que encontrar a Saem antes de que se marchara.
¿Cómo había podido tratarlo así? Y entonces, al abrir la puerta, lo vio caminando bajo la lluvia junto a su tío, en dirección a la salida de la urbanización.
Sin tiempo que perder y sin importarle pisar los charcos por no ir por la acera, salió disparada hacia ellos.
Saem al oír un chapoteo, se volvió a mirar.
Y al verla venir hacia él bajo la lluvia, se paró.
La esperó. Ella se tiró a sus brazos, y él se limitó a abrazarla con todas sus fuerzas, sin pronunciar palabra.
—Lo siento. Lo siento, cariño. Lo siento —repetía Alma sin cesar.
Oír eso y tenerla entre sus brazos. Saem no necesitaba nada más. Y tras cruzar una mirada con su tío, que sonreía, por fin, una gran sonrisa se dibujó en su cara.