Capítulo 68
Mario y Saem, con su habitual buen humor, sonreían al otro lado de la puerta. Traían dos botellitas de vino rico. Cuando la puerta se abrió, y Mario vio a Alma tan seria, soltó:
—Uyyy, esa cara promete tormenta eléctrica con rayos incluidos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Saem, alertándose.
Alma no contestó. Se limitó a apretar los dientes y a cerrar la puerta de un portazo. Ellos, perplejos, la siguieron. En el salón esperaba Nuria con cara de pocos amigos.
—¿Qué me he perdido? Porque ese gesto tuyo es demoledor —dijo Mario.
Cuando Alma iba a hablar, Natalia se adelantó:
—¡He roto con Elías! —anunció.
—No sabes cuánto me alegra saberlo —confesó Saem entre sonrisas.
Natalia le sonrió.
—Esto se merece una fiesta, no vuestra cara de funeral. ¿Qué os pasa? —quiso saber Mario, tan feliz como su sobrino por la noticia.
—Cielo, ¿qué te pasa? —le preguntó Saem a Alma, que guardaba un obstinado silencio.
Esta vez Alma sí se puso delante de él y lo miró fijamente.
—Dímelo tú. ¿Tienes algo que contarme? —dijo entre dientes. Sin entender a qué se refería, Saem miró a su tío, que se encogió de hombros. Alma insistió—: Vamos, ¡piensa!
Su gesto. Su voz. Su mirada. Todo en ella era colérico.
—No sé a qué te refieres. Pero... —dudó él.
—Me refiero a Verónica... —Saem hizo un gesto de asentimiento, y Alma impidió que hablara y le espetó—: La que estaba con tu jodido padre era mi hija, ¿no crees que me merecía saber qué ocurría?
Saem movió la cabeza. En parte, ella tenía razón.
—Lo sé, cielo —admitió, tras cruzar una mirada con Natalia—. Y sabía que el día que te enteraras te molestarías conmigo, pero...
—Pero nada, Saem, pero nada —lo cortó ella.
El ambiente estaba caldeado.
—Mamá, te acabo de decir que le hice prometer que no te lo diría —intervino Natalia—. Y Saem es un hombre de palabra.
Mario asintió.
—Imagino que lo sabías —quiso saber Nuria.
—Sí.
Nuria no dijo más. Ya lo hablaría con él.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Saem dio un paso hacia Alma y ella se echó hacia atrás.
—¿También le prometiste a tu padre no decirme que, gracias a sus jodidos tejemanejes ocultos, él era el causante de que no nos concedieran el préstamo? —espetó con rabia.
—Ahí va la hostia —murmuró Mario.
—Claro que no, Alma. Pero ¿qué dices? —murmuró Saem, descolocado, porque no esperaba oír aquello.
—Y si es «claro que no», ¿por qué no me lo contaste?
—gritó Alma, enfadada y con la respiración acelerada—.
¿Por qué no me dijiste la verdad sobre lo que estaba ocurriendo, cuando sabías que era un tema profesional importante para mí?
Para nosotras. ¡Sabías que era mi sueño ampliar el local!
¿De verdad pensaste que nunca me iba a enterar?
En serio, eres un jodido mentiroso como tu padre y creías que. ..
—Yo no soy Elías —la cortó con voz tajante.
Aquella voz, y en especial su expresión la hicieron callar.
—Alma, entiendo tu cabreo. Cuando Saem me lo contó... —soltó Mario, incapaz de contenerse.
—¿Que Saem te lo contó? —levantó la voz Nuria—. ¿Tú también lo sabías?
Mario asintió.
—Sí. Nuria. Yo también lo sabía —admitió—.
Y no te lo dije porque no podía. Se lo prometí a Saem y, como él, yo también soy un hombre de palabra.
Y ya que estamos desvelando verdades, te diré que el moratón de la barbilla no me lo hice con la mesilla.
Me lo hice porque, cuando Saem me contó lo que Elías había hecho y exigía, fui a por él.
Y aunque él se llevó más candela que yo, sí que consiguió darme un derechazo.
—No me lo puedo creer —murmuró Nuria.
—¿Fuiste tú el que le partió el labio? —preguntó Natalia.
Mario asintió.
—Y espero que las costillas y el culo le dolieran durante un tiempo —afirmó.
Sin saber qué decir, las mujeres se miraron.
—He sido yo quien les ha contado tanto lo de Verónica como lo del préstamo —confesó Natalia.
Y sin poder callar, les relató todo lo que anteriormente les había contado a su madre y a su tía, mientras Saem observaba a Alma, que lo miraba con desconfianza sin acercarse a él.
—¿Que te puso un localizador espía? —se sorprendió Saem.
—Sí.
Mario y Saem se miraron.
—Qué cabrón es —murmuró Mario.
Todos se miraron en silencio. A Alma le costaba respirar
—¿Cómo has podido ocultarme algo así? —preguntó.
Saem tomó aire, entendía su enfado.
—No lo sé, cielo. Solo sé que no podía... —señaló.
—¿Que no podías qué? —lo cortó—. ¿Qué no podías decirme lo cabrón que es tu padre?
—No, cielo... Para nada es eso.
Nuria, molesta, fue hasta la cocina. Allí abrió la nevera. Sacó una Coca-Cola y cuando se dio la vuelta, Mario estaba tras ella.
—Entiendo que tú y tu sobrino estéis avergonzados porque ese cabrón sea de vuestra familia —siseó—. Pero lo que no entiendo es por qué no fuisteis sinceros con nosotras. ¿Tan complicado era decirnos que ese sinvergüenza había movido sus hilos para que nos negaran el préstamo?
Mario, quitándole la lata de Coca-Cola de la mano, la abrió y tras dar un trago iba a replicar cuando oyó a Alma gritar.
—¿Cómo has podido mirarme todo este tiempo a la cara y no decirme nada? ¡¿Cómo?!
—Mamá..., tranquilízate.
Ignorando a Natalia, Alma, sin apartar su mirada acusadora de Saem, insistía:
—¿Te hacía gracia saberlo y no decirme nada? ¿Disfrutabas con ello?
Incrédulo, Saem la miró. Aunque sabía que Alma era una mujer de carácter, ¿cómo podía preguntarle aquello?
—Alma, por favor, tranquilízate —murmuró, intentando no perder los nervios.
—¿Que me tranquilice? —Y caminando hacia el sillón, cogió el tabaco y el mechero, se encendió un cigarro y tras dar una calada, con ironía no solo en su mirada, sino también en su voz, preguntó—: ¿Te estoy montando un numerito? —La dura mirada de Saem la atravesó. Ella gritó—: ¡Responde!
—A mí no me hables así.
—Te hablo como me da la gana —replicó Alma.
—Eres muy injusta —se quejó Saem.
—¿Injusta yo? —gritó ella fuera de sí, acercándose a él—. Perdona, guapo, pero aquí el que ocultaba cosas tremendamente importantes eras tú. Tú...
—¡Que no me grites! —gritó Saem, alejándose de ella.
Cuando oyó aquel grito tan impropio de él, Alma se calló. Era la primera vez que lo oía levantar la voz de aquella manera y mirarla con aquel gesto tan distante. Sin lugar a duda, Saem estaba muy cabreado.
—¿Frialdad coreana? —preguntó ella, con una sonrisa glacial.
—No, Alma —protestó Mario, al ver el gesto de su sobrino—. Por ahí no vayas.
Aquella frase le repateó. Alma sabía que la odiaba porque Elías se la solía decir.
—Te acabas de pasar, Alma. Y lo sabes.
Alma, con chulería, asintió.
—Oye. Creo que... —Nuria quiso intervenir, acercándose a su amiga.
—Vamos, Saem Basagoitia —lo retó Alma—. Ten narices y cuéntame qué excusa barata te vas a inventar para hacerme entender por qué, sabiendo lo del préstamo, no me lo contabas.
A Saem el gesto se le endureció más. Detestaba que hubiera dicho su nombre y su apellido de aquella manera tanto como su mirada llena de indiferencia. Su tío Mario se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Si quiere saber, dile la verdad —le recomendó—. Cuéntale eso que no te deja dormir y que le ocultas por inseguridad.
—Vaya... ¡Al parecer hay más! —se burló Alma—. Venga, Saem, ¿no dices que eres tan sincero? Vamos. Cuéntamelo. Estoy deseando saber qué es eso que te quita el sueño.
Aquel tono amenazante con el que le hablaba mantenía a Saem en su mutismo. Mario, ofuscado por el sufrimiento que últimamente soportaba su sobrino, insistió.
—O se lo dices tú o se lo digo yo.
—¿Pero esto de qué va? —preguntó Nuria, descolocada.
—Pues irá de alguna cagadita más que el bomboncito asiático ha hecho —replicó Alma, a quien el corazón se le iba a salir por la boca— y no me ha contado. ¿Será que seguía viéndose con Elvira? ¿O será que toda la palabrería romántica que usaba conmigo simplemente ya se le ha acabado?
—Mamá, por favorrrrrr.
Nuria, boquiabierta, miró a Saem.
—No me jodas que la cosa va por ahí —se sorprendió.
—Escuchadme las dos —cortó Mario, cada vez más molesto—. ¡Queréis dejar de decir tonterías! Me parece bien que Natalia os haya contado lo que descubrió, pero ahora vais a escuchar lo que ella no pudo oír y que a Saem le ha estado carcomiendo y por lo que se siente culpable de su decisión.
—¿Qué decisión? ¡Sorpréndeme! —gruñó Alma.
Nuria, al ver el gesto tan serio de Mario, se colocó junto a su amiga.
—Ahora no es buena idea, tío —le recomendó Saem, viendo el enfado de Alma.
—Sí. Sí es buena idea —insistió él—. Si ya saben la primera parte de la película, que sepan la segunda.
Se quedaron unos instantes en silencio, mirándose unos a otros. Saem entendió que su tío tenía razón. Retrasar aquello era una tontería, así que se decidió a hablar, mirando a Alma.
—Efectivamente, fue Elías el que ha causado que os denegaran el préstamo en todos los bancos, pero, cuando me enteré, ya estaba hecho.
Él, por su posición laboral y profesional, puede hacer cosas que ni tú, ni yo, ni nadie puede evitar.
Y lo hice mal. Muy mal, por no habértelo contado.
Pero quiero que sepas que si no te lo dije —miró a Alma directamente a los ojos— fue porque el día que me enteré me dio un ultimátum.
Y ese ultimátum era que, para concederos el préstamo, yo tenía que acabar con nuestra relación.
—¡¿Qué?! —exclamó Alma.
—¿Cómo? —preguntó Natalia, boquiabierta.
—Sí, Alma. Lo que oyes. La condición era que te dejara —reafirmó Mario, metiéndose en la conversación—.
Pero no le valía simplemente con eso, no.
¡Ese cabrón! Además, quería que Saem le firmara unos documentos en el los que se comprometía a vender su casa, sus negocios y todo lo que tuviera en Madrid, y le obligaba a marcharse a vivir a Seúl.
Conmocionada al saber aquello, Alma apenas podía respirar y mucho menos pensar. Su cabeza era un batiburrillo de información.