Capítulo 67
A principios de diciembre llovía a mares en Madrid. Solo quedaba una semana para la boda de Nuria y Mario y todos estaban más nerviosos que los novios, quienes parecían tranquilos y relajados, aunque, como se suele decir, la procesión iba por dentro.
El sábado, Nuria y Alma, para hablar de la inminente boda, organizaron una cena con Saem y Mario. Eso significaba no ir a trabajar ni al DeLokos y a Mesa Trece, algo que ambos hicieron con gusto. Tenían que hablar de la boda como novios y padrinos.
Estaban vigilando el horno mientras fumaban, y escuchando la canción de La bicicleta , de Shakira, cuando Nuria preguntó:
—¿Te imaginas que el sábado mi unicornio se da a la fuga?
—Anda ya, ¡no digas tonterías!
—Pero ¿te imaginas que lo hiciera? —Alma negó con la cabeza cuando Nuria insistió—: ¿Te imaginas que me deja plantada con mi precioso vestido «Escarcha» en el ayuntamiento?
Alma sonrió. Si algo tenía claro era que eso nunca ocurriría.
—Si se le ocurre no presentarse, te aseguro que le faltará mundo a ese unicornio vasco para esconderse —amenazó ella.
De pronto, oyeron ladrar a Sugar y una voz.
—¡Mamá!
Sorprendidas, salieron de la cocina y se quedaron pasmadas al encontrarse con Natalia, totalmente empapada.
—Pero, corazón, ¿no llevas paraguas?
Natalia no se movió. Solo la miró.
—¿Qué ocurre, Natalia? —preguntó Alma, alertada.
La joven, muy enfadada, fue hasta el salón. Allí soltó su bolso y, retirándose el pelo empapado del rostro, siseó:
—Pasa lo que tenía que pasar. Elías es un gilipollas machirulo misógino de mierda y he roto con él mandándole a tomar viento fresco.
Alma y Nuria se miraron.
—Te lo dije. La niña de tonta no tiene un pelo —sentenció Nuria.
—Es que lo odio... lo odio... lo odio.
—Lo primero, tranquilízate —le sugirió Alma, al ver la furia en el rostro de su hija—. Lo segundo, ve al armario, coge algo de ropa y cámbiate. Estás empapada.
Natalia asintió. Empapada como estaba, por haber caminado bajo la lluvia, encima podría pillar un constipado.
—Voy a cambiarme.
—Tiraría confeti por la noticia, pero me contengo para no ofenderla —soltó Nuria por lo bajini, cuando se quedaron solas.
—Me acabas de quitar las palabras de la boca. ¡Estoy tannnn feliz!
Ambas sonrieron con precaución y regresaron a la cocina.
—¿Qué ha podido pasar? —preguntó Nuria.
Alma, sacando unas cervezas del frigorífico, le entregó una a Nuria.
—No lo sé. Pero sea lo que sea a Natalia le ha sobrepasado.
—Nuria asintió. La conocía. Y tras dar un trago a su cerveza fue a hablar cuando Alma añadió—: Sé que no es bonito ni de buena madre alegrarme por lo que me estoy alegrando.
Pero, uf... qué alivio saber que Natalia se ha desenamorado de ese espécimen.
Durante unos segundos no dijeron nada más. Natalia entró en la cocina, y tras quitarle la cerveza a su madre, le dio un trago.
—Estoy tan enfadada, ofendida y cabreada que yo... yo... —empezó.
Alma rápidamente se acercó a su hija y la abrazó.
—Tranquila, corazón, tranquila.
—¿Por qué estás tan empapada? —quiso saber Nuria.
—Porque he estado caminando bajo la lluvia para aclarar mis ideas y saber que mi decisión es la acertada.
—En silencio asintieron. La entendieron, y ella continuó—: Definitivamente he roto con ese.
.. ese... Pero ¿cómo me pude creer que él era un unicornio?
¿Cómo pude pensar que un hombre así podía ser el hombre de mi vida?
Las tres se dirigieron al salón y se sentaron en el sofá. Natalia dejó en la mesita las llaves de su coche y viendo la bonita mesa emperifollada hasta con copas de champán, preguntó:
—¿Esperáis a Saem y Mario o a Romina y Estíbaliz?
—Saem y Mario —respondió Alma.
—Joder, y encima os jorobo la cena.
—Tú no jorobas nada, corazón.
—Pienso como tu madre —afirmó Nuria—. No digas tonterías.
Natalia asintió y dio otro trago a la cerveza.
—Cuando conocí a Elías, era un hombre increíble —admitió—.
Tan increíble que pensé que podía ser mi unicornio y por eso, mamá, no solo te lo presenté a ti, sino a papá y a todo mi mundo.
Pero Elías ha resultado ser todo lo contrario a un unicornio.
—Alma suspiró. Nuria asintió y Natalia prosiguió—: Si dije que sí a su propuesta de matrimonio fue por no dejarlo mal delante de sus amigos.
Porque, aunque lo quería y me tenía loquita, esa locura no era tanta como para hipotecarme con él el resto de mi vida.
Pero, a partir de ese momento, todo comenzó a cambiar.
Ya no le gustaban ni mis amigos, ni mis aficiones, ni la casa donde vivía, e incluso se atrevió a cuestionar mi modo de ver el sexo, cuando, hasta el momento, era algo que había disfrutado y que no contaré por motivos que no vienen a cuento.
—Pues ahora me dejas con la curiosidad y ganas de detalles —se mofó Nuria.
—Y ya, cuando supo lo vuestro —prosiguió Natalia—, todo estalló por los aires, porque yo no estaba dispuesta a escuchar las cosas terribles que decía de ti.
Joder, que eres mi madre. La persona que me ha cuidado y más me quiere en el mundo, y a él, como dice la abuela Emilia, ¡lo encontré en la calle!
—Y tanto...
—Y anoche, todo saltó por los aires.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó Nuria.
—Estaba tomando algo con mis amigos y recibí una llamada suya.
Me reprochaba estar en el Lulas y me exigía que le dijera con quién estaba.
Como no tenía nada que esconder porque no estaba haciendo nada malo, le dije que con mis amigos, Óscar, Javi, Blas, Vane, Vivi.
.. y me exigió que inmediatamente fuera a su casa.
Por lo que le corté la llamada muy cabreada.
Pero ¿quién era él para hablarme así y para regañarme por estar tomando algo con mis amigos?
Y de pronto me di cuenta de algo. ¿Cómo sabía él que yo estaba en el Lulas?
—Eso hizo que Nuria y Alma levantaran las cejas y Natalia, tirando su móvil sobre la mesa, preguntó—: ¿Os podéis creer que me había puesto un localizador espía?
—¡¿Qué?! —exclamaron Alma y Nuria.
Natalia hizo un gesto afirmativo.
—Mi amigo Javi, que es un entendido en informática, lo localizó rápidamente en mi teléfono. Al parecer, Elías me había instalado un software espía desde el que podía saber mi ubicación, leer mis mensajes, ver fotos, escuchar llamadas.
—Pero qué pedazo de cabrón —murmuró Alma.
—Cabrón es poco —susurró Nuria.
—Total. Que Javi me lo desinstaló y, cabreada como una mona, me fui para La Moraleja donde tuvimos una bronca monumental.
—¿Fuiste sola? ¿Por qué no me llamaste? —la reprendió Alma.
—Tranquila, mamá, Óscar y Javi se empeñaron en acompañarme, pero no se lo permití.
Quise ir sola. A mí ese fósil no me da miedo.
Y cuando llegué discutimos por el puto software espía que me había puesto sin mi permiso en mi teléfono móvil, por sus continuas quejas relativas a nuestra relación, y, como no podía ser menos, por lo que hay entre Saem y tú.
Te juro, mamá, que solté por mi boca todo lo que se me ocurrió, tanto como él soltó por la suya, hasta tal punto ¡que lo agoté!
Le fundí los plomos y se fue a la cama, dejándome con la palabra en la boca.
—Será mierda el tío —siseó Nuria.
—Pero yo no me marché. Me quedé allí.
—¡Natalia! ¿Por qué hiciste eso? —protestó Alma.
—Porque yo tenía que decirle algunas cosas más. Por lo que me quedé en el sillón del salón a dormir y cuando esta mañana se ha despertado, ¡ahí estaba yo!, para decir lo que me faltó por decir. Teníais que haber visto su cara de sorpresa al verme.
—Pero, corazón, ¿cómo no me llamaste?
—Mamá, pues porque soy como tú. Resuelvo mis conflictos sola.
Alma asintió. No podía reprocharle algo que ella hacía.
—Lobezna, puedes resolver los conflictos sola —dijo Nuria—, pero nunca está de más que...
—Tía, lo sé —le cortó—. Sé lo que me vas a decir.
Pero este tema lo quería zanjar yo sola con Elías, como he hecho con todos mis ex.
—Nuria no tuvo más remedio que asentir, y Natalia continuó con su relato—: El caso es que cuando se levantó, le tiré el anillo a la cara y le repetí que lo nuestro se había acabado.
Que me había cansado de todas sus tonterías y que yo me merecía a alguien mejor que él en mi vida.
—Y al ver las llaves sobre la mesa, añadió—: Por cierto, el coche que me regaló por mi cumpleaños, como está totalmente pagado y a mi nombre, me lo quedo.
¡Que se joda! Y si tiene narices que intente quitármelo.
Alma y Nuria sonrieron.
—¿Y qué le tenías que decir que no le dijiste la noche anterior? —quiso saber Alma.
—Eso digo yo —inquirió Nuria.
Natalia tomó aire.
—Mamá, ¿recuerdas cuando te dije que una mujer pelirroja un día me paró en el baño de un restaurante y me preguntó si era la novia de Elías?
—Sí.
—Esa mujer, Almudena, volvió a contactar conmigo a través de la revista donde trabajo. Hablé con ella y resultó ser la hermana de Verónica, la anterior novia de Elías.
—¿Y para qué contactó contigo? —preguntó Nuria.
—Para advertirme de que Elías es un misógino sinvergüenza y que su hermana, por su culpa, cuando él la echó de su casa siendo una mujer totalmente anulada, intentó quitarse la vida.
—Oh, Dios mío, qué horror —murmuró Alma.
—Almudena —prosiguió Natalia— llamó a Elías. Le contó lo que había pasado y este, sin pensar en los años que habían estado juntos, ni en por qué Verónica había hecho aquello, le dijo que no quería saber nada del tema, que su hermana estaba loca, y le colgó el teléfono.
—¡¿Qué? —se sobrecogieron ellas.
—Lo que oís. El único que se preocupó y preocupa hoy en día por esa chica es Saem, que paga junto con Almudena la residencia psiquiátrica donde Verónica se recupera.
—¿¡Saem!? —preguntó Alma.
Natalia asintió.
—Mamá, no me mates por lo que te voy a decir. Pero el primero en advertirme sobre Elías fue Saem el día que lo conocí —reveló.
—¿Qué? —exclamaron al unísono Nuria y Alma.
—Tras la comida que tuvimos los cuatro —relató Natalia—, antes de marcharse, Saem, me dijo al oído: «Se lista y aléjate de él», algo que solo yo pude oír.
Días después, me presenté en su restaurante y le pregunté el porqué de sus palabras.
Y entonces él me explicó lo mismo que os acabo de contar de Verónica.
Me advirtió de cómo era su padre, pero.. . pero yo no lo quise creer.
Boquiabierta, Alma parpadeó.
—Saem nunca me ha comentado nada de eso —reconoció.
—No lo ha hecho porque ese día le hice prometer que bajo ningún concepto te hablaría de ello.
—Pero, Natalia...
—Mamá. Yo no sabía que había algo entre vosotros, pero sí sabía que, si te contaba algo, te meterías en mi relación, y yo... yo no quería. Incluso no creí a Saem. Pensé que exageraba para que no estuviera con su padre.
Molesta, Alma se levantó.
—Y sabiendo la clase de monstruo que es su padre, ¿no me dijo nada a mí? —se soliviantó.
—Mamá, te acabo de explicar el porqué.
—¡Me importa una mierda por qué! ¡Tú eres mi hija! Y...
—Mamá —la interrumpió—. ¿Cuántas veces me ha dicho Saem que deje a su padre y yo no le he hecho caso?
Alma maldijo. Su hija tenía razón. Se lo había dicho tantas veces que hasta la propia Alma tuvo que regañarle para hacerle entender que cuanto más se empeñara él, menos caso le haría ella.
—Vale. Respira, que te estás poniendo azul —le recomendó Nuria—. Ya lo hablarás con Saem y os entenderéis.
—¿A ti Mario te dijo algo? —preguntó Alma.
Nuria negó con la cabeza. Pero conociendo la devoción que Saem y su futuro marido se tenían, no dudaba de que Mario lo supiera.
Nuria y Alma estaban sobrecogidas por aquella revelación.
—Ay, lobas —continuó la joven—. Lo que os tengo que contar ahora es mucho peor. ¡Os juro que cuando me enteré no me lo podía creer! Y cuando lo sepáis vosotras, ¡vais a alucinar!
—Dispara —soltó Nuria.
—Esta mañana, tras discutir con Elías me marché, pero cuando estaba llegando al coche me di cuenta de que me había dejado las llaves en el sofá del salón donde había dormido. Por lo que, como sé dónde está escondida la llave de emergencia, la cogí y volví a entrar.
—Natalia, por Diossss —se quejó Alma.
—A ver, mamá, me había dejado las llaves del coche, ¿qué querías que hiciera? —Ella no respondió y Natalia añadió—: Cuando entré, oí su voz. Hablaba por el manos libres con alguien desde su despacho y... ¡Joder, vais a flipar!
—¿Qué escuchaste? —preguntaron las dos al unísono.
—Hablaba con Daniel Pedroñeras, su abogado. Y Elías se reía por lo fácil que había sido para él conseguir que ningún banco os concediera el préstamo.
—¡¿Quéééé?! —gritaron las dos, levantándose.
Natalia también se levantó.
—Al parecer, utilizando su poder, ha hecho que ningún banco os conceda el préstamo, y...
—¡Pero qué hijo de la gran puta! —murmuró Nuria.
—¿Él ha hecho eso? —preguntó Alma, sorprendida.
—Sí, mamá. Él lo ha hecho. Y sus palabras literales fueron: «Si esa zorra se creía que se iba a salir con la suya, lo lleva claro. Si me jode con mi hijo, yo la jodo a ella».
Estupefacta, Alma se quedó sin palabras.
—Incluso se jactaba con Daniel de que Saem lo sabía —apostilló Natalia.
—¡¿Cómo?! —exclamó Nuria.
Alma, totalmente descolocada por aquello, parpadeó.
—¿Que Saem lo sabía? —repitió, clavando la mirada en su hija.
—Eso decía, mamá. Pero oí que se levantaba y tuve que salir por patas, por lo que no pude escuchar más.
Alma, con la tensión por las nubes, comenzó a caminar de un lado al otro del salón. Había sido Elías. Aquel sinvergüenza, de la forma más sibilina, había boicoteado su sueño. De repente, se detuvo y pensó en Saem.
—Por eso me dijo que él pediría el préstamo... —murmuró.
—¿De qué hablas?
—Saem, hace un tiempo, me comentó que se estaba planteando pedir un préstamo. Que pondría de aval su restaurante y pediría un préstamo para ayudarnos.
—¡Qué fuerte, mamá!
Nuria, pasmada, parpadeó.
—Sinceramente, no sé si cabrearme o llamarlo loco —repuso, conmovida.
—Y tan loco —afirmó Natalia, pensando en los problemas que en ocasiones ocasionaba el maldito dinero.
—No me puedo creer que Saem lo supiera y no me dijera nada —insistió Alma.
—Mamá, Elías puede haber mentido. De él ya no me creo nada.
A Alma estaba a punto de explotarle la cabeza. Saber, imaginar o creer que Saem le había ocultado lo de la tal Verónica y lo del préstamo, le escocía. ¿Por qué no se lo había dicho? Estaba tratando de tranquilizarse tomando aire cuando sonó el timbre.
—Tan puntual como mi cabreo —masculló, mirando el reloj.
Y se dirigió a abrir la puerta de muy malos modos.