Ríete de las bodas Capítulo 66
80%

Capítulo 66

A las cinco de la mañana, cuando cerraron el local, Saem y Alma iban en el coche de él hacia su casa.

—¿Lo has pasado bien, cariño? —preguntó ella, que iba bastante contenta.

—Sí.

El resto del camino y animado por ella, los dos fueron cantando ciertas canciones de Shakira que a Alma le hacían venirse arriba y a Saem reír a carcajadas.

Al llegar a la entrada del garaje de Saem, este detuvo el vehículo. Le dio al mando a distancia para que la puerta se abriera.

—Seguro que Haneul nos oye al llegar —susurró Alma.

—Seguro. Tiene el oído muy fino —afirmó Saem, sonriendo.

—Te he dicho que eres mi dios asiático preferido.

—Sí. Y me encanta saberlo.

—Para otra fuiste su bomboncito asiático .

—Y tú, para otro, su «caramelito» —afirmó, clavando su mirada en aquellos preciosos ojos verdes.

Ambos rieron. Estaba claro que tenían pasado.

—Ahora eres mío —afirmó ella, humedeciéndose los labios.

—Totalmente.

Saem sonrió. Ni él ni Alma eran personas celosas. Pero aquello que había dicho le gustaba y excitaba. Cuando entró en el garaje y aparcó su vehículo en la plaza correspondiente, Alma abrió la puerta y se bajó. Acto seguido, abrió la puerta de atrás y metiéndose de nuevo en el coche, se sentó.

—Cielo, ¿qué haces? —preguntó Saem.

—Cuéntame, ¿alguna vez este garaje ha sido tu cuarto secreto de diversión?

—No —contestó Saem, que captó a qué se refería.

—¿Y en tu coche?

—En este coche, no. En otros sí.

—¿En serio?

—Totalmente en serio.

Alma sonrió. Le gustaba saberlo. Y soltándose el cabello, que llevaba recogido en un divertido e informal moño, murmuró:

—¿Y qué tal si inauguramos coche y de paso garaje?

Saem, sin dudarlo, asintió. El sexo con Alma era excepcional en cualquier sitio, por lo que abrió la puerta trasera y se metió atrás con ella. Rápidamente esta se sentó encima de él.

—Odio que te miren con deseo, pero también me pone —susurró—. Sinceramente, no me entiendo ni yo.

Saem la besó. Metió la mano bajo el vestido largo que ella llevaba, y se percató de algo.

—¿No llevas bragas? —preguntó.

Sonriendo, esta negó con la cabeza.

—Ni sujetador —apostilló. Divertido, Saem levantó las cejas y ella cuchicheó—: Me los quite antes de salir del DeLokos. Quería sorprenderte.

—Vaya... —murmuró Saem, encantado.

Un beso. Dos.

—Cariño, quiero follar —susurró Alma al tercer beso.

—Pues, cielo, follemos.

Sus ropas volaron por el coche. Adiós, camisa. Adiós, vestido. Adiós, pantalón. Adiós, calzoncillo.

Con los cristales empañados, totalmente desnudos y solo iluminados por la tenue luz del interior del vehículo, se dejaron caer al pozo de los deseos más salvajes.

Ansiosos y deseosos y conscientes de la diferencia entre follar y hacer el amor, sus manos, que inicialmente se tocaban con suavidad, se volvieron rudas y enérgicas. Y sus bocas, que inicialmente se besaban con cariñito, ahora mordían con morbo y deseo.

Saem, muy excitado, la tumbó sobre el asiento del vehículo y disfrutó de la vista que le ofrecía aquel precioso cuerpo maduro.

— Saranghaeyo —susurró, acercándose a su boca.

Escuchar aquel «te quiero» a Alma la volvió loca y más cuando sintió cómo la caliente boca bajaba lentamente por su cuerpo hasta llegar al destino deseado por los dos. Morbo. Deseo. Calentura. Entrega Todo aquello unido provocó que Alma gritara de placer y Saem temblara de excitación.

Acalorados a más no poder por la situación, y Saem sintiéndose como un fórmula uno que está en la parrilla con el motor en marcha dispuesto a todo, se incorporó y colocándose estratégicamente sobre ella, de una placentera estocada la penetró.

Alma jadeó. Saem tembló. El placer que se daban el uno al otro con sus jadeos, roces o miradas era tremendo, y ambos enredaron sus dedos en sus cabellos y se besaron.

Sus cuerpos se encontraban con fuerza una y otra vez, mientras se comían la boca como auténticos salvajes.

Los bruscos movimientos de ambos hacían que el coche se moviera con descaro.

Aunque, por suerte para ellos, nadie lo vio.

Era de madrugada y nadie andaba por el garaje.

Y cuando el orgasmo les llegó, aquel día y en aquel lugar, dejándose llevar, gritaron de una manera especial.

Saem, agotado por el esfuerzo y el calor, cayó sobre Alma.

— Saranghaeyo —susurró ella, apretándole con los brazos y las piernas contra su cuerpo.

Minutos después, cuando la respiración de los dos se normalizó, Saem murmuró:

—Has sido mi primera vez en el coche y en el garaje.

—Me gustaaaaa ser tu primera vez —canturreó Alma, contenta.

Divertido por ver esa sonrisa, Saem, miró aquellos ojos verdes que adoraba.

—Cielo, quedan inaugurados el coche y el garaje —dijo con tono solemne, y con picardía preguntó—: ¿Alguna vez has tenido sexo en un barco?

Divertida, Alma negó con la cabeza.

—Ni en un barco, ni en una tienda de campaña, ni sobre una mesa de billar, ni en una cueva, ni bajo la lluvia... —enumeró ella con la misma picardía.

—Madre mía, cielo. La de inauguraciones pendientes que tenemos.

—No sabes cuánto me gusta saberlo... —canturreó ella.

Divertidos por aquello y tras un nuevo beso, decidieron vestirse y subieron a casa, en donde entraron con cuidado. Haneul dormía o, como susurró Saem, se hacía la dormida.