Capítulo 65
Una hora después, cuando los ajustes al vestido de Nuria estuvieron acabados, las cuatro salieron de Diva y Radiante para tomarse algo, antes de ir a cenar. Era su noche de lobas.
Mientras charlaban y tomaban algo, Saem la llamó por teléfono.
—Hola, cariño —saludó.
—Hola, cielo. ¿Qué tal todo?
—Bien. Aquí estoy con las lobas tomándonos algo antes de irnos a cenar.
Saem sonrió. Le encantaba que lo pasara bien con sus amigas.
—¿Nos vemos esta noche cuando salga del trabajo en DeLokos y luego te vienes a mi casa a dormir?
Ella sonrió. El día anterior Natalia se había llevado a Sugar a su casa, por lo que podía permitirse hacer aquello.
—¿Os apetece tomar una copa en el DeLokos tras la cena? —les preguntó a sus amigas. Las tres sin dudarlo asintieron, y ella dijo—: ¡Allí nos vemos!
Encantado, Saem se despidió de ella, le dio un beso en la cabeza a su perra Freya y se marchó a trabajar.
—¿Todo bien? —quiso saber Estíbaliz, cuando Alma dejó su teléfono móvil sobre la mesa.
Alma asintió.
—¿Pero bien... bien? —insistió Romina.
—Claro.
—¿Sigues dándole vueltas a lo del préstamo?
Alma negó con la cabeza. Actualmente era en lo que menos pensaba.
—Me jode —admitió—. Pero la realidad es la que es. Por lo que, como le dije a Nuria, lo volveremos a intentar en otro momento.
—¿Y con Saem bien?
—Muy bien —afirmó.
—¿Y por qué ninguna te creemos y te vemos rara? —soltó Nuria.
—Eres especialista en alarmar a la gente, ¿lo sabías? —se quejó Alma.
—Y tú eres especialista en decir que no te pasa nada, cuando sabes tan bien como yo que mientes como una bellaca.
—Pero qué dices, Nuria...
—Digo lo que veo y pienso. Y si te molesta, pues lo siento. Pero si alguien ha insistido siempre en que hablar y desahogarse es bueno para el alma y la salud, esa siempre has sido tú. Por lo tanto, te jorobas, y...
—Aquí todas somos especialistas en algo —cortó Estíbaliz, viendo la situación—. Yo, por ejemplo, soy especialista en colapsar cuando algo no sale como quiero.
—Y yo soy especialista y medalla olímpica en el lanzamiento de tiro con braga.
Aquel comentario les arrancó una carcajada.
—Últimamente os echo de menos —soltó Alma de pronto. Las tres amigas se miraron, y ella prosiguió—: Tú estás liada con la boda. Tú con tus románticos fines de semana con Alberto y tú con Carolina y su futuro bebé. Y yo... yo...
—Y tú con el dios coreano, ¿o acaso miento? —matizó Nuria.
Alma asintió cuando a Romina se le encendió la bombilla y, jugándosela, miró a Alma.
—¿Sigues dándole vueltas a lo que dijeron esas chicas? —probó por ahí.
Alma dio un respingo. Aquel gesto fue tan evidente que las tres supieron que Romina había dado en el clavo.
—No me jorobes, Alma, que sigues pensando en esa gilipollez.
Ella cerró los ojos unos instantes.
—Lo sé —reconoció—. Sé que es una gilipollez. Pero... entre eso, lo preocupada que estoy por Natalia y lo que me dijo Elías, por primera vez me estoy cuestionando si lo que hago es lo correcto, y siento miedo.
—Pero, Alma, ¿qué dices? —murmuró Romina.
—¿Miedo a qué? —preguntó Estíbaliz.
Alma tomó aire. Hablar de aquello era difícil. Mucho.
—Miedo a estar haciendo las cosas mal —empezó a enumerar—. Miedo a equivocarme. Miedo a decepcionar. Miedo a no estar prestando toda mi ayuda a Natalia. Miedo a que Saem me deje por otra, si de pronto se desenamora al verse con una... una... vieja.
—Por favorrr. Pero ¿qué dices?
—Lo sé. Sé que digo tonterías. Pero hay una parte de mí a la que llamo la Alma positiva, que está feliz porque por primera vez en la vida se siente querida y amada por un maravilloso hombre, pero luego está la Alma negativa, que piensa que lo que hago no está bien, porque ese maravilloso hombre se merece a alguien mejor que yo.
—Pero, Alma...
—Lo sé. Lo sé. Lo que os cuento es una ida de olla de las mías. Pero...
—Te lo dije, Alma. Te dije que esto podría pasar.
—Ay, Estíbaliz, cierra ese buzón de correos que a veces tienes por boca —protestó Romina.
—Ehhh, tú. Te estás pasando.
—Tú sí que te estás pasando —siseó Romina.
Guardaron silencio unos segundos. Entonces Nuria, que había permanecido callada hasta ese momento, tomó la mano de su amiga.
—Todas en la vida tenemos dudas y miedo —dijo—.
Dudas por hacer algo y miedo por si ese algo sale mal.
Y si algo he aprendido es que si tengo miedo por algo significa que me importa, tanto para bien como para mal.
En cuanto a Natalia, tranquila. La niña no tiene un pelo de tonta, y con lo que está viendo últimamente, te aseguro que se desenamorará de ese imbécil y lo mandará a tomar viento fresco.
Por lo que respecta a Saem, te importa para bien.
Ese pedazo de dios asiático llegó de forma inesperada, y soy la primera que entiende que te ha puesto la vida patas arriba.
Pero también entiendo que desde que llegó no ha parado de darte cariño, ternura, momentos increíbles, y, aunque Romina me mate, ¡folladas colosales!
—¡La madre que te parió, Nuriaaaa!
Alma sonrió como sonrieron sus amigas.
—Tú siempre has estado a nuestro lado cuando te hemos necesitado —continuó Nuria—.
Y ahora nosotras queremos estar al tuyo.
Somos las lobas. Y nosotras lloramos y reímos juntas.
Como manada y unidas somos más fuertes para buscar soluciones y salir adelante.
Lo que no se le ocurre a una se le ocurre a otra, y menuda charla te estoy dando para decirte que, si el camino se te hace pesado y cuesta arriba, aquí nos tienes a las tres para empujarte.
Y que, por favor, no dejes de brillar, porque cuando tú nos alumbras, todas nosotras vemos mejor.
Emocionada por aquellas palabras, Alma asintió.
Eso era lo que necesitaba. Necesitaba el apoyo de sus amigas.
Hablar con ellas. Desahogarse. De pronto, sonó el teléfono de Nuria.
Era Mario. Se levantó y se alejó un poco para hablar con él.
En ese instante, Romina aprovechó para enseñar una fotografía de la ecografía de Carolina, y Estíbaliz y Alma, emocionadas, la miraron. ¿Podía haber algo más bonito?
Tras una cena en la que se bebieron tres botellas de vino que les levantó el ánimo y subió el decibelio de sus risas, se marcharon al DeLokos.
Mario las vio y de inmediato se acercó a ellas.
—Qué alegría ver que han llegado las reinas del lugar —las piropeó.
Nuria sonrió.
—Me gusta ver que reconoces que le damos caché a tu local —le dijo, tras darle un beso.
—Como para no reconocértelo a ti —se mofó él, divertido. Las chicas sonrieron, y él preguntó—: ¿Qué quieren mis reinas?
Con diligencia, Mario sirvió tras la barra lo que ellas le pidieron, y, al acabar, tras darle un beso a Nuria, se marchó con uno de los camareros al almacén. Necesitaban más bebidas.
Sobre las doce de la noche llegó Saem después de cerrar el restaurante. Al entrar y cruzarse con varios de los camareros, los saludó, y al ver a Alma sentada se acercó por detrás.
—¿Cómo está mi preciosa novia? —le preguntó al oído.
Alma sonrió al oír su voz y sentir su cariño, y girándose, lo miró y le dio un dulce beso.
—Muchichirriiiiiritísimo mejor ahora que tú estás aquí —afirmó.
Saem se sorprendió. Últimamente Alma estaba más callada de lo normal.
—Sí. Ha bebido un poquito de más —explicó Nuria.
Divertido, él se fijó en el curioso color violeta de los ojos de Alma, que la hacían parecer un hada, y tras saludar al resto de las lobas, al ver a su tío al fondo del local, miró a Alma y dijo:
—Ahora vuelvo, cielo.
Tío y sobrino se saludaron y comenzaron a hablar.
Alma vio cómo unas jóvenes se acercaban a Saem y Mario se alejaba.
Por cómo le hablaban, intuyó que ya lo conocían y no le importó.
Ella no era celosa. Pero a medida que fue pasando la noche, aquello comenzó a molestarle.
Eran muchas las mujeres que se acercaban a él y le sonreían con coquetería.
Y aunque Saem sabía perfectamente marcar las distancias, Alma no pudo evitar un gruñido.
—Creo que me va a salir una úlcera.
Todas la miraron. Entonces Alma señaló con disimulo a Saem hablando con aquellas mujeres.
—¿Cómo competir con ellas? —se desesperó.
—Tú no tienes que competir con nadie, ¿pero de qué hablas? —se sorprendió Romina.
Alma puso los ojos en blanco.
—No quiero ser la pájara de mal agüero, pero te lo dije, Alma. ¡Te lo dije! —se metió Estíbaliz, levantando la voz.
—Ya estamos —protestó Romina.
—Dije que este tipo de preguntas la podían atormentar. Y antes de que os tiréis a mi cuello, dejadme decir que, por lo que veo, Saem simplemente está siendo amable con ellas. No veo ni que las mire de una manera especial, ni que...
—Pero ellas a él sí —la interrumpió Alma cogiendo su bolso—. Fíjate en cómo lo mira y le sonríe la que va vestida de verde, con gesto de querer arrancarle la ropa.
—¡Qué descarada! —exclamó Romina.
Nuria, que hasta el momento había permanecido en silencio, sonrió. Y tras ver que Alma se había quitado las lentillas violetas que llevaba, dijo:
—Si miráis a vuestra izquierda veréis a Mario.
¿Lo veis, verdad? —Ellas asintieron, y Nuria continuó—: Está rodeado de jovencitas que se mueren por llamar su atención.
¿Por qué? Pues porque es un madurito potentón y es uno de los dueños del local.
Y eso llama la atención. Pero sabes, Alma. Confío en él como él confía en mí y...
—Vosotros sois de la misma generación, pero Saem y yo no.
—Las amigas suspiraron. Ella seguía con lo mismo—.
Sé que lo que digo es una tontería, pero a veces oigo esa vocecita cabrona y negativa en mi interior que me advierte de que Saem en algún momento se fijará en alguien que concuerde más con su edad y me dejará.
—Alma... —murmuró Romina.
—Esa vocecita cabrona que te martiriza es el miedo y la inseguridad de la que hemos hablado durante la cena —matizó Nuria—.
Alma, sé positiva. Tú eres una tía muy positiva, y piensa que mientras esas mujeres suspiran por Saem, él solo suspira por ti.
¿Por qué no piensas eso y dejas de imaginar que te va a reemplazar?
Madre mía, Alma, si todas las personas que estamos en pareja pensáramos en eso, nadie sería feliz.
Alma asintió. Nuria tenía razón. Ella era una tía muy positiva. Y cuando comenzó a sonar la canción Soltera de Shakira, las cuatro amigas corrieron a la pista a bailar.
Desde la distancia, Saem al ver a Alma divertirse, sonrió. Le encantaba que no tuviera sentido del ridículo y que simplemente se permitiera ser ella.
Mario, por su parte, acercándose hasta donde las chicas bailaban, sonrió a Nuria.
Esta era expresiva, descarada, loca, y cantándole la canción estaba, cuando lo invitó a acercarse, y él lo hizo.
Entre risas, bailoteó con las cuatro lobas y cuando iba a marcharse, Nuria le dio un azote en el trasero que le hizo reír. Adoraba a esa mujer.
A partir de ese instante y animadas, las cuatro amigas no pararon de bailar y de vacilar a todo el que se le acercaba. Estaba claro que las maduritas de buen ver ¡estaban en alza!
En varias ocasiones, tanto Mario como Saem se acercaron hasta ellas. No eran celosos. Todos se daban su espacio. Pero les gustaba que les quedaran claras ciertas cosas a otros tipos. Allí todo el mundo lo podía pasar bien, pero sin pasarse.