Ríete de las bodas Capítulo 64
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Capítulo 64

Los días pasaron. El incidente con aquellas jóvenes en DeLokos quedó como una anécdota divertida y todo parecía ir bien, pero no, Alma no estaba bien, aunque, como una excelente actriz, lo disimuló. No era la primera vez que tenía que disimular algo incómodo para ella.

El viernes por la tarde, en el despacho de Diva y Radiante, tras subir del atelier donde solucionó unos temas, Alma leía unos artículos en su ordenador donde hablaban sobre las parejas que se enamoraban y entre ellos había una diferencia de edad.

También había testimonios, donde la mujer era mayor, y se identificó con muchos de ellos.

Estaba claro que lo que ella sentía no era un hecho aislado, sino que lo experimentaban muchas mujeres más.

Ella, que siempre había sido una mujer segura y de paso firme, había comenzó a tambalearse y sabía por qué era.

Desde el incidente con las jóvenes en el DeLokos, se analizaba en profundidad al mirarse al espejo.

Cosa que antes no hacía. Cuestionaba cada arruga, cada mancha o sus ojeras.

De pronto, cada atisbo de madurez y del paso del tiempo jugaba malintencionadamente en su contra, y le pesaba.

Sabía mejor que nadie que eso a Saem no le importaba.

Que con su cariño, respeto y amor la hacía sentir bella, querida y viva.

Pero las palabras de Elías, unidas a las de las jóvenes de aquella noche y a las miradas indiscretas que le echaban en algunos momentos, le comenzaban a pesar.

Alma, sin ser consciente de lo que hacía, comenzó a buscar las miradas desconsideradas y los cuchicheos de otros cuando Saem y ella salían a cenar o caminaban por la calle abrazados y cogidos de la mano.

Si quedaban con los amigos de él, aunque eran encantadores con ella, su susceptibilidad le gritaba que la evaluaban en silencio con sus sonrisas ladeadas, y lo confirmaba cuando, en ocasiones, al ella acercarse se callaban.

Intentaba digerir en silencio todo aquello sin decirle nada a nadie.

Ni siquiera a Saem. Él seguía como siempre.

Vivía el amor con libertad, porque para él su relación no era cuestionable y, por supuesto, no tenía que explicarle nada a nadie, algo que ella también pensaba, hasta que comenzó a cuestionarse.

Saem la besaba en público, la miraba con amor, le decía cosas preciosas y aunque ella lo agradecía, también era la primera en soltarle la mano cuando iban por la calle.

Y lo hacía porque estaba tan confundida que la inseguridad le hacía sentirse pequeñita.

Se martirizaba en silencio desde que se levantaba hasta que se acostaba. Si algo tenía claro era que amaba a Saem con toda su alma, y estaba aterrada ante la posibilidad de arruinar algo tan bonito como lo que tenían.

Cuando estaban juntos, lo observaba sin que él se diera cuenta.

Adoraba a aquel hombre como nunca había adorado a ninguno, pero el hecho de pensar que podía llegar el día en que él comenzara a verla como otros la veían, no la dejaba vivir.

¿Saem despertaría del bonito sueño y la dejaría por otra mujer más joven?

¿Seguiría él mirándola con amor cuando el tiempo hiciera más mella en su rostro y en su cuerpo?

¿La comenzaría a ver con los ojos cuestionables con que la veían otros?

Aquella lucha interna entre la Alma guerrera y la Alma insegura la estaba agotando. Y lo peor era que la insegura comenzaba a ganar espacio y eso la hacía mirarse ella misma con los ojos con los que la miraban quienes la cuestionaban.

Estaba concentrada leyendo aquellos artículos cuando sonó su teléfono.

—Hola, mamá —saludó.

—Llevas una semana sin llamar.

Su madre siempre tan amable. No le extrañó.

—Estoy a tope de trabajo y si vosotros no llamáis es porque estáis bien —replicó.

Durante los siguientes minutos, Cecilia los dedicó a despotricar contra ella. Le hizo saber lo molestos que estaban ella y su padre porque llevara más de dos semanas sin ir a verlos. También le echó en cara que Natalia siguiera con aquel viejo. Alma escuchaba resignada, sin intervenir.

—Me he enterado por una vecina que tu amiga Nuria se casa —dijo su madre de pronto.

—Sí.

—¿Con quién?

Alma, estuvo a punto de decirle: «Pregunta a la IA», pero se contuvo.

—Con un hombre encantador.

—¿Y qué pasa? ¿No nos va a invitar a la boda a tu padre y a mí?

—Pues no, mamá —respondió con sinceridad—. No os va a invitar.

—¿No lo dirás en serio?

—Totalmente en serio. Y antes de que comiences con tu retahíla de protestas, déjame decirte que ni vosotros soportáis a Nuria, ni ella a vosotros, por lo que...

El teléfono quedó mudo. Su madre enfadada había colgado.

Alma resopló. La paciencia que tenía con sus padres cada vez era más escasa. Recordó que Saem le había dicho que, tarde o temprano, la paciencia se acababa. Volvió a dirigir su atención al ordenador, y estuvo un rato concentrada en la lectura hasta que la puerta de su despacho se abrió.

—¡Sorpresaaaa!

Esbozó una triste sonrisa. Allí estaban sus tres locas amigas.

—¿Qué te pasa? —preguntó Nuria al ver su expresión.

—Acabo de hablar con mi madre. —Las tres amigas se miraron, y Alma añadió—: Aparte de reprocharme que no la llamo, que no voy a verlos y que Natalia siga con ese «viejo», también se ha enfadado cuando me ha preguntado por tu boda y le he dicho que no los ibas a invitar.

—No me jodas. ¿Me has dejado sin darles la exclusiva?

—Lo siento, Nuria. Pero es que me ha preguntado. —Agotada y sin mucho ánimo, finalmente se levantó y se fijó en sus amigas—. Romina y Estíbaliz, ¿qué hacéis aquí?

Ellas se sorprendieron.

—Es viernes, ¡y es nuestra noche de chicas! —exclamó Romina.

Alma asintió. Estaba tan agotada, preocupada por Natalia y abstraída con todo lo que últimamente le rondaba por la cabeza que no sabía en qué día vivía.

—Creía que hoy lo habíais suspendido —comentó.

—Pues no. Hoy no —dijo Romina.

—¿En serio no te acuerdas de lo que pasa hoy? —se sorprendió Nuria.

Alma parpadeó. Y entonces vio la caja de manolitos que Nuria llevaba en su mano.

—Es verdad —cayó en la cuenta—. Tenemos la prueba de tu vestido.

—Sí. Y al parecer también se te había olvidado.

Con cariño, Alma se acercó a Nuria y la abrazó.

—Lo siento... Lo siento... ¿me perdonas?

—Por supuesto. Pero como castigo, pagas la cena —afirmó Nuria, mirando a las otras dos, que asintieron. Nuria tenía razón, algo le pasaba a Alma.

Las cuatro juntas bajaron hasta la tienda y se dirigieron hacia el probador del fondo. Nuria ya se había encargado de que su precioso vestido de novia estuviera esperándole ahí.

Mientras Estíbaliz y Romina se sentaban y abrían la caja de manolitos, Alma entró con Nuria en el probador.

—¿Estás bien? —preguntó Nuria al ver el entrecejo de Alma fruncido.

—Sí. Alza los brazos, que te voy a pasar el vestido por la cabeza.

Obedientemente, Nuria los levantó mientras sentía cómo aquel precioso vestido de novia resbalaba por su piel.

—En este probador fue donde el dios asiático y tú... —comentó, intentando hacer reír a su amiga.

—Sí. —Y sin entrar en la broma, exigió—: Ponte recta o no podré abrocharte el vestido.

—Eyyyy. ¿Estás tensa?

—No.

—A ver, loba. A mí no me engañas —insistió.

—Que no me pasa nada, pesadita. —Finalmente sonrió.

Nuria asintió. Alma no estaba bien. Pero sin querer atosigarla, ayudó a acoplar aquel maravilloso vestido a su cuerpo y cuando el vestido quedó totalmente en su sitio, Nuria murmuró:

—Por favorrr... Estoy tan impresionante que debería llevar etiqueta de advertencias.

—Loba, estás de diez —afirmó Alma.

Acto seguido, Alma abrió la cortina que las separaba de sus amigas. Romina y Estíbaliz, que estaban charlando, se callaron. Con la boca abierta, miraron a Nuria.

—Lo sé. Estoy tan impresionante que debería cobrar entrada para verme —se burló ella, divertida al ver su expresión.

Eso provocó que todas rieran.

—Pero Nuria... ¡qué guapa estás! —exclamó Romina, levantándose.

—El vestido te queda espectacular —afirmó Estíbaliz, levantándose también.

Nuria sonrió. La primera vez que Alma le enseñó el boceto de aquel vestido de satén elástico de corte entallado y evasé, con cola barrida en color champán, se enamoró de él.

Era un diseño sin mangas, escote drapeado, espalda en V profunda, y con unos delicados pliegues en la cadera que hacían que se adaptara a su cuerpo muy bien.

—¿Qué velo quieres llevar? —preguntó Romina.

—Ninguno. Quiero un moño italiano, decorado con florecitas. Algo sencillo. —Romina y Estíbaliz asintieron, y ella dijo—: Sigo pensando qué ponerme sobre el vestido. Al ser diciembre, hace frío y necesito algo o me voy a pelar cuando salgamos a la calle.

—¿Qué tal un chal o un echarpe? —propuso Romina.

Nuria se encogió de hombros.

—Vuelvo en dos segundos —dijo Alma.

Acto seguido, se marchó por las escaleras del fondo.

—Tienes razón, Nuria. Está rara —confirmó Romina tan pronto como Alma se perdió de vista—. A ella nunca se le olvidaría la prueba de ninguno de nuestros vestidos.

—¡Os lo dije! No sé qué le pasa, pero algo le ocurre.

—¿Le has preguntado?

—Le he preguntado, pero la tía no suelta prenda, y la verdad, no creo que sea por lo del préstamo. Eso ya lo hemos hablado y dejado para más adelante.

—¿Será porque últimamente hemos cancelado algunos viernes de lobas? —planteó Romina.

—La loba regresa al huerto. Repito. La loba regresa al huerto —musitó Estíbaliz, al ver a Alma bajar por las escaleras.

Las tres comenzaron a ensalzar de nuevo el vestido de Nuria. Alma se acercó con una enorme caja que dejó sobre una mesita.

—Nuria, sin que lo supieras, he diseñado y cosido esta capa de terciopelo forrada en un color muy parecido al del vestido —dijo—. Le he puesto enganches y unos finos cristalitos, porque te encanta el brilli-brilli. ¿Cómo lo ves? ¿Te gusta?

Al sacar aquella preciosa capa en color champán con diminutos cristalitos repartidos por toda ella un ¡Ohhhh! salió de sus bocas.

—¡Qué bonitaaaaa! —exclamó Estíbaliz.

—Es preciosaaaaaa —corroboró Romina.

Nuria, maravillada por aquello que no esperaba, miró a Alma. Sabía que algo le pasaba, y aun así, ella había sacado tiempo para hacerle con sus propias manos aquella maravillosa capa.

—No es que me guste, ¡es que me encantaaaaa! Por favorrr, ¡es preciosaaaaaa! —Y abrazándola, murmuró—: Si es que te quiero. Te como a besos. Eres... eres... ¡increíble!

Alma, divertida, sonrió y cuando se separaron, le colocó a Nuria la capa sobre su cuerpo.

—Tú estarás impresionante vestida así, pero yo soy la puta ama diseñando —soltó, mientras su amiga se miraba al espejo.

—¡Amén! —afirmaron las otras tres al unísono.