Ríete de las bodas Capítulo 63
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Capítulo 63

Al llegar las chicas al DeLokos, se encontraron de inmediato con la despedida de soltero de Mario. Con los brujos. Él disfrutaba de la noche cuando las chicas se acercaron.

—¿Aparcaste fuera tu escoba? —le preguntó a Nuria.

—Sí, y con la alarma puesta, que a veces vuelan solas.

Todos rieron y ellos se besaron. Nuria y Mario eran tan para cual.

—¿Todo bien, futura mujercita? —quiso saber él.

—Todo genial, futuro maridito. Sigue así y quizá te deje ganar la ronda final.

Al oírlos, Saem y Alma, gesticularon y se besaron. Hacerlo con naturalidad les encantaba a ambos.

—¿Y tú también has aparcado tu escoba? —susurró Saem al oído de Alma.

—Por supuesto, cariño. Ahora prefiero montarte a ti —respondió ella, con una seductora mirada.

—Pero buenoooo, inspectoraaaaa... —rio Saem.

Se rieron los dos y Alma lo besó. Le encantaba besarle.

El grupo estaba animado. Brindaron varias veces por los novios. Bailaron hasta que les dolieron los pies y disfrutaron muchísimo. En un momento dado, Romina miró a Alma, que estaba sentada sobre las piernas de Saem, y le pidió:

—¿Me acompañas al baño?

—Por supuesto. —Y tras darle un pico a Saem, murmuró—: Ahora vuelvo.

Del brazo de su amiga, las dos se dirigieron al baño.

—Creo que estoy un poco perjudicadilla —admitió Romina.

—Si fuera solo un poco —rio Alma.

En el baño había una cola de chicas.

—Tenemos para rato —dijo Alma.

—Tranquila, ¡me aguanto! —Romina cruzó las piernas.

Apoyadas en la pared, esperaban su turno charlando animadamente sobre todo lo que se les ocurría cuando apareció Saem.

—¿Os apetece otra cerveza o algo de beber? —les preguntó.

— Gin-tonic —indicó Romina.

—Otra cerveza, cariño —pidió Alma.

Saem asintió y, tras darle un mimoso beso en los labios a Alma lleno de dulzura y pasión, se marchó. Alma aún estaba sonriendo cuando se percató de que unas jóvenes que estaban esperando su turno para entrar en el baño la miraban, aunque no le dio la mayor importancia.

Minutos después, cuando a Romina le tocó entrar en el aseo, miró a su amiga.

—Tienes que entrar conmigo —le pidió.

—A ver, Romina. El baño es muy pequeño y...

—Almaaaa... estoy perjudicadilla, y como no entres para ayudarme con la falda, me meo en las bragas.

—¿Pero qué dices?

—¡Te lo juro!

—Valeeeee —sonrió, divertida.

Cuando estuvieron dentro, las risas no tardaron en llegar. El cubículo no era muy grande. Más bien era pequeño y estrecho.

—Jodido disfraz de bruja. ¡Pero cuántos metros tiene esta falda! —murmuró Romina desesperada.

—Esperaaaaaa... yo te la sujeto por detrás.

—Me estoy quitando las bragas.

—¿Para qué te las estás quitando?

—No lo sé. Pero ya las tengo en la mano.

Haciendo malabarismos y a pesar de estar empotrada en un rincón, Alma consiguió ayudar a Romina. Aún se estaban riendo cuando llegó a sus oídos una conversación:

—Qué fuerte, pero ¿cuántos años tendrá?

—Mínimo cuarenta y ocho.

—¡Qué dices! Esa tiene al menos cincuenta.

—¡¿Tan abuela es?!

—¡Ya te digo!

—Pero ¿qué habrá visto Saem en ella?

Al oír aquel nombre, Alma supo de inmediato que hablaban de ella.

—Ni caso —murmuró Romina.

Alma movió la cabeza con desagrado por lo que estaba oyendo.

—Con lo bien que tengo yo las tetas, Saem va y se fija en una que me dobla la edad y que, encima, seguro que tiene las tetas caídas.

Alma miró hacia el techo. No iba a entrar en aquello.

—Como dice mi madre, la edad no importa a no ser que seas un queso —soltó otra joven.

—El que está como un queso es Saem, la otra ya es una cuajada.

—Seguro que sin los kilos de maquillaje que lleva es un cromo.

Risas. A Alma aquellas risas la hicieron sentir mal.

—No llego al papel, ¿llegas tú? —le dijo Romina.

Rápidamente, Alma le entregó un trozo.

—Anda que no estará disfrutando la abuela del queso —oyó que decía otra joven.

—¡Abuela lo será tu puta madre! —gritó Romina de pronto.

Alma se asustó. ¿Romina diciendo palabrotas?

De pronto, los metros de falda negra de Romina volaron por los aires mientras furiosa abría la puerta, y les tiraba las bragas a la cabeza.

—Mirad, pedazos de... —gritó, mirando a las jóvenes.

—¡Rominaaaa! —exclamó Alma boquiabierta al ver a una de las chicas con las bragas colgándole en la cabeza.

Romina miró a su amiga que salía del baño.

—Dame un segundito, que tengo que decirles a estas listillas cuatro cositas.

—Y volviéndose hacia ellas, viendo como la muchacha se quitaba las bragas de la cabeza y las dejaba sobre la encimera del baño, soltó—: Parece mentira que estando en el siglo XXI y siendo vosotras mujeres seáis tan poco empáticas con otra mujer y la critiquéis por tener más edad que el hombre con el que sale.

Pero ¿cómo podéis ser tan malvadas, por no decir perras o crueles?

Ellas boquiabiertas no contestaron.

—Seguramente sois de las que ven normal que un hombre maduro salga con una chica joven, y cuando es al revés, ¡activáis la alarma social!

—continuó Romina, desatada—. Porque si es así, quizá el problema no sea la diferencia de edad entre ellos, sino que tenéis una mente muy, pero que muy limitadita, y sobre todo que no estáis acostumbradas a ver a una mujer con los ovarios bien puestos disfrutar de la vida y del amor como le dé la gana.

—Las muchachas se miraban atónitas mientras otras mujeres, al oír el griterío, entraban en el baño—: La edad en el amor, cuando se es mayor de edad, es un jodido número.

Y es un jodido número porque en una relación lo importante es el cariño, el respeto y el amor.

Si lo que os jode, os inquieta u os perturba, como decía mi adorada Esperanza Gracia, es que un hombre como Saem esté con una mujer como Alma, preguntaos de qué carecéis, y qué puede tener ella.

¿Será empatía? ¿Será respeto? ¿O será que no es una puñetera víbora venenosa?

—Romina...

—Queridas —prosiguió ella, ignorando sus bragas, que estaban sobre la encimera del baño—, no siempre vais a tener la edad que tenéis ahora.

Con suerte, cumpliréis años, ganaréis kilos y quemaréis etapas.

Sois las jóvenes que en un futuro no muy lejano serán las maduritas.

Y si ahora no respetáis, ¿pretendéis que luego las jóvenes que os siguen os respeten a vosotras?

—Abochornadas al ver como otras mujeres de distintas edades las miraban y asentían, no se atrevían ni a moverse.

Romina concluyó—: Y, por último, os diré que el respeto es algo fundamental y básico en la vida.

¡Aprended a respetar! Porque con vuestros hirientes y desacertados comentarios de víboras habéis demostrado que, de eso, de respeto, os falta mucho.

Tan pronto terminó su discurso, las otras mujeres que atentamente escuchaban comenzaron a aplaudir. Romina sonrió con aplomo, y alargando su mano agarró sus bragas. Por suerte, no todo el mundo pensaba como aquellas tres víboras.

Instantes después Romina y Alma salieron del baño.

—Por ti, tiro bragas, saco uñas y arranco los ojos —dijo Romina, firme.

Eso las hizo reír, aunque a Alma lo ocurrido le pesó más de lo que se atrevía a admitir.