Ríete de las bodas Capítulo 62
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Capítulo 62

Saem, como le prometió a Haneul, fue con ella a La Moraleja para recoger sus efectos personales. Desde la ventana, vieron a Elías observándolos, pero eso no les importó. Las cosas de Haneul se tenían que ir con ella, y si él quería guerra, la tendría. Estaba preparado para el ataque.

Haneul, de momento, viviría con Saem. Más adelante y con tranquilidad, buscarían algo para ella, aunque Saem no tenía prisa.

Por su parte, Nuria estaba total y complementa absorbida por su boda.

Quería que todo saliera a la perfección y tenía muchas cosas que organizar.

Romina estaba centrada en su nueva vida de soltera y, sobre todo, en su hija Carolina, que la iba a hacer abuela.

Estíbaliz y su marido Alberto se iban cada dos por tres a su pisito de Menorca.

Aquel nidito de amor que se habían comprado era su refugio y, como era lógico, querían disfrutarlo al máximo.

Y Alma, aún feliz con Saem, echaba de menos a sus amigas.

Aunque las tenía, cada una estaba enfrascada en sus propios proyectos, por lo que algún viernes de lobas se suspendió, y Alma se guardó sus miedos e inseguridades.

Elías y Natalia estaban tensos. Nada iba bien. Todo, de pronto, era un problema, y si a eso Natalia le sumaba la doble moral de su novio en muchos temas, todo era peor.

El 30 de octubre y para Halloween, en el DeLokos se organizaba la Fiesta del Terror a la que todos irían disfrazados. Pero antes disfrutarían de las despedidas de solteros de Mario y de Nuria, quienes decidieron hacerlas por separado.

Saem organizó una cena para su tío y sus invitados en su restaurante Mesa Trece.

Mario invitó a varios de sus amigos militares e incluyó a los maridos de lobas y lobeznas, exceptuando a Elías.

Roberto no fue porque tenía otros planes.

Con Elías, Mario había roto todo contacto y cuando Nuria le preguntó el motivo, él se limitó a decirle que el comportamiento de su hermano con Alma y Saem le avergonzaba.

Nuria lo entendió y no volvió a preguntar.

En el pequeño reservado de Mesa Trece, Mario y sus invitados estaban disfrutando de lo lindo. Saem, tras quitarse la chaquetilla de cocinero, se unió al grupo, no sin antes preguntar:

—¿Os ha gustado la cena?

Todos asintieron. El menú había sido espectacular, y Mario, orgulloso, lo abrazó.

—¡Mi chaval es el mejor! —exclamó.

—Tú eres el padrino de la boda, ¿verdad? —preguntó el marido de Carolina.

—Sí —afirmó Saem, feliz.

Durante un rato bromearon con los detalles de la boda.

—Por suerte para mí, tengo al mejor padrino del mundo —dijo Mario, feliz.

Tío y sobrino se miraron. Su relación era sana y perfecta.

—¿Qué os parece si nos tomamos la primera copita aquí? —propuso el marido de Estíbaliz.

A todos les pareció bien. Hasta la una de la madrugada no habían quedado con las chicas en el DeLokos, y Saem, mientras los demás conversaban, le preguntó a su tío:

—¿Y nuestros disfraces de brujos?

—En el despacho del DeLokos —respondió Mario—. Cuando vayamos, antes de que lleguen las lobas, nos los ponemos. Ya sabes que, aunque soy bastante payaso, no me gusta ir dando el cante por la calle.

—No sabes cómo te lo agradezco —susurró Saem. A él le pasaba lo mismo.

—Hablando de lobas —preguntó Mario—, ¿sabemos algo de ellas?

Saem sonrió. Ver que su tío se preocupaba por Nuria, tanto como él por Alma, le seguía haciendo gracia.

—Si la policía no nos ha llamado, es que todo va bien —señaló Alberto, el marido de Estíbaliz.

Divertidos, sonrieron y, levantando sus copas, brindaron. ¡Mario se casaba!

Lobas y lobeznas, vestidas todas de brujas en honor a Nuria, cenaban en un bonito restaurante griego. La novia así lo había decidido. Y riendo estaban cuando Estíbaliz, sacando una pastilla del bolso, dijo.

—Es la de la osteoporosis. Me la tengo que tomar.

—Uisss... la de mi prima la marimeno, ¡que se me olvidaba! —saltó Alma.

—Me uno a vuestro club —rio Carolina—. Tengo que tomar ácido fólico para el embarazo.

—Por favorrr. Nos hemos convertido en el grupo de las pastilleras —se mofó Nuria.

Divertidas, todas rieron cuando Nuria, mirándose la pechera mojada, dejó su copa sobre la mesa.

—¡Mierda! Ya me he manchado —gruñó.

—¡Cómo no! —rio Alma.

—Tranquila. Es solo agua —matizó Romina, señalando la copa.

Hambrientas, disfrutaron la exquisita comida griega. Allí no faltó de nada. Todo estaba buenísimo, y cuando brindaban por la felicidad de la novia, un grupo de chicas que pasaban por su lado, se pararon y mirando a Carolina le preguntaron:

—¿Te casas?

—No. Yo no. Ella.

Las jóvenes miraron a Nuria, y esta, al entender su gesto, afirmó:

—Sí, chicas. ¡Me caso! A mis cincuenta y seis maravillosos años, tras muchos castings , ¡por fin uno pasó las pruebas con matrícula de honor!

Las jóvenes rieron.

—¡Encontró un unicornio premium de luxe ! —añadió Alma.

Las jóvenes siguieron su camino muertas de risa. Natalia se levantó y fue al baño. La diversión entre las asistentes a la despedida de soltera continuó. Brindis. Risas. Burradas. Todo era divertido.

En un momento dado, Alma vio a su hija salir del baño y ambas se sonrieron. En ese momento el teléfono le sonó a Natalia y, sacándoselo del bolsillo de la vaporosa falda negra de bruja que llevaba, contestó. Era Elías.

Alma observaba a su hija. El gesto de Natalia le hacía saber que estaba discutiendo. Algo pasaba. Se levantó y se dirigió a ella.

Natalia le hizo una seña con la mano a su madre para que esperara. Y cuando cortó la comunicación, avanzó hacia ella.

—¿Qué pasa, corazón? —le preguntó.

Natalia tomó aire. Dudó si contarle el motivo de la discusión, pero finalmente lo hizo.

—Elías, que está muy pesadito —contestó en cambio.

—¿Qué le pasa al fósil?

—Mamááá.

—A ver, hija. Si yo para él soy una vieja, él, siendo mayor que yo, es un fósil en toda regla.

Natalia respiró. Estar en medio de aqcuello no era fácil.

—Dice que me echa de menos. Y que esta noche me vaya a su casa a dormir —mintió.

Oír aquello a Alma le repateó. Aquel sinvergüenza, con la pena, quería abducir a su hija.

Pero esta dijo—: Lo sé mamá. Sé lo que vas a decir.

Y no. No me voy a ir. Voy a disfrutar de la despedida de soltera de la tía hasta que yo quiera, y cuando regrese, lo haré a mi casa. No a la suya.

Alma asintió. Y entendiendo que los pensamientos de su hija no estaban muy alejados de los suyos, sonrió. Natalia estaba despertando.

Acabada la cena, y sabiendo lo que la novia esperaba, las chicas, vestidas de bruja y con escobas incluidas, fueron a una sala de striptease . Allí se juntaron con otras despedidas de soltera, y entre el ambiente y las ganas de pasarlo bien, la sala estaba tremendamente animada.

—A mí que no se me acerquen ni me saquen —exigió Romina, escandalizada, viendo la locura colectiva mientras bebía de su gin-tonic .

—Pero, tía, ¡si están buenísimooooos! —afirmó Leyre, sonriendo.

Acalorada, Romina miró a Nuria, que en el escenario y sentada en una silla reía a carcajadas, mientras un chico moreno y de precioso cuerpo se contoneaba ante ella.

—¡Lo digo muy en serio! Que estén alejados de mí —insistió Romina, algo mareadilla.

Divertidas por aquello, ninguna dijo nada. Simplemente disfrutaron mirando a Nuria, que, entre risas, interactuaba con aquel muchacho y ponía cara de loba. ¡Menuda era la novia!

Al cabo de un rato, Nuria, acompañada por el chico en cuestión, regresó a la mesa.

—Lobas y lobeznas. Os presento a Fernando —dijo, divertida.

Todas sonrieron a aquel guaperas, y Romina, que llevaba alguna copa de más, murmuró:

—Qué monoooooo.

Fernando, entonces, le tendió la mano a Romina y ella, tomándosela, se levantó, dejándose conducir por él, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Si insistes...

—Mamááá —musitó Virginia, muerta de risa.

Sorprendidas, vieron como Romina se marchaba con el chico al escenario totalmente abducida.

—Pero si decía que no quería —dijo Estíbaliz.

—El champán encendió la chispa y la curiosidad encendió el fuego —afirmó Nuria.

—Di que sí, mamááá —gritaban Virginia y Carolina.

Romina, disfrutando del momento, le arrancó el pantalón a Fernando cuando este se lo pidió, y paseando sus manos por sus glúteos estaba cuando Alma, muerta de la risa, al ver que las lobeznas le hacían fotos, dijo:

—Mucho decir, pero al final lo que gana ¡es lo que le pone a mil!

Leyre, Natalia, Virginia y Carolina, encantadas, animaban a Romina a darle aceite por el cuerpo, a Fernando.

—¡Mírala! Abriendo fronteras —exclamó Nuria a carcajadas.

—Mejor me callo la frase que ahora diría ella —rio Estíbaliz.

Disfrutaron de aquel momento que para Romina sería icónico.

Por primera vez, ella se dejaba llevar por algo que tuviera que ver con el morbo y el sexo.

Romina siempre había sido una mujer muy cohibida.

Una mujer a la que hablar de sexo le condicionaba.

Pero de pronto ahí estaba. Disfrutando y riendo con un tipo al que no conocía de nada, en el escenario de un espectáculo de striptease , dejándose llevar.

Una hora después, cuando el espectáculo acabó, Romina estaba totalmente eufórica por lo que había bebido y reía con sus hijas.

—¿Nos vamos para el DeLokos? —preguntó Alma, mirando el reloj.

Asintieron de buen grado. Tenían ganas de continuar con la juerga.