Ríete de las bodas Capítulo 61
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Capítulo 61

Al llegar a la casa de Alma, mientras Saem se ocupaba de preparar algo de cena sumido en sus pensamientos, ella cogió la correa de Sugar y lo sacó a la calle. Necesitaba pensar a solas y respirar.

Mientras caminaba por el exterior de la urbanización y Sugar disfrutaba de aquel pequeño paseo, Alma pensaba cómo encarar la conversación que quería tener con Saem.

Sabía que hablar de lo ocurrido era abrir de nuevo el melón, pero tenían que hacerlo.

Necesitaba saber que él tenía claras ciertas cosas para proseguir con su relación.

Cuando Alma regresaba a la urbanización se encontró con su vecino Ricardo, y este, sonriendo, saludó.

—Hola, Caramelito.

Sugar le gruñó de inmediato.

—No seas porculero, Ricardo —le dijo Alma.

Este asintió. Tras lo ocurrido aquel día en el gimnasio, días después, Alma lo buscó y le confesó que había iniciado una relación, por lo que, por favor, evitara llamarla Caramelito.

—¿Tampoco cuando estemos a solas te lo puedo llamar? —Alma, con gesto serio, lo miró y este entendió—: De acuerdo. Tampoco.

En silencio caminaron por la urbanización.

—Doy por hecho que el juego que había entre nosotros se acabó —preguntó él.

—Sí. Ricardo. Ya te lo dije. He iniciado una relación con Saem y...

—¿Cuánto crees que va a durar esa relación?

—Sorprendida por aquella pregunta, Alma se detuvo—.

Es demasiado joven para ti —insistió él—.

¿De verdad crees que algo así puede durar?

—Oír aquello la incomodó, y él, atento a su gesto, prosiguió—: Odio decirte esto, pero posiblemente solo eres la novedad del momento.

¿Qué años tiene? ¿Treinta y cuatro? ¿Treinta y seis?

—Treinta y nueve.

—¿Ese asiático tiene treinta y nueve años?

—Sí. Y es coreano.

—Parece más joven. Pero qué bien se conserva el tío.

—Lo sé.

—Vamos a ver, Alma, entiendo que estés disfrutando de este momento dulce con el coreano, porque yo disfruto de momentos dulces con mujeres que conozco, pero siendo consciente de lo que es.

Y por el cariño que te tengo, no me gustaría que perdieras el norte y no entendieras que algo así pocas veces sale bien. Soy tío y sé de lo que hablo.

—Eso no se puede saber.

—Claro que no se puede saber. Pero deberías ser consciente de que, más pronto que tarde, ese asiático joven y guapito te dejará por otra más joven que tú.

—Joder, Ricardo...

—Esto es así, Alma. Siento ser tan directo. Pero soy hombre y me considero tu amigo, y ojalá me equivoque, porque eres una mujer fantástica y divertida, que a mi juicio te mereces lo mejor.

Alma tomó aire. Desde luego, aquel día no estaba siendo de los mejores.

—Gracias por tu sinceridad —replicó—. Pero si esto dura o no, ya es algo mío y de Saem. Y teniendo esto claro, no vuelvas a llamarme Caramelito, ¿de acuerdo?

Ricardo asintió, sintiéndose fatal por haberle soltado aquel discursito.

Al llegar al portal, se despidieron con una sonrisa tensa, y cada uno siguió su camino.

Cuando Alma entró en su piso, el rico olor a comida inundó sus fosas nasales e inconscientemente sonrió, y más cuando Saem salió a recibirla.

—Con lo que tenías en la nevera, que como siempre es poco, he preparado unas tostas de salmón con guacamole y unas tortillas rellenas de jamón cocido, calabacín y tomate —le explicó el menú.

—Uf, cariño, ¡qué bien suena eso! —afirmó Alma.

Al soltar a Sugar, este corrió a su cuenco a beber agua. Saem estaba disponiendo la mesa del comedor para cenar, porque en la terraza ya hacía fresco.

—¿Has hablado con mamá Haneul? —le preguntó.

—Sí. Me llamó para decir que estaba en mi casa con Freya y que Dolores estaba con ellas.

Alma asintió con cierto alivio.

—Voy a lavarme las manos.

—No tardes —murmuró, consciente de que tenía que hablar con ella.

Fue hasta su cuarto de baño y al entrar suspiró. Deliberadamente se miró al espejo.

—Me quiere y lo quiero —murmuró—. Da igual lo que opinen los demás.

Con las manos limpias y el cabello recogido en una coleta alta, Alma volvió al comedor en donde Saem, con una bonita sonrisa, la esperaba, y tras darle un dulce beso, se sentó, y, encantados, se lanzaron a disfrutar de lo que él había preparado. Como siempre, estaba delicioso.

Después de recoger la mesa y meter las cosas en el lavavajillas, Alma cogió una copa de vino.

—Tenemos que hablar —dijo.

Saem asintió. Él también tenía que contarle algo que le estaba quemando por dentro. Debía ser valiente para saber.

—Sí. Yo también tengo algo que hablar contigo.

—¿Puedo comenzar yo?

—Por supuesto, cielo.

Con sus copas de vino en la mano, se sentaron en el bonito sofá del salón, y Sugar se acomodó entre ellos.

—Escucha, cariño, lo ocurrido era algo inevitable —comenzó Alma—. Sabes cómo es Elías y ese momento tenía que llegar, por mucho que intentaras protegerme. Que me llame vieja de la manera despectiva en la que me lo ha llamado...

—Me avergüenza que dijera eso.

—Lo sé, Saem. Tu padre...

—Elías. Ya no es mi padre —le cortó.

—Elías —corrigió Alma— utilizó la palabra vieja para humillarme.

Para hacerme sentir mal mientras él se sentía superior.

Pero no. No lo ha hecho. Que me llame vieja de esa manera tan despectiva dice más de él que de mí, porque yo, le guste a él o no, o le pese a él o no, sé quién soy y lo que valgo.

—Vales mucho.

—Me gusta oírtelo decir. —Ambos rieron y Alma añadió—: Con respecto a que somos el hazmerreír de...

—Escucha, cielo —le cortó—. ¿Realmente merece la pena que gastemos nuestro tiempo en hablar de algo tan ridículo?

Alma, que entendió aquella pregunta, negó con la cabeza, pero indicó:

—Nunca he visto que la diferencia de edad entre personas adultas sea un problema, pero está visto que para más gente de la que yo pensaba lo es.

—Pues ese es su problema. No el tuyo ni el mío.

Ambos sonrieron. En eso estaban de acuerdo.

—Pero, Saem —observó ella—, lo que sí es cierto, y no podemos negar, es que estamos en distintas etapas de la vida.

—Alma, somos adultos. Tú has pasado tus etapas como yo he pasado las mías y las seguiremos pasando, pero juntos.

Y si en esas etapas tú y yo nos hemos encontrado y estamos bien, ¿qué nos importa lo que piensen los demás?

Escucha, mi vida. Si yo estoy contigo y tú estás conmigo es porque los dos queremos. No porque nadie nos obligue.

Dando un trago a su vino, Alma suspiró. Saem tenía razón.

—Elías ha mencionado cosas que tú no hablas conmigo.

—¿De qué no hablo yo contigo?

—No puedo darte hijos —soltó, sabiendo que estaba abriendo el melón a lo bestia.

—Cielo...

—No, Saem. Escúchame, por favor. No eludamos más ese tema, cariño.

Tengo cincuenta y cinco años. Estoy maravillosamente bien y te encanto.

Pero a mi edad ¡no puedo tener hijos! Es más, es que, aunque pudiera, no querría tenerlos.

He criado a una hija. Sé lo que cuesta y el desgaste que ocasiona y. ..

—¿Yo he insinuado en algún momento que quisiera tener hijos?

—No. Pero...

—No hay peros, Alma —la cortó—. Los niños me gustan. Me parecen seres diminutos encantadores. Pero la responsabilidad que conlleva ser padre no es algo que yo alguna vez deseara para mí.

—Pero, Saem, en las etapas de la vida de las que hablamos, quizá de pronto un día sientas que deseas ser padre y...

—Que no, cielo. Te digo yo que no.

—Saem, eso no puedes saberlo.

—Lo sé, ¿y sabes por qué lo sé? —Alma negó con la cabeza—: Lo sé, porque hace tiempo me hice la vasectomía.

—¡¿Qué?!

Saem asintió.

—Me operé hace años para evitar que algún día alguien pudiera venirme con eso de que vas a ser padre.

En eso soy un hombre frío y resolutivo. Si no quiero algo, lo evito.

Y como estaba en mi mano el poder solucionarlo, lo hice.

Y como imaginarás, al ser un tema más que privado, no se lo conté a nadie. Pero ahora lo sabes tú.

—Vaya...

—Si antes no te lo comenté fue porque nunca salió esta conversación entre nosotros, aunque con el tiempo hubiera salido.

—Pero he visto que te gustan los niños. Recuerdo al hijo de la familia que nos alquiló la villa en Fuerteventura. Las veces que lo vimos, te encantaba jugar con él.

—Alma, jugué con él porque por supuesto que me gustan los niños.

Pero que me guste pasar un rato con ellos, o comprarles un helado, no quiere decir que yo quiera ser padre, ni que quiera compartir mi vida con un niño.

—Alma parpadeó cuando él añadió—: Sé que lo que digo puede resultar egoísta, pero creo que más egoísta sería tener un hijo sin quererlo de verdad.

Alma, voy a cumplir cuarenta años, y te aseguro que, si antes nunca quise ser padre, ahora lo deseo muchísimo menos, porque valoro mi tiempo y mi espacio.

Por lo tanto, que ese tema no te agobie, porque tú me das todo lo que necesito.

—Me gusta oír eso —afirmó ella sonriendo.

—Y a mí que te guste oírlo.

Un beso. Dos. Y tras el quinto, Alma preguntó:

—¿De qué querías hablar?

Saem la miró con cariño. Verla sonreír era lo único que necesitaba para saber que ella estaba feliz, y sin ganas de que el humor de Alma cambiara al contarle la jugada de Elías en cuanto al préstamo del banco, dijo:

—De nada importante.

Alma sonrió, lo volvió a besar y cuando la intimidad entre los dos se hizo todavía más intensa, Saem le quitó el vaso de vino de las manos y lo dejó sobre la mesita.

—Que no quiera tener hijos no significa que no quiera jugar a miles de juegos calientes y perversos contigo —dijo, pícaro.

Oír su voz y ver su expresión a Alma le hizo reír a carcajadas y más cuando Saem la cargó a sus hombros y se la llevó a la habitación donde, a intervalos, follaron e hicieron el amor.