Ríete de las bodas Capítulo 60 #2
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Capítulo 60 #2

—Le estás privando de infinidad de cosas.

—Mira, Elías, ¡paso de escucharte!

—Pasa. ¡Pasa todo lo que quieras! Pero le estás privando de tener una familia. De tener hijos. ¿O acaso resulta que ahora con cincuenta y cinco años puedes concebir?

Oír aquello que ella ya había pensado en silencio le escoció. Saem nunca hablaba de ello. Y sí, era un tema en el que ella ya había pensado.

—¡Basta ya!

—¡Cállate, Elías!

Era las voces de Saem y Natalia.

—¡Abrid la puerta! —exigió Saem.

Alma, con seguridad, se acercó a la puerta y Elías, empujándola, la alejó de allí.

—Ni se te ocurra abrir —la amenazó—. Ya la abriré yo cuando te haya dicho todo lo que te tengo que decir.

—¡Elías! Pero qué estás haciendo —gritó Natalia.

—Maldita sea, ¡abre la jodida puerta! —exigió Saem.

Pero él no abrió. Golpearon la puerta mientras Elías gritaba como un poseso cosas indignantes hacia Alma que a Saem le dolían y a Natalia le enfadaban, cuando Saem, que se estaba dejando la vida por abrir, gritó:

—Vuelve a faltarle el respeto a mi mujer y juro que te vuelvo a dar otro puñetazo.

Pero Elías siguió y siguió. La rabia que sentía hacia Alma no lo dejaba parar. Al revés. Lo embravecía.

En un momento dado, a Elías le dio un ataque de tos.

Las voces que estaba dando lo tenían muy alterado, y Alma, acercándose con rapidez a la puerta, la abrió.

Inmediatamente entraron Saem y Natalia. Ambos la abrazaron.

Se preocuparon por ella, y cuando Elías los miró, Alma sujetó a Saem, que iba a por él.

—Cuando tú necesitaste mi apoyo y mi respeto, lo tuviste. Y te lo di, porque quiero y respeto a mi hija. Pero...

—¿Buscas juventud estando con mi hijo? ¿Él es tu toy boy o tú eres su sugar mami ? Pero ¿no te da vergüenza lo que piense la gente?

—¿Acaso nos ha importado a nosotros eso? —preguntó Natalia sorprendida.

Saem, enfadado, fue a acercarse a su padre, pero Alma, sin soltarlo, no se lo permitió.

—A mí lo que piense la gente como tú, jodido misógino —le soltó, mirando a aquel individuo desfasado—, es algo que no me resta ni un segundo de felicidad.

Deberías avergonzarte de decir muchas de las cosas que dices, porque hieren a tu hijo.

Y, por supuesto, ir de la mano de Saem no me da vergüenza. Al revés, me enorgullece y...

—Sois el hazmerreír de todo el mundo —insistió él.

Ofuscado, Saem se soltó de Alma, y cogiendo a Elías del brazo, a grandes tirones y sin delicadeza, lo sacó del despacho. Aquello se había acabado.

Madre e hija se quedaron a solas, mientras oían cómo los dos hombres discutían en la planta baja.

—Te lo voy a decir muy clarito, Natalia, ese hombre no te conviene —dijo Alma—. Y no por lo que me ha dicho a mí, sino por cómo es, por lo poco que respeta y la cantidad de prejuicios moralistas que tiene en ese tambor que tiene por cabeza.

—Mamá, estoy tan confundida que ya no sé si lo quiero o quiero quererlo.

—¿Y él te quiere a ti, corazón? ¿Realmente crees que comportándose como se comporta y diciendo las cosas que dice, él te quiere a ti?

Natalia, que entendió las palabras de su madre, asintió, la abrazó y lloró.

Hasta hacía poco, había tratado de disculpar lo que le había contado Saem sobre Elías.

Pero, con el paso del tiempo, el cambio de Elías en infinidad de cosas, y después de conocer a Almudena, la hermana de Verónica, todo comenzaba a cuadrarle.

Elías no era la persona que le había hecho creer.

Pero, por no preocupar a su madre, calló.

Aunque ella ya había comenzado a protegerse mientras intentaba aclarar el conflicto emocional que tenía.

—Mamá, lo siento. Siento lo que ha ocurrido.

—Tranquila, corazón. Tú no has tenido nada que ver.

—Lo sé, pero tenía que haber estado más espabilada al respecto. Le pedí que te pidiera disculpas por su comportamiento últimamente, pero está claro que ha hecho todo lo contrario, porque está lleno de resentimientos.

Madre e hija se miraron. Lo ocurrido era grave. Muy grave. Oyeron entonces la puerta de entrada de la tienda cerrarse de un portazo.

—Tengo que irme —dijo Natalia.

Alma, resignada, asintió. Le gustara o no, aquel seguía siendo el novio de su hija.

—Ve. Pero a la menor tontería... —le dijo, dándole un beso en la frente.

—Tranquila, mamá. Estaré bien.

Alma asintió y cuando su hija salió del despacho, oyó la voz de Saem que decía:

—Te lo dije y te lo repito. No es la persona adecuada para ti.

Luego, Saem entró en el despacho ofuscado. Hablaba por teléfono y le oyó decir con voz tensa.

—Mamá Haneul, sabías que esto tarde o temprano iba a pasar.

Por lo tanto, recoge lo que necesites, llama a un taxi y.

.. no... no, mamá. No quiero que le digas nada ni te enfrentes a él.

Lo conoces tan bien como yo y sabes que, en cuanto ponga un pie en la casa, irá donde estás y te echará, porque así me lo acaba de decir.

Por lo que recoge lo indispensable. Llama a un taxi, y como tienes las llaves de mi casa, te vas allí.

Mañana iré yo y hablaremos. —Alma lo miraba agobiada, y Saem, tras escuchar unos segundos, dijo—: Tú por eso no te preocupes, mamá.

Sí. Alma está bien. Pero sal de esa casa y vete a la mía ¡ya!

¿Entendido? —Segundos después, Saem cerró su teléfono y, mirando a Alma, explicó—: Elías ha dicho que, en cuanto llegue a La Moraleja, lo primero que hará será echar a mamá de la casa de invitados, por eso la he llamado y le he dicho que se vaya a mi casa.

En silencio y apurados se hablaron con la mirada.

—Siento lo ocurrido, cielo. Cuando vi el coche de Elías aparcado cerca de la puerta, te llamé, pero no me lo cogiste.

—Tranquilo, cariño. Todo está bien.

—No, cielo. No está bien —musitó, abrazándola—. Ese hombre ya no es mi padre. Me da igual su dinero. Sus casas. Su fortuna. No necesito nada de él, ¡absolutamente nada!

—Saem, por mí no debes... —murmuró Alma, conmovida al oír aquello.

—Es por ti, por Haneul, por mi madre, por mí, por todos —la interrumpió—.

Durante años he cumplido lo prometido a mi madre, aunque me costara.

Durante años he soportado su egoísmo, egocentrismo, maldad.

Pero todo en la vida tiene un límite, y mi límite con Elías ha llegado.

Porque, cielo, las oportunidades se dan, la paciencia se agota, pero la felicidad, mi felicidad, no se negocia.

Y... y últimamente estoy tan confundido. ..

Saem se detuvo. Ver la mirada furiosa de ella le dio miedo. Miedo de que tras lo ocurrido prefiriera el préstamo a él y calló. En silencio se miraron. Lo ocurrido había marcado un antes y un después en sus vidas.

—Con lo que ha pasado no me apetece ir al cine —dijo Alma—.

Hoy no ha sido un buen día, Saem. Primero, el último banco que nos podía dar el préstamo ha dicho que no, por lo que: adiós, ¡sueño!

Y me jode. Me jode muchísimo, porque sé que podemos pagarlo.

Y no puedo parar de pensar qué puedo hacer.

¿Cómo puedo conseguirlo? Joder, Saem, ¡necesitábamos ese préstamo!

—Lo siento, cielo. Lo siento mucho —murmuró Saem, sintiéndose culpable.

—Y ya el remate ha sido la visita de tu... de Elías. ¿Qué tal si vamos a mi casa y preparas algo para cenar? —preguntó ella—. Necesitamos hablar.

Saem asintió, pesaroso. Por su culpa, la felicidad de Alma se estaba viendo empañada, y eso no se lo podía perdonar.