Ríete de las bodas Capítulo 60
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Capítulo 60

A finales de septiembre, entre preparativos de boda y demás, las lobas fueron al concierto de Shakira donde lo dieron todos.

Cantaron. Bailaron. Gritaron y disfrutaron como solo ellas sabían disfrutar, dejándose llevar por el momento y por las canciones de su cantante favorita.

Días después llegó la respuesta del último banco relativa al préstamo y fue «no».

Un martes, después de comer en la oficina, estaban Nuria y Alma comentando el asunto.

—Nuestro banco de cabecera dijo que no y ningún banco quiere arriesgarse con nosotras —señaló Alma, con los papeles sobre la mesa.

—No lo entiendo. Podemos hacer frente a los pagos.

—Lo sé. Pero está claro que ellos piensan que somos un riesgo.

—Son gilipollas.

—¡Muy gilipollas!

Las dos amigas se miraron. Estaba claro que, de momento, iban a tener que parar.

—Visto lo visto, lo más inteligente es aparcar por un tiempo nuestro sueño y centrarnos en otras cosas —sugirió Alma.

—Con lo bien que nos hubiera venido el local de al lado. ¡Joder! Son doscientos metros que a nosotras y a nuestro negocio nos daban la vida.

Alma asintió.

Durante un rato hablaron sobre eso y otros temas.

—Por cierto, mis tíos de Barakaldo me han dicho que vienen a la boda —comentó Nuria.

—¡Estupendo!

—Mi tía Irati me preguntó por ti y si seguías soltera.

—¡Qué monaaaa!

—Pues que sepas que viene dispuesta a convencerte de que su hijo, mi primo Julen, es el hombre que necesitas —la advirtió, riendo.

Las dos se rieron. Siempre que la veía, la tía de Nuria le venía con el mismo cuento.

—No tengo nada en contra de Julen, pero me quedo con Saem —respondió con tranquilidad.

—¡Y yo!

Feliz, Nuria rio. Se casaba en el Ayuntamiento de Madrid. Mario y ella no eran de iglesias. Y al no ser más de cincuenta invitados, la comida y posterior fiesta se organizaría en el restaurante de Saem. Todo estaba totalmente organizado.

—Lo que me hubiera gustado que mis padres estuvieran aquí.

—Lo sé, corazón. Lo sé.

—Qué pena que tus padres, teniéndote, no te disfruten, y yo, que no tenga a los míos, los quiera disfrutar. La vida es injusta, ¿verdad?

Las amigas se miraron emocionadas.

—Tranquila. Ya sé que a mis padres no los vas a invitar —dijo Alma, al ver su gesto.

—¡Ni loca! —exclamó Nuria—. El día de mi boda no te van a machacar.

Se estaban riendo aún cuando el teléfono le sonó a Alma. Había recibido un mensaje.

Saem Hola, cielo. ¿Cine y cena?

Alma sonrió. Los martes, el día en el que Saem cerraba su restaurante, les encantaba ir al cine y luego cenaban fuera.

Yo ¿Lo dudas?

La respuesta de él no tardó en llegar.

Saem Pasaré a buscarte. Te quiero.

Leer eso le hacía sonreír como una tonta y tecleó.

Yo Saranghaeyo .

—No me lo digas, que lo sé. Por tu sonrisita de loba tontorrona de los bosques, soy consciente de que hablas con el dios asiático que va a ser el padrino de mi boda.

Alma asintió:

—Luego viene a buscarme y nos iremos al cine y a cenar —explicó, y dejó el teléfono sobre la mesa.

—¡Planazo! Si me llegan a decir hace un año que íbamos a estar tan llenas de hormonas del amor y que me caso, nunca lo hubiera creído.

—Ya ves. La vida es rara.

Nuria asintió.

—La vida, el destino y los Masters del Universo están como putas cabras —soltó, pensando en Mario—. Cuando menos los buscas y esperas, ellos van y sin preguntar te hacen el regalo mágico de tu vida.

—Como siempre se dice, la magia llega sin avisar —afirmó Alma, feliz.

—Hablando de magia, me iré hoy antes para casa.

—¿Y eso?

—Viene el albañil para darnos el presupuesto de lo que nos costaría tirar el tabique del salón que hay entre la casa de Mario y la mía.

Aunque no hagamos la obra hasta después de la boda, ya nos vamos informando de lo que tenemos que gastarnos.

—Alma hizo un gesto de asentimiento y Nuria empezó a recoger sus cosas, cuando, de repente, admitió—: Aún no me creo lo que estoy haciendo.

Con complicidad se miraron. Desde el anuncio de la boda, habían tenido muchas conversaciones al respecto.

—Pues créetelo, loba —la animó Alma—. Porque el 12 de diciembre te casas y esa madrugada te vas de luna de miel una semanita a Madeira.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Nuria, y tras guiñarle un ojo a Alma, se despidió.

Aquella tarde, Alma bajó al atelier para ayudar a las costureras a entender uno de los patrones que les había pasado. Durante horas interpretó y trabajó con su equipo, y tras acabar la jornada laboral, cuando todos se marcharon, y ella estaba en el baño, entró Candela, la encargada de la tienda.

—Alma, ya se han ido todos y yo también me voy —le dijo—. Tu hija ha venido y te espera en tu despacho. ¡Hasta mañana!

—Hasta mañana, Candela.

Encantada por aquella sorpresa, tras lavarse las manos y mirarse al espejo para colocarse el cabello, Alma se encaminó hacia su despacho con una sonrisa de oreja a oreja, que se congeló cuando al entrar vio a Natalia junto a Elías. ¿Elías allí?

—Pero qué grata visita —saludó, intentando parecer normal.

Natalia rápidamente besó a su madre.

—Estábamos comprando unas cosas por aquí —dijo Elías sin levantarse—, y Natalia quiso pasar a saludarte.

Asintiendo, Natalia se sentó y Alma hizo lo mismo.

—¿Qué habéis comprado? —preguntó.

—Unas camisas y corbatas para Elías. Hay una tienda cerca de aquí de su marca preferida y hemos comprado un poco de todo para que vaya guapo a unas reuniones y cócteles que tiene con la empresa.

—Estupendo.

—Y a las nueve —prosiguió la joven sonriendo—, hemos quedado con mis amigos para cenar en un mexicano que está por Nuevos Ministerios. —Alma, con una mirada cómplice con su hija, asintió y ella continuó—: Mamá, Elías quiere decirte algo.

A Alma se le activaron todas las alarmas, pero, con la mejor de sus sonrisas, lo miró.

—Tú dirás —lo animó a hablar.

Elías tomó aire. Con una fingida sonrisa, miró a Natalia, que graciosamente le hizo un gesto. Lo que tenía que decir no lo sentía, pero así se lo había prometido a ella.

—¿Tendrías un poco de agua fresca? —preguntó, tras un ligero carraspeo.

Alma miró en la pequeña neverita que tenía en el despacho. Pero vio que no le quedaban nada más que refrescos.

—Iré yo a la nevera de abajo, mamá —se ofreció Natalia—. No te preocupes.

Cuando ella salió, Elías endureció el gesto.

—Si estoy haciendo esto, que te quede claro que es por tu hija —empezó.

En ese momento, el teléfono de Alma, que estaba sobre la mesa, vibró e inconscientemente Alma y Elías lo miraron. El nombre de Saem apareció reflejado.

—Debes de ser bien puta en la cama con mi hijo para que esté tan emperrado en estar contigo —siseó él en un tono bajo, al ver quién era—. Mira que Elvira es una gran puta, pero sin duda tú la debes superar.

Alma parpadeó. ¡¿Aquel gilipollas la acababa de llamar puta?! Y encima tenía la poca vergüenza de compararla con Elvira. Y en el mismo tono bajo que él, respondió, apretando su culo contra la silla para no levantarse y darle un puñetazo en la boca:

—No voy a responderte a eso.

Elías asintió.

—¿Cómo le puedes estar haciendo esto a Saem? —soltó, echándose hacia delante.

—¿Qué le estoy haciendo?

—Joderle y arruinarle la vida. —Alma levantó las cejas cuando él, con toda su mala baba, se levantó y cerró la puerta.

Ante su sorpresa, echó el pestillo y añadió—: Venía a decirte gilipolleces que no pienso, para no seguir discutiendo con Natalia.

Pero, joder, te miro a la cara y me da asco que estés con mi hijo.

—Mira, Elías...

—No, ¡mira tú! —le cortó—. Que se case el tonto de mi hermano con esa amiguita tuya ¡me importa tres narices!

Pero tú no me gustas para Saem. Él se merece estar con una joven que esté en su misma etapa de la vida.

Una mujer que aprenda con él y no con una que ya está más que aprendida.

Eres una mujer con pasado, experiencias, desgaste y cicatrices y. ..

—¿Y tú qué hombre eres para mi hija?

—Un hombre que le está solucionando la vida —afirmó Elías con superioridad.

A Alma se la llevaron los mil demonios al oír semejante cosa.

—Mi hija no te necesita para tener su vida solucionada —respondió—. Y dicho esto. No tengo nada que hablar contigo.

—Pero yo contigo sí, porque hablo de mi hijo —insistió—. No quiero que eche a perder su vida. No pienso permitir que esté con una vieja como tú. —Oír su desprecio al decir «vieja» la hizo parpadear, y él, con voz sibilina, siseó—: ¡Eres vieja! ¿De verdad no eres consciente de eso?

—¡¿Vieja?!

—Sí. Vieja. Anticuada. Pasada. Fósil.

—¡¿Fósil?! Y eso me lo dices tú, que eres mayor que yo. Pero a ti no te da vergüenza decir lo que dices. De verdad tengo que creer que, en vez de cerebro, lo que tienes en la cabeza es una plantación de guisantes.

—Y a ti no te da vergüenza comportarte como una zorra asaltacunas que...

—¡¿Asaltacunas?! Por Dios, Elías, que tu hijo ya tiene casi cuarenta años.

—Él necesita juventud, no vejez.

—Que doble moral la tuya, Elías —lo cortó, levantándose—. Ahora resulta que yo, por ser mayor que tu hijo, soy una vieja asaltacunas. Y tú, siendo mucho más mayor que mi hija, eres un jovenzuelo.

—No es comparable.

—¿Por qué no es comparable? Porque eres un hombre y la sociedad ve como algo normal y aceptable el que salgas con una mujer más joven.

¿Por eso no es comparable? —Él no respondió, y Alma continuó—: Pues lo siento, Elías, pero no estoy de acuerdo ni contigo ni con la sociedad.

Vuestra maldita opinión no limita mis decisiones, porque soy una mujer libre e independiente, que no necesita de vuestra aprobación para amar y ser amada, sin mirar años ni etiquetas.

—Lo que eres es una zorra.

A pesar de que el pulso a Alma le iba a cinco mil por hora, logró centrarse.

—Te aseguro que todo lo que digas me entrará por un oído y me saldrá por el otro. Saem me advirtió sobre ti. Te conoce más de lo que crees.

—Intento proteger a mi hijo de perras como tú.

—Dijo el perro mayor del reino.

Verla con esa templanza, a Elías le sacó de sus casillas.