Ríete de las bodas Capítulo 59 #2
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Capítulo 59 #2

Divertidas, se abrazaron. Hasta para eso ellas eran diferentes, y la locura se apoderó de ellas otra vez. Entonces Nuria, retirándose el pelo oscuro del rostro, dijo:

—Anoche estábamos Mario y yo en mi terraza charlando sobre la vida, cuando se fue a la cocina a por dos cervezas. Al regresar, me miró con una cara que me hizo pensar que había roto algo, cuando, de pronto, el tío se arrodilla, saca una caja negra de terciopelo y se me declara.

—Ay, Diossss, qué romántico. ¿Qué te dijo? —preguntó Romina.

—No lo séééé.

—Pero ¿cómo no lo vas a saber? —insistió Estíbaliz.

—Yo... yo estaba tan impresionada por el anillo y la situación que os juro que no me enteré de nada de lo que dijo, hasta que de pronto mis oídos escucharon: «¿Bruja, te casas conmigo?». Y... y... yo sin pensármelo ¡dije que sí! ¡Yo dije que sí!

Aquello que Nuria contaba era una locura y Alma, cogiendo la botella de albariño, la abrió. Sirvió cuatro copas mientras ellas hablaban y, tras entregarle una a cada una, levantó la suya.

—Por ti y porque seas asquerosamente feliz —le deseó.

Las cuatro chocaron sus copas.

—Quizá la siguiente seas tú, Alma —vaticinó Nuria.

—Me río yo de las bodas.

—Ya sabes lo que se dice —planteó Romina—. De una boda, sale otra. Por lo tanto, dale el ramo ese día, Nuria y...

—Ni se te ocurra —advirtió Alma.

—Ni caso, Nuria. —Y, divertida, Estíbaliz dijo—: Tíraselo a la cabeza ese día.

—Si yo me caso —apostilló Nuria—, se casa cualquiera.

—Aissss, Nuria, no digas eso —la regañó Romina.

—Lo digo, ¡claro que lo digo! Porque no es que el amor sea ciego, ¡es que está totalmente fuera de control!

—Por lo tanto —se mofó Estíbaliz, mirando a Alma—, ¡ríete de las bodas!

Acto seguido, Nuria se sacó del bolsillo el anillo que Mario le había puesto y se lo enseñó.

—¿Qué os parece?

—Es precioso, Nuria, ¡precioso!

—Tiene buen gusto mi madurito.

—Nunca pensé que este momento fuera a llegar —indicó Romina.

—¡Ni yo! —afirmó Nuria.

A partir de ese instante, las cuatro comenzaron a hablar de boda, organización y demás. Nuria les hizo saber que sería algo pequeñito. Íntimo. Pero oír eso a las lobas les dio igual. Continuaron hablando de todo lo que conllevaba una boda, y Nuria, cada vez más agobiada, se levantó del sofá.

—¿Por qué he dicho que sí, si yo siempre he dicho que no me quiero casar? —murmuró—. ¿Acaso he perdido la cabeza? ¿Desde cuándo yo necesito a alguien a mi lado para vivir? ¿Qué hago yo queriendo probarme ese vestido de novia?

Alma, al ver el gesto de desconcierto de Romina y de Estíbaliz, sonrió. Ella conocía a Nuria mejor que nadie y sabía que ese momento estaba por llegar. En eso ambas eran muy parecidas. Cuando se bloqueaban necesitaban respirar, pensar y encontrarse. Así que tomó aire y le dijo:

—Tienes razón, Nuria. Y la respuesta a todas tus preguntas tiene fácil solución. Devuélvele el anillo. Dile que te lo has pensado mejor y que no te quieres casar porque eso nunca ha entrado en tus planes, y...

—Pero, Almaaaaa, ¿qué dices? —la interrumpió Romina.

—A ver, lobas, seamos realistas —prosiguió Alma—.

Si no se quiere casar, que no se case. Si tiene tantas dudas, ¿qué hace planteándose una boda y pidiéndome que sea su loba madrina?

Y, te recuerdo, querida Nuria, que siempre has dicho que no hay que fiarse de ningún hombre que nazca de enero a diciembre.

Por lo tanto, ¡devuélvele el anillo al madurito potentón y rompe el rollito que tienes con él!

—Noooooo —gruñó Romina.

De improviso, Estíbaliz captó lo que estaba haciendo Alma.

—Estoy con Alma —afirmó.

—¡Estíbaliz! —se sorprendió Romina.

—No te cases, Nuria —insistió ella—. Con lo que te gusta a ti follar con jovencitos, ¿qué haces con un madurito?

—Eso digo yo. Por qué cerrarte a un solo menú cuando, viviendo como vives, dispones de bufé libre.

—Pero buenooooo, Almaaaaaa —protestó Romina.

—Nuria, piénsalo —insistió Estíbaliz. Y cogiendo la caja de manolitos, señaló—: El mundo es como esta caja de manolitos. Está llena de opciones. ¿Por qué comerte solo uno cuando puedes elegir todos los que quieras?

—Exacto —se mostró de acuerdo Alma, que, cogiendo un manolito de chocolate blanco, indicó—: ¿Por qué reducirlo solo a uno cuando tú no crees en el amor?

—Os juro que me va a explotar la vena del cuello como sigáis diciendo tonterías —levantó Romina la voz.

Nuria, que las había escuchado sin decir una palabra, parpadeó.

—Oíd, lobas, ¿no creéis que os estáis pasando? —dijo.

—Y mucho —afirmó Romina.

Nuria se bebió el albariño que tenía en su copa de un trago, y las miró.

—Mario no tiene nada que envidiar a ningún jovencito y muchísimo menos es un rollito —soltó—.

Y Mario, dentro de esa caja de manolitos, sería mi única opción.

Y antes de que sigáis, os diré que el madurito potentón es un excelente menú principal porque lo que ves, es lo que es.

Es un hombre sin dobleces ni segundas intenciones.

Su tranquilidad me da paz. Su coherencia me hace entender las cosas, y desde que estoy con él, siento que hasta soy mejor persona.

Ese hombre de infinita paciencia y excelente positividad ¡me soporta!

Me quiere tal y como soy. Y me encanta que me rete tanto como sé que le gusta que yo lo rete a él.

¡Y joder! Mi cuerpo está plagado de hormonas del amor hacia él, y eso ha provocado que quiera probarme el vestido «Escarcha», porque estoy loca por mi madurito potentón y por eso me voy a casar con él. ¿Os queda claro?

Estíbaliz y Alma, sonriendo, asintieron. Ahí estaban todas las respuestas a las dudas de Nuria y esta, cuando comprendió lo que ellas habían hecho, murmuró:

—¿Os he dicho cuánto os quiero?

Romina, al ser consciente de lo que Nuria había soltado por su boca, miró a sus amigas y levantó su copa.

—Diploma de honor, lobas —dijo—. Diploma de honor.

Después de eso, miraron hechizadas el bonito anillo que Nuria lucía en la mano, y sin esperar un segundo más, esta se desnudó y, feliz, se probó el vestido «Escarcha». Y, como era de esperar, estaba preciosa y a todas les encantó.