Ríete de las bodas Capítulo 59
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Capítulo 59

Regresar a Madrid fue fácil.

Volver a la realidad un poco menos, y más recibiendo una nueva negativa del banco. De vacaciones se estaba mejor.

Alma, nada más volver, quedó para comer con Natalia.

Necesitaba verla. Mientras comían, a Alma le tranquilizó ver a una Natalia sonriente y segura, aunque ciertos comentarios que supo interpretar entre líneas le indicaban que existían grietas difíciles de reparar entre Elías y ella, y que más pronto que tarde Natalia explotaría.

Saem habló con su tío Mario. Necesitaba desahogarse.

Y tras hacerle prometer que nada de lo que le contara se lo podía comentar a Nuria ni a Alma, le explicó la verdad de lo del préstamo y la solución que le propuso Elías para concederlo.

Aquello encabronó a Mario. Su hermano era un sinvergüenza.

Una malísima persona. Pero ¿cómo podía hacerle eso a su hijo?

E incapaz de quedarse impasible, sin decirle nada a su sobrino, al día siguiente se presentó en la casa de Elías y terminaron a guantazos.

Sabía que eso no solucionaría nada, pero su hermano se merecía que alguien le diera un par de hostias bien dadas.

Mario, dejándose llevar por el enfado, le exigió que vendiera la casa de La Moraleja.

Aquella casa la habían comprado sus padres y cuando murieron se la dejaron en herencia a los tres.

A Saem, Elías y a él. Al no estar sus padres, a Mario no le importó que Elías viviera allí, porque también era la casa de su sobrino.

Pero ahora, tras lo ocurrido y al saber que Saem había roto su relación con él, le exigió la venta de la propiedad.

Una vez solucionado eso, Mario ya no tendría que volver a ver en su vida a aquel ser despreciable.

Esa noche, cuando Saem lo vio en el DeLokos con un moratón en la barbilla, supo lo que había ocurrido y lo reprendió.

Pero ¿por qué había hecho eso? Y Mario le aclaró que por fin se había quedado a gusto y había cumplido un viejo sueño: darle de hostias a su hermano y desvincularse definitivamente de él.

También le indicó, que cuando se vendiera la casa, debían buscarle un hogar a Haneul.

En cuanto a Nuria, al ver el moratón de Mario, se asustó. Pero él le mintió y le aseguró que se había dado un golpe con la mesilla de noche, y ella lo creyó. Mario no le contó más.

Mario y Saem estudiaron durante días cómo podían solucionar aquello del préstamo, pero era imposible.

El millón de euros que Nuria y Alma habían solicitado al banco no era fácil de conseguir.

Y menos con Elías rondando por allí. Y la casa, tal y como estaba el mercado, posiblemente se tardaría en vender.

Saem se encontraba mal por todo ello. Saber que por su culpa el banco le negaba el préstamo a Alma lo tenía en un sinvivir y empezó a considerar su postura de no contarle la verdad a Alma.

Comenzó a preguntarse si hacía lo correcto guardándose para él algo tan importante.

Y siempre acababa cuestionándose si Alma no preferiría abandonar la relación y conseguir el préstamo. Todo eso no le dejaba dormir.

Pensar en eso le ocasionaba inseguridad.

Por primera vez en su vida, la inseguridad lo carcomía por dentro de tal manera que era incapaz de compartirlo con Alma, por miedo a que la decisión de ella no fuera la misma que la de él.

Solo lo hablaba con su tío Mario, quien le aconsejó cientos de veces que pusiera las cartas sobre la mesa con Alma.

Debía contarle la verdad. Ella se merecía la verdad.

Pero el miedo a que eligiera el préstamo a él se lo impidió.

En septiembre, Diva y Radiante y Mesa Trece volvieron a abrir sus puertas.

Alma y Saem tenían negocios que atender, pero, si antes de las vacaciones se veían, ahora más.

Necesitaban verse, tocarse, besarse. Era tal la necesidad de estar en continuo contacto que no se lo podían explicar, aunque Alma seguía viéndolo raro y, a pesar de que le preguntaba al respecto, él seguía negándolo.

Una de las mañanas, cuando Alma acababa de colgarle el teléfono a su madre, que, como siempre, se quejaba hasta del aire que respiraba, Nuria entró en el despacho.

—Menudo cabreo traigo —dijo.

—¿Qué pasa?

—Fui esta mañana al banco a entregar en persona la documentación para el préstamo, y nada más entrar en el despacho del director con la mejor de mis sonrisas, sin ni siquiera abrir la carpeta dijo que no.

—¿En serio?

—Y tan en serio. Simplemente me dijo que no podían ofrecernos financiación conforme a su política interna, porque antes de que entrara yo en el despacho ya se había informado en su base de datos.

Alma, descorazonada y mirando el ramo de rosas que Saem le había enviado esa semana, dijo:

—Solo nos queda por probar en un banco más, ¿verdad?

—Sí.

Las amigas se miraron. Nunca habían tirado la toalla, pero estaba claro que, en esos momentos, lo que pretendían se complicaba.

—Tendremos que seguir jugando a la lotería —propuso Alma, tirando por el lado del humor.

Nuria sonrió. A pesar de que con la primera negativa se había venido abajo, como ya llevaban tantas, su pesimismo se había suavizado.

—Y cuando nos toque, ¡que les den a los bancos! —exclamó. Ambas sonrieron y Nuria, mirando por la ventana, dijo—: Hoy hace un precioso día y nada nos lo va a amargar. Enviaré los papeles al último banco que nos queda y lo que tenga que ser, será.

—Esa es la actitud —afirmó Alma.

Durante la mañana, Alma y Nuria dieron lo mejor de ellas. Cuando se acercaba la hora de la comida, aparecieron Estíbaliz y Romina.

—¿Qué hacéis vosotras aquí? —preguntó Alma, sorprendida.

—Nuria nos dijo que viniéramos para comer con vosotras.

Alma se encogió de hombros. Ella no le había dicho nada, pero le parecía bien. Y cuando cinco minutos después Nuria apareció, al ver allí a las amigas, sonrió y le dijo a Alma:

—Necesitamos su apoyo moral tras la negativa del préstamo.

Alma hizo un gesto afirmativo, y les contó lo sucedido.

Cuando llegó la hora, los trabajadores de la oficina, la tienda y el atelier se marcharon a comer, y Alma cogió su bolso.

—¿En serio, Romina? —preguntó.

—Y tan en serio —afirmó ella—. Terminamos de hacer fitness , y como me había invitado a tomar algo al bar del gym , pues me pareció bien.

Pero luego cuando me dijo que me invitaba a cenar y luego a ir a su casa a hacer cuchi cuchi y le dije que no, se levantó sin decir una palabra y ahí que me dejó.

Y esta mañana cuando nos hemos visto en el gimnasio, ¡me ha torcido la cara!

—Será gilipollas.

—El mercado está muy mal —se mofó Alma.

—Pues que le den por donde amargan los pepinillos —indicó Nuria—. Si no te mira, que no te mire, ¡ya otro te mirará!

—Y tanto —sonrió Estíbaliz.

Romina asintió. Desde que se había divorciado y había entrado en el mercado, entendía mejor a sus amigas.

—¿Nos vamos a comer? —preguntó Alma.

—¡Perfecto! —exclamó Nuria.

Las cuatro amigas bajaron del primer piso a la tienda.

Estaba vacía. Solo estaban ellas y los preciosos vestidos de novia que las rodeaban.

Hablaban sobre lo poco que quedaba para que asistieran al concierto de Shakira cuando, de pronto, Alma vio una cubitera con una botella junto a los sillones que había al lado del último de los probadores.

—¿Hay alguna visita programada a esta hora? —preguntó.

Nuria se encogió de hombros, y cuando las cuatro se acercaron hasta donde estaba la cubitera, sacó una caja de manolitos y soltó de carrerilla:

—El albariño y los manolitos son para deciros ¡que me caso!

—¡¿Qué?!

—El madurito potentón me ha pedido que me casé con él, y le he dicho que sí.

Boquiabiertas, las tres la miraron en un silencio tan absoluto que se escuchaba el zumbido de un mosquito, hasta que Nuria, supernerviosa, descorrió la cortina del probador y señaló un precioso vestido de novia.

—Siempre me gustó el modelo «Escarcha» —admitió—, y pensé ¿qué tal si me lo pruebo? Pero no quería probármelo sola, sino con vosotras. Pero claro, antes tenía...

—¿¡Que te casas!? —le corto Alma.

—Sí.

—¡Imposible! —murmuró Romina.

—Imposible no hay nada. Si yo me caso... confirmado; existen los marcianos.

—¿Con el madurito potentón?

—Romina. Mi lista es corta. El madurito potentón... ¡y ya!

—¿Se te ha descongelado el corazón?

—Completamente.

—Yo alucino —murmuró Estíbaliz.

—Si tú alucinas... —se mofó Nuria—. Yo alucinoflipo de tal manera que incluso me he planteado llamar a la NASA por el tema de los marcianos.

Todas se miraban con asombro cuando Alma preguntó:

—Pero ¿cuándo te casas?

—El 12 de diciembre en el Ayuntamiento de Madrid.

—¿¡En tres meses!? —preguntó Estíbaliz.

—Dos meses y diecisiete días, para ser más exactos.

—Uissss... que me estoy mareando y ya veo hasta a los marcianos —murmuró Romina, llevándose las manos a la cabeza.

Las cuatro amigas se miraron en silencio, cuando, de pronto, Alma, Romina y Estíbaliz, tras dar un chillido de lo más loco, abrazaron y achucharon a su amiga.

Acabado aquel momento de preguntas, risas y locura, las cuatro se sentaron en el bonito sofá beige.

—Lobas —dijo Nuria, secándose las lágrimas—. Sabéis que os quiero a las tres más que a mi vida, pero solo una puede ser la madrina suprema en la boda con mi unicornio.

—Alma —señalaron rápidamente Romina y Estíbaliz.

Aunque las cuatro se adoraban, entre ellas dos siempre había habido algo especial. Alma, emocionada, iba a hablar, pero Nuria, arrodillándose ante su amiga, cogió su mano:

—Alma, loba mía —dijo—, sé que a veces soy insoportable, otras un bomboncito, en ocasiones tengo una lengua viperina que si me muerdo me enveneno, pero, a pesar de todo, sé cuánto me quieres.

Y por eso y porque el padrino de mi unicornio va a ser un increíble dios asiático, te pregunto, ¿quieres ser la madrina de mi boda?

—Sí, quiero —respondió ella, emocionada, sonriente y acalorada.