Capítulo 58 #2
—Durante los años siguientes, mi madre continuó con su vida y se convirtió en una sombra sin voz de la mujer que fue y por miedo a que él me arrancara de su lado, nunca le pidió el divorcio.
Elías siempre hacía lo que quería. Siempre se salía con la suya.
Y mamá, por temor, se lo permitía. Nunca fue violento con nosotros, pero siempre fue exigente, distante y frío.
Y eso me enseñó que el silencio y la indiferencia eran otra clase de abandono.
Cuando mi madre perdió toda su luz y enfermó, reconozco que nunca le faltó de nada.
Gracias a que era la esposa de don Elías Basagoitia, pude llevar a mi madre a los mejores hospitales de Seúl y tuvo las mejores atenciones.
Por culpa de Elías, ella perdió la cabeza.
Pero antes de morir, y en un momento de lucidez, me hizo prometerle dos cosas.
La primera que sería feliz y me convertiría en el hombre honesto que ella educó.
Y la segunda, que, aunque mi relación no fuera la ideal, debía de cuidar de Elías.
Y la verdad, en ese momento se le prometí porque a ella le hubiera prometido cualquier cosa.
Tras el entierro de mamá, cuando Elías, sin pensar en mí, decidió que nos trasladaríamos definitivamente a vivir a Madrid, solo le pedí una cosa.
Necesitaba que mamá Haneul se trasladara conmigo.
En un principio, se negó, pero gracias a mis abuelos y a tío Mario, que entendieron que Haneul era mi familia, al final él accedió.
»Reconozco que, en aquel momento, irme a vivir a España y dejar atrás Seúl y a mis amigos me costó mucho, porque Seúl, sus calles y sus gentes estaban plagados de recuerdos de mi madre.
Ninguno de Elías. Él nunca me llevó al cine.
Ni a comer un gimbap . Ni me acompañó al colegio, porque todas esas cosas siempre las hacían mis dos madres.
Al llegar a Madrid, fueron mis abuelos y mi tío Mario junto con Haneul quienes se ocuparon de mí.
De un adolescente de dieciséis años que los intimidaba con su seria mirada asiática.
Elías se ocupó de que fuera a buenos colegios.
Tuviera buena ropa. Viviera en una buena casa.
Pero personalmente siempre lo estorbé. Si lloraba, me regañaba y me decía que los hombres no lloran.
Si lo reclamaba, él me dejaba claro que no tenía tiempo para mí, y si intentaba explicarle algo que me interesaba, él no me escuchaba.
Pero tuve la suerte de que mi tío Mario, aunque estaba en el ejército, siempre me escuchó y consoló.
Él se convirtió en mi referencia masculina y quien me enseñó a ser la persona que soy.
Él es más mi padre que Elías, aunque el título de padre lo lleva quien puso la semillita.
»Hace diez años a Elías le dio un infarto importante que estuvo a punto de costarle la vida.
Me ocupé de ser un buen hijo, como le prometí a mamá, y entonces algo en él cambió.
Comenzó a llamarme para comer y empezó a interesarse por mí y por mis cosas, pero eso a mí me incomodó.
Y me incomodó porque si antes no había querido saber de mí, ¿por qué ahora sí?
Por eso, cuando me preguntaste cómo era mi relación con él, te dije que comedida.
A su manera, y sin proponérselo, Elías me enseñó el daño que puede causar la ausencia y la indiferencia.
La importancia del respeto, el cariño y la empatía.
Que el dinero te da lujos, pero no la felicidad.
Y, sobre todo, sobre todo, que cuando uno quiere de corazón, no se hace a medias, sino que se lucha y se está.
Si te cuento esto es para que no permitas que ese sinvergüenza te robe un segundo de felicidad, como no se lo permito yo, aunque, por desgracia, mi madre se lo permitió.
Que sus ácidos comentarios no te afecten.
Y que si yo te he elegido a ti, da igual lo que diga él.
Alma asintió. Conocer aquella parte de la historia que no imaginaba que fuera así, le hizo entender más la relación de ellos dos.
—Gracias por lo que me has contado, cariño —le dijo—. Tu madre, al ver el maravilloso hombre en que te has convertido, tiene que estar muy orgullosa de ti.
Saem sonrió con tristeza. Recordar, en ocasiones, no era fácil, pero haberle contado aquello a Alma le había gustado, aunque sabía lo que ocultaba.
—Te voy a enseñar otra palabra en coreano, ¿quieres? —le preguntó.
—Claro que sí.
Ambos sonrieron.
— Saranghaeyo —pronunció él, mirándola a los ojos.
Alma, divertida, la repitió varias veces hasta que consiguió decirla bien.
—¿Qué significa saranghaeyo ?
—Significa «Te quiero».
Oír eso a Alma le tocó el corazón. Las cosas que Saem decía y le hacía sentir siempre eran especiales. Él sonrió al ver el gesto de sorpresa de ella y le dio un rápido beso en los labios.
—¿Te apetece otra cerveza? —preguntó.
—Sí. Y bien fresquita.
Tras un dulce beso, Saem entró en la casa, y cuando Alma se quedó sola, se levantó de la hamaca, y apoyándose en la barandilla, miró el mar y susurró: « ¡Saranghaeyo!
». Decir aquello le hizo sonreír. Inevitablemente pensó en la niñez de Saem, y en la soledad y tristeza que vivió junto a su madre en aquella jaula de oro.
No tuvo que ser nada fácil para los dos.
Pero también supo que Hye-Jin se las arregló para hacer a su hijo feliz y le dio la fuerza para que se convirtiera en el hombre fuerte y seguro que era.
Saem dejó los dos botellines de cerveza sobre la mesita, se acercó a ella y la abrazó por detrás.
—Inspectora Santana, ¿bailas conmigo? —le dijo al oído.
Divertida, al escuchar aquel apodo, Alma se volvió y, cuando empezaron a sonar los primeros acordes, preguntó:
—¿Esta es...?
—Sí —asintió Saem. Sonaba la canción My Destiny , cantada por la surcoreana Lyn—. Es la canción que aquel día no quise bailar contigo, porque, como te dije, me prometí que única y exclusivamente la bailaría con la mujer de mi vida. Y esa mujer, definitivamente, eres tú.
—Vaya...
—Me encanta tu gesto cuando dices ese ¡vaya!
Ambos rieron.
—¿Dejaras algún día de decirme cosas tan bonitas? —preguntó ella.
—No.
Alma, enamorada, cerró los ojos, y tras darle un dulce beso, apoyó su cabeza sobre el hombro de Saem, y bailó aquella bonita melodía de la que no entendía nada, pero que, sin duda, a partir de ahora sería especial. Muy especial.
Bajo la luna y un precioso cielo estrellado, Saem y Alma en silencio bailaban aquella romántica canción abrazados.
—La canción dice: tú eres mi destino y mi todo —susurró él en su oído, y mirándola a los ojos añadió—: Y que cuando te miro fijamente a los ojos, es mi manera silenciosa de llamarte, porque eres mi único amor y el significado de mi todo.
—Vaya...
—Lo sé. Es rematadamente cursi, pero es lo que dice la canción, y lo que siento por ti, mi vida.
Estremecida por lo que decía la canción y por como la miraba llamándola mi vida, Alma lo besó y supo que él era su destino, su todo y su vida.
— Saranghaeyo —murmuró, abrazándose a él.