Capítulo 58
Llegó el mes de agosto. La tienda de novias Diva y Radiante y el restaurante Mesa Trece cerraron por vacaciones. Y Saem y Alma se fueron a Fuerteventura. Allí habían alquilado una preciosa villa por quince días y la pensaban disfrutar.
En vacaciones no había horarios. Se levantaban tarde, caminaban por la playa, hacían excursiones, jugaban con el hijo de la pareja que les había alquilado la casa, comían patatas con mojo y simplemente disfrutaban el uno del otro en plena libertad, sin importarles nada más.
Hacer el amor por la noche en la playa. Jugar como cualquier otra pareja de enamorados.
Bailar a la luz de la luna. Caminar cogidos de la mano o al atardecer sentarse frente al mar para compartir conversaciones o silencios cómodos les hizo conectar aún más, dándose cuenta de que, a pesar de su diferencia de su edad, ambos estaban en puntos muy parecidos en sus vidas.
A causa de lo que había vivido, Saem, era un hombre responsable y serio.
Un hombre que sabía a quién quería a su lado y, sobre todo, que respetaba y cuidaba a quienes quería en su vida.
Y Alma encarnaba todo lo que él necesitaba.
Ella era en una mujer responsable, independiente, loca y ocurrente, y todo eso a Saem cada día le enamoraba más y más.
Alma, por su parte, disfrutaba de sus primeras vacaciones a solas con un hombre.
Para Saem nada de aquello era nuevo, él ya había pasado algunas de sus vacaciones con otras mujeres, pero para ella todo era especial.
Estar las veinticuatro horas del día junto a él era la cosa más fácil del mundo, pero, claro, ¿en vacaciones qué no era fácil?
Durante aquellos días y por costumbre, Alma llamó a sus padres, que estaban en Denia.
Disfrutaban del verano en el apartamento que años atrás Alma les había comprado en primera línea de playa.
Y aunque sus conversaciones duraban apenas dos minutos y eran frías e insustanciales, saber que estaban bien la tranquilizaba.
Con Natalia y sus amigas habló infinidad de veces.
Todas se morían por saber cómo estaba. Si lo pasaba bien.
Mientras, ella solo se preocupaba de que Natalia estuviera bien junto a Elías. Algo que ella le afirmaba.
En cuanto a Saem, a Alma su sexto sentido le advertía que estaba raro, tenso.
Lo había pillado muchas veces observándola como si quisiera contarle o preguntarle algo, pero, al final, nunca lo hacía.
Disimulaba. Y cada vez que ella trataba de indagar, él se limitaba a sonreír.
Pero algo pasaba. Lo sabía. Y lo que fuera, tenía que ver con su padre. Con Elías.
Pero los idílicos días en la isla, llenos de sol, besos y mar se estaban acabando. Una de las últimas noches estaban bailando bajo la luz de la luna cuando Alma murmuró:
—Me encanta bailar esta canción contigo.
—¿Solo conmigo?
—Sí, cariño. Solo contigo. —Saem sonrió y ella señaló—: Sin pretenderlo, se ha convertido en nuestra canción.
Continuaron bailando en silencio aquella bonita, mágica y romántica canción de Bruno Mars, mientras se miraban, besaban y sonreían.
Los días que llevaban juntos en Fuerteventura habían sido un precioso sueño que pensaban repetir siempre que pudieran.
Cuando la canción acabó, Alma, soltándose de Saem, le dio un cariñoso cachete con la mano en el trasero, y dijo:
—Necesito beber. Estoy sedienta.
Sonriendo, se sentaron en unas hamacas donde bebieron sus cervezas Empezó a sonar otra canción y Alma se estiró en la hamaca.
— Close To You —dijo—. Qué bonita canción de Los Carpenters.
—Tienes razón, mi vida, es una bonita canción. Pero en este caso la canta una cantante surcoreana llamada Yerin Baek —la corrigió Saem.
—La cante quien la cante, es preciosa.
—Más preciosa eres tú.
—Saemmmmmm.
Ambos se miraron con complicidad y sonrieron. La increíble química que había entre ellos era algo que disfrutaban. De improviso, Alma se incorporó de la hamaca y puso los pies en el suelo.
—Mira, cariño, ya no puedo más —dijo—. Tenemos que hablar.
Aquella frase hizo que a Saem le cambiara el gesto. No quería que nada enturbiara aquel bonito momento que vivían.
—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose también.
Alma tomó su mano.
—Mejor dime tú —le pidió, agarrando su mano. Sabía que no iba a ser una conversación fácil—. ¿Qué pasa con tu padre?
—¿A qué te refieres? —quiso saber, pero se le puso el vello de punta.
—Pues muy fácil, cariño. Me refiero a que no os habláis. Tampoco me llama a mí para reprocharme nada. Y tú no me has contado lo que has hablado con él, que ha provocado que estéis tan distanciados.
—Alma...
—No. Alma, no —lo cortó—. Natalia dice que Elías está insufrible. Y tú, cariño, no estás pasando por tu mejor momento. ¿Hay algo que me quieras contar o preguntar?
—No.
—¿Seguro?
Consciente de lo intuitiva que era ella, y de lo mal que lo tenía que estar haciendo él para que ella se hubiera percatado de que algo ocurría, intentó desviar el tema.
—En cuanto a Natalia, lo que tendría que hacer es dejarlo de una vez —soltó.
—Saem, egoístamente, pienso como tú. Tu padre me desagrada por todas las cosas que te he dicho. Pero conozco a Natalia y hasta que ella no tome la decisión, nada cambiará.
Guardaron silencio unos instantes. Saem, atormentado por lo que sabía y ocultaba, no quiso que ella se enterara.
—No hay nada de que hablar en cuanto a Elías, cielo.
—Pues lo siento, pero me parece a mí que sí —insistió ella.
Saem resopló. Recordar las barbaridades que su padre había dicho con respecto a aquella relación no era algo que le quitara el sueño, pero tampoco era algo que quisiera recordar.
—Alma, por favor, no insistas.
—Pero, cariño...
—Escucha. —En esta ocasión la interrumpió él—.
Por mucho que te empeñes, no voy a hablar de ello.
Si tú eres cabezota, yo también lo soy. Por lo tanto, por favor, no sigas insistiendo.
Y si no quiero que lo hagas es porque lo que piense Elías de mi relación no me interesa.
Porque mi vida solo es mía. No de él. —Alma suspiró.
Era la primera vez que veía a Saem tan enfadado y cerrado.
Él, mirándola de aquella manera tan especial, preguntó—: ¿Confías en mí?
—Sin dudarlo ella asintió—. Entonces ignoremos a Elías y sigamos disfrutando de nuestras más que merecidas vacaciones.
—Vale...
Se miraron a los ojos sin pronunciar palabra.
Alma, aunque no había dicho nada, desde hacía tiempo se había percatado de que Saem, al referirse a su padre, le llamaba Elías.
Pasara lo que pasara, tenía que darle tiempo para que él se lo explicara.
De todas maneras, él fue consciente de que ella necesitaba saber algunas cosas. Así que empezó a hablar.
—Cuando tenía diez años, una mañana al levantarme pregunté por Elías, y mamá, con los ojos llorosos, me dijo que se había tenido que marchar para España.
Para mí eso era lo normal. Siempre supe que él trabajaba para un banco hispano-asiático y eso le hacía viajar continuamente.
Dos días después de saber eso, el padre de Seo-Geon nos recogió en el colegio a varios niños y nos llevó a un caro y bonito hotel de Seúl, donde se celebraba el cumpleaños Jung Eun, un amigo.
Al entrar con el resto de los niños en el hotel, de pronto vi a Elías apoyado en la recepción.
Se le veía relajado, sonriente, tranquilo.
Mi primer impulso fue gritar su nombre para llamar su atención, pero entonces una azafata alta, joven y rubia de una compañía nórdica se acercó a él y lo besó.
Minutos después cogieron el ascensor y desaparecieron de mi vista.
Esa noche, cuando llegué a casa, no le dije nada a mamá porque sabía que, aun siendo un niño, si yo le contaba lo que había visto le haría daño.
Al día siguiente, le dije a mi madre que quería llamarlo por teléfono a España para hablar con él.
Sabía que la diferencia horaria era de ocho horas.
Por lo que, si en Seúl eran las cinco de la tarde, en España eran sobre las nueve de la mañana.
Mamá lo llamó a la oficina y le indicaron que no estaba, pero que le darían el recado de que había llamado.
No pasaron ni diez minutos cuando él telefoneó.
Recuerdo que mamá no quiso hablar con él, y me lo pasó.
Al escuchar su voz, le pregunté cuándo regresaba a casa.
Elías dijo que, como estaba en Madrid trabajando, tardaría en volver dos semanas.
Cuando acabó la conversación, también se acabó el respeto que sentía por él, y entendí por qué mamá lloraba y se apagaba día a día ante mis ojos, por abandono, tristeza y pena.
A partir de ese día, y aunque solo era un niño de diez años, tomé la decisión de que tenía que ser yo el que cuidara de mi madre y no darle ni un solo disgusto. Por mí, ella nunca iba a llorar.
Alma lo escuchaba sin saber qué decir y con el corazón encogido. Él continuó con su relato.