Ríete de las bodas Capítulo 57 #2
69%

Capítulo 57 #2

—¿Crees que nos podemos estar equivocando? —Quería saber la opinión de aquella mujer tan buena.

—¿¡Por quereros!? —Alma suspiró y Dolores, entendiéndola, preguntó—: ¿Te importa si te cuento algo?

—Claro que no.

—Mi marido, Guzmán, que en paz descanse, fue el hombre más guapo que yo recuerdo haber visto en mi vida.

Yo vivía en Toledo. Era la solterona de la familia.

Y él vivía en Albacete con sus padres. Pero hubo una boda en Toledo y él asistió con sus padres y sus hermanos.

Y la verdad —sonrió—, desde el primer instante en que nos vimos, ya no nos pudimos quitar la mirada de encima.

¡Fue un flechazo! Durante los días que estuvo en Toledo, tanto Guzmán como yo hacíamos de todo para encontrarnos, y cuando regresó a Albacete, nos comenzamos a escribir.

Recibir dos cartas suyas a la semana se convirtió en mi ilusión, porque de pronto un hombre me veía como una mujer, y no como a una vieja solterona que solo serviría para vestir a los santos los domingos.

Pero entonces mi madre y mis tías se dieron cuenta de con quién me escribía y me lo prohibieron. Como su madre se lo prohibió a él.

—¿Por qué? —preguntó Alma.

—Porque yo era once años mayor que él. —Alma entendió por qué Dolores le contaba aquella historia—.

En aquel entonces, ambos hicimos lo que los mayores nos pedían y dejamos de escribirnos.

Ellos, con su manera de ver la vida, nos hicieron creer que era una vergüenza que una mujer de cuarenta años tuviera contacto con un hombre de veintinueve.

Eso sí, un hombre de cuarenta sí podía estar en contacto con una mujer de veintinueve.

—La doble moral —murmuró Alma.

—Las tonterías de la época, hermosa —afirmó ella, y prosiguió—: El caso es que durante seis meses dejamos de escribirnos hasta que un día, cuando salía de comprar el pan, Guzmán me estaba esperando.

Cuando lo vi, ¡Jesusito de mi vida, los calores que me entraron!

—ambas rieron—. Resumiendo, nos cogimos la Katanga y. ..

—¿La Katanga? ¿Qué es eso?

Dolores sonrió.

—Fueron los primeros autobuses urbanos que hubo allí —explicó— y que coincidieron con la guerra de Katanga, y por eso los de Toledo los llamamos así.

—Alma asintió y con un gesto la animó a seguir—: Como te decía, hermosa, nos cogimos la Katanga y nos bajamos en una parada donde nadie nos podía ver para hablar.

Él me confesó que me amaba. Que le daba igual lo que las familias dijeran, porque nosotros por querernos no éramos una vergüenza y, sorprendiéndome, ¡me pidió matrimonio!

—Pero buenoooo con Guzmán —rio Alma.

Con la mirada llena de recuerdos, Dolores le enseñó algo que llevaba en el dedo.

—Con anillo y todo que me vino el muy tunante, y sin dudarlo le dije que sí.

—¡Ole por ti!

—Total. Que se lo conté a mi hermana y le dije que, en un mes, Guzmán me vendría a buscar y nos iríamos a Madrid para casarnos.

Mi pobre Sagrarito se puso malísima. Menuda descomposición que tuvo la criatura.

Hasta calenturas le salieron en la boca, pero me guardó el secreto.

Al mes siguiente, con todo el dolor de mi corazón, una noche, cuando todos dormían, me despedí de mi hermana y me fui con Guzmán.

Llegamos a Madrid. Nos casamos. Y encontramos trabajo en una casa como sirvientes.

No teníamos de nada, pero nunca nos faltó cariño y amor.

Con el tiempo, Guzmán consiguió un trabajo mejor, y dejamos de servir.

Y aunque la vida no nos dio hijos, te aseguro, Alma, que fuimos tremendamente felices y que volveríamos a tomar la misma decisión tantas veces como naciéramos.

Las familias, excepto mi hermana Sagrarito, nos borraron de sus vidas.

Éramos los parias que los habían avergonzado por el simple hecho de quererse a unas edades que la sociedad no admitía.

Pero nosotros nos quisimos y fuimos felices hasta que una maldita enfermedad se llevó a mi Guzmán, aun siendo once años más joven que yo.

—A Alma se le saltaron las lágrimas cuando Dolores concluyó—.

Si te cuento esto es para que sepas que, antes que vosotros, otros nos hemos rebelado contra los prejuicios de la sociedad.

El amor es amor, da igual la edad que se tenga cuando se es adulto.

Por lo tanto, hermosa, no te dejes pisotear por ningún tonto del bolo y defiende tu amor, como en su momento lo defendí yo.

Conmovida y emocionada a partes iguales por aquella historiaza que le acababa de contar, Alma asintió.

—Te aseguro que defenderé mi amor —afirmó, tomando las manos de aquella cariñosa mujer.

—Más te vale. —Y bajando la voz murmuró—: Porque la alhaja que te ha enamorado, ¡es de lo mejor! Porque vaya ojitos, espaldita y culito que tiene.

—Doloressssss —rio Alma.

—A ver, rica, que una es vieja, pero tengo ojos en la cara.

Cuando Saem entró en la cocina ambas reían a carcajadas, y eso le gustó. No comentó nada de la conversación con Elías, pero como necesitaba despejarse, las invitó a comer al lago. Y aunque Dolores en un principio no aceptó, al final cambió de opinión. ¿Por qué no?