Ríete de las bodas Capítulo 57
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Capítulo 57

El domingo, cuando Alma abrió un ojo, lo primero que vio fue a Saem dormido y sonrió. ¿Pero se podía estar más guapo?

La noche anterior cuando fue a buscarlo al restaurante, lo encontró más callado de lo habitual. Lo comentó con Ji Woo y esta le dio la razón. Saem estaba raro. Pero él, con su bonita sonrisa, cuando se montaron en el coche, le indicó que simplemente estaba cansado, y ella le creyó.

Con tranquilidad miró a su alrededor. Estaban en la casa de Saem.

Un piso amplio, cómodo y bonito, pero frío en la decoración y excesivamente varonil.

El día anterior, tras pasar el día con sus amigas, por la noche se fue a buscar a Saem al restaurante con Sugar.

Hacer aquello, mostrar su relación sin esconderse, era una tranquilidad que le gustaba, pero también una responsabilidad. ¿Estaba dando por sentada su relación?

Un movimiento llamó su atención. Eran Freya y Sugar que, acurrucados, dormitaban sobre la cama.

Sin moverse, observó a los dos perretes.

Freya, desde el inicio, lo había puesto todo fácil.

La perra era encantadora, sociable y cariñosa.

A Sugar, por el contrario, al ser tan gruñón, le costó más.

De hecho, cuando iban a su casa, Sugar aún no permitía que Freya se subiera a la cama.

Al levantar la mirada vio a Saem observándola.

Aquellos ojos. Aquella mirada. Y haciéndole un gesto, le señaló a los perros. Saem miró.

—Freya es una facilona —musitó, sonriendo, y moviéndose dijo—: ¡Vamos, los dos abajo!

Rápidamente los perretes obedecieron. Saem se acercó a Alma y, sin mediar palabra, la besó. Abrazados y pegados podían sentir el calor de sus cuerpos. Saem llevó sus manos hasta el trasero de Alma y se lo estrujó.

—Mmmmm... me encanta —susurró.

Divertida, ella hizo lo mismo con el suyo.

—Mmmmmm... me apasiona —murmuró.

Saem la besó. Pero, de improviso, lo ocurrido el día anterior con su padre le volvió a la mente e interfirió en el momento.

Tenía que hablar con Alma. Contarle lo del préstamo y el chantaje que su padre pretendía, pero, al mirarla y verla sonreír, sintió miedo.

¿Y si ella prefería el préstamo a él? Total, solo lo conocía desde hacía unos meses y Diva y Radiante había tardado muchos años en levantarla.

Duda. Miedo. Inseguridad. De pronto aquellas tres emociones se apoderaron de Saem.

—¿En qué piensas? —preguntó Alma.

—En lo preciosa que estás —respondió, acercándola a su cuerpo para que no lo mirara a los ojos.

Alma sonrió. Él no paraba de halagarla de una manera que la hacía sentir preciosa y especial.

—¿Sabes que ayer me preguntaron si hacíamos el amor o follábamos? —Se rio.

—¿Pero qué clase de preguntas son esas? —se mofó Saem, que, tras darle un dulce beso, se interesó—: ¿Y tú que respondiste?

—Pues que depende del día.

—Vaya...

Sonrió al escuchar aquella expresión tan suya, pero notó algo en su mirada.

—¿Te ocurre algo, cariño? —quiso saber.

Saem se apresuró a negar con la cabeza. Estaba claro que no estaba siendo bueno para controlar sus emociones, así que la cubrió de besos para hacerla sonreír.

—¿Y ahora qué quieres, follar o hacer el amor? —le preguntó.

—Follar —respondió ella, tomando el control.

Saem sonrió. Y mientras Alma le mordisqueaba el lóbulo de la oreja y se restregaba contra él como una loba, lo disfrutó.

Para Alma, sentir cómo la respiración de Saem se aceleraba y ver que el poco vello de su cuerpo se le erizaba le demostraba que lo que hacía le gustaba, y continuó. No pensaba parar.

Desnudos, excitados y expuestos se observaban cuando Alma llevó su caliente boca hasta los oscuros pezones de él.

Con la punta de su lengua los lamió, los ensalivó.

Y al notar que se erizaban, con los labios los succionó, y después con los dientes los mordisqueó y estiró.

Saem al notar aquella intensidad, entregado, gimió.

Sin dejar de hacer aquello, pero notando la dura erección entre sus piernas, Alma, sentada a horcajadas, se incorporó.

Y tras asir su duro y cálido pene, lo colocó en la entrada de su húmeda vagina, y se dejó caer sobre él.

El placer que aquello les ocasionó les hizo jadear, y, ella, agarrándolo por las muñecas, colocó sus brazos por encima de su cabeza en la cama y mirándolo, mientras movía las caderas de adelante hacia atrás, le preguntó:

—¿Te gusta cómo te follo?

Saem asintió. Estaba tan poseído por lo que ella hacía que no podía ni hablar.

Durante una maravillosa eternidad, Saem disfrutó del loco goce que ella le ocasionaba acelerando y frenando.

Oleadas de placer iban y venían haciéndole subir y bajar continuamente al cielo, hasta que el deseo de dominarla en la cama le hicieron tomar el control.

Para ello soltó sus manos, se incorporó y con una agilidad que a Alma la dejó loca, la colocó debajo de él y no paró de penetrarla con morbosa rudeza hasta que un loco y electrizante orgasmo los invadió a los dos.

Acabado el momento pasional, Saem, tras darle un dulce beso en los labios, se dejó caer en la cama junto a ella, que, con la respiración entrecortada, murmuró.

—Vaya...

Saem sonrió. Era la primera vez que en el juego del sexo subían tanto la intensidad. La dominación. La posesión.

—Me encanta el sexo contigo —afirmó. Alma lo miró y él añadió—: Adoro que seas desinhibida y segura de ti misma, y te guste mostrarme tu lado salvaje o sumiso.

—Mmmmm... qué morbo me das.

Sonriendo se besaron. Lo que estaban viviendo juntos estaba siendo muy especial.

—¿Alguna vez te has planteado vivir en otro sitio que no sea Madrid, incluso en otro país?

Alma movió la cabeza.

—No. Y menos regentando mi negocio y sabiendo que mi hija Natalia vive aquí —respondió ella.

Saem, sin perder su sonrisa, asintió. Elías en aquello acertaba.

—He pensado que si pido un préstamo al banco, poniendo como aval mi restaurante, quizá...

—¿Para qué quieres pedir tú un préstamo al banco? —lo interrumpió ella.

—Para ayudarte en tu negocio.

—¿Para ayudarme a mí? —preguntó, sorprendida.

—Sí.

—Olvídalo.

—Yo podría...

—Saem, no. Pero si apenas nos conocemos.

¿Cómo vas a hacer eso? —Saem la entendió.

Lo que estaba proponiendo era una auténtica locura.

Ella prosiguió—: Y no solo eso. Yo tampoco quiero que el dinero tenga nada que ver con nuestra relación.

Imagina por un momento que mi tienda comienza a ir mal, y no puedo pagar el préstamo.

¡Te quitarían el restaurante! Y no, eso no lo puedo consentir.

Saem no dijo nada. Sin que ella lo supiera, el dinero estaba marcando su relación, mientras él, sin consultar, tomaba decisiones, aun sabiendo que se podía estar equivocando.

—Cariño, te lo agradezco —sonrió Alma—. Pero nunca permitiría que hicieras algo así. ¿Pero te has vuelto loco?

—Loco estoy por ti.

Alma, conmovida por aquello, lo besó con cariño.

—¡Olvídalo y no vuelvas a mencionarlo! —le pidió.

—Pero...

—Saem, ¡no es no! Diva y Radiante es mi negocio. Mi problema. Ya me mataré yo con quien sea para conseguir el dinero.

En silencio se miraron, cuando él, de pronto, preguntó:

—¿Lo dejarías todo por amor?

Sorprendida por aquella pregunta, Alma soltó una carcajada.

—Pero ¿qué te ocurre esta mañana? —se sorprendió.

—Responde.

—Pues no, Saem. No lo dejaría todo por amor.

Si algo he aprendido con los años es que en la vida y en el amor, en un segundo, por infinidad de circunstancias, todo puede cambiar.

Y no estoy dispuesta a jugarme lo que tengo por nadie.

—Él asintió. Aquella respuesta le dejaba entrever ciertas cosas—.

¿Y tú lo dejarías todo por amor? —quiso saber ella.

—Sí —afirmó con rotundidad, agotado mentalmente por todo lo que rondaba por su cabeza.

Sorprendida por aquello, Alma comenzó a darse aire con la mano.

—Mira qué calor me ha entrado por lo que has dicho.

—Lo siento, cielo.

—Es bromaaaaa. La jodida menopausia me hace tener clima tropical, sin salir de casa y en cualquier momento.

—Solo a ti se te puede ocurrir decir eso —susurró Saem, sonriendo.

Veinte minutos más tarde, ya duchados y mientras estaban en la cocina tomándose un café, sonó el timbre de la casa. Freya y Sugar comenzaron a ladrar hasta que vieron a Dolores, la vecina, que venía a dejarle a Saem unas rosquillas.

Saem la invitó a entrar, y Dolores, al ver a Alma, con quien ya había coincidido en otras ocasiones, la saludó encantada. Durante un rato, los tres hablaron. De pronto, el teléfono de Saem sonó, que se levantó con gesto ceñudo.

—Disculpadme un momento —dijo.

Cuando él salió de la cocina, Dolores miró a Alma.

—Rica, siento no poder quedarme en agosto con Freya y Sugar —le dijo—. Pero es que me voy a Toledo con mi hermana Sagrarito.

—Ah, no te preocupes. Dolores. Ya lo hemos solucionado. Sugar y Freya se quedarán con Mario y Nuria en sus casas.

En ese momento, oyeron a Saem exclamar «¡Elías!», y supieron que hablaba con su padre. Al ver que Alma movía la cabeza, Dolores le dijo en bajito:

—Entre tú y yo. Con lo maravilloso que son Saem y su tío Mario, lo tonto del bolo que es su padre.

—¡Dolores!

—Lo siento, hermosa, pero es lo que pienso. Y no te creas que Saem no lo sabe, porque también se lo he dicho a él. Ese estirado no sabe la alhaja que tiene por hijo.

Alma sonrió.

—¿Sabes que su padre es el novio de mi hija? —le preguntó.

Dolores asintió y, sorprendida, Alma iba a decir algo, cuando ella se adelantó.

—Me lo dijo Saem una tarde en la que pasó por mi casa para dejar a Freya antes de irse a trabajar.

Lo vi muy enfurruñado, por lo que lo invité a un refresco y me lo contó.

Como también me contó que la madre de esa chica le gustaba, pero que no quería saber nada de él.

Por cierto, no conozco a tu hija, pero, hermosa, qué mal gusto tiene.

Alma levantó las cejas cuando oyeron que Saem decía:

—He dicho que no voy a volver. Se acabó.

Alma miró a la vecina.