Capítulo 56
En la casa de La Moraleja, Saem paseaba con Haneul por el jardín, mientras su perra Freya corría como una loca. Aquellos momentos con Haneul eran especiales, serenos y llenos de paz.
—Debes ser fuerte y guiarte por tu corazón, Saem —le recomendó ella—. No permitas que tu padre te amargue la existencia, como le hizo a tu madre.
—Lo sé, mamá Haneul. Tranquila. Yo no soy mi madre.
Haneul asintió. Entendía mejor que nadie las palabras de Saem.
—El presente que vive tu padre con respecto a ti es la suma silenciosa de todo lo que hizo en el pasado —sentenció ella.
—Pues que lo acepte de una maldita vez, como yo tuve que aceptarlo, aun siendo un niño, me gustara o no —terminó Saem.
La mujer suspiró. Vieron en ese momento que la puerta de la terraza principal se abría y Elías salía con un libro. Él los miró brevemente, y luego fue a sentarse en uno de los butacones.
—No para de llamarme por teléfono y de enviarme mensajes —dijo Saem—. Me desgasta su insistencia.
—Lo sé, hijo. Tu padre, cuando se lo propone, es agotador.
—Sé qué quería que viniera para volver a hablar, necesito zanjar este tema de una vez. Pero él sigue y sigue, y yo tengo que contenerme, porque le prometí a mamá que...
—Saem, hijo. Lo prometido se intenta, pero todo tiene un límite. Incluso tu madre te diría eso.
—Lo sé, mamá Haneul. Y estoy llegando a mi límite —afirmó él—. Me conozco. Tengo paciencia, pero cuando se acaba, rompo con todo.
—Yo también te conozco y sé que eres juicioso y paciente —lo interrumpió la mujer—.
Pero en la vida, a veces, se han de tomar decisiones duras y tajantes.
Y nunca dudes de que, decidas lo que decidas, tu madre estará orgullosa de ti.
—Se miraron con complicidad, cuando la mujer añadió—: Y yo también estoy orgullosa de ti.
Pocos hijos, teniendo un padre como Elías, seguirían soportándole.
—Y consciente de que Elías los observaba, lo instó—: Ahora, ve con él.
Te espera, y que estés conmigo antes que con él le incomoda.
Con cariño, Saem le dio un beso a aquella pequeña mujer en la mejilla.
—Llévate a Freya contigo —le pidió—. Cuando me vaya, pasaré a recogerla y a despedirme de ti.
Cuando la mujer se marchó hacia la casita de invitados que era su hogar, Saem, con paso seguro, se dirigió hacia la terraza donde estaba su padre. A medida que se acercaba, era consciente de la dura mirada de Elías.
—Hola, papá —lo saludó.
—De nuevo, saludándola a ella antes que a mí.
—Sí. Y siempre será así —afirmó Saem, apoyándose en la barandilla.
Molesto, Elías se levantó. Años atrás, aquello no le importaba, pero, con el transcurso del tiempo, le escocía.
—Cualquier día echo a esa mujer de aquí —siseó—. Lleva demasiado tiempo viviendo en la casita de invitados. Y si tú te independizaste, ¡qué narices pinta aquí!
A Saem le molestaron aquellas palabras. Pero procuró no inmutarse, para no agrandar el ego de su padre.
—La casa de invitados ha sido el hogar de Haneul desde que llego de Seúl —respondió—. Si se te ocurre echarla de aquí, tendrás problemas conmigo y con Mario. No solo tú eres el dueño de la casa de los abuelos, ¿te queda claro?
—No me dais ningún miedo.
—Tú a nosotros tampoco.
Padre e hijo se miraron. Elías se removió incómodo con la mirada de su hijo y bajó la vista.
—¿Quieres algo de beber? —le preguntó.
—Cerveza.
—Vayamos a mi despacho.
Saem asintió y en silencio siguió a su padre. Ya en el despacho, Elías abrió la pequeña nevera que allí tenía y sacó una cerveza. Acto seguido, se preparó un güisqui con hielo y le entregó la cerveza a su hijo, que se entretenía mirando los libros de la estantería.
—¿Hasta cuándo va a durar esto? —preguntó a bocajarro.
Saem lo miró. Sabía perfectamente a qué se refería, pero se hizo el tonto.
—¿De qué hablas?
—Hablo de lo tuyo con la... la madre de mi novia.
Con tranquilidad, Saem dio un trago a su botella de cerveza.
—Mi vida privada es mía única y exclusivamente —replicó.
—Pero...
—Papá —lo interrumpió—. Si me has hecho venir para volver a hablar sobre lo mismo, déjame decirte que me está agotando el tema. Por lo tanto, mejor déjalo.
—No voy a dejarlo. Pero ¿qué narices estás haciendo con tu vida? —Saem no contestó y él, con mala baba, le soltó—: ¿Tan zorrita es en la cama?
Al oírle, Saem dio un paso intimidante hacia él, pero se detuvo y apretó la botella de cerveza que tenía en su mano.
—Cuidado, papá —le avisó—. No vayas por ahí. Te lo advierto.
—¿Y por dónde quieres que vaya? —insistió Elías, sentándose ante su mesa de trabajo—. Tengo solo un hijo y...
—Si vas a empezar con los temitas de siempre, mejor cállate.
—Saem, maldita sea, abre los ojos de una vez —volvió Elías a la carga—. Esa relación no te conviene. Te estás metiendo en algo que va a destrozar tu vida y tus planes a futuro. ¡Y eso sin hablar de la edad! Pero no ves que ella juega con ventaja por su experiencia y...
—¡Quieres dejar de decir tonterías!
—¡Esa mujer no te puede dar hijos! Es mayor. ¡Vieja!
—¡Se acabó! —gritó Saem, y mirándole siseó—: No voy a permitir que le faltes el respeto a la mujer que quiero, ni una sola vez más. ¡Te queda claro! Y en el tema hijos, nunca he querido tenerlos. Por lo tanto, deja de decir tonterías.
—No digo tonterías. Todo hombre quiere tener hijos.
—Te equivocas. No todos los hombres o mujeres quieren hijos.
—Pero un hijo es el legado que aportas al mundo.
—Papá, ¡no quiero tener hijos!
—Eso lo dices porque ella no te los puede dar.
—Te equivocas —afirmó, omitiendo algo que solo él sabía—. Nunca he querido hijos y mi postura no va a cambiar.
—¿Y qué pasara dentro de unos años? —insistió el padre—. ¿Acaso no has pensado que vuestra diferencia de edad se hará más notable y...?
—Creo que deberías de pensar en la diferencia de edad que hay entre Natalia y tú antes de que sigas diciendo tonterías. Pero ¿tú te estás escuchando?
—Lo mío con Natalia es normal. Natural. Lo que no es natural es...
—Lo que no es natural es que pienses así en el siglo XXI, ¡eso es lo que no es natural, papá!
—lo cortó Saem, que añadió—: Pero claro, ¡tú!
, el todopoderoso Elías Basagoitia, te crees con el derecho a juzgar y criticar lo que hago yo, sin pensar en lo que haces tú.
—En silencio los dos se miraron y Saem preguntó—: ¿Le has hablado a Natalia de Verónica?
Elías con gesto ceñudo negó con la cabeza.
—Pues deberías, papá, deberías —le recomendó, y tras un incómodo silencio agregó—: Sabes tan bien como yo que Natalia no es la mujer que quieres en tu vida, porque no se ajusta al concepto de mujer florero que deseas mostrar como un trofeo ante los de tu empresa.
Pero te encanta manipular. Te conozco. Y sé qué ella, por su carácter, es un reto para ti.
—Molesto, Elías dio un trago a su güisqui.
Su hijo lo conocía muy bien, así que prosiguió—: Pero ¿sabes, papá?
Natalia no es como Verónica, ni como otras con las que has estado y manipulado.
Natalia tiene carácter y es una mujer segura de sí misma porque tiene una madre que le enseñó a. ..
No pudo decir más. Elías, ofuscado, salió de la habitación y Saem resopló. Su padre lo sacaba de sus casillas.
Tras dar un trago a su cerveza, decidió marcharse.
Pero al ir a dejar la bebida sobre la mesa, una carpeta llamó su atención.
En ella ponía «Diva y Radiante. ¡Confidencial!
». Aquel era el nombre de la empresa de Alma, y, movido por la curiosidad, la cogió, y al comenzar a leer lo que en los papeles ponía, el cuerpo se le descompuso.
Hoja a hoja, observaba todo aquello. De pronto Elías entró y Saem levantó la vista de los papeles.
—¿Qué narices es esto? —preguntó. Elías, al ver lo que su hijo tenía en las manos, no dijo nada, y Saem insistió—: Dime que no es lo que creo.
—Si esa mujer me jode estando contigo, ten por seguro que yo voy a joderla —respondió Elías con toda tranquilidad, sentándose a su mesa.
Perplejo, Saem parpadeó.
—¿Tú has intercedido para que a Alma le nieguen el préstamo los bancos? —levantó la voz. —Elías asintió, y Saem gruñó—: ¿Te has vuelto loco? —Elías no contestó y Saem, acercándose a él, siseó—: Te exijo que reviertas y arregles esta situación de inmediato.
—La respuesta es no.
—¿Me puedes decir por qué lo has hecho? —exigió una explicación, consciente de que era el sueño de Alma.
—Blanco y en botella, hijo, ¡por ti!
—¿Por mí?
—Sí. Por ti. No apruebo esa relación.
—Tú no tienes que aprobar nada —siseó furioso.
—Saem, soy tu padre.
—Para mi desgracia.
Oír aquello a Elías lo encabronó más.
—Ahí está la frialdad coreana —remató.
A partir de ese instante padre e hijo se cruzaron duras y fuertes palabras. Reproches que habían estado guardados en la mente de Saem salieron como una cascada desbordante, deseosa de inundar la estancia.
—Todo eso es pasado —dijo Elías.
—Todo lo que he dicho es la vida de mi madre y la mía.
Elías negó con la cabeza. No estaba dispuesto a hablar de aquello, y volviendo al tema principal amenazó:
—Solo hay una manera de que esa mujer consiga el préstamo. Y es que termines la relación con ella y regreses a Seúl.
—¿¡Qué!? —murmuró Saem, incrédulo.
—Sinceramente, Saem, fue un error traerte a España. Con los años, te has convertido en una mosca cojonera que no solo me reprocha mi pasado, sino que se mete en mi presente. Y eso me incomoda mucho.
Saem, apretando los puños, lo observaba. Aquel que por genética era su padre era la peor persona que conocía. No solo le había hecho daño en el pasado, sino que también pretendía hacérselo en el futuro.
—¿De verdad crees que no sé que le pagas la clínica a Verónica? —le soltó.
Saem cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—Que tú sepas eso a mí me da igual —replicó—. Y si lo hago es porque creo que Verónica es una buena persona y necesita recuperarse. Y eso se llama empatía, cosa de la que tú careces.
—¿Acaso su debilidad te recuerda a tu madre? —Saem no contestó—. Menudo dineral me costaron sus psicólogos.
—De mi madre no...
—Dijo su eterno cachorro —lo cortó con desprecio.
Saem endureció su mirada. No iba a consentir que dijera nada más con respecto a su madre, y Elías continuó—: Si te marchas a vivir a Seúl, esa mujer no irá detrás de ti.
Ella es ambiciosa. Ha luchado por levantar esa tienducha de novias y dudo que se olvide de ella para irse a Seúl contigo.
Además, su hija es lo más importante de su vida.
No tú. Y mientras Natalia viva en Madrid, y se case conmigo, esa mujer no se moverá de aquí.
—Se te ha ido la cabeza...
—Y en cuanto a ti, venderás el piso, el restaurante y tu parte del local al imbécil de tu tío.
Con ese dinero regresarás a Seúl, donde puedes tener una buena vida y abrir ese restaurante que siempre quisiste frente al río Han.
En cuanto a mí, cuando vaya a Seúl por trabajo y tenga tiempo, te iré a visitar.
—Y sacando un papel del cajón de su mesa se lo puso delante—.
Si me firmas este documento, en donde pone que harás lo que te he dicho, en veinticuatro horas esa mujer y su socia tendrán en su cuenta bancaria el préstamo de un millón de euros que han solicitado con un interés bajísimo y unas condiciones muy favorables.
Y si no aceptas, serás el responsable de haber destruido el sueño de su vida.
—¿En serio? ¿De verdad me estás chantajeando y amenazando? —siseó Saem, a cada segundo más impactado, sin poder creer lo que estaba oyendo.
—Si te chantajeo y amenazo es porque puedo permitírmelo, ¿no crees?
Oír aquello y ver su maldad en cierto modo no le sorprendió. Conocía a su padre. Sabía lo que era capaz de hacer por conseguir lo que quería.
—Nunca me he dejado manejar por ti —dijo, intentando no dejarse llevar por la rabia y soltarle un puñetazo—, y créeme cuando te digo que no voy a empezar ahora.
—Tú verás. En tu mano está que tu adorada Alma consiga ese préstamo o no.
Saem, fuera de sí, se acercó hasta él, y cogiéndolo por la pechera, gritó:
—Eres un ser despreciable.
—¿Vas a pegarme?
—Ganas no me faltan.
En ese instante, Haneul entró en el despacho. Los gritos la habían alertado y acercándose a ellos, con todo lo pequeña que era, los separó.
—Otra loca defendiendo a su cachorrito —dijo Elías, mirándola con desprecio.
El derechazo que Saem le soltó a su padre con todas sus ganas hizo que aquel se sentara en su sillón de golpe. La furia, la rabia y la ira por todos los años conteniéndose y todo lo que acababa de oír tenían a Saem fuera de sí. Haneul de un tirón hizo que la mirara.
—Que su oscuridad no te atrape. No lo permitas —le pidió.
Saem tomó aire. Mamá Haneul tenía razón. Miró a Elías, que sangraba por el labio a causa del puñetazo y le señaló con el dedo.
—Tú ya no eres mi padre —sentenció.
—Pero bien que lo fui para pagarte los estudios, para darte un techo, para...
—¡Era tu obligación!
—¿Mi obligación?
—Yo no pedí venir al mundo —siseó con frialdad—. Tú me trajiste.
Elías resopló.
—Ni a ti ni a tu madre os faltó nunca de nada.
—Métete tu jodido dinero por el culo, porque, al parecer, es lo único que te importa —escupió Saem.
De la mano de mamá Haneul, salió de aquel despacho.
—Ningún banco le dará el préstamo que esa ha pedido mientras yo pueda evitarlo. ¡Que te quede claro, Saem! —gritó Elías a su espalda.
Con la tensión por las nubes y de la mano de Haneul, salió de la casa dispuesto a solucionarlo. Lo que no sabía era cómo.