Capítulo 55
El sábado, durante la comida de madres e hijas, o mejor dicho de lobas y lobeznas, Virginia, Carolina, Natalia y Leyre no podían dejar de preguntar a Nuria y a Alma. El hecho de que las dos solteras por excelencia del grupo ahora tuvieran pareja las tenía locas.
Entre risas y picardía tanto Alma como Nuria respondían, mientras Sugar olisqueaba el piso. Que ellas mismas admitieran tener pareja todavía las desconcertaba y hasta ellas se reían. De pronto Carolina se levantó y sacó de su enorme bolso una caja de manolitos.
—Tengo algo que contaros.
—Ay, Dios —murmuró Natalia.
Las maduras se miraron con complicidad.
—Tu madre por su secretismo no lo hizo, pero si me necesitas para representarte en el juzgado, aquí estoy —se ofreció Estíbaliz.
—Yo también —musitó Leyre.
—Siempre estaremos a tu lado, pase lo que pase, ¿vale, tesoro? —insistió Nuria.
Romina miró a sus amigas con abatimiento.
—Tome el rumbo que tome tu divorcio, te apoyaremos —manifestó Alma—. No te vamos a dejar ni un segundo sola.
Carolina, tras mirar a su hermana Virginia, asintió.
—Gracias a todas. Me encanta saber que puedo contar con vosotras.
—Con pesar, tras mirar a una desconcertada Romina, todas asintieron, y Carolina continuó—: Sé que por cómo somos Pablo y yo, el divorcio parece inminente, e incluso puedo intuir que ya tenéis preparado el kit de supervivencia posdivorcio.
Pero, lobas y lobeznas, ¡giro de guion! No me divorcio. ¡Estamos embarazados!
Boquiabiertas, todas miraron a Romina, que, cambiando su gesto de desconcierto por una sonrisa pícara, abrazó a Carolina.
—¡Voy a ser abuela! —exclamó—. Me moría de ganas de que os lo dijera.
Incrédulas y sorprendidas por aquella noticia que no era la que esperaban, felices y emocionadas, se levantaron todas para abrazar a Carolina, mientras Romina y Virginia se mofaban de ellas y reían a carcajadas, pues, como era lógico, ellas ya lo sabían.
Acabado el momento de besos y abrazos, todas volvieron a sentarse.
—¿Desde cuándo lo sabéis? —preguntó Estíbaliz.
—Mamá y yo desde ayer —contestó Virginia.
—Pablo y yo desde hace una semana.
Le hicieron infinidad de preguntas a la futura mamá, que con una bonita sonrisa respondía. Alma, viendo la emoción de su amiga Romina, cogió su mano por debajo de la mesa.
—¿Estás bien? —quiso saber.
Romina asintió y como sabía que su hija no la oía, dijo en bajito:
—Cuando nos dijo a Roberto y a mí que tenía que hablar con nosotros, nos preparamos para lo peor, y cuando nos comunicó que íbamos a ser abuelos, ¡casi nos da algo!
Alma sonrió. La vida era imprevisible. Nunca dejaba de sorprender.
—Contad, ¿cómo se lo ha tomado el abuelito? —se interesó Nuria.
—Está chocho perdido —afirmó Virginia al pensar en su padre.
Carolina, la futura madre, sonreía y Romina, cogiendo un manolito de chocolate blanco, explicó:
—De entrada, Roberto se mareó. Tuvimos que tumbarle en el sofá y levantarle los pies. Pero, ya repuesto, está como loco porque nazca su nieto o nieta para hacerlo socio del Atlético de Madrid.
Prosiguieron hablando sin descanso de aquello y de todo lo que surgía.
Como era de esperar, Nuria y Alma comentaron lo difícil que estaba siendo conseguir el préstamo que necesitaban.
Varios bancos habían rechazado su propuesta, pero pensaban seguir intentándolo.
No iban a tirar la toalla. Ampliar Diva y Radiante era su sueño, e iban a luchar como lobas por él.
Hablar y reír. Eso cuando se juntaban se les daba de lujo. Entonces Estíbaliz oyó a su hija preguntar algo indiscreto.
—Pero, Leyre, ¿qué pregunta es esa? —le riñó.
La joven sonrió.
—A ver, mamá, solo quiero saber si ahora las tías follan con Saem y Mario, o hacen el amor —soltó con retintín.
—Pero será sinvergüenza la niña —se quejó Romina, sonriendo.
—Más que sinvergüenza, mamá, diría cotilla —se mofó Carolina.
Nuria y Alma, divertidas por aquella pregunta, iban a contestar, pero Natalia se les adelantó.
—Creo que cincuenta, cincuenta, ¿verdad?
—Verdad —afirmaron ellas.
Tras la comida se fueron todas juntas de compras. Tenían que comprar cosas para el piso que Romina se había comprado frente al parque de la Cuña Verde. Un cuco pisito de dos habitaciones y una bonita terraza con vistas al parque de la que se enamoró Romina tan pronto como lo vio.
Roberto y ella habían vendido el piso de Móstoles. En agosto lo entregaban y tenían quince días para acondicionar el apartamento de Romina y el que Roberto se había comprado en Alcorcón. Algo que todas aceptaron hacer encantadas.
Acabadas las compras, cargadas como mulas, todas fueron al piso de Romina donde les esperaba Sugar y disfrutaron colocando todo lo que habían adquirido. Alma vio en su hija un gesto extraño después de recibir una llamada de teléfono.
—¿Estás bien, corazón? —le preguntó.
Natalia resopló y bajó la voz para que solo la oyera ella.
—Estoy algo cabreada.
—¿Qué pasa?
—No tengo manolitos para contártelo —se mofó la joven.
—¡Serás tonta!
La joven, que sonrió, cogió a su madre de la mano. Ambas salieron a la terraza acompañadas por Sugar. Allí se encendieron unos cigarrillos.
—Esta noche tenemos la cena despedida de Lola y Lucas, que se van un año a Canadá —empezó a contar—, y ahora me llama Elías y me dice que me olvide de la cena, porque tenemos que ir a otra cena con no sé qué jefazos del banco asiático para el que trabaja, porque están de vacaciones en Madrid.
—Alma guardó silencio, esperando a que continuara—: Pero vamos a ver.
Si yo tengo una cena programada desde hace tiempo con mis amigos, ¿por qué él programa otra sin preguntarme?
Y claro, si no voy, como dice él, le voy a dejar en muy mal lugar con sus compañeros de trabajo.
—Háblalo con él —le recomendó Alma, percibiendo el agobio de su hija.
—Desde que sabe lo vuestro, está insoportable.
—Vaya. Lo siento, Natalia.
Ella suspiró. Elías estaba insoportable y ella no soportaba las cosas que decía relativas a su madre. Pero evitó mencionarlas para no hacerle daño. También omitió comentarle que estaba utilizando su vena periodística con Elías por lo que pudiera pasar.
—Mira, mamá, si de algo me estoy dando cuenta es de que o se hacen las cosas a su manera o se cabrea como un maldito niño consentido —reconoció—.
No sé qué pasa, pero el Elías amable, caballeroso y respetuoso que conocí ya no es así.
Desde que me pidió que me casara con él, no hace más que reprocharme cosas que antes le gustaban de mí.
Y ahora que sabe lo vuestro, no paramos de discutir, y es agotador.
—Joder.
—Noto que quiere que cambie mi forma de ser. Lo que antes le parecía maravilloso, ahora lo critica, y...
—Natalia —la cortó—. Eso nunca lo permitas.
—Claro que no, mamá. Tranquila.
—Tú eres tú. Y quien te quiera, tiene que hacerlo tal y como eres, porque así te conoció. Corazón, nunca permitas que hagan de ti un monigote ni que te moldeen a gusto de otros.
—Lo sé, mamá. Lo sé. —Y pensó en que se confirmaba su conversación con Saem.
En un silencio cómplice se miraron.
—¿Sigues enamorada de Elías? —se aventuró Alma a preguntar. Sabía cómo eras su hija.
—Sinceramente, no lo sé —admitió.
Conocía a Natalia y sabía que aquello podía pasar. Natalia era una mujer fuerte e independiente, como un campo abierto al que no se le podían poner puertas, y, sin duda, Elías le estaba poniendo demasiadas.
—Mamá. Tengo que contarte otra cosa.
—Dime.
—Hace unos días, estando con Elías y sus amigos en un restaurante, cuando fui al baño, una mujer pelirroja se me acercó y me preguntó si era la novia de Elías. Y cuando le dije que sí, me dijo cosas terribles sobre él.
—Ay, Dios mío. ¿Qué te dijo?
Natalia no quiso decirle a su madre que aquella mujer era la hermana de Verónica, la chica que, según le había contado Saem, había intentado suicidarse.
—Cosas como que no me convenía y que me alejara de él —dijo mirando a Sugar.
Alma procesó aquella información.
—¿Te dijo por qué? —quiso saber.
—Solo dijo que era un tipo muy egoísta —respondió, sin hacer alusión a que Saem ya le había hecho una primera advertencia sobre su padre, y el motivo.
En ese momento, lobas y lobeznas salieron a la terraza, y Alma y Natalia interrumpieron su conversación. Y cogiendo los vasitos con crema de orujo que ellas les entregaban, brindaron por el bebé que estaba en camino y por lo bonita que a Romina le estaba quedando la casa.