Capítulo 54
Las dos siguientes semanas para Alma fueron una locura emocional.
Estaba feliz porque había dejado de ocultar algo que para ella era importante, aunque por otro lado estaba tensa. Sabía que Saem y su padre discutían y, por consiguiente, seguro que Natalia también, aunque no le decía nada.
Durante días, Alma esperó la llamada de Elías.
Estaba claro que tenía algo que decir, pero no la recibió.
La que sí recibió fue la de Carlos. Su ex.
Este le reprochó estar liada con el hijo del novio de su hija.
¿Acaso se había vuelto loca? ¿No era consciente de que a su edad aquello ya no era apropiado?
Alma no estaba para estupideces y le colgó. No tenía tiempo para tonterías.
También quedaron un día para comer con los amigos de Saem que ya la conocían.
Estos, al verla, la recibieron encantados, pero Alma seguía percatándose de que algunos, no todos, la seguían mirando con curiosidad y cuchicheaban.
Incluso la novia de Manu, en un momento en el que Saem fue a la barra a por otras cervezas, se atrevió a preguntarle la edad.
Alma le respondió sin problema, y por sus reacciones supo lo que algunos pensaban, pero eran los amigos de Saem y, por respeto a él, calló.
Ella estaba por encima de sus prejuicios.
Llegó el concierto de Bruno Mars y Alma y Saem, como una pareja más, lo disfrutaron.
Durante el tiempo que duró aquella maravillosa fiesta de la música bailaron, cantaron, saltaron.
Saem, divertido, se agotó de ver lo activa que era Alma.
Lo superaba en energía. Y cuando Bruno cantó aquella bonita y romántica canción, enamorados, la bailaron mirándose a los ojos.
Días después, Alma estaba contestando diligentemente unos emails en el ordenador de la oficina cuando Nuria entró en su despacho.
—Malas noticias.
—¿Qué pasa?
Nuria dejó sobre la mesa unos papeles.
—No nos conceden el préstamo.
—¡¿Qué?!
—Lo que oyes.
Alma cerró los ojos. No conseguir aquello les frenaba el proyecto que ambas deseaban realizar.
—Según me ha dicho el del banco, tras estudiarlo consideran que es un préstamo arriesgado —explicó Nuria.
Alma parpadeó. Aquella transacción la habían estudiado ellas mismas con máximo detenimiento. Si habían pedido aquel préstamo era porque sabían que lo podían devolver a plazos y sin mayor problema.
—No lo entiendo —dijo, confusa.
—Yo tampoco.
—Creo que deberíamos pedir que lo revisen. Y...
—Alma. Ya se lo pedí. Pero me temo que la respuesta va a ser la misma.
Alma cerró los ojos contrariada. Aquello era una fatalidad. Aquello les rompía la ilusión y el sueño que tenían de ampliar aquel negocio en el que tanto ella como Nuria se mataban a trabajar día a día. Al ver a su amiga con los ojos llorosos, se levantó y dijo:
—Pero bueno, loba mía, ¿qué te pasa?
—Que estoy muy desilusionada. Es nuestro sueño. Nuestra apuesta y pensé que nos lo darían.
Alma la abrazó. La entendía. La desilusión también había entrado en su cuerpo, pero tener los ojos llorosos no era algo propio de Nuria.
—Te entiendo. Yo también pensé que lo conseguiríamos.
—¡Teníamos planes!
—Lo sé. —Alma, al ver cómo le temblaba la barbilla a su amiga, murmuró—: Pues sí que estás blandita hoy.
Nuria asintió. Estaba blandita y cabreada. Alma, sabiendo que su amiga necesitaba positividad y no drama, dejó a un lado su desilusión.
—Es una gran putada que no nos den el préstamo —le dijo—. Eso no te lo voy a negar. Pero, Nuria, no se acaba el mundo porque un banco nos haya dicho que no.
—Lo sé. Lo sé.
—Presentaremos los papeles en otros bancos y...
—Pero, Alma —se desesperó—. Si el banco donde tenemos nuestras cuentas y que conoce nuestros ingresos y movimientos mensuales, no nos concede el préstamo, ¿de verdad crees que otro banco que no nos conoce nos lo dará?
Alma resopló. Sabía que Nuria tenía razón, pero insistió:
—No lo sé, pero no vamos a tirar la toalla. Tú y yo no somos mujeres de tirar la toalla. Primero, porque somos unas profesionales. Segundo, porque creemos en nuestro proyecto. Y tercero, porque somos dos lobas con un par de ovarios bien puestos, ¿entendido?
Nuria asintió. La positividad y el empuje de Alma siempre terminaban contagiándola, y finalmente sonrió. Alma tenía razón.