Ríete de las bodas Capítulo 53 #2
65%

Capítulo 53 #2

—Saem es tremendamente romántico —añadió, con una mirada cómplice—, empático, no es nada egoísta y me dice unas cosas tan bonitas que en ocasiones todavía me sorprendo de que me las diga a mí.

No solo es guapo y sexi, sino que es atento, honesto, prudente y altamente caballeroso, entre otras cosas.

Con él es fácil hablar y difícil discutir.

No le gusta discutir. —Ambas sonrieron—.

Desde que estamos juntos me siento más viva y la sensación de bienestar que me ocasiona me gusta, porque junto a él me siento en casa.

Saem me hace sentir la mujer más querida y preciosa del mundo.

¡Y encima tiene el plus de que sabe cocinar!

Natalia sonrió. La sorpresa inicial para ella ya estaba olvidada.

—¿Estás enamorada? —preguntó.

—Como una quinceañera, corazón. Como dice tu tía Nuria, las hormonas del amor me han invadido por completo.

Sonriendo, Natalia abrazó a su madre. Si había alguien que se merecía ser feliz en la vida, esa era ella.

—Y yo diciéndote que Vane, Laura y Lola se lo querían tirar —murmuró.

—Por encima de mi cadáver. —Las dos se rieron, y Alma volvió a disculparse—: Siento mucho no habértelo contado antes, y espero que esto no te ocasiones problemas con Elías.

—Tranquila, mamá. Todo estará bien.

Con complicidad se abrazaron.

—Verás cuando se enteren los abuelos —soltó Natalia cuando se separaron.

—¡Ni te preocupes! —afirmó Alma con acidez—. Sé cómo se lo van a tomar. Me pondrán a caer de un burro, como hacen siempre, pero ya estoy acostumbrada. Por lo tanto, no será nada nuevo.

—¿Algo más que deba saber? —preguntó.

—Tu tía Nuria y Mario, el tío de Saem, están juntos.

—¡¿Qué?!

—Sí, corazón. También está plagadita de hormonas del amor, pero eso ya te lo explicará tu tía, que le encantará.

—¡Qué fuerteeee!

Alma sonrió. Saber que su hija ya conocía la verdad, era lo único que le importaba.

—Cuánto amor hay en el ambiente y yo sin darme cuenta —se mofó Natalia.

—Eso es porque estás enamorada y tienes mejores cosas en las que pensar.

Al oír aquello, Natalia movió la cabeza y miró el anillo que llevaba en su dedo.

—Mamá, lo quiero, pero estoy conociendo cosas de él que no me gustan —admitió. Alma asintió. No conocía a Elías, pero sí a su hija, y cuando iba a preguntar ella dijo—: Óscar, al final, no ha venido.

—¿Y eso? —preguntó Alma con prudencia.

—Después de llamarlo por teléfono, le dije a Elías que lo había invitado yo, y él, sin decírmelo, volvió a llamarlo y le dijo que no viniera, porque esta era su casa, y él decidía a quién invitaba.

—¡¿Qué?!

—Lo que oyes. Óscar me mandó un mensaje y me lo contó.

En silencio madre e hija se miraron. La toxicidad era algo de lo que siempre ambas habían huido.

—En una pareja el respeto y la confianza nunca han de faltar —sentenció Alma.

—Lo sé, mamá. Lo sé.

Con pesar, Alma miró a su hija, cuando la puerta del salón se abrió y apareció un furioso Elías gritando a Saem.

—¡Pero te has vuelto loco!

Madre e hija se levantaron.

—Te acabo de decir que no me grites —dijo Saem.

—¡Pero cómo no te voy a gritar, insensato! —Y con rabia en la mirada, le escupió—: Eres un ser débil como tu madre. Te conformas con...

Con un movimiento rápido, Saem lo asió de la pechera.

—¡A mi madre ni la nombres! —siseó.

Aquella tensión alarmó a Alma y su hija, y Mario, que acababa de llegar, se metió en medio y los separó. Con un gesto le pidió a Saem que se relajara, y luego miró a su hermano.

—¿Tú sabías esto? —le espetó Elías.

—Sí.

—¿Y cómo no lo has cortado?

—Porque yo no soy nadie para cortar nada. Saem es un hombre que dirige su vida. Ya no es un niño. Tiene treinta y nueve años. No cinco.

—No me toques los huevos, Mario.

—Tú tampoco me los toques a mí.

Mario y Elías comenzaron a discutir, y Saem, que estaba cerca de Natalia, preguntó:

—¿Esto es lo que quieres en tu vida?

Natalia resopló y no dijo nada. Elías entonces se dirigió a una descolocada Alma:

—En cuanto a ti, te diré que...

—Papá —lo interrumpió Saem, yendo hacia él—, cuidado con lo que vas a decir. Y ahora no solo no vas a nombrar a mi madre, sino que tampoco la vas a nombrar a ella, ¿te queda claro?

Furioso, Elías lo fulminó con la mirada. Después miró a Alma con la misma furia.

—Natalia, ¡ven aquí! —gritó.

—No. Ahora estoy hablando con mi madre.

—Te he dicho que vengas aquí —insistió.

—Y yo te he dicho que estoy hablando con mi madre —replicó, sin soltar la mano de Alma.

A Saem le gustó la actitud de Natalia. Que le presentara batalla era lo mejor que podía hacer. Elías, molesto, se dio la vuelta y desapareció por la puerta. Eso no iba a quedar así.

—Intuyo que sobro en esta conversación —indicó Mario, y se marchó.

Saem cerró los ojos y tomó aire. Su padre, con su manera de ser, conseguía sacar la peor versión de sí mismo. Y Alma, al ver aquello, tras mirar a su hija, le acarició la mejilla con ternura.

—Eh, cariño, ¿estás bien? —preguntó.

Oír aquella voz, su afecto y sentir el tacto de su mano en su rostro a Saem lo relajó.

—Sí, tranquila —respondió él, abriendo los ojos—. ¿Tú estás bien? —Alma asintió. Haber hablado con su hija le daba alas para volar. Saem miró a Natalia y dijo—: Oye, Natalia, siento que...

—Tranquilo. Ya me lo ha explicado mamá y, por mi parte, todo está bien.

Saem miró a Alma, que sonreía, y tomándole la mano se la besó.

—Quiero que sepas que yo no soy mi padre —le dijo a Natalia—, y estoy enamorado de tu madre.

La quiero. La respeto. La necesito. Desde que ella llegó a mi vida, a pesar del torbellino de emociones por el que hemos pasado, ha hecho que todo tenga un bonito sentido, y mi intención es quererla, cuidarla y protegerla y, por consiguiente, ese cuidado, esa protección y ese amor se extienden también a ti.

—Natalia asintió. Con la mirada lo entendió.

Y él prosiguió—: Porque, si tú eres importante para ella, también lo eres para mí.

Natalia, boquiabierta por aquellas palabras, miró a su madre.

—¿Siempre dice cosas tan bonitas? —preguntó.

—Continuamente.

Alma sonrió. Saem también. Y Natalia, con determinación y decidida a que su madre viviera la felicidad que siempre se había merecido, tomó las manos de él entre las suyas.

—Si la quieres tanto como dices, no dudes de que yo también te voy a querer —afirmó con rotundidad.