Capítulo 53
Lo que ocurrió en la fiesta a partir de aquel beso fue puro caos.
Elías y Natalia, tan sorprendidos como casi el resto de los invitados, no daban crédito a lo que veían.
—Por el amor de Dios, ¡qué narices estáis haciendo! —gritó el todopoderoso Elías, enfurecido.
Aquella voz hizo regresar a la realidad a Saem y Alma. Habían tenido su bonito momento inolvidable, y sin soltarse de las manos, Saem miró a su padre.
—Simplemente, beso a mi novia —explicó.
Un ¡ohhhhhh! recorrió todo el jardín.
La sorpresa de todos al saber aquello no les dejaba razonar. Todos los miraban. Cuchicheaban. Alma miró a su hija, y al ver su gesto de total desconcierto, fue a hablar con ella, pero esta se dio la vuelta y corrió hacia la casa.
Elías vociferaba muy enfadado. Decía improperios complicados de gestionar que rozaban la absurdez; entonces Romina, levantando la voz, gritó:
—¡Ehhh, machote!, o bajas la valentonada, o te la bajo yo.
Elías la miró.
—Relájate. La masculinidad no se evapora por ello. —Nuria echó leña al fuego.
—¡Qué bien se expresa mi lobaaaaa! —sonrió Mario.
Caos. Elías seguía dando voces. Carlos, el padre de Natalia, pedía explicaciones mirando a Alma, que a su vez miraba hacia donde Natalia corría.
—Voy a hablar con mi hija —le dijo a Saem, soltando su mano.
—Ve —afirmó él.
Dándose la vuelta, Alma caminó hacia la casa.
—Has sido rápida y lista —oyó a su espalda. Alma se giró. Allí estaba Elvira, que le dijo, acercándose a ella—: Disfruta del bomboncito asiático mientras puedas, pero no te enganches mucho, porque igual que llegó, se irá. Lo digo por experiencia.
Sin responder, Alma siguió su camino. Tenía que encontrar a su hija.
Carlos, el padre de Natalia, tan sorprendido como todos por aquello, dio un paso para ir tras su exmujer, pero Estíbaliz puso una silla en su camino. El hombre se dio contra ella y terminó dolorido en el suelo.
—Ay, qué fatalidad, Carlos —murmuró ella, agachándose—. ¿Te has hecho daño?
Él se doblaba de dolor. Se había golpeado la espinilla contra la silla de hierro y apenas podía respirar.
—Pandilla de brujas... —murmuró Mario, que lo había visto todo.
—Lobas, ¡perdona! Aunque para ti yo sea tu bruja —lo corrigió Nuria.
Apurada y algo angustiada, Alma entró en la casa y miró hacia los lados. No sabía hacia dónde dirigirse.
—Natalia está en el salón de invierno —la informó Haneul—.
Al fondo de este pasillo. —Durante unos instantes se miraron en silencio, y Haneul, con una bonita sonrisa, murmuró—: La luna llena es sabia y sabe muy bien lo que hace.
Y si mi niño es feliz contigo, su madre y yo lo somos también.
En cuanto al padre, ponte unos tapones en los oídos, porque, ante situaciones que se le escapan de las manos, es el ser menos empático del mundo.
Aquellas palabras hicieron sonreír a Alma.
—Gracias, Haneul —murmuró.
Luego siguió las indicaciones que le había dado y llegó al fondo del pasillo, donde descubrió un recargado salón en el que se encontraba su hija.
—Eso que he visto, ¿va en serio? —inquirió Natalia, antes de que ella pudiera hablar.
—Natalia.
—¡Mamááá! ¡Te acabas de morrear con Saem! ¡El hijo de mi novio!
Alma, sabiendo que debía ser sincera, a pesar de que tal y como lo había dicho Natalia sonaba fatal, hizo un gesto afirmativo.
Entonces Natalia, enfadada, empezó a vociferar.
Sin abrir la boca ni moverse, Alma dejó que su hija se desahogara.
Sabía que Natalia, tenía que expulsar todo lo que llevaba en su interior, si quería que la escuchara.
Diez minutos después, cuando la intensidad de Natalia había bajado considerablemente, Alma se sentó frente a su hija.
—Lo siento, corazón —dijo—. Siento que te tuvieras que enterar así, pero...
—¿Estás liada con Saem?
—La palabra liada no es la que más me gusta, pero sí. Hay algo entre nosotros.
—¡Joder, mamá! Joder... joder... joder...
—Natalia...
—¡Saem es el hijo de Elías! ¡El hijo de mi novio!
—Lo sé, corazón. Lo sé.
—Pues si lo sabes, ¿por qué lo has hecho?
Se miraron un rato en silencio, que rompió Alma.
—Me gustaría que me dejaras contarte cómo pasó todo.
—Pues cómo va a pasar, mamá —gruñó su hija—. ¿Acaso crees que soy idiota como para no saberlo?
—No, Natalia, no eres idiota. Pero quizá estaría bien que supieras que Saem y yo nos conocimos antes de que tú me lo presentaras.
—¡¿Qué?!
—Lo que oyes, corazón.
Bloqueada, Natalia movió la cabeza.
—¿¡Antes!?
Su madre asintió.
—Nos conocimos antes de que nos presentaras. De hecho, cuando lo vi en el restaurante, por un segundo pensé que tu novio era él, y te juro, Natalia, que me quise morir.
—¡¿Qué?!
Rápidamente, Alma le explicó la confusión inicial y Natalia la escuchó sorprendida.
Y de pronto, una explosión de recuerdos de aquel día acudió a su mente.
El gesto y el nerviosismo de su madre. Que Saem acertara su vino favorito.
La inesperada marcha de Saem y la frialdad que en aquel momento le demostró a su madre.
Todo aquello comenzó a dar vueltas por su cabeza como un torbellino, y entonces supo que su madre decía la verdad.
—Por eso estabas tan pálida y rara ese día, ¿verdad? —aventuró. Alma asintió. Y Natalia, llevándose la mano a la boca, preguntó—: ¿Por qué no me lo dijiste?
Alma suspiró. E intentando explicarse lo mejor que podía, dijo:
—Porque ese día yo también me sorprendí, al saber que el hombre con el que estaba teniendo algo era el hijo del novio de mi hija.
—Se alzó entre ellas un tenso silencio. Ambas entendían las circunstancias de la otra cuando Alma, viendo que Natalia se levantaba del sillón, añadió—: Créeme cuando te digo que para nosotros tampoco fue fácil encontrarnos con lo vuestro.
Y ese día decidimos disimular y dejar de vernos, aunque, bueno, siendo honesta, también fue porque fui una tremenda mentirosa con Saem.
—¿Mentirosa?
Alma asintió y tomó aire.
—El día que lo conocí en DeLokos —le contó—, le dije que me llamaba Sara, era viuda, no tenía hijos y era inspectora de policía.
—¡Mamá!
—Sí, corazón. Lo sé. Sé que siempre te he dicho que las mentiras tienen las patitas muy cortas.
Pero, en aquel momento, pensé que solo sería el rollo de una noche.
Pero seguimos viéndonos, no rectifiqué mis mentiras y en aquella comida de los cuatro, al descubrir Saem la verdad, se enfadó.
Esa noche fui al DeLokos con tu tía Nuria para pedirle disculpas por mis mentiras y, por supuesto, para dejar de vernos, pero lo único que hice fue liar más las cosas y terminamos discutiendo.
Natalia, pasmada por todo lo que su madre le contaba, hizo un gesto con la cabeza.
—¿Y por qué estáis juntos ahora? —quiso saber, curiosa.
—Porque los Masters del Universo, el destino o lo que sea, hacía que nos reencontráramos una y otra vez, y la noche en la que Elías organizó la cena para presentarte a sus amigos, cuando me fui huyendo de esos pesados, Saem fue a buscarme.
Hablamos. Nos comunicamos. Nos dijimos que nos habíamos echado de menos y decidimos darnos una oportunidad.
Saem siempre quiso contar lo nuestro. No ocultarlo.
Pero yo le dije que no. Que encontraríamos el momento perfecto para hacerlo.
Y sí, Natalia, sé que él es el hijo de tu novio y es dieciséis años más joven que yo, pero. ..
—Mamá, claro que es raro asumir que tienes algo con el hijo de mi novio. Y en cuanto a la edad, como bien me enseñaste, es un número —la cortó—. No digas tonterías. A mí lo que realmente me ha enfadado es que me lo ocultaras.
—Temía tu reacción y, en cierto modo, la de Elías. A ti te conozco y sé que hablando contigo siempre llegamos a un entendimiento. Pero a Elías no lo conozco, Saem es su hijo, y...
—Te entiendo, mamá —la interrumpió—. Pero estoy convencida de que cuando Saem y Elías hablen, se entenderán como nos estamos entendiendo tú y yo.
Por aquellas palabras, Alma se dio cuenta de que su hija apenas sabía nada de la relación que había entre ambos.
—¿Crees que Saem y su padre tienen buena relación? —indagó.
—Elías siempre habla maravillas de él.
—¿Y has hablado con Saem con respecto a su padre?
—No —mintió al pensar en lo hablado con él.
Alma asintió, y sin querer enredar más las cosas, se limitó a comentar:
—Solo te diré que no tienen buena relación. Pero eso no es algo que debamos debatir ahora, aunque es bueno que lo sepas.
Natalia se quedó un poco sorprendida. Estaba claro que tenía que hablar con Elías seriamente.
—No te voy a negar —dijo— que enterarme de sopetón de que estás con el hijo de mi novio no ha sido un shock , como imagino que lo ha sido para Elías. Pero lo entenderá y os apoyará, como vosotros siempre nos habéis apoyado a nosotros. En cuanto a otras personas, creo que...
—A mí lo que piensen otras personas me da igual, y lo sabes.
La única que me importaba eras tú y por eso quería buscar el momento perfecto para contártelo, aunque esta noche todo se ha precipitado.
Pero ese momento perfecto no existe, porque, seamos realistas, ¿qué momento es bueno para contarte que estoy saliendo con el hijo de tu novio?
Natalia se sentó. Conociendo a su madre, aquello le había tenido que volar la cabeza.
—¿Tan increíble es Saem? —quiso saber, tomando sus manos.
—Ni te lo imaginas.
—Vaya, mamáááá...
Ver el gesto sorprendido a la par que divertido de su hija la hizo asentir.