Capítulo 52 #2
Alma, apurada, sonrió. Las veces que había estado en casa de Saem había podido comprobar que Freya era muy amorosa.
—Normal, ¿quién no se enamora de una loba? —saltó Nuria rápidamente.
Segundos después, Natalia, requerida por sus amigos, se marchó.
—Muy bueno lo de la loba —admitió Estíbaliz.
Las cuatro se rieron. En ese momento, Saem apareció con una bandeja de canapés. Aunque era el cocinero y su cometido no era servir a los invitados, aprovechó el pretexto para acercarse a Alma.
—¿Os apetece probar alguno?
Las cuatro sonrieron.
—Los dos de la derecha los hice especialmente para ti sin hierbajos —le dijo a Alma con disimulo.
—¡Qué pintaza!
—Tú sí que tienes pintaza —replicó él.
—Ohhhhh —murmuró Romina, emocionada.
Riendo, Saem se alejó.
—Piscis y Escorpio. Agua y agua —señaló Estíbaliz—. Relación profunda y apasionada. Vale. Lo reconozco. Este Escorpio cada día me cae mejor.
Minutos después, fue Elías el que se acercó hasta ellas. Venía acompañado de su hermano Mario, que en esta ocasión y sabiendo que Nuria estaría, no se lo quería perder, y de sus amigos. Quería que las conocieran. Con una sonrisa, Mario vio cómo su hermano disfrutaba presentándolas.
—¿Puedo invitarte a una copa? —le preguntó a Nuria uno de ellos, llamado Sancho.
—No gracias. Ya tengo.
Mario se mostró internamente complacido con aquella respuesta. Entonces Gonzalo miró a Alma.
—¿Y qué os parece cenar mañana por la noche los cuatro? —propuso.
Nuria y Alma se miraron.
—Pues también va a ser que no —respondió Nuria con seguridad.
Mario sonrió, y al ver pasar a un camarero con una bandeja, cogió otra cerveza sin alcohol y se sentó en una de las sillas a observar. Estaba claro que los patosos amigos de su hermano le iban a entretener aquella noche.
En un momento dado, Alma se excusó. Fue al baño y, al salir de él, sonrió al ver a Saem esperándola.
Este le cogió la mano con sigilo, la arrastró hacia un armario ropero que había en la entrada y se metieron en él.
Alma, divertida, se rio. ¿Pero qué estaban haciendo?
Una vez dentro, Saem no cerró la puerta, porque desde el interior no se podía abrir si la cerraban, y, sin dudarlo, la arrinconó contra la pared y la besó. Un beso. Dos.
—¿Cómo se lo está pasando mi loba preferida? —preguntó, tras un tercer beso cargado de deseo.
Encantada por aquella demostración de afecto que la hacía sentir que volaba por los aires, Alma contestó, tocando aquel rostro tan adorable:
—Bien.
—¿Los amigos de mi padre están muy pesaditos? —Alma levantó las cejas y él aclaró con seriedad—: Tengo ojos en la cara.
Alma sonrió. Estaba tan pendiente de ella como ella lo estaba de él.
—Nada que no pueda controlar —contestó—. ¿Y tú que tal con las amigas de Natalia y con Elvira?
Saem soltó una risotada.
—Nada que no pueda controlar. —Y le dio otro beso.
—¿ Bomboncito asiático ? —soltó, incapaz de callarse. A Saem le sorprendió que ella supiera aquel apelativo, y Alma, interpretando su gesto, murmuró—: ¿En serio?
—A ver, cielo...
—¿Has tenido algo con ella?
—Lo tuve.
—¿Cuándo?
—Hace mucho. Cuando tenía veinte años.
Boquiabierta y sorprendida, iba a preguntar cuando de pronto oyeron unas voces.
—¿Por qué has llamado a mi amigo Óscar y le has dicho que no venga?
Oír la voz de Natalia, junto a unas pisadas que se acercaban, hizo que Saem y Alma se callaran.
—Porque yo no lo invité —dijo Elías.
Aquello atrajo totalmente la atención de Alma, que miró a Saem. Este, con un dedo en la boca, le pidió que callara.
—Eso me disgusta, Elías —replicó Natalia—. Óscar es mi mejor amigo. Nos conocemos desde la guardería y...
—Y tú eres mi prometida —la interrumpió él, empujando con la mano la puerta del armario para cerrarla—. Yo he organizado esta fiesta de cumpleaños y esta es mi casa, donde solo invito a quien yo quiero. ¿Algo más qué decir o podemos proseguir con la fiesta?
Aquella voz, el tono en el que le hablaba a Natalia, a Alma le molestó.
—Hoy no —contestó ella—. Pero mañana por supuesto que voy a tener algo más que decir.
Y sin más percibieron que se alejaban.
—¿Pero tu padre de qué va? —bisbiseó Alma, molesta. Saem no contestó, y ella insistió—: Esta fiesta es para Natalia. ¡Es su cumpleaños! Y en ella deben estar las personas que ella quiere. Y Óscar es su mejor amigo de toda la vida.
Él hizo un gesto con la cabeza, pero no quería entrar en aquel tema, así que empujó la puerta del armario para salir y no pudo abrir.
—¡Joder, a ver ahora cómo salimos de aquí! —exclamó.
—¿Has oído lo que he dicho? —Alma estaba enfadada.
Saem la miró.
—Entiendo lo que dices y estoy contigo, pero ya te dije cómo era mi padre y...
—Me importa un pepino cómo es tu padre —lo cortó Alma—. Es la fiesta de Natalia. No la suya.
Se miraron unos segundos sin decir nada, cuando de pronto la puerta del armario se abrió y apareció Haneul.
—Liberados. Ya podéis salir. —La miraron con cara de pasmo. Estaba claro que los había pillado, y ya estaban pensando qué decir cuando esta añadió—: Ojos abiertos y boca cerrada. Es lo mejor.
Y se dio la vuelta y se alejó. Alma miró a Saem.
—No se le escapa una —dijo él con tranquilidad—. Luego hablaré con ella. —Alma asintió, y él, dándole un rápido beso en los labios, musitó—: Cielo, claro que es la fiesta de tu hija y no de mi padre. Pero ya te he dicho cómo es él. Y ahora, vuelvo al trabajo.
Cuando Alma salió al jardín, se unió de nuevo a sus amigas. Decidió no contarles nada de lo que había descubierto, pero miró con cierto resquemor tanto a Elvira como a Elías.
Por suerte, los amigos de Elías se habían alejado para coger unas bebidas, y ellas se dedicaron a bromear comentando las jugadas de ellos para ligar con ellas. Romina estaba sorprendida. ¿De verdad estaba el mercado así de mal?
Las bonitas luces del jardín se encendieron al llegar la noche y mientras sobre el escenario se preparaba la DJ contratada para amenizar el momento, los del catering procedieron a sacar una preciosa tarta de cumpleaños y todos alrededor de Natalia y Elías, que la sujetaba por la cintura, le cantaron el cumpleaños feliz.
Natalia sonreía. Bromeaba. Disfrutaba. Pero Alma conocía a su hija y sabía que estaba molesta por no tener allí a Óscar, su mejor amigo.
Llegaron los regalos. Allí no faltó de nada. Y cómo no, el maxirregalo de Elías fue un coche. Un Mini Cooper S en color verde botella que hizo que todos aplaudieran encantados. El que más Carlos, que volvió a ratificar lo lista que era su hija.
La DJ comenzó su sesión y todo el mundo bailoteó animado. Saem y su equipo de cocina terminaron su servicio y después de recoger todos los bártulos, los metieron en la furgoneta y se marcharon. Él subió a la que había sido su habitación y rápidamente se duchó. No pensaba perderse aquella fiesta.
Mario, que era ahora el encargado de que los camareros prepararan las bebidas que los invitados deseaban, en un momento dado se acercó a Nuria, que estaba con sus amigas.
—¿Qué tal lo estáis pasando? —le preguntó.
Todas le sonrieron.
—Bien —respondió Nuria—. La fiesta está muy bien organizada.
Mario asintió. Sabía cómo organizaba la secretaria de su hermano las fiestas, aunque todo el mundo creyese que lo hacía Elías.
—Saem ha sido el encargado de la comida. De la bebida me encargo yo. Por lo tanto, cualquier cosa que queráis beber durante la fiesta, decídmelo a mí. Seré vuestro camarero en todo lo que necesitéis.
—Qué monoooooo... —murmuró Romina.
Divertidos, sonrieron. Mario se acercó a Nuria.
—Para ti, bruja —le susurró al oído—, hay servicio especial, y sin límite de horario.
—Me gustaaaaa —afirmó Nuria.
Segundos después, cuando Mario se alejó, las chicas miraron a Nuria.
—Vaya... con el madurito potentón —comentó Estíbaliz.
Cuando Saem se incorporó a la fiesta, a Alma se le resecó hasta la retina.
Parecía un dios asiático con aquel traje oscuro y su pelo aún mojado echado hacia atrás.
Con todo el disimulo que pudo lo siguió con la mirada sintiéndose una cría.
Las sensaciones que Saem le provocaban la hacían sentirse viva, y sonrió. ¿Por qué no?
Durante la siguiente hora, Alma y Saem se dedicaron a mirarse desde lejos, aunque, en alguna ocasión, gracias a Mario y a las lobas pudieron acercarse.
Tenerlos como aliados era lo mejor, pero en silencio se desesperaron al ver lo pesados que eran los amigos de Elías con Alma y las amigas de Natalia y Elvira con Saem.
La diferencia era que mientras Saem, con la mirada y sin miedo a parecer borde y antipático, les hacía saber que lo dejaran en paz, Alma, para no incomodar al novio de su hija, intentaba ser amable con los amigos de este.
Mario, que, como todos, veía lo pesados que estaban con cualquier mujer de la fiesta, al ver el gesto de su sobrino cuando se dio cuenta de que Gonzalo le decía algo al oído a Alma, fue hacia él.
—Tranquilo —le recomendó con disimulo—. Ya sabes cómo son.
Él lo miró, y cuando Mario puso un gesto de fastidio al ver a Nuria reír con otro, le dijo:
—Ellas saben defenderse solas.
Romina y Estíbaliz, que habían escapado de aquel grupo, protestaban. ¿Por qué eran tan pesaditos aquellos tipos? ¿Acaso la edad a algunos hombres los convertía en seres absurdos? Se dirigieron hasta donde estaban Saem y Mario.
—Sé que la posición de todos aquí es complicada —reconoció Estíbaliz, incapaz de callar—. Demasiados secretitos sin que se puedan desvelar. Pero las conocemos, y lo advertimos: como esos pesados sigan así, alguno esta noche regresa a su casa sin dientes.
Saem y Mario se rieron. ¡Qué excelente idea!
La actitud de alguno de los amigos de Elías, según avanzaba la noche, dejó de ser graciosa para convertirse en patosa, y la compostura comenzó a brillar por su ausencia.
De pronto, vieron que Alma se echaba hacia atrás porque Gonzalo literalmente se le echaba encima y ella con gesto serio le daba toques con el dedo en la frente mientras le decía algo.
—Lo hemos dichooooo —canturreó Romina.
—Esto se acaba aquí y ahora —indicó Saem, dejando su copa.
—Estoy contigo —apostilló Mario, al ver a Nuria fruncir el entrecejo.
Con paso seguro, Saem y Mario se dirigieron hacia ellos. Al llegar hasta el grupo donde Alma y Nuria con gesto serio se encaraban a los amigos de Elías, tras dar un ligero empujón Saem a Gonzalo y Mario a Simón, sacaron a Nuria y a Alma de allí.
Aquel extraño movimiento llamó la atención de todos los de la fiesta.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró Alma, sin poder soltarse de la mano de Saem.
—Lo que tenía que haber hecho hace tiempo.
Nuria miró a Mario sorprendida.
—Oye... sé defenderme solita —se quejó.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Aunque no lo creas, lo hice por ellos —señaló.
Eso hizo sonreír a Nuria.
—¿Quieres soltarme la mano? —le pidió Alma a Saem.
—No.
—¡Saem!
Él se detuvo junto a Romina y Estíbaliz. No le gustaba enfadarse. No le gustaba discutir. Pero aquella situación lo había sacado de sus casillas.
—¿De verdad quieres que sigamos actuando como si entre nosotros no existiera nada? —preguntó sin importarle quién estuviera cerca.
—Saem, baja la voz.
—¿Por qué tenemos que pasar un mal rato viendo cosas que nos incomodan?
—Boquiabierta, Alma parpadeó. Lo que él estaba haciendo se salía del guion.
La gente de la fiesta los miraba con curiosidad, y Saem, enfadado, pero con su habitual calma, continuó—: Intento respetar lo que quieres.
Pero todo tiene un límite, porque también quiero ser honesto conmigo mismo.
Soy tranquilo. Sabes que no me gustan los numeritos, ni alzar la voz, pero te juro que en este instante estoy tan cabreado que me liaría a puñetazos con esos gilipollas.
—Mal asunto —murmuró Mario al ver a su sobrino tan fuera de sí.
—Y peor que se va a poner... —afirmó Nuria al ver a Natalia y a Elías acercarse.
Alma, tan alterada como él, resopló. Estaba siendo una locura de día.
—¿En serio con ella? —siseó, al ver que Elvira se acercaba a ver qué ocurría.
Sin que dijera su nombre, Saem supo de quién hablaba.
—Sí, cielo. Y si quieres luego te lo explico —respondió. Agobiada por todo, asintió, y él apostilló—: Lo siento, Alma, pero no puedo seguir actuando. Mis sentimientos por ti son tan fuertes, que ver ciertas cosas que me incomodan y no reaccionar me resulta imposible.
—Dijimos que buscaríamos el mejor momento.
Él hizo un gesto afirmativo. Y tras mirar a su tío Mario, que le pidió calma con la mirada, Saem, volviendo a centrarse en ella, preguntó:
—¿De verdad crees que ese momento existe?
—Eso mismo le dije yo —intervino Estíbaliz.
En silencio, Saem y Alma se miraban.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado, Saem? —preguntó Elías que ya se había unido a ellos.
Alma y Saem se miraban a los ojos. Habían aprendido a reemplazar palabras por miradas.
Finalmente ella, comprendiendo la situación, asintió.
Saem y Estíbaliz tenían razón. Para lo que tenían que revelar no había un buen momento.
Lo que ocultaban era una bomba de relojería que debían desactivar cuanto antes, y acercándose a él, tomó sus manos.
—¿Estás seguro, cariño? —murmuró.
—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó Natalia.
Saem, que tenía puestos todos sus sentidos en Alma, sonrió.
—Cuando me llamas «cariño», me desarmas —contestó.
—Vaya...
Leyó en la mirada de la mujer a la que amaba que estaban en el mismo punto.
—Estoy tan seguro como para darles las gracias a los Masters del Universo por haberme puesto en tu vida —afirmó—, y decir delante de todos que te quiero, y que si tú quieres la luna yo aprendo a volar para bajártela del cielo.
A Alma le faltó poco para combustionar con aquellas palabras.
—Aisss, que me mueroooooo de amorrrrrr —soltó Romina, sin poder contenerse.
Como si flotara en una nube, Alma sonrió.
¿En serio Saem acababa de declararle su amor delante de todos?
Y entendiendo que en la vida había momentos para recordar y momentos para olvidar, decidió que aquel fuera un momento inolvidable, y lo besó.
—¡Sí! —celebró Mario, emocionado, mientras las lobas aplaudían y el resto de los invitados los miraban atónitos.