Ríete de las bodas Capítulo 52
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Capítulo 52

La celebración del cumpleaños de Natalia fue una auténtica sorpresa para ella.

Llegar a casa de Elías pensando en que iban a comer solos y encontrarse en el jardín a más de sesenta personas esperándolos fue un subidón de adrenalina para ella.

Alma y sus amigas estaban bebiendo. Con el rabillo del ojo había visto pasar al padre de Natalia.

—Pero te has vuelto loca, ¿cómo te lías con...? —murmuró Romina.

—Sin nombres, por favorrrrr —advirtió Alma.

—Llamémosle madurito potentón o follamigo de 10 —afirmó Estíbaliz.

Romina asintió. Allí no se podían decir nombres. Cualquiera que pasara por su lado las podía oír.

—Creo que le gusta más lo de madurito potentón —dijo Nuria, con guasa.

Alma sonrió. Su amiga era un caso.

—¿Cómo te lías con madurito potentón? —insistió Romina.

—Con una puntuación de 10, ¿cómo no hacerlo? —replicó Nuria, pícara.

—Nuria, ¡te estoy hablando en serio?

—Y yo también.

Estíbaliz, divertida por el humor de su amiga, movió la cabeza.

—Pero ¿es lío o algo más? —quiso saber.

—Estoy llena dopamina y oxitocina. Descríbelo como quieras.

—Pero si ni siquiera es tu tipo —insistió Romina—. Nunca te han gustado los calvos. ¿Cómo puedes estar llena de hormonas?

—No lo sé. Pero creo que me he enamorado como una auténtica perra. Eso sí, de raza fina.

Las cuatro soltaron una carcajada.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Estíbaliz.

—Cincuenta y seis.

—¿Y qué horóscopo es?

—Buenoooo... —murmuró Alma.

—Cáncer.

—Cáncer y Sagitario —indicó Estíbaliz—. Agua y fuego. Perfecto entendimiento en el sexo, pero continuas discrepancias.

—Con lo del sexo me vale —se mofó Nuria.

Romina y Estíbaliz, que seguían sorprendidas, se miraron. A diferencia de Alma, todavía no lo habían digerido.

—Pero vamos a ver, Nuria, ¿qué tiene de especial el madurito potentón para que estés a reventar de hormonas? —insistió Estíbaliz.

Nuria sonrió. Mario, con su paciencia y su manera de ser, le estaba mostrando cosas que nunca creyó que un hombre le mostraría.

—Me encanta cómo me habla, cómo me tranquiliza y cómo nos reímos juntos —reconoció—. Tiene un sentido del humor tan ácido como el mío. Y fíjate lo que te digo. Soportarme a mí no es fácil, ¡y el tío me soporta y sale victorioso!

Las amigas se miraron sonriendo.

—La una con el padre. La otra con el hijo y ahora tú con el tío —señaló Romina.

—Así todo queda en familia, mujer —se mofó Nuria.

Todas se rieron. Al poco rato, vieron aparecer a Elvira, la amiga de Elías, que, al descubrir a Alma y a sus amigas, se acercó a ellas para saludar.

—Hola, Alma. Qué alegría verte de nuevo.

Alma sonrió. Le presentó a sus amigas y tras un rato de charla insustancial, Elvira señaló con la cabeza hacia donde se encontraba Saem cocinando con su equipo.

—Qué vista más espectacular, ¿verdad? —soltó.

Las cuatro amigas se miraron. Con aquellas palabras, pero en especial por sus gestos, se dieron cuenta de que hablaba de Saem.

Ella, bajando la voz y humedeciendo sus labios, remató—: Demasiado apetitoso ese bomboncito asiático como para solo mirarlo y no volver a intentarlo, ¿verdad?

Ellas sonrieron un poco forzadas. Unos segundos después, Elvira, tras guiñarles un ojo, se encaminó hacia Saem.

—Respira, Alma, respira, que te estás poniendo azul —murmuró Romina.

—¿Volver a intentarlo? —susurró Alma.

—Pero esta perraca ¿quién es? —preguntó Estíbaliz.

—Elvira. Amiga de Elías. ¿Ha dicho volver a intentarlo? —repitió Alma, confundida.

—Antes de que cortocircuites, que te conozco —indicó Nuria mirándola—, te recuerdo que todos tenemos un pasado con aciertos y errores.

Alma asintió. Nuria tenía razón. Pero en su mente se había quedado lo que ella había dicho de volver a intentarlo. ¿Saem y Elvira habían estado juntos?

La fiesta prosiguió. Elvira, después de pestañear y tontear un rato con Saem, se alejó y Alma se relajó.

Pero no podía dejar de mirar a Saem. Observarlo era un gusto para la vista, pues iba vestido con su chaquetilla negra de chef y unos pantalones negros.

Aquel uniforme lo hacía tremendamente sexi y al descubrir cómo lo miraban las amigas de Natalia, Alma cuchicheó:

—No quisiera tener que matar hoy a nadie.

Desde su posición, Alma pudo ver que ellas tonteaban, pestañeaban, se tocaban el pelo y sonreían coquetas, para llamar su atención.

El hijo del novio de su hija era tremendamente sexi y exótico.

Estaba claro que Saem les había impresionado, pero él, impasible, seguía a lo suyo. El trabajo para Saem era tema sagrado.

—Cómo me gusta ver que mis niñas están bien después de todo lo que ha pasado —dijo Romina. Las amigas se miraron, y se dieron cuenta de a qué se refería cuando añadió—: Roberto y yo estamos felices por ver su madurez al entender lo que nos ocurría a su padre y a mí.

—Eso dice mucho de ellas —afirmó Alma.

—Son maravillosas —reconoció Romina, emocionada.

—Qué bien se lo pasan las lobeznas —sonrió Estíbaliz, mirando a su hija—. ¿Os acordáis de cuando nosotras teníamos su edad?

—Claro que me acuerdo —afirmó Nuria—. Alma y tú os acababais de divorciar.

A mí la Perla me acababa de romper el corazón y me había dejado el pufo con el banco.

También Alma y yo estábamos iniciando lo de los vestidos de novia, y Romina decidió abrir con Roberto la perfumería.

Misma edad, pero diferentes preocupaciones y vivencias en la vida, ¿no creéis?

—Y tan diferentes —se mostró Alma de acuerdo, mirando a las jóvenes, para quienes pasárselo bien era su máxima prioridad—. Brindemos por nosotras. ¡Por las lobas!

Riendo chocaron sus vasos y, divertidas, soltaron un discreto aullido. Algo solo de ellas.

—Anda, mira... ¿Esa es la novia de Carlos? —preguntó Romina.

Todas se volvieron hacia donde señalaba Romina. Al fondo del jardín, con Elías, estaban Carlos y su novia.

—Sí —confirmó Alma.

—Qué mona —admitió Estíbaliz.

—Lo es —afirmó Alma.

Elías, Carlos y Jessica, ajenos al hecho de que los observaban, charlaban. Reían. Estaba claro que Carlos estaba feliz por la decisión de su hija.

—¿Qué tal, lobassssss? —preguntó Natalia, acercándose a ellas.

—¡Bien, lobezna! —sonrió Estíbaliz.

—Bueno... bueno... bueno... mis amigas están como locas con Saem. Por Dios, ¡se lo quieren comer!

—¡Qué monasssss! —se mofó Nuria.

Alma sonrió como pudo.

—Están flipadas de lo bueno que está el hijo de mi novio —añadió su hija—, y no paran de pedirme su teléfono.

—Espero que seas adulta y no des ningún teléfono sin preguntar antes —le recomendó Nuria.

—Por supuesto, tía. Es más, ya le pregunté, y me dijo que no.

A Alma le agradó saber aquello.

—Ya han reservado mesa para mañana por la noche en su restaurante —informó Natalia mirando a sus amigas, que seguían cerca de donde Saem trabajaba.

—La madre que las parió —se mofó Estíbaliz.

Las cinco sonrieron. Aunque todas, excepto la joven lobezna, intuían cómo se sentía por dentro Alma.

—Que sepáis que Lola, Laura y Vane han apostado entre ellas para ver quién es la que esta noche o mañana se lo lleva a su cama —dijo Natalia en bajito.

—Pero, bueno —murmuró Romina escandalizada.

Alma esbozó una forzada sonrisa. Pero sus ganas de coger a Vane, Laura y Lola del cuello se intensificaron. Entre ellas y las miraditas de Elvira tenía la tensión por las nubes, pero respiró. Tenía que hacerlo o se pondría azul.

Durante varios segundos, siguieron bromeando con aquello, hasta que Natalia dijo.

—Mamá, ¿tienes un segundo? Quiero comentarte algo.

Alma asintió y se alejó unos pasos de sus amigas.

—Me ha contado Elías todo lo que habéis trabajado papá, tú y él para que esto fuera realidad —dijo Natalia.

Sorprendida por aquel comentario, retiró la mirada de Saem.

—¿Has dicho tu padre? —preguntó.

—Sí. Eso me ha comentado Elías.

—Pues no es por llevarle la contraria, pero, que yo sepa, tu padre en esto no ha tenido nada que ver, puesto que lo hemos organizado entre Elías y yo. Y todo lo estamos pagando Elías y yo. Y sí, no quiso cobrarme mi parte, pero me empeñé.

Natalia asintió. Si su madre decía aquello no tenía por qué dudarlo.

—Si lo has organizado tú, ¿por qué no has invitado a Óscar?

Alma se sorprendió. Óscar era el mejor amigo de su hija. Se conocían desde la guardería.

—¿Cómo que no está invitado? ¿No está aquí? —Miró a su alrededor.

—No ha venido. Javi me ha dicho que no lo habéis invitado.

—Vamos a ver, Natalia. Elías me pidió un listado con los amigos que había que invitar, y por supuesto que Óscar estaba entre ellos. Es más, el primero.

Ahora la sorprendida fue Natalia.

—¿No les mandaste la invitación tú? —preguntó.

—No. Como voy a tope de trabajo, Elías me dijo que cuando le enviara ese listado, su secretaria Teresa les haría llegar la invitación.

—Entonces, ya lo entiendo y sé por dónde va el tema.

—¿De qué tema hablas?

Sin responder, Natalia abrió su teléfono y tras unos segundos la oyó decir:

—¿Se puede saber por qué no me dijiste que no recibiste la invitación a la fiesta de mi cumpleaños?

—En silencio, Alma la observó. Hablaba con Óscar, y haciendo una seña para que sus amigas se acercaran, Natalia añadió—: Te mando la ubicación.

Te espero aquí. —Luego cerró su teléfono y explicó—: Solucionado. Óscar viene para acá.

—¡Estupendo! —afirmó Alma.

En ese momento, apareció correteando un perro que Alma supo de inmediato que era Freya.

—¿Y este perro de dónde ha salido? —preguntó Natalia.

Alma, con cara de no saber nada, se encogió de hombros mientras la perra se desvivía en hacerle carantoñas. La había reconocido. Segundos después, Haneul se acercó hasta ellas, y agarrando con la correa a la perra, dijo:

—Es la perra de Saem. La tenía en casa, pero se me ha escapado.

Encantada, Natalia se agachó.

—Holaaaa, bonitaaaaaa, ¿cómo te llamas? —la acarició.

—Freya —respondió la mujer.

—¡Haneul!

Elías llamó a la mujer, que, tras esbozar una sonrisa, se alejó tirando de la perra, que no quería alejarse de Alma.

—Mamá, la perra se ha enamorado de ti —comentó Natalia.