Capítulo 51 #2
—Básicamente, decirme que tú harás un catering espectacular y que me pasará el menú por email para que lo vea.
Que soy una tía muy maja porque siempre remo a favor de su relación y ha finalizado echándome en cara no ser conservadora y quejándose de Natalia.
—Saem la miró extrañado, y ella se explicó—: No le gusta que escale.
No le gusta que juegue al paintball con sus amigos, y, por supuesto, no le gusta que Natalia sea de tener parejas abiertas
—¿Ha hablado de eso contigo? —preguntó, al tiempo que cogía una botella de vino.
—Ha insinuado que había cosas que yo no sabía, y le he dicho que si se refería a cómo lleva mi hija sus relaciones íntimas, por supuesto que lo sabía.
Claro que lo sé. Ahí es cuando me ha dicho que me creía una mujer más conservadora y yo repliqué que está muy equivocado porque soy una mujer del siglo XXI, fuerte, libre y que sabe tomar sus propias decisiones.
Y como eso no le ha gustado, ha usado la tontería de que le sonaba el otro teléfono y que otro día continuaremos con la conversación.
—Le habrás hecho enfadar —aventuró Saem, preparándole una copa de vino.
—¡Posiblemente! —Ambos sonrieron, luego ella añadió—: También hablé con Nuria. Está pasándoselo genial en la Toscana con su amiguito y te manda besitos. Y, por cierto, estoy utilizando su coche.
—¿Qué deseas que te prepare de cena? —le preguntó, cogiendo su bolso y poniéndolo sobre la encimera.
—Mmmm... ¡Qué frase más sexi! —Ambos rieron y ella afirmó—: No hay nada más provocador y sexi que un hombre que sepa cocinar.
—Vaya... —sonrió Saem.
Instantes después, mientras ella bebía una excelente copa de albariño que Saem le había servido, se dedicó a observar cómo se movía con seguridad por la cocina. Aquel hombre era un placer para la vista.
—¿Qué piensas? —preguntó él, consciente de su mirada.
—En la suerte que tengo de tenerte en mi vida y en mi cama.
Él soltó una carcajada.
—Entonces, diré que tengo la misma suerte que tú —replicó.
Saem continuó cocinando, y, en un abrir y cerrar de ojos, él solito se había currado unos ricos entrantes y una exquisita carne.
Mientras disfrutan de la cena la conversación entre ellos fluía sin esfuerzo.
Se contaban cosas. Rememoraban recuerdos y siempre terminaban con risas cómplices e inesperadas.
La fluidez entre ellos era maravillosa. De pronto comenzó a sonar la canción Antología , de Shakira.
Durante unos segundos la escucharon en silencio.
—Siempre me ha encantado esta canción —dijo ella.
—Tiene una letra muy bonita.
—Como dice la letra, creo que «junto a ti aumenté más de tres kilos, con tus tantos dulces besos repartidos».
—¿Eso que dice de las mentiras piadosas te lo enseñó la canción? —preguntó, divertido. Alma soltó una carcajada y él musitó—: Nosotros, como dice la canción, últimamente reemplazamos muchas palabras por miradas, ¿no crees?
Alma asintió. Mantener lo suyo en secreto ante el mundo les hacía entenderse simplemente con las miradas.
—¿Bailas conmigo? —Le tendió la mano.
Sin dudarlo, él se levantó. En silencio y abrazados, en la cocina del restaurante, bailaron aquella bonita y romántica canción que habla de lo que es amar.
—Cuando me miras con tus preciosos ojos oscuros me haces sentir tantas cosas bonitas, únicas y maravillosas, que no sé ni cómo expresarlas —susurró ella—. No sé cuánto va a durar esto que tenemos, porque el para siempre es muy complicado. Pero lo que dure lo vamos a disfrutar.
Saem sonrió. Le gustaba mucho oír eso. Tener a su lado a una mujer como Alma, que cada día era más cariñosa con él, era lo mejor que le podía pasar en la vida y, sin hablar, la besó.
A las doce de la noche, después de recoger la cocina y de dejarla perfecta para el día siguiente, decidieron irse a dormir juntos a la casa de Alma. Dolores se había llevado a Freya a su casa, por lo que nadie lo esperaba. Al llegar al coche de Nuria se pararon.
—¿Quieres que conduzca yo? —preguntó Saem.
—No. Tú has hecho la cena y yo te llevo a casa.
—Me parece bien.
Ya en la carretera, rumbo hacia el ático de Alma en Boadilla del Monte, sonaba música en la radio, y, curioso, Saem se fijó que de la disquetera del coche salía un CD.
—¿Qué música escucha Nuria? —preguntó.
—Shakira.
Saem empujó el CD, que empezó a sonar a los pocos segundos.
—¿Barry White?
Sorprendida, Alma lo miró. Sabía que a Nuria le gustaba aquel cantante, pero nunca lo había oído en su coche.
—A mi tío Mario le encanta Barry White —observó Seam.
—Lo sé. Nuria me contó que lo escuchaba a través de la pared y que ella le ponía a Shakira para contraatacar.
Se rieron.
—¿Tú sabes por qué se tienen esa manía? —indagó él.
—Por la noche en que fuimos al DeLokos a pedirte disculpas. Al parecer, mientras tú y yo discutíamos, él y ella se tiraban dardos envenenados.
De pronto, Saem se fijó en algo que tenía a sus pies. Se agachó a recogerlo.
—¿Nuria come chicles con sabor a maracuyá? —preguntó estupefacto.
—No. Es más. Dice que los odia porque tu tío se los ofreció.
Saem levantó una ceja.
—¿Estás segura de que los odia? —Y levantó el paquete de chicles que había encontrado.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Nooooo —exclamó de pronto ella, confundida. Saem, divertido, sonrió—. ¡No puede ser!
—Pues va a ser que sí.
—¡Pero si no se soportan!
—O eso nos hacen creer.
Alma, sorprendida, no sabía qué pensar.
—Si unimos algunos cabos..., ¿no es curioso que el mismo día que Nuria se fue a la Toscana, mi tío se marchara a Barcelona?
—Alma hizo un gesto afirmativo, y él prosiguió—: Y ahora que lo pienso, también es curioso que el último día que estuvisteis en DeLokos se marchara Nuria y al poco rato mi tío.
—Dijo que se iba a encontrarse con follamigo de 10.
—¿Follamigo de 10? —preguntó Saem, sorprendido.
—Si ya decía yo que la notaba rara últimamente. ¡La voy a matar! —exclamó Alma.
—¿Por estar con mi tío?
—No. Por decir mentiras piadosas.
Saem sonrió, y sacando su teléfono, marcó el teléfono de su tío y puso el manos libres.
—Buenas noches, tío —lo saludó, cuando él lo cogió.
—Buenas noches, sobrino, ¿qué tal todo por ahí? —respondió Mario, que estaba con Nuria en la terraza de la casa, disfrutando de la noche y de una buena botellita de vino italiano.
—Por aquí todo bien. Sin novedad al frente. ¿Y por Barcelona? —preguntó Saem.
Mario y Nuria, sonriendo, se miraron.
—Increíble—respondió su tío—. Hace una noche esplendida, y Barcelona, como siempre, maravillosa.
—Dile a la «bruja» que gracias por dejarme el coche y que cuando regrese hablamos —intervino Alma.
Nuria pegó un salto en su silla. Mario la miró sorprendido.
—Chicles con sabor a maracuyá y música de Barry White en el coche de Nuria, ¡blanco y en botella! —aclaró Saem—. Pasadlo bien. ¡ Buona notte , parejita!
Cuando se cortó la comunicación, Alma y Saem empezaron a reír. ¿En serio, Mario y Nuria estaban liados?