Capítulo 51
Varios días después, la mañana para Alma comenzó mal. Al ir hacia el trabajo, un coche no vio que el semáforo se ponía en rojo, y le dio un golpe por detrás. Por suerte, ella había salido totalmente ilesa, pero su coche tuvo que ser remolcado por una grúa. Tenía que ir al taller.
Sin decir nada a nadie, o todos se alarmarían, Alma cogió un taxi para llegar a su trabajo. Ese día lo tenían completo.
Estaba concentrada en su trabajo cuando llegó un repartidor y le dejó un bonito ramo de rosas blancas.
Sonriendo lo miró. Tenía el del lunes y ahora le llegaba otro; abrió la tarjetita y leyó: «Deseando que llegue la noche para verte.
Porque tú eres mi momento favorito del día».
Con una sonrisa, miró el techo. Saem la hacía volar.
Tras una mañana en la que a la tienda acudieron varias novias para recoger sus vestidos y tuvieron que realizar varias entregas en diferentes casas, a Alma le sonó el teléfono. Al ver quién era, no pudo evitar sentir un cierto recelo.
—Buenos días, Elías —saludó.
—Buenos días, Alma. ¿Qué tal todo?
Por el tono de su voz, supo que no sabía nada de lo que ocurría entre Saem y ella, así que se relajó.
—Bien. Todo bien —respondió.
—Qué bueno saberlo. Te llamo por lo del sábado. Estoy ansioso por ver la cara de Natalia cuando vea lo que le hemos organizado.
—¿Has enviado las invitaciones a sus amigos?
—Sí. Teresa lo hizo. Y también tengo la información del catering que nos va a servir Saem. Te la pasaré por email.
—Estupendo —afirmó, a pesar de que lo habían preparado juntos para que todo le gustara a Natalia.
—Alma, te agradezco muchísimo lo que te implicas conmigo en todo. No tengo palabras para darte las gracias porque nunca me hayas prejuzgado y que remes siempre a nuestro favor.
—No hace falta que digas eso, Elías. Pero gracias.
Un raro silencio se originó entre ellos. Alma miró embelesada las rosas blancas de Saem.
—Quería comentarte algo —continuó Elías—. Últimamente Natalia y yo hemos tenido varios desacuerdos. Vamos, que está sacando los pies del tiesto y...
—¿Qué está sacando los pies del tiesto?
—Bueno, mujer, ¡es una manera de hablar!
—No. Para Alma aquello no era una manera de hablar, y le cabreó.
Se callaron durante unos instantes, mientras ella contaba hasta veinte porque con diez no tenía suficiente.
Él prosiguió—: Mira, Alma, hay ciertas cosas en la vida de tu hija que.
.. por ejemplo, ¿tú ves normal que, con la edad que tiene, y siendo una mujer, le guste escalar?
—Sí. Lo veo normal.
—¿Y que le guste ir a sitios donde se disparan bolas de pintura? Pero si ahí solo van los machorros.
—Elías —suspiró Alma, intentando no exaltarse—. Natalia es una mujer actual, que hace lo que le gusta sin reparar si es hombre o mujer. Y antes de que preguntes, la respuesta es sí. Yo la crie así. Y la animé a probar y a disfrutar lo que ella quiera.
Elías refunfuñó algo que Alma no entendió.
—Te preguntaría si la animaste a otras cosas —le soltó—, pero, por respeto a que eres su madre, no te voy a decir.
—¿Te refieres a su sexualidad? ¿A que le guste tener parejas abiertas?
—Elías balbuceó. Ni en cien años pudo imaginar que supiera aquello cuando Alma sentenció—: He criado a mi hija para que fuera una mujer fuerte, libre, segura e independiente.
Y en el tema de su sexualidad, ella decide.
Y mientras yo vea que ella es una buena persona, y está feliz, lo que haga o deje de hacer en su intimidad, no es algo que a mí particularmente me deba de importar.
—Me sorprenden tus palabras.
—¿Por?
—Porque, por tu edad, te creía una mujer más conservadora.
Alma sonrió.
—Lo que soy es una mujer del siglo XXI —afirmó—, que con esfuerzo y tesón forjé mi libertad y, por consiguiente, la de mi hija. Y ella es lo suficientemente lista y espabilada como para saber qué hacer con su vida.
—No dudo que sea lista. Pero, para ciertas cosas, como el sexo, la discreción ha de mandar. Y que te gusten las parejas abiertas no es algo muy discreto precisamente.
—Elías, Natalia vive tranquilamente su vida y su sexualidad sin importarle el qué dirán.
—Pero a mí sí me importa.
—Ese es tu problema. No el de ella.
Durante unos segundos se quedaron en silencio. Estaba visto que no se iban a entender.
—Disculpa, Alma. Me suena el otro teléfono. Ya continuaremos hablando en otro momento —se despidió Elías.
—Por supuesto.
Tras colgar el teléfono, sonrió. Estaba claro que sus ideas a Elías no le habían hecho ni pizca de gracia. Aún estaba pensando en la conversación cuando el teléfono volvió a sonar. Se rio al ver quién era.
— Buongiorno, signorina —saludó. Alma escuchó la risa de Nuria—. ¿Qué tal por la Toscana?
Nuria, feliz por los bonitos días que estaba pasando con Mario, contemplaba un paisaje que él estaba fotografiando.
—¡Decirte que bien es poco! —respondió—. Hoy estamos en el valle de Chianti, en un precioso pueblo vinícola de calles empedradas y flores en los alféizares que me tiene enamorada.
Alma sonrió y acercó su nariz a una de sus preciosas rosas blancas.
—¿Y qué tal con follamigo de 10? ¿Apaga tus fuegos? —se interesó.
Nuria miró a Mario. Aquel hombre, que nada tenía que ver con los hombres con los que se acostaba, la tenía loca.
—Los apaga. Los enciende. Y los vuelve a apagar, ¡esto es un no parar! —Se rio.
—Pues yo hoy el día lo comencé fatal —comentó Alma.
—¿Qué pasó?
—Semáforo rojo. Freno y el de atrás no frena. ¡Zasca!, golpetazo.
—Ay, Dios mío. ¿Estás bien?
—Sí, sí, tranquila. Pero si hablas con las lobas no se lo digas. Yo no se le voy a decir tampoco ni a Natalia ni a Saem. Son muy alarmistas.
—Pero, Alma...
—Nuria. El golpe se lo ha llevado mi coche. Yo estoy ilesa. Eso sí. Mi coche está en el taller. Ahora toca esperar que pase el perito del seguro y toda la mandanga que tienen estas cosas.
Nuria asintió e intentando que Mario no la oyera, o se lo diría a Saem, musitó:
—Dejé mi coche en la plaza de parking que tengo alquilada, al lado de la tienda.
—¿Y por qué está aquí y no en el aparcamiento de tu casa?
Nuria maldijo. Había hablado sin pensar. Y, omitiendo que Mario fue a buscarla a la tienda, mintió.
—Porque el día anterior al viaje, al salir de trabajar me dolía horrores la cabeza y cogí un taxi.
Total, ¿qué más da si está en un aparcamiento o en otro?
—Alma asintió. Sabía que cuando a Nuria le dolía la cabeza, no lo pasaba bien—.
Te digo lo del coche para que lo utilices mientras yo estoy en la Toscana.
Las llaves están en el segundo cajón de la mesa de mi despacho.
—¡Gracias! ¡Las cogeré!
—¿Todo bien con Saem?
Oír aquel nombre la hacía sonreír como una tonta.
—Todo fenomenal —afirmó, mirando los preciosos ramos de flores.
Tras un rato en el que Alma le dejó claro que todo por la tienda estaba tranquilo, que no habían recibido noticias del banco por lo del préstamo y Nuria contarle curiosidades de su bonito viaje por la Toscana, se despidieron y Alma continuó trabajando.
Esa tarde, cuando Alma salió de la tienda, pasó a buscar el coche de Nuria, y, como era martes, y los martes Saem cerraba el restaurante, se dirigió hacia allí. Hoy cenarían a solas en su local.
Al llegar se encaminó hacia el establecimiento.
La gente iba a lo suyo, pero con prudencia miró a su alrededor.
No quería encontrarse a nadie conocido. Llamó a la puerta de atrás y Saem salió a abrirle.
Entró con rapidez y lo besó. Después de varios besos apasionados, Alma se dio cuenta de la música que sonaba.
—Escuchando a Shakira, ¿ehhh?
Saem sonrió.
—Es nuestra lista de Spotify —afirmó, después de darle otro beso.
Para conocer bien sus gustos musicales, habían hecho conjuntamente dos listas en Spotify a las que habían llamado «¡Para mi amor!». Una para el móvil de él y otra para el de ella, donde habían incluido música coreana, canciones de Shakira y, por supuesto, su canción, la de Bruno Mars.
—Por cierto. Gracias por las rosas y tu tarjetita. Me encantaron.
Saem la besó. Le encantaba ser detallista con ella. El beso se alargó más de la cuenta y cuando se separaron, para enfriarse o desnudaría a Alma nada más llegar, preguntó:
—¿Qué tal tu día?
Ella cabeceó.
—Pues si omito que han venido doce novias a hacerse la prueba de sus vestidos, y que hubo que retocar la inmensa mayoría; otras quince a recoger los suyos porque se casan en breve; que hoy he comido un sándwich; que tu padre me ha vuelto a llamar y que esta mañana me dieron un golpe en el coche y que ahora está en el taller, ¡genial!
Al oír eso, Saem dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué te han dado un golpe en el coche? —preguntó.
Alma soltó una maldición en su interior al darse cuenta de que había metido la pata. ¡Pero si no se lo iba a decir!
—Sí —admitió.
Saem soltó el cuchillo.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó, inquieto.
—Estoy bien. Tranquilo —se apresuró a afirmar, al ver su gesto de preocupación.
—Pero, cielo, ¿cómo no me has avisado?
—No me ha pasado nada —insistió.
—¿Pero has ido al hospital? —preguntó, preocupado, tocándola.
—No. Cariño, ya te he dicho que estoy bien. El golpe se lo ha llevado mi coche, pero yo estoy perfecta, ¿no me ves?
Angustiado por imaginar lo que podría haber pasado, Saem movió la cabeza.
—Créeme. —Ella lo abrazó—. Estoy perfecta y hambrienta. Conmigo no puede un simple golpecito.
—Te perdono porque me has llamado cariño —claudicó Saem finalmente, mirándole con esa intensidad que siempre la desarmaba.
Sonrieron, se dieron otro beso, y volvió a concentrarse en sus verduras.
—¿Qué quería mi padre? —se interesó.