Capítulo 50
Cuando Saem se despertó, miró a su alrededor y sonrió. Estaba en casa de Alma y por el olor a café, sabía que se había levantado.
Fue a moverse cuando de pronto se sorprendió. Sugar, aquel perro que solía gruñirle siempre que lo veía, estaba dormido y acurrucado contra él.
—Vaya... vaya... —murmuró.
Al oírle, Sugar lo miró, y Saem con cariño, acarició su cabecita.
—Me gusta que tú y yo finalmente seamos amigos —le dijo.
Instantes después, Saem se levantó y en calzoncillos salió al pasillo. Se encaminó al salón y allí vio a Alma sentada en una de las bonitas sillas de la terraza tomándose un café, mientras retocaba ciertos diseños en un cuaderno que estaba preparando para el catálogo anual.
Estaba tranquila y serena. Aquello se podía ver con facilidad en su rostro y sonrió al reconocer lo que sonaba.
Alma estaba escuchando la lista de Spotify que él le había confeccionado con música coreana y de Shakira, como ella le había hecho otra a él, con música de Shakira y coreana.
Sonaba Whee In, una de sus cantantes preferidas.
—¡Buenos días, preciosa! —la saludó.
Al oírlo, Alma lo miró. La tentación andante se acercaba a él.
—Buenos días, precioso —murmuró, sonriendo.
Tras un cálido beso de buenos días, Saem se sentó a su lado.
—¿Quieres un café? —le preguntó ella.
Saem asintió, y ya con su taza en la mano, echó una ojeada al cuaderno de Alma.
—¿Qué es esto? —le preguntó.
—El boceto de cómo va a quedar Diva y Radiante cuando la ampliemos. Lo tengo todo planeado y ¡será espectacular!
Sorprendido, Saem lo examinó, y tras pasar varias hojas y encontrarse con dibujos de vestidos de novia, exclamó:
—¡Qué maravilla! ¡Qué bien dibujas!
—Son ideas que se me ocurren para la nueva colección de vestidos de novia.
Con curiosidad, Saem los miró detenidamente.
—¿Alguna vez diseñaste un vestido de novia para ti?
—Sí —afirmó. Quería ser sincera.
—¿Y lo puedo ver?
—No.
—¿Por qué? —Ella se encogió de hombros graciosamente, y él, sonriendo, dijo—: ¿Sabes que en este preciso instante estás muy guapa?
Alma suspiró. Él y su galantería.
—Gracias. Pero recién levantada y sin haber pasado por chapa y pintura, sé que tengo ojeras, los parpados se ven caídos, y se marcan las líneas de expresión.
—Saem sonrió cuando ella añadió—: No como a ti, que tienes esa piel tan tersa y luminosa, que no tienes ni ojeras, ni líneas de expresión que arreglar ¡ni nada! Estás perfecto.
—¿Por qué eres tan dura contigo misma? —Sorprendida por aquella pregunta, no supo qué responder, y él, acercándose a ella, murmuró—: Para mí eres bella las veinticuatro horas del día por dentro y por fuera.
Cuando vas maquillada, estás increíble. Y cuando estás sin maquillar, como ahora, eres preciosa porque me muestras tu verdad. Y eso, mi vida, a mí me encanta.
—Uis, mi vida...
—Eres mi vida —afirmó él.
Alma, acalorada, se dio aire con la mano. Las bonitas cosas que Saem le decía a veces le hacían creer que vivía en un sueño.
—Iba a bajar al gimnasio, ¿te animas? —preguntó.
Ya la había acompañado en otra ocasión. Tenía en el coche la bolsa que solía llevar al gimnasio.
—Claro que sí —asintió.
Se tomó el café mientras ella le hacía monadas a Sugar.
—Voy a vestirme y a bajar a mi coche —le dijo—. Allí tengo una bolsa con ropa de deporte. Si quieres, ve yendo tú.
—¡Perfecto! Allí nos vemos.
Alma cogió a Sugar entre sus brazos.
—Si esto es un sueño, mi querido destino o universo, no se te ocurra despertarme —murmuró.
Cinco minutos después, cuando Saem salió de la casa con un juego de llaves, Alma, vestida para la ocasión, se dirigió hacia el gimnasio. Como siempre, estaba vacío. Pocos vecinos lo visitaban.
Diez minutos después, trotaba sobre la cinta de correr, cuando notó que alguien a su derecha se le acercaba.
—Hola, Caramelito —oyó, después de recibir un beso en el cuello.
Al oír la voz de Ricardo, y notar sus labios sobre su cuello, perdió el ritmo.
—Hola, Ricardo —saludó con rapidez.
Él se situó en la cinta de correr de al lado y la puso en marcha.
—¿Dónde te metes últimamente que no te veo por aquí? —preguntó él.
—Estoy muy ocupada en el trabajo —respondió Alma.
Ricardo sonrió.
—Hoy estás radiante y tentadora —le dijo en tono íntimo—. ¿Te apetece venir a mi casa un ratito, Caramelito?
Cuando iba a contestar, notó la presencia de alguien a su izquierda y escuchó:
—No. No va a ir a tu casa. Y se llama Alma. No Caramelito .
La ronca voz de Saem al decir aquello la impresionó.
—¿En serio?... No lo sabía —respondió Ricardo, perplejo.
Alma, que corría sobre la cinta con Ricardo a su derecha y Saem a su izquierda, no podía dejar de mirarlos. La antipatía creada en décimas de segundo entre los dos le inquietó. Le dio al botón para que la máquina se detuviese.
—¿Se puede saber qué os pasa? —gruñó, molesta al ver cómo se miraban.
Saem no contestó.
—A mí, nada —dijo Ricardo.
—¿Así te saluda siempre? —preguntó Saem, que al entrar había visto cómo el vecino besaba a Alma en el cuello.
Alma asintió. No quería mentir.
—Mejor vayámonos —dijo Saem, incómodo con la situación.
—Pero si acabamos de llegar.
Saem la miró. ¿En serio le estaba diciendo que no?
—Vete tú —dijo Ricardo—. Ella se queda en el gimnasio conmigo. ¿Verdad, Caramelito ?
Oír aquel apodo a Saem le estrujó las tripas.
—Te he dicho que se llama Alma. No Caramelito —repitió con tranquilidad.
—Tú me vas a decir a mí cómo tengo que llamarla.
—Sí.
—¡Venga, hombre! —se mofó Ricardo.
Alma no daba crédito.
—¿En serio? —protestó—. ¿De verdad que con la edad que tenéis estáis compitiendo a ver quién mea y llega más lejos?
Los dos hombres la miraron.
—¿Pero este tipo quién es? —preguntó Ricardo, ahora molesto.
Alma, desconcertada por aquello, al ver cómo Saem la miraba, sin pensárselo respondió:
—Un amigo.
Aquel simple «un amigo» a Saem le molestó. ¿Solo era eso para ella? Y sin decir nada, se dio la vuelta y se marchó.
—Pues vaya amigos que te echas —apostilló Ricardo.
Molesta, Alma resopló, se bajó de la cinta y corrió para salir del gimnasio. Vio a Saem caminar hacia la salida de la urbanización y, acercándose a él, lo cogió por el brazo y lo detuvo.
—Pero ¿me puedes explicar a qué ha venido eso?
Saem parpadeó. Haber visto cómo aquel tipo la besaba en el cuello y luego le llamaba Caramelito le enfureció. Pensar en la intimidad que ellos habían tenido le retorció las tripas.
—¿Frialdad coreana? —preguntó ella, viendo su gesto serio y duro.
No le gustó oír aquella frase que tanto odiaba porque su padre se la decía muchas veces.
—No vuelvas a decirme eso —siseó.
—Y tú no vuelvas a decirme lo que puedo decir o no —replicó Alma, ofuscada porque lo ocurrido la había desconcertado.
Se miraron, molestos, durante un rato.
—¿Quieres que montemos un numerito? —dijo Saem, queriendo buscarle las cosquillas.
—Vete a la mierda, Saem.
—¿¡Un amigo!? —exclamó él, tras un breve silencio.
—Sí. ¿Qué querías que dijera?
—Cualquier cosa menos un amigo.
—No puedo decir otra cosa. Ni siquiera puedo presentarte por tu nombre, porque Ricardo conoce a Natalia y ¡joder, Saem, entiéndelo! No me vengas con gilipolleces de celos.
—Simplemente imagina la situación al revés —le soltó él en un tono que dejaba traslucir algo más que enfado. El silencio se alargó más de la cuenta. Alma necesitaba pensar para actuar con claridad, y él, viendo que ella no pensaba decir nada, dio por zanjada la conversación—: Me voy. Ya hablaremos.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó. Alma no se movió de su lugar. No pensaba tolerar tonterías como aquella. Ya tenía una edad.
Molesta, se dio la vuelta y caminó hacia su portal mientras sentía cómo todo su cuerpo bullía de rabia y frustración.
¿En serio Saem se comportaba así? ¿De verdad que con la química y conexión que había entre ellos era incapaz de entender por qué lo había presentado así?
Y cuando fue a abrir la puerta para meterse en su portal, se paró y maldijo.
¿Pero cómo era tan tonta? ¿Cómo estaba tan ciega?
Si el caso hubiera sido al revés, si una mujer lo besaba en el cuello y lo llamaba Caramelito delante de ella y luego él simplemente la presentaba como a una amiga, claro que le hubiera molestado.
—La he cagado...
El enfado se esfumó y una extraña culpa silenciosa apareció.
Pero ¿cómo podía haber reaccionado así con Saem?
Y dándose la vuelta, comenzó a correr para ir en su busca cuando, de pronto, lo vio caminar hacia ella.
En lugar de parar, ella siguió corriendo y cuando llegó a su altura directamente lo abrazó.
—Lo siento... lo siento... lo siento —murmuró.
Saem asintió, y abrazándola, sonrió. Cuando estaba a punto de salir de la urbanización se dio cuenta de lo ridículo de la situación. Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué se marchaba sin hablarlo? Así que se dio la vuelta para ir a su encuentro, y cuando vio que corría hacia él, se emocionó.
En silencio y abrazados regresaron al ático de Alma donde, al entrar, Sugar les saludó con devoción.
Pero ellos solo deseaban besarse. Devorarse.
Lo que había ocurrido les había hecho entender que lo suyo era importante, demasiado importante, y sin prisa, pero sin pausa, hicieron el amor con mimo, lujuria y desenfreno, hasta que un clímax desbordante los envolvió.
Sobre la cama y con los corazones acelerados por lo vivido, Saem, mirándola, murmuró.
—Siento haberme puesto así. Me dejé llevar por los celos y la frustración de no saber por qué te llama por ese ridículo nombre, y eso nunca es bueno.
—No. No lo es. —En silencio se miraron cuando ella dijo—: Me llama así porque dice que soy dulce como un caramelito.
Simplemente por eso. —Saem seguía un poco molesto por entender a qué se refería Ricardo, pero ella prosiguió—: Cuando me puse en tu lugar como me dijiste, me di cuenta de mi error.
Si yo hubiera visto que otra mujer te...
Uf... mejor no lo pienso, porque me cabreo.
Además, y esto me da vergüenza decirlo, creo que hubiera reaccionado peor que tú.
—¿En serio?
—Y tan en serio. Y aunque nunca te he mencionado a Elvira, la amiga de tu padre, he de decirte que nunca me gustó cómo te mira y cómo se refiere a ti. Soy muy loba para lo mío.
Eso hizo a Saem sonreír.
—Tú y yo tenemos un pasado que debemos respetar y aceptar —dijo, abrazándola—. Tú has tenido tus relaciones, yo he tenido las mías, y...
—¿Alguien de tu pasado te ha llamado algo parecido a Caramelito?
Saem, sin dudarlo, asintió.
—Vale. Mejor no me digas quién —prefirió ella, dándose aire con la mano.