Capítulo 49
No llevaban mucho en el local cuando Nuria vio a Mario. Estaba apoyado en una barra hablando con una pareja, y con disimulo tomó aire. Mario para ella era, en ese instante, el hombre más tentador del local, y lo observó desde la distancia mientras sentía cómo toda ella se calentaba.
Pero ¿cómo podían las hormonas traicionarla así? ¿Acaso a ella no le gustaban jovencitos?
Pero sí. Mario no solo había adelantado a todos los jovencitos por la derecha, sino que estaba creando en ella una necesidad de estar con él para que la vacilara que le comenzaba a preocupar, y dándose la vuelta dejó de mirarlo. Tenía que bajar las revoluciones de aquello cuanto antes.
Dio un trago a su bebida y vio a Alma sonreír.
Saem acababa de llegar. Sin moverse, Nuria vio cómo los ojos de su amiga brillaban.
Le delataban. Pero la discreción con la que llevaban su relación les impedía acercarse, besarse y comportarse como una pareja normal.
Tenían que reemplazar las palabras por miradas.
Eso hizo que volviera a mirar a Mario, y resopló.
¿En serio estaba viviendo lo mismo que su amiga?
Saem se acercó hasta ellas y las saludó una por una con caballerosidad.
Nuria le sonrió. Ahora que lo conocía mejor veía en él a un hombre agradable, paciente, caballeroso y simpático que, desde luego, hacía todo lo posible por ver a Alma.
Saem, con su personalidad y sencillez, se las había ganado a todas sin despeinarse.
Estaba claro que había tenido un buen maestro. Su tío Mario.
Estaba pensando en ello cuando vio a Saem acercarse a su tío Mario. Se saludaron con afecto y rápidamente el recién llegado señaló hacia donde ellas estaban. Inmediatamente su mirada y la de Mario se cruzaron, pero ninguno se sonrió. Así debían proceder.
Minutos después, Saem y su tío se aproximaron a ellas con una bandeja llena de bebidas. Encantadas, todas sonrieron.
—¿Has aparcado la escoba en la puerta? —le preguntó Mario a Nuria.
—Sí. Al lado de tu andador.
—¡Nuria! —exclamó Estíbaliz.
Boquiabierta, Alma cogió la mano de su amiga.
—Por favor, haya paz —recomendó Saem con gesto apurado.
—Ha empezado él. ¿Y sabes por qué? Porque el que es tonto, es muy tonto. Tu jodido tío, Saem, ¡es muy tonto!
—Respira, que te conozco —susurró Romina.
—Oye, ¿tu escoba es eléctrica o manual? —insistió Mario, divertido.
Nuria lo miró.
—Manual, soy bruja tradicional —replicó, al ver la burla en el rostro de él.
Saem miró a su tío para que se callara, pero él lo ignoró.
—Eres tan intensa que hasta los fantasmas te piden espacio —soltó.
—Y tú tan primitivo que hasta el fuego te parece innovación —contraatacó Nuria.
Acto seguido, Alma, para acabar con aquella guerra dialéctica, sin soltar la mano de Nuria, la alejó. Y al ver que Estíbaliz y Romina las seguían, Saem se encaró a su tío.
—¿A qué ha venido eso? —protestó.
Mario sonrió. Aquella jodida bruja morena y el juego que se traía para que nadie supiera que se veían le encantaban.
—Tenemos derecho de admisión en el local, ¿no? —respondió.
—Tío, por favorrrrr...
—¿Brujas aceptamos?
Saem resopló y le pidió tranquilidad. No quería que la noche se jorobara.
Mientras ellos hablaban, Nuria le lanzaba miraditas a Mario. A su manera se entendían y disfrutaban de aquel teatrillo que los excitaba. Empezó a sonar la canción Si antes te hubiera conocido , de Karol G., y las chicas, animadas, salieron a la pista a bailar.
Tío y sobrino las observaban.
—Adoro a esa mujer —susurró Saem al ver cómo disfrutaba Alma.
—Yo también adoro a la bruja de su amiga —indicó Mario con una gran sonrisa.
—Tío, ¿pero qué os pasa?
—Pues lo normal, Saem. Somos vecinos y no nos soportamos.
Con gesto de pesar, él movió la cabeza.
—¿Cuándo le vas a contar a tu padre lo tuyo con Alma? —preguntó Mario.
—De momento, no. Alma no quiere que lo sepan ni él ni su hija.
—¿Por qué?
—Porque creo que teme sus reacciones.
Mario asintió.
—Estas cosas, Saem, se terminan sabiendo —vaticinó, sin dejar de mirar a aquellas cuatro mujeres que lo pasaban de lujo bailando en la pista—, por lo que cuanto antes se digan mejor.
—Somos discretos.
—No dudo que lo seáis. Pero las miraditas os delatan. —Saem resopló. Bastante tortura era no poder comportarse con normalidad como para que tampoco pudiera mirarla—. A tu madre le gustaría mucho Alma —añadió Mario.
—Lo sé —sonrió Saem.
Uno de los camareros se acercó a ellos. Necesitaba reponer varias botellas de güisqui, y Mario se alejó con él, mientras Saem saludaba a unos clientes asiduos del local e intentaba ser más discreto con Alma.
Cuando el camarero cogió del almacén las botellas que necesitaba, y Mario estaba regresando a la barra, vio a Nuria salir del baño. Por ello apretó el pasó y antes de que ella entrara en la sala, la arrinconó contra la pared y la besó.
Aquel furtivo e inesperado beso a Nuria le encantó. Lo disfrutó, y más cuando lo oyó decir:
—Deseo ya estar en la Toscana.
Y sin más, Mario se dio la vuelta y se marchó.
Acalorada por aquello, Nuria quiso ir tras él, pero no podía. Si lo hacía, los verían y quedaría al descubierto lo que tenían. Por lo que, recomponiéndose, se dio aire con la mano y se acercó a una de las barras. Necesitaba algo fresco.
Mientras se bebía la cerveza, buscó a Mario con la mirada y lo vio al otro lado del local. La caballerosidad, impetuosidad y romanticismo de aquel hombre estaban pudiendo con ella. Aquel madurito potentón sin un pelo en la cabeza, pero con un corazón bonito, le gustaba mucho.
—¡Me muero de sed! Una cerveza por favor —pidió Alma, que se había acercado a ella. Ya con la bebida en la mano, Alma señaló—: Mira qué dos.
Al mirar, Nuria vio a Estíbaliz y Romina hablando con Saem, felices y entregadas. Estaba claro que había conexión entre ellos.
—Nunca lo admitirán, pero llevan las bragas por los tobillos —susurró Nuria en su oído. Alma soltó una carcajada, y su amiga preguntó—: ¿Cómo lo puedes soportar?
—¿El qué?
—El ver a Saem y no besarlo ante todos.
Alma suspiró.
—Es complicado —reconoció, sin apartar la mirada de su guapo chico—, pues cuando lo veo, mi parte loca e irracional, te juro, Nuria, que me grita que le arranque la ropa, lo bese y le haga las mayores guarradas que te puedas imaginar, perooooo.
.. mi parte sensata, madura y racional grita más, y me exige que me controle, porque tengo una edad como para ir haciendo el tonto en público y porque tengo que hacer las cosas bien por Natalia.
Nuria asintió. Qué difícil era el control que aquella se exigía.
—Voy al baño —dijo Alma.
Cuando ella se alejó, Nuria volvió a buscar con la mirada a Mario, y entonces vio que se metía en el que sabía que era el despacho del local.
Al instante, vibró su móvil. Era Mario. Sin abrir el mensaje y con disimulo, caminó hacia el despacho y cuando comprobó que nadie la veía, abrió la puerta y se metió.
Mario, al verla, sonrió.
—¿Qué hace una bruja contestona como tú por aquí? —le preguntó, acercándose a ella.
Nuria lo besó. En esta ocasión, fue ella la que atacó. Sus bocas. Sus lenguas. Sus cuerpos se encontraron y cuando el momento se les comenzó a ir de las manos, Mario cerró el pestillo de la puerta. Sin hablar y excitada, se subió la falda. Mario se desabrochó el cinturón del pantalón.
—Te cogería en brazos —le dijo—. Pero creo que anoche nos excedimos, y si lo hago, tendrás que llamar al Samur.
Nuria soltó una carcajada. Le encantaba su naturalidad y sobre todo su manera de ser. Y acercándose a la ordenada mesa, con ímpetu tiro al suelo todo lo que había sobre ella.
—Woooo, ¡momento película! —murmuró Mario.
Divertida por aquello, se quitó las bragas y se sentó en la mesa.
Mario, hechizado por la sensualidad que ella le mostraba, con una sonrisita socarrona se le acercó.
Con mimo, chocó su nariz con la de ella, le quitó el móvil de las manos, y cuando fue a dejarlo sobre la mesa, algo llamó su atención. En la pantalla ponía algo.
—¿Follamigo de 10? —leyó, con cierta confusión.
—Sí.
El gesto de él cambió.
—Toma. Por si quieres ver qué mensaje te manda tu follamigo de 10 —le dijo, entregándole el móvil.
Nuria sonrió y cogiendo el móvil, leyó en alto:
—Pregunta: «¿En tu casa o en la mía?».
Oír eso hizo parpadear a Mario. Aquel era el mensaje que él le había enviado segundos antes.
—¿¡Soy follamigo de 10!? —preguntó, cambiando su gesto.
Nuria, que dejó el teléfono sobre la mesa, asintió, y Mario abriendo sus piernas, encontró lo que buscaba y mirándola a los ojos, la penetró.
Aquello hizo que ambos jadearan extasiados.
El morbo del momento y lo mucho que se deseaban eran un excelente afrodisiaco y, besándose, se poseyeron con premura.
Estaban en el despacho y sabían que Saem o cualquiera de los camareros podrían querer entrar en cualquier momento.
Y cuando el clímax les llegó y los dos jadearon extasiados, Mario, con el corazón acelerado, murmuró:
—Me vas a matar... bruja. —Nuria sonrió, y él preguntó—: ¿Por qué nos ocultamos como mi sobrino y tu amiga?
—Porque es morboso y porque no es buena idea que sepan que tú y yo también estamos liados.
—Pues no lo entiendo.
Nuria se incorporó de la mesa.
—A ver cómo te lo explico —señaló—. Natalia, hija de Alma, está saliendo con tu hermano Elías.
Alma, madre de Natalia, está viéndose con Saem, el hijo de tu hermano y tu sobrino.
Y yo, madrina de Natalia, y amiga íntima de Alma, estoy contigo, que eres el hermano del novio de Natalia y el tío de Saem.
—¡Si es que los Basagoitia somos la hostia!
Nuria se rio. Y tras darle un dulce mimo de esos que solo regalas a alguien especial, se limpió con un kleenex, se puso las bragas y se bajó la falda, luego le guiñó el ojo y cogió su teléfono móvil.
—No sé si seréis la hostia los Basagoitia, pero lo que sí sé es que nos estáis complicando la vida —admitió.
—¡Ahí va la hostia, tú! —se mofó Mario.
—Y esto que ha ocurrido, aquí y ahora, ha sido por provocarme —dijo, asiéndolo de la camisa para acercarlo hasta ella con brusquedad—. Si quieres más y mejor, en una hora te espero en «mi casa».
Dicho esto, lo soltó, caminó a la puerta, quitó el pestillo, y tras una última mirada que a Mario lo derritió, se marchó del despacho.
—¡Será bruja! —murmuró él, con una gran sonrisa dibujada en su cara.
Con paso seguro y sonriendo por lo ocurrido, Nuria se acercó hasta sus amigas.
—¿Y esa sonrisita? —preguntó Alma, al verla llegar.
Nuria, que llevaba su teléfono móvil en las manos, se lo enseñó.
—¡Follamigo de 10! ¡Me pirooooo! —le dijo, guiñándole un ojo.
Alma hizo un gesto afirmativo, y miró a Saem. Ella tendría que esperar un poco, pero luego no se contendría.