Ríete de las bodas Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Molestas, las parejas de la mesa de al lado la miraron. Pero ¿quién era ella para decirles algo así? Sin embargo, a diferencia de Alma, ellos no se levantaron.

—¿Por qué las propias mujeres somos tan críticas entre nosotras mismas? —preguntó Romina.

—Por envidia —afirmó Alma.

—Exacto, loba —dijo Nuria, y añadió—: Por eso yo me acuesto con tíos más jóvenes que yo. Es mi manera de rebelarme contra el mundo. Y de joder a las pedorras que tanto miran y critican.

—Como mujer fuerte que soy —indicó Alma—, me niego a aceptar la sumisión a la que hemos sido sometidas las mujeres por la sociedad durante años con respecto al amor. Yo, a mi manera, también quiero aportar mi granito de arena para que algo que todavía se ve «raro» se normalice.

—Olé, qué bien habla la loba —aplaudió Nuria. En ese instante, le sonó el teléfono.

—¿Quién te escribe? —preguntó Estíbaliz.

Era Mario. Le decía que tenía ganas de verla esa noche. Nuria con picardía les enseñó el teléfono, y Estíbaliz leyó el nombre:

—¡¿Follamigo de 10?!

—Sí.

Alma soltó una carcajada.

—¿En serio lo tienes grabado como follamigo de 10? —se sorprendió Romina.

—Sí.

—Pero, por Dios, Nuria. Ese chico tendrá nombre.

—Lo tiene. Pero lo recuerdo más por la puntuación que por el nombre y este ¡es un diez follando!

—La madre que te parió —se mofó Estíbaliz.

—Follamigo de 10. Soltero. Español. Militar. 1,86. Deportista —enumeró Nuria—. ¿Me lo follo esta noche otra vez o no?

—¡Cualquier día la mato! —protestó Romina.

—A ver, lobas. Solo os estoy preguntando. ¿Qué hago? ¿Le digo que sí o le digo que no? Y cuidado con vuestra respuesta, porque el tío es un diez en la cama. Ni os imagináis qué manos tiene y cómo mueve ese culito cuando...

—Nuriaaaaaa —la cortó Romina, muerta de la risa.

Divertidas, estaban todavía comentando el asunto cuando el teléfono le sonó a Alma.

—Hola, corazón —saludó ella, feliz.

—Hola, mamá, ¿dónde andas?

—Cenando con las chicas. ¿Y tú?

—Cenando frente a un prado plagadito de vacas ¡monísimas!

Alma sonrió.

—¿A Elías también le parecen monísimas las vacas? —preguntó con cierta picardía.

—No está aquí.

—¿Cómo que no está ahí? —se sorprendió Alma, bajando la voz.

—Pues mira, mamá. Se puso muy pesadito esta mañana. Primero, que si la casa donde todos nos quedamos es pequeña y huele a humedad. Segundo, que si la cama de la habitación que nos ha tocado era de batalla. Tercero, que debo dejar de escalar porque, según él, eso no es ni prudente ni femenino.

—Vaya...

—Sí, mamá, sí, ¡lo que oyes! Ayer hicimos senderismo por la montaña y se empeñó en venir.

Al final, tuvo que regresar Javi a por el coche para traerlo de vuelta.

Y cuando esta mañana comenzó a criticar a Óscar y a decirme que le molesta la complicidad que tengo con él, me cansé y lo invité a que se fuera a un hotel spa de lo más pijo que hay cerca de donde estamos. Y se marchó. Enfadado, pero se marchó.

—Pero, Natalia, ¿qué plan es ese?

—A ver, mamá. Él fue quien quiso venir. Le dije que no le gustaría nuestro plan porque queríamos hacer escalada y senderismo, pero él se empeñó.

Cuando él queda con sus amigos, yo me integro con ellos.

¿Por qué él ni lo intenta? En definitiva, que lo recogeré mañana con el coche cuando regresemos a Madrid.

Y si sigue enfadado, es su problema, no el mío.

Por lo que le contaba su hija, Alma entendió que la idílica relación entre ellos comenzaba a tener fisuras.

—Corazón, pero ¿estás bien? —quiso saber.

—¡Perfecta, mamá! —afirmó Natalia con seguridad, aunque tenía que reconocer que las palabras de Saem, de vez en cuando, le rondaban por la cabeza.

Alma asintió. Conocía a Natalia, y aunque no le había comentado lo hablado con Saem, pues eso era meterse excesivamente en su vida, sabía que nunca se dejaría doblegar por nadie. Y entre esos «nadies» estaba Elías, por muy todopoderoso que se creyera.

Tras hablar con ella unos minutos se despidieron y cuando colgó el teléfono, un camarero se acercó y dejó sobre la mesa cuatro vasitos.

—Estos chupitos de orujo son invitación de esos caballeros —les dijo.

Al mirar se encontraron con unos hombres que les sonreían y Nuria, reconociendo a uno de ellos, cogió uno de los vasitos, se lo bebió y les gritó:

—¡A vuestra salud!

Acto seguido sus amigas hicieron lo mismo, y cuando dejaron los vasitos vacíos Nuria cuchicheó:

—Joder... ya me he hecho un lamparón.

—La Lamparones, te vamos a llamar —se mofó Alma.

—El tipo de azul es Chema —indicó Nuria.

—¿Y quién es Chema?

—Uno con el que hice cuchi cuchi. Un siete raspado.

—¡Nuria, por favorrrr! —protestó Romina.

—¡Pero si he dicho cuchi cuchi y no follar!

Nuria miró a su amiga, divertida. Le encantaba hacerla rabiar.

—Pero vamos a ver, Romina, has preguntado y he respondido.

—¿Y tienes que utilizar esa palabra?

—La tiene que utilizar porque lo que hizo fue ¡follar! —afirmó Alma.

—¡Otra! —se quejó Romina.

Alma, al recordar el sexo con Saem se acaloró, y viendo que las dos parejas rancias que habían prejuzgado a la otra se marchaban, soltó:

—Pues que sepas que yo con mi unicornio follo y hago el amor, ¡depende del momento!

Horrorizada, Romina puso los ojos en blanco mientras sus tres amigas se reían. El tal Chema se acercó a ellas y saludó a Nuria.

—¿Os apetece tomar algo en el Black Jack? —les propuso.

—Gracias, pero tenemos planes —indicó Alma, deseosa de ver a Saem.

Vacilaron unos minutos con él.

—La verdad. No me apetece mucho ir a DeLokos —dijo Nuria cuando Chema se marchó.

—¿Por qué? —preguntó Romina.

—Ver al vecino es lo último que quiero.

Alma y sus amigas se miraron. La antipatía de Nuria por el vecino era tremenda.

—No tienes por qué saludar al madurito potentón si está allí —dijo Estíbaliz—. Nosotras no vamos para estar con él. Vamos para tomar una copa y pasarlo bien.

Nuria sonrió. Por cómo la miraban había interpretado a la perfección su papel.

—Vale. Iré un ratito —claudicó.

—¡Te comoooo! —la abrazó Romina, feliz.

Una hora después, cuando entraron en el DeLokos, Alma viendo a Nuria sonreír no pudo evitar comentar:

—Te juro que no te pillo.

—¿Por?

—Porque tan pronto dices que no quieres venir, como te veo feliz por estar aquí.

Nuria parpadeó. Debía tener más cuidado.

Las ganas locas que sentía por ver a Mario casi le delataban.

Desde el desastre de las magdalenas, sus encuentros se habían duplicado.

De pronto, aquel madurito caballeroso y paciente que no se enfadaba casi por nada, y al que le encantaba el vacile tanto como a ella, había adelantado por la derecha a cualquier jovencito.

—A ver. Si por mí fuera, habría ido a otro local a tomar algo —respondió con indiferencia—. Pero vosotras tres queríais venir aquí y simplemente me adapto a la situación. Me guste o no.

—Últimamente, te noto rara —observó Alma, mirándola de reojo.

—¡Anda ya!

—Que sí. ¡Te siento como dispersa!

—Por favorrr.

—No sé. Tengo la sensación de que me ocultas algo.

—Pero ¿qué te voy a ocultar?

—No sé. Tú sabrás. Pero me lo dice tu mirada.

—Mira, loba —la cortó para que no prosiguiera—. Déjate de tonterías y que sepas que quizá en un ratito desaparezca cuando hable con follamigo de 10.

Ambas rieron y se dirigieron hacia sus amigas. Se lo querían pasar bien.