Ríete de las bodas Capítulo 48
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Capítulo 48

Las dos siguientes semanas fueron para Alma caóticas, pero espectaculares.

Otro bonito detalle de Saem era que todos los lunes cuando Alma llegaba a Diva y Radiante, tenía un precioso ramo de rosas blancas esperándola sobre la mesa con una romántica nota.

Por su parte, Nuria disfrutaba de lo iniciado con Mario ocultándoselo a todo el mundo. ¿Por qué? Ni ella misma lo sabía, pero el caso era que llevarlo en secreto le daba un morbo que era difícil de explicar.

Saem y Alma se veían todo lo que podían.

Desayunar, comer, cenar o dormir juntos era algo tan deseado que se convirtió en una necesidad.

Disfrutaban con robarse besos a escondidas.

Mandarse flores al trabajo, o escribirse mensajes de WhatsApp.

Pero todo tenía que ser con extrema discreción, porque Alma sentía que hasta el aire tenía ojos.

A excepción de sus amigas, nadie podía saber que Saem y ella estaban juntos hasta que se lo contara a su hija.

En esos días, Elías llamaba continuamente por teléfono a Alma. Estaban ultimando los detalles de la fiesta sorpresa de cumpleaños de Natalia, que era para primeros de julio, y cada vez que el teléfono sonaba y Alma leía el nombre de Elías, siempre se preguntaba si se habría enterado ya.

Además de las amigas de Alma, conocían el secreto de su relación también Ji Woo y su tío Mario. Saem se lo comentó a ambos. Su felicidad era tal que le resultó imposible de ocultar, aunque no sabía que Mario ya se había enterado. Nuria, dentro de su felicidad, se lo había contado.

Saem estaba pletórico y feliz. Y aunque sabía que debía tener paciencia y discreción porque así Alma lo pedía, su interior bullía de impaciencia.

¿Por qué no podían vivir libremente su amor?

¿Acaso tenían que ocultarse como si hicieran algo malo?

Y aunque en ocasiones, cuando estaban juntos, era consciente de algunas miradas indiscretas, las ignoraba.

Nadie tenía que decirle a él cómo vivir su vida.

Por su parte, Nuria y Mario vivían algo loco y pasional. Algo inexplicable, pero algo que ambos deseaban continuar.

La última semana de junio, Elías y Natalia se marcharon a Asturias. Natalia tenía una reunión con amigos en una casa rural y allá se fueron los dos. Era un plan que a Elías no le emocionaba, pero al que se apuntó porque no quería que Natalia fuera sola.

Las cuatro amigas se citaron para cenar en la terraza de un bonito restaurante de Madrid. Romina había firmado aquella mañana el divorcio, y aunque no era motivo de festejar, tampoco era para estar de luto.

—Lobas, llegan los brindis —anunció Nuria.

Todas sonrieron.

—Por tu nueva vida, Romina. Porque esté plagada de felicidad y alegría y seas asquerosamente feliz y nosotras lo veamos a tu lado —le deseó Alma, levantando la copa.

Romina, emocionada, asintió.

—Brindo por ti, aunque no debería de hacerlo porque te buscaste a otra abogada —siguió Estíbaliz—. Pero como te quiero, porque eres maravillosa, alzo mi copa por ti, Romina. Por el coraje de volver a buscar la felicidad, aun sin saber si el camino será recto o con curvas.

—Mejor recto. Las curvas ya las tengo yo de serie —bromeó Romina.

—Por tu nueva historia, Romina —levantó su copa una emocionada Nuria—. Espero que cada amanecer te traiga ilusión, que cada paso que des esté lleno de seguridad y que cada sonrisa que recibas te haga entender lo única y especial que eres.

Sorprendidas, todas la miraron.

—¿Quién eres tú y dónde está nuestra loba loca? —preguntó Alma, divertida.

—Pero qué te ha pasadoooo... —cuchicheó Estíbaliz.

—¿Tienes fiebre o te encuentras mal? —preguntó Romina.

Nuria rio a carcajadas. Estaba claro que las hormonas del amor que vivían en su cuerpo le hacían decir cosas como aquellas.

—Y por supuesto, y muy importante, que conozcas a increíbles chulazos que te aceleren el pulso, te suban la bilirrubina y ¡folles! como una loba —añadió, tirando de su ingenio.

Romina se rio a carcajadas.

—Esta si es mi Nuria —confirmó Alma.

Chocaron sus copas y bebieron y charlaron entre risas.

En todos los años que llevaban juntas, la vida no les había dado tregua. Si no era una cosa, era otra. El caso es que la vida cambiaba y ellas con fuerza y tesón se adaptaban. Y estaba claro que esto solo era un cambio más.

—En dos días me voy a la Toscanaaaaaa —canturreó Nuria.

—¡Qué maravilla! —exclamó Alma.

—¿Con quién vas? —preguntó Romina.

Nuria la miró. Se iba con Mario, pero dijo:

—Con uno que me va a hacer una inspección profunda, y con el que espero estar todo el santo día...

—¡Ni se te ocurra decirlo! —la cortó Romina.

Todas rieron.

—El 4 de julio te quiero aquí. Es la fiesta de Natalia —apostilló Alma.

—Por favorrr, Alma. ¡Por nada del mundo me la perdería! Regreso el día anterior —afirmó Nuria con decisión.

—Elías me llama todos los días para hablarme de la dichosa fiesta —explicó Alma—, y cuando me dijo que Saem y su equipo se harán cargo del catering , tuve que hacerme la nueva y, ¡joder!, ¡me sentí fatal! Os juro que cada vez que suena el teléfono y veo que es él, me sube el colesterol.

—Es que no sé a qué esperáis para contárselo a él y a Natalia.

—Romina, he de encontrar el momento idóneo para...

—¡¿Momento idóneo?! —se mofó Estíbaliz—. A ver, Alma. Yo te quiero mucho, pero ¿crees que habrá un momento idóneo para decirle a tu hija que tienes un rollito con el hijo de su novio?

Alma suspiró. Aunque le jorobara, sabía que Estíbaliz tenía razón. Cuanto más pensaba en lo que estaba ocurriendo, más loco le parecía.

—Exista o no exista ese momento idóneo, tengo que encontrarlo —señaló.

—Pues complicado lo tienes —afirmó Romina.

—Sé que pensaréis que estoy loca o que he perdido la cabeza, pero no puedo dejar de pensar en Saem —confesó Alma—.

Desde que estamos juntos, me siento como nunca me he sentido en mi vida, y me da una fuerza extra que yo no conocía.

Para él, intuyo que no debe de estar siendo fácil vivir esta situación, y si la soporta ocultándola es por mí.

Él ya le habría contado a su padre y a mi hija lo nuestro, porque, como él dice, ¿acaso tenemos que avergonzarnos por habernos enamorado?

—Sus amigas parpadearon cuando ella añadió sonriendo—: Nuestro amor florece entre silencios y miradas.

—Las tonterías que hacen decir las jodidas hormonas del amor —se mofó Nuria.

—Ohhhh, ¡qué bonito! —afirmó una emocionada Romina.

—¿Desde cuándo eres tan romántica?

Alma suspiró. El romanticismo había irrumpido en su vida de una manera loca e irracional. Se encogió de hombros.

—Desde que siento que me quieren con la misma intensidad que yo quiero—afirmó.

—¡Por favorrr!

Durante varios minutos hablaron sobre amor, sentimientos, sensaciones, vida. Estaba claro que Alma estaba viviendo un momento único y especial.

—Por cierto. En agosto, cuando cerremos la tienda, Saem y yo nos iremos quince días a Fuerteventura —les comunicó—. Hemos alquilado una preciosa villa con piscinita privada junto al mar. Por lo que durante unos días disfrutaremos del sol, el mar, la luna...

—¡Y el folleteo!

—¡Nuriaaaa! —gruñó Romina.

Alma, divertida, asintió. Sin duda disfrutarían de todo eso.

Saem y ella habían decidido irse juntos de vacaciones en agosto lejos de todo y todos.

—¿Con quién le has dicho a Natalia que te vas de vacaciones? —quiso saber Romina.

—Conmigo —afirmó Nuria—. Soy su mejor coartada, puesto que en agosto posiblemente me vaya a visitar a mi amiga Karen a Irlanda.

—Ayer recibimos una buena oferta por el piso —cambió de tema Romina—. Roberto y yo lo hablamos y la vamos a aceptar.

Todas la felicitaron. El divorcio entre Roberto y Romina estaba siendo ejemplar. Ellos lo llevaban bien, y las hijas lo asumieron con madurez. Si aquello era lo que sus padres querían y estaban bien, ¿quiénes eran ellas para opinar?

El teléfono de Alma sonó. Y al ver que era un mensaje, sonrió.

Saem ¿Cómo está mi loba preferida?

Leer eso le hizo sonreír. Saem no paraba de hacerle la vida fácil, y rápidamente tecleó.

Yo Bien. ¿Tú mucho trabajo?

Saem Lo típico de un viernes noche. ¿Al final nos vemos en DeLokos?

Yo ¿Lo dudas? Iré con las lobas. Romina y Estíbaliz quieren conocerlo.

Saem Nos vemos allí. Y que sepas que me muero por verte, aunque no pueda ni acercarme. Besos

Yo Besos

Cuando dejó el teléfono sobre la mesa, al ver cómo la miraban sus amigas, explicó:

—Era Saem.

—Lo sabemos —afirmó Romina—. Vimos la purpurina salir a borbotones de tu teléfono.

Todas se rieron.

—¿Habéis visto al morenazo que hay sentado a vuestra derecha? —dijo Nuria.

Como un resorte todas miraron. Cerca de ellas estaba sentado un hombre realmente guapo.

—Por Dios, Nuria... No puede tener más de treinta años —dijo Estíbaliz.

—¡Justo como me gustan!

Riendo estaban cuando Alma se fijó en que dos parejas que tenían en la mesa de al lado miraban hacia atrás y cuchicheaban. Ella dirigió, curiosa, su atención hacia el mismo lugar y se encontró con una pareja que reía, se besaban y hablaban cogidos de la mano. Ella era mayor que él.

—Ya sabes por qué los miran, ¿verdad? —dijo Estíbaliz. Incómoda, Alma asintió. Ver cómo aquellas personas observaban a la pareja que estaba feliz a lo suyo era indignante; su amiga insistió—: Y sabes que así te mirarán a ti y a Saem cuando decidáis dar el paso.

Alma volvió a asentir. De sus amigas, Estíbaliz, aunque la apoyaba, seguía siendo la más crítica.

—Lo sé. Y estoy preparada para ello —respondió.

Guardaron silencio unos segundos. En ese momento, Alma escuchó una nueva tontería a los de la mesa de al lado; entonces se levantó y se acercó a ellos.

—Sí. Ella es mayor y él más joven y simplemente son una pareja que se gusta, no un fenómeno paranormal para que los estéis mirando como lo hacéis —les espetó—. Y vosotras dos —dijo, mirando a las mujeres— deberíais entenderla en lugar de burlaros de ella. ¿No os da vergüenza?

Al terminar, se volvió a sentar en su sitio.

—La madre que te parió, Alma —murmuró Estíbaliz.