Capítulo 47
El miércoles por la tarde, tras un intenso día de trabajo, cuando Nuria salió de la tienda escribió a Mario.
Yo ¿Te apetecen una bravitasy una cervecita?
Mientras caminaba hacia el aparcamiento donde tenía el coche, miraba el teléfono en espera de la respuesta. Cuando llegó, sonrió.
Leer eso le borró la sonrisa. Qué conciso. Pero, encogiéndose de hombros, prosiguió su camino, aunque le escoció la negativa. Total, solo eran vecinos.
Al llegar a casa habló por el chat grupal y así se enteró de que Estíbaliz estaba constipada, Alma había quedado con Saem y Romina le pasó la receta de sus riquísimas magdalenas.
Nuria se puso manos a la obra. Iba a hacer sus primeras magdalenas en su horno nuevo.
Si le salían bien, le pasaría alguna a su vecino.
Cuando acabó de prepararlas, Nuria metió las magdalenas en sus moldes en el horno y se marchó al salón. Mientras se hacían, colocaría unas fotos en un álbum que había comprado. Sentada en el suelo se entretenía con aquello cuando de pronto oyó una risa.
¿Quién se reía?
Se quedó atenta y en silencio cuando volvió a escuchar la risa, que esta vez identificó como femenina.
—Uiss, vecino, tienes compañía —murmuró con cierta retranca.
Pero sin querer darle mayor importancia, a pesar de que algo dentro de su estómago le crujió, siguió a lo suyo mientras el olor a las dulces magdalenas se extendía por toda la casa. Pero la risa, esta vez más aguda, se volvió a oír y atravesó la pared, como le atravesó el cuerpo.
—Ahora entiendo eso de «Imposible. ¡Otro día!» —gruñó, mientras seguía colocando fotos.
De nuevo se oyó la risa y esta vez unida a la de Mario. El vecino. Soltó una maldición. Y dejando el álbum de fotos a un lado, pegó la oreja a la pared del salón para escuchar. El salón daba al de Mario, pero las carcajadas cesaron.
Silencio total. No se oía nada, pero de pronto empezó a sonar la música de Barry White.
—No me jodasssss —murmuró Nuria.
Levantándose del suelo, a grandes zancadas fue al baño. Allí se echó agua en la cara.
—¿Se puede saber qué haces? —se regañó cuando se miró al espejo—. Pero ¿qué te importa a ti con quién esté?
Después de secarse el rostro con una toalla, Nuria regresó al salón y al entrar volvió a oír la risa de la mujer junto a la música de Barry White. Molesta, apretó los dientes.
—Alexa, pon Tú , de Shakira —ordenó, pensando en su canción favorita.
Con los primeros acordes, Nuria comenzó a moverse, mientras subía el volumen a todo trapo para no oír la risa de la mujer.
Cantando estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Nuria movió la cabeza.
—Más te vale que no seas tú —rezongó mientras iba hacia la puerta.
Pero al abrir la puerta se encontró con él. Con Mario.
—¿Te importaría bajar el volumen de la música? —le pidió.
Nuria enarcó las cejas.
—¿Algún problema?
—¿Tú qué crees?
—No sé.
—Tengo visita.
Nuria reaccionó con sorpresa. ¡¿Visita?!
—¿Os molesta mi música? —preguntó con fingida inocencia.
—La verdad es que sí.
Ella sonrió.
—Pues te jorobas —soltó—. Porque es mi canción preferida de mi cantante preferida, y no pienso quitarla. —Y sin más le cerró la puerta en las narices.
Incrédulo, Mario pensó en llamar otra vez. ¿Qué le pasaba? Pero contó hasta diez y decidió regresar a su casa. Era lo mejor.
Sonriendo y triunfante, Nuria regresó a su salón, cuando de pronto la música del vecino se volvió atronadora. Era tan alta que le temblaban hasta los cristales de la lámpara, por lo que, molesta, salió al rellano y llamó a la puerta de al lado.
—¿Pero tú de qué vas? —dijo, enfadada cuando Mario abrió.
—De lo mismo que tú. ¡De chulito!
Atónita iba a contestar, cuando una pareja salió al recibidor y la miraron con gesto raro.
—Primo, nos vamos —dijo el hombre—. Nos vemos otro día.
Con la música atronadora, Mario asintió y cuando ellos se marcharon, Nuria, consciente de su error, iba a hablar, pero él le gritó:
—Te aseguro que la próxima vez que tengas invitados, saldrán huyendo de tu casa, como has hecho huir a mis primos.
Acto seguido, el que le cerró la puerta en las narices fue él, y Nuria resopló. Se dio la vuelta y entró en su casa.
—Alexa, ¡pon la canción en bucle! —gritó ya en el pasillo.
Inmediatamente la música comenzó de nuevo, mientras que la del vecino seguía martilleando. Horrorizada, se miró en el espejo de la entrada y se preguntó:
—¿Qué narices has hecho, idiota?
Y sin quitarse los ojos de encima se sorprendió. Mario le gustaba. Incluso, como le había oído decir a Alma, ¡le aceleraba el corazón! El tiempo que ambos habían pasado juntos, a pesar de no haberse ni tocado, ni besado, habían sido de los mejores momentos que había tenido con un hombre.
—Espejo, espejito mágico —susurró—, pero ¿qué narices estoy pensando y por qué sonrío como si fuera literalmente tonta? —Se repasó el pelo. Lo cambió de un lado para otro con insistencia y cuando paró, sin apartar la mirada del espejo, murmuró—: Socorro. Creo que me he enamorado y nadie me avisó.
Acalorada por lo que había descubierto y horrorizada por su metedura de pata con los primos de Mario, que siempre era encantador con ella, se volvió a recolocar pelo. Levantó el mentón, abrió la puerta de su casa y sin cerrarla llamó al timbre de la puerta de al lado.
No pasaron ni diez segundos cuando la puerta se abrió.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Mario con gesto serio.
—Estoy llena de dopamina y oxitocina.
Mario se sorprendió. Recordaba lo que era aquello. De improviso, ella se acercó y sin mediar palabra lo besó.
Totalmente desconcertado, en lugar de quitársela de encima, la apretó contra él. Aquella jodida bruja le encantaba por su loca e irreverente personalidad, y sin mediar palabra, con la música de Barry White de fondo y en el recibidor de la casa, hicieron frenéticamente el amor.
Diez minutos después, tumbados en el suelo del recibidor, ambos miraban hacia el techo con las respiraciones aceleradas, mientras la canción de Shakira volvía a sonar. Intentando entender qué había pasado, Nuria, descolocada, levantó el dedo hacia el techo.
—Tienes una grieta ahí —señaló.
Mario la miró. ¿En serio se estaba fijando en eso?
Sus miradas se encontraron.
—No... no sé qué me ha pasado —murmuró ella.
—Yo sí lo sé.
Sorprendida, levantó las cejas.
—Soy tu unicornio.
—Lo que eres es ¡gilipollas!
—También... —se mostró él de acuerdo. Se quedaron unos segundos en silencio que rompió Mario—: Como te dije, cuando se me conoce, soy irresistible.
—Nuria parpadeó, y cuando fue a soltar una de las suyas, Mario susurró—: Eh.
.. ¡ya me has llamado gilipollas! Recuerda que estás llena de dopamina y oxitocina por mí y suena tu canción preferida de Shakira. No jorobes el momento.
Nuria tomó aire. Por suerte, él la había frenado antes de que pudiera decir algo fuera de lugar.
—Soy insoportable. Sarcástica y... —admitió, avergonzada, mirando al techo.
—Divertida, interesante, ocurrente, preciosa y algo enfadica.
—Más que enfadica, creo que soy rápida de reflejos.
Mario, divertido, sonrió. Aquella mujer que le había quitado el sueño en los últimos tiempos, por fin había roto la coraza que llevaba.
—A ver, bruja, mírame. —Cogió su mano.
—Me encanta que me llames «bruja» —confesó ella, sobrecogida—. Dilo otra vez.
—Bruja.
Nuria cerró los ojos.
—Mi ego ya está flotando por las nubes —susurró.
—Llevo deseando que ocurriera esto desde hace tiempo, porque yo también estoy llenito de oxitocina y dopamina.
—Mario ya fue incapaz de callar—. Pero no quería ser yo el que diera el primer paso, porque, como dijiste el día que nos conocimos, entre tú y yo había una línea que no debía traspasar, y. ..
Nuria lo besó. Lo volvió a besar con deseo y pasión.
—¿En serio las hormonas también están en ti? —preguntó.
—Estoy rebosante de ellas. Y la verdad, bruja, no sé en qué momento pasó, pero oficialmente estoy loco por ti.
Nuria notó cómo se le ponía la piel de gallina. Era lo más romántico que nadie le había dicho nunca. Estaba claro que se habían ido calentando a fuego lento. De pronto percibió un olor que la hizo salir de su ensoñación.
—Joderrrrr —exclamó.
Con rapidez se deshizo del abrazo.
—¿Se puede saber porque rompes este bonito momento entre nosotros? —preguntó Mario.
—No me jodas. No me jodas —siseó ella, levantándose del suelo.
Mario tomó aire. Aquella lo iba a volver loco, y mientras se levantaba preguntó:
—A ver. Sorpréndeme. ¿Cuál es el problema ahora?
—¿No lo hueles?
Acelerada fue a abrir la puerta.
—Pero que estás desnuda. ¿Adónde vas? —la detuvo.
Consciente de ello, pero con rapidez, Nuria se puso las bragas y la camiseta. Total, iba a la puerta de al lado, y sin contestar salió de la casa de Mario.
Como dejó la puerta abierta, así seguía, y cuando entró el olor a quemado y el humo se esparcían por toda la casa. Con rapidez, entró en la cocina, y vio el humo negro salir del horno.
—No... no... no... Mis magdalenas —musitó.
Mario, que había entrado tras ella vestido solo con los calzoncillos, al ver lo que ocurría rápidamente abrió la ventana para que el humo saliera, junto con el olor a quemado.
Nuria apagó el horno y, al abrirlo, en vez de esponjosas y doradas magdalenas, lo que encontró fueron pequeños volcanes carbonizados.
—¡Esto es por tu culpa! —soltó, mirando a Mario.
—Por supuestísimo que sí —asintió el con tranquilidad.
Con sus palabras y su gesto gracioso, Nuria empezó a reír. Pero ¿cómo podía estar echándole las culpas a él?
Durante varios minutos bromearon por aquello, mientras el humo negro se iba disipando, y la canción de Shakira se repetía una y otra vez.
—Bonitas piernas... madurita —piropeó él.
—Las tuyas tampoco están mal... madurito —replicó ella.
Ambos rieron. Estaban en ropa interior.
—¿Pretendías quemar la casa?
Nuria suspiró.
—Quería hacer magdalenas —explicó, encogiéndose de hombros—. Y que conste que, cuando las tuviera, pensaba llevarte alguna como buena vecina.
Mario, encantado, asintió. Todavía no se podía creer lo que acababa de ocurrir.
—Ven —le tendió la mano—. Bailemos esta bonita canción.
Sin dudarlo, Nuria se acercó a él y, abrazándolo, bailó aquella canción que siempre le había gustado tanto.
—La línea que marcaste te la has saltado tú. Lo sabes, ¿verdad? —murmuró Mario en su oído.
Nuria asintió. Aquel cincuentón con más paciencia que un santo, sonriente y calvete le había tocado el corazón.
—Pues que sepas que me la voy a volver a saltar otra vez —afirmó.
Y se la saltó. Vaya si se la saltó.