Ríete de las bodas Capítulo 46
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Capítulo 46

Nuria, Romina y Estíbaliz la miraban. Las cuatro estaban sentadas en la bonita terraza de Alma.

—Creo que aquí falta algo fundamental —dijo Estíbaliz—. Alguien que tiene que contarnos algo se está ahorrando los manolitos.

—A falta de manolitos, buenos son churros —matizó Romina—. ¡Desembucha!

Alma, insegura comenzó a hablar. Les contó dónde y cuándo se conocieron.

—¿En serio? ¿En la azotea? —Romina estaba estupefacta.

—Sí, reina, ¡follaron en la azotea!

—Nuriaaaaa —gruñó Romina.

Al reírse, el café se le derramó y mirando su camiseta indicó:

—Menudo lamparón me acabo de hacer.

—Sin lamparón no serías tú —se mofó Estíbaliz.

Alma prosiguió con la historia. A medida que la contaba, ella misma se enamoraba de lo vivido con Saem.

—Y por lo que intuyo, tras encontraros en la gasolinera, volvisteis a coincidir —aventuró Estíbaliz.

—Sí.

—¿Dónde?

Alma miró a Nuria.

—En el DeLokos —dijo la amiga—. Fuimos una noche, Alma lo buscó y lo invitó a cenar.

Estíbaliz, boquiabierta, parpadeó.

—Pero ¿desde cuando cenas tú con tus follamigos? —se sorprendió Romina.

—Desde nunca —respondió Alma—. El caso fue que esa cena nos llevó a otras cenas, meriendas... comidas.

—¡Donde también follaron!

—¡Nuriaaaaa! —rio esta vez Romina.

—Loba, si te lo digo para meterte más en contexto —se mofó.

—Por Dios, Alma, ¡que ese hombre tiene dieciséis años menos que tú!

—Lo sé. No hace falta que me lo recuerdes.

—Venga, Estíbaliz, ¡no me seas antigua! —se quejó Nuria.

—No soy antigua. Soy realista. ¿Qué hace con un tipo tan joven? ¿De verdad es tan ilusa que piensa que eso puede durar?

En silencio se miraron, y Estíbaliz, la más reticente, protestó:

—¿Se puede saber por qué últimamente nos enteramos de las cosas ya a tiro pasado?

—Y señalando a Romina indicó—: Tú nos ocultaste lo de tu divorcio, y ahora tú —se dirigió a Alma— nos ocultas que tienes un rollito con un tipo dieciséis años más joven que tú.

—Romina y Alma se miraron cuando Estíbaliz al ver a Nuria sonreír preguntó—: ¿Y tú? ¿Qué ocultas tú?

Rápidamente a Nuria se le vino a la cabeza Mario. El tío de Saem y hermano de Elías. Decirles que últimamente había quedado con él, les podría volar la cabeza, por lo que soltó:

—Anoche hice un trío de lo más sórdido y caliente con dos tiarrones espectaculares que me pusieron mirando a Cuenca, después a Bilbao y terminé mirando a Tenerife.

—¡Nuriaaaaa! ¡No lo dirás en serio! —boqueó Romina.

Divertida por cómo la miraban las tres amigas, exclamó:

—¡Es mentira! Pero, cuidado, ¡porque es mi fantasía sexual!

Alma sonrió. Romina no. Y Estíbaliz se levantó.

—Alma —dijo esta última—. Sabes que siempre te apoyaré en todo lo que decidas con respecto a tu vida.

Pero precisamente por ser tu amiga tengo que decirte lo que pienso.

Y lo que pienso es que es un error lo que estás haciendo.

Ese hombre tiene treinta y nueve años. No es un niño, pero tiene treinta y nueve años mientras que tú tienes cincuenta y cinco.

—Y dale... —murmuró Alma.

—¿Me puedes decir por qué tiene que ser un error? —preguntó Nuria, que afirmó—: Yo follo con tipos más jóvenes que yo, ¿y qué?

—¡Follas! Tú lo has dicho: ¡follas!

—Pero ¿no podéis decir hacer cuchi cuchi, que es menos agresivo? —protestó Romina.

—Nuria, tú mantienes intacta la línea que no quieres que ellos traspasen —prosiguió Estíbaliz, ignorando a Romina—.

Pero ese tipo ha traspasado la línea de Alma.

Joder, que ha pasado la noche aquí. Pero vamos a ver, ¿cuándo Alma ha traído a alguno de sus rollos a casa?

¡Nunca! Pero no os preocupa que ese pueda engañarla, robarle o matarla.

—Por favorrr.

Alma resopló estupefacta. Todavía no les había dicho que estaba enamorada de él, ni que era el hijo del novio de su hija.

—Si algo tengo claro —intervino Romina con cierta calma—, es que Alma no se trae a cualquiera a su casa, por muy guapo que sea. Si ese hombre estaba aquí, sus razones tendrán.

—Gracias, Romina —agradeció Alma.

—Pero ¿cómo podéis ser tan ingenuas?

—Y tú tan malpensada y negativa —gruñó Nuria.

—Soy malpensada porque hace años yo también estuve soltera en un mercado de depredadores, y vi lo mal que está.

Y... ¡joder! Pero ¿es que vosotras no veis en la televisión las cosas que pasan?

—Las amigas se miraron cuando Estíbaliz insistió—: ¿De verdad crees que esta historia va a acabar bien?

¿En serio crees que ese chico se va a enamorar de ti y no le van a importar tus arrugas o tus ojeras?

—Pero tú eres tonta o qué te pasa —explotó Nuria.

Durante un buen rato, Romina, Nuria y Estíbaliz discutieron. Las tres hablaban. Decían. Opinaban y Alma en silencio suspiraba. Escuchar a sus amigas le hacía ver todo lo que tendría que oír por vivir el amor con Saem, pero estaba segura de sus sentimientos.

—Me gustaría poder terminar de contaros la historia —pidió, levantando la voz.

—Me parece bien —afirmó Romina.

Con el ambiente caldeadito, Alma prosiguió hasta que, al llegar a un punto, dijo:

—Y bueno... esto que os voy a contar sé que os va a volar la cabeza tanto como a mí me la voló en su momento. Pero la realidad es la que es, y no hay otra manera de contarla.

—Siéntate, Estíbaliz. Es mejor —se mofó Nuria.

—¿Acaso tú sabes lo que nos va a contar? —preguntó Romina.

Nuria asintió.

—Lo sé. Lo que no sabía era que los Masters del Universo habían traído a Saem aquí.

—¿Quieres contarnos de una santa vez que es eso que nos va a volar la cabeza? —gruñó Estíbaliz.

—¿Recordáis al novio de Natalia? —preguntó. Romina y Estíbaliz asintieron y Alma soltó—: Pues resulta que Saem es su hijo.

Sus amigas se levantaron del sillón como accionadas por un resorte.

—Noooo —se espantó Romina.

—Sí.

—A ver, espera —murmuró Estíbaliz—, que no te he oído bien.

—La has oído perfectamente —se mofó Nuria.

Alma, con paciencia, miraba a sus amigas.

—¿Acabas de decir que Saem es el hijo del novio de Natalia? —preguntó Romina.

—Sí.

—¡Madre mía! —levantó la voz Estíbaliz.

—¿Elías es coreano? —insistió Romina.

—No, cielo. Es español y Saem también lo es. Su madre era coreana.

Miradas. Silencio. Resoplidos, cuando Romina, llevándose las manos a la cabeza, balbuceó:

—¿Te estas acostando con el hijo del novio de tu hija?

—Visto así, Romina, suena fatal —intercedió Nuria.

—¡Te estás tirando al hijo de Elías! —voceó Estíbaliz, boquiabierta.

—Así suena peor.

A Alma le molestó todo aquello. Sabía que cuando se conociera la historia, todo el mundo iba a pensar así. Todo el mundo vería a Saem como el hijo del novio de su hija, o a ella como la madre de la novia del padre de Saem. Aquello iba a ser muy complicado de aceptar para muchos.

—Solo os ha faltado decir que como Natalia es su madrastra, yo me estoy tirando a mi nieto.

—Tremendo culebrón —se burló Nuria.

Romina y Estíbaliz, cuyas cabezas habían entrado en ebullición con aquella información, miraban a Alma.

—Creo que la menopausia te está volviendo loca —aventuró Romina.

—¡Pero de remate! —se mostró de acuerdo Estíbaliz.

Alma suspiró. Su cuerpo y su corazón estaban alineados con Saem.

—Lobas, he conocido a un hombre romántico, dulce y caballeroso. Algo que, por cierto —miró a Nuria—, me ha dicho que le enseñó su tío.

A Nuria no le sorprendió esa información. Las veces que había estado con Mario, se había percatado de que era un perfecto caballero.

—Ese que es más básico que el wifi del aeropuerto —prefirió burlarse.

—Por Dios, Nuria, qué manía le tienes al madurito potentón —le recriminó Estíbaliz.

—No lo sabes tú bien —afirmó ella.

—Antes de que la cabeza os termine de volar —prosiguió Alma—, tenéis que saber que ni Saem ni yo sabíamos, cuando nos enrollamos esa noche en la azotea, que su padre y mi hija eran pareja.

Cuando nos conocimos, simplemente éramos él y yo.

Y lo descubrimos el día que nos encontramos en la comida con Natalia y Elías. Ese día...

—Madre mía... madre mía —murmuró Estíbaliz.

—¿Qué dijeron Natalia y Elías?

—No lo saben, Romina.

—¿Cómo que no lo saben?

Con seguridad y consciente de lo complicado que era entender lo que ocurría sin volverse loca, Alma, dándose aire con la mano, respondió.

—Ese día Saem y yo disimulamos, y a nuestra manera decidimos dejarlo.

—Ah, no. Si lo cuentas, cuéntalo bien —la increpó Nuria—.

Alma, en el tiempo que se vio con Saem, le dijo que se llamaba Sara, era viuda y trabajaba como inspectora de policía.

Y cuando el día de la presentación en la comida, Saem descubrió que no solo era la madre de la novia de su padre, sino que lo había engañado, se enfadó y la bloqueó en el teléfono.

Estíbaliz y Romina no daban crédito.

—¡¿Viuda?! —Estíbaliz ya no podía más.

—Sí.

—¡¿Inspectora de policía?!

—Sí.

—De verdad, Alma, que no sé quién eres.

—¿Por qué mentiste? —preguntó Romina.

—A ver, lobas. Cuando tengo sexo con un hombre suelo inventarme mi nombre y mi vida.

No me interesa que sepan que me llamo Alma y tengo mi propio negocio.

Total, solo son polvos de una noche Y creí que Saem lo sería también.

—Dicho esto, Alma miró a Nuria y sonriendo preguntó—: ¿Era necesario contar eso?

—Por supuesto. Así nos pone en contexto.

—¿En contexto de qué? —preguntó Estíbaliz.

—De que si la bloqueó, ¿qué ocurrió para que la desbloqueara? Y si pregunto esto es porque en esa parte de la historia me quedé yo.

Alma asintió. Y viendo cómo sus amigas la miraban prosiguió:

—La noche que Saem me bloqueó, Nuria y yo fuimos a DeLokos, pues tenía que pedirle disculpas por mis mentiras.

Pero discutimos. No aceptó mis disculpas y todo se acabó.

Nos volvimos a ver en la comida que hicieron Elías y Natalia con Carlos, y ese día, con tranquilidad, nos dijimos que lo que ocurrió estaba finiquitado.

—Eso me dijiste.