Capítulo 45
A las nueve de la mañana, Alma se despertó y vio a Saem dormido a su lado abrazándola.
No acostumbraba a dormir pegada a nadie, e inicialmente no se movió.
No quería despertarlo y realmente le gustaba aquella sensación de protección.
Pero cuando los calores de la puñetera menopausia aparecieron, haciendo contorsionismo consiguió liberarse de él.
O se lo quitaba de encima o ella misma combustionaría.
Sin hacer ruido, se levantó de la cama y de puntillas entró en el baño. Sugar entró con ella y cuando cerró la puerta se deshizo en mimos hacia él. Sugar era muy celoso.
Cuando se miró en el espejo del baño, sonrió. Aquella que reflejaba el espejo era ella, con sus ojeras matinales, sus arruguitas y, por supuesto, sus canitas. Como a cualquier mujer, verse bien le gustaba. Intentaba cuidarse, pero irremediablemente el tiempo pasaba y dejaba sus huellas.
Después de lavarse los dientes y peinarse, volvió a mirarse al espejo y sonrió.
Era la primera vez que pasaba la noche entera con un hombre.
Lo que ella practicaba hasta el momento habían sido dos o tres horitas de sexo en un hotel por horas y después cada uno a su vida.
Pero con Saem no había sido así. Lo había invitado a su casa, se habían declarado amor y se había quedado a dormir.
¿Podía ser todo más bonito y romántico?
Salió del baño, con la cabeza llena de preguntas sin respuesta, cogió su teléfono y sus auriculares, y tumbándose en la cama con cuidado junto a Saem, comenzó a escuchar música mientras observaba al guapo hombre que dormía. Que, dicho sea de paso, ¡era un lujo para la vista!
Con sigilo y curiosidad se entretuvo mirando cosas de la cultura coreana y finalmente buscó también la canción de una cantante llamada Hwasa que, según Saem, se había hecho viral y rápidamente la encontró.
Encantada, vio la actuación de ella con el actor coreano en los Blue Dragon y se fijó en la cantidad de vídeos virales de infinidad de personas asiáticas con sus parejas, recreando aquel bailecito.
Con la curiosidad ya satisfecha, Alma se refugió en su música.
Y cuando comenzó a sonar Me enamoré , de Shakira, sonrió.
¿Acaso tenía quince años? Pero sí. Saem la hacía sentirse especial, querida y activa.
Junto a él sentía que el mundo estaba a su favor como nunca lo había estado y mirando al hombre que dormía a su lado sonrió, porque, como decía la canción, estaba enamorada y supo que tenía ante ella a su ¡unicornio!
Estaba pensando en ello cuando él abrió sus ojos rasgados y oscuros.
—Buenos días, ojos bonitos —susurró, tras unos segundos de silencio.
Feliz y contenta por aquel maravilloso despertar que no habían compartido juntos, Alma lo abrazó. La química que tenía con él era algo extraordinario.
—Buenos días —respondió.
En silencio y durante unos segundos estuvieron abrazados; cuando él se dio cuenta de que ella tenía unos auriculares puestos, le quitó uno y se lo puso.
—¿Qué escuchas? —quiso saber.
A toda prisa, y para que él no escuchara lo de «Me enamoré», se quitó los auriculares. ¿Y si al despertar había cambiado de opinión?
—A la mejor —respondió, dejando caer su móvil.
Saem divertido asintió. Sin que mencionara a la cantante, sabía de quién hablaba. Ella sentándose a horcajadas sobre él, se dejó llevar por lo que deseaba en aquel instante y lo besó. Aquel arrebato a Saem le encantó.
En busca del placer y el deseo se dejaron llevar. Besos. Caricias. Sonrisas y miradas cómplices, mientras se hacían el amor con mimo y efusividad. Sugar en la puerta, al ver aquello, se dio la vuelta y se marchó al salón. Estaba claro que su dueña no le iba a hacer caso.
Acabado el pasional momento, acalorados y sudorosos, se quedaron tumbados sobre la cama.
—Te voy a decir algo, pero no te vengas arriba —susurró Alma.
—¿El qué?
—Oficialmente, ¡eres mi unicornio!
—¡¿Qué?! —preguntó sorprendido.
—Eres único y difícil de encontrar —afirmó ella con una sonrisa—. Como los unicornios.
—Vaya... —se mofó él.
—Eres mi primera vez de muchas cosas —prosiguió ella—.
Y si te digo esto es porque, por ejemplo, es la primera vez en mi vida que a las diez de la mañana tengo sexo.
—Sorprendido, Saem la miró y ella aclaró—: Con mi ex ya te dije que no compartía cama, y tras mi divorcio el sexo se ha limitado a alguna tarde noche en el hotelito por horas.
—Me gusta ser tu primera vez —afirmó, encantado.
Un beso. Dos. Y cuando sonó el móvil de Saem porque había recibido un mensaje, inevitablemente miró el reloj.
—Debería ducharme e irme —dijo—. He de pasar por casa para cambiarme de ropa e ir a trabajar. Ayer ya no fui y no me gusta faltar al trabajo.
Aunque deseaba que se quedara en la cama con ella todo el día, Alma lo entendió. Ambos tenían sus vidas y sus obligaciones.
—¡Ve! —lo apresuró, dándole un beso—. Ya sabes dónde está la ducha.
—¿Te duchas conmigo?
—Dame cinco minutos.
Saem se levantó de la cama desnudo, y recogiendo el teléfono móvil de Alma que estaba junto a los auriculares en el suelo, lo posó sobre la cómoda.
—¿Te importa si pongo mi música? —preguntó, señalando su teléfono.
Alma negó con la cabeza y cuando comenzó a sonar la canción de Hwasa, Good Goodbye , ella, levantándose, hizo algo que sorprendió a Saem.
Poniéndose rápidamente la camisa caqui de él, Alma, sin ningún tipo de vergüenza, comenzó a recrear aquel baile tan viralizado ante él, mientras movía las manos al ritmo del estribillo.
—¿Cómo sabes tú esto?
—Porque cuando dormías, cotilleé en la música que te gusta y en YouTube —le explicó.
Riendo y dejándose llevar por el momento, bailotearon aquella pegadiza canción con sensualidad y cuando acabó, Saem, besándola, afirmó:
—Eres increíble.
—Lo sé.
Alma lo miraba riendo cuando comenzó a sonar otra canción.
—¿Quién canta? —quiso saber.
—Kim Jae Hwan, un cantante surcoreano.
—Conozco está canción. No sé cómo se llama. Pero recuerdo haberla escuchado en la serie coreana del capitán Ri.
—La canción se llama Someday .
Alma asintió y Saem sonrió. Saber que ella se interesaba por la música coreana, y veía los doramas que tanto le gustaban a mamá Haneul le hizo gracia; le guiñó un ojo y se dirigió al baño que había en la habitación.
—Te espero en la ducha —le dijo.
Sonriendo como una tonta, Alma escuchaba aquella preciosa canción, cuando oyó que Saem abría el agua de la ducha. Las horas que llevaba con él podía catalogarlas como de las mejores de su vida y dejándose caer en la cama, feliz, se revolcó en ella.
¡Qué maravilla!
Contenta y feliz, miró al techo. Por primera vez en mucho tiempo sentía mariposas en el estómago. ¿Acaso no se merecía ser feliz?
Feliz y con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó de la cama y con mimo olió la camisa caqui de Saem que llevaba puesta. Su olor era puro afrodisiaco, y cuando se dirigía hacia el baño oyó a Sugar corretear por el pasillo y una voz que decía:
—¡Lobaaaaaa, levanta!
—Traemos churrosssss y chocolateeeeee.
—¡Vamos, dormilona!
Incrédula, Alma se quedó paralizada. Las voces que sonaban eran las de sus tres amigas. La madre que las parió. ¿Pero qué hacían allí?
Horrorizada por la pillada, Alma miró hacia el baño. Saem estaba duchándose por lo que cerró la puerta con cuidado. No debían oírle.
Alterada por aquella inesperada visita, se hizo una rápida coleta alta con las manos, y saliendo de su habitación, fue hasta el salón.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó.
—Venir a verte con desayuno incluido —respondió Romina, enseñándole las llaves que le había dado.
Como un autómata, asintió. Pero no. No podían quedarse. Tenían que marcharse antes de que Saem terminara su ducha.
—Lobas. Lo siento —dijo, llevándose la mano a la cabeza—. Pero me duele la cabeza. Mejor hablamos otro día.
Todas la miraron.
—Uiss... modo alarma activado —dijo Nuria, tras masticar un churro—. ¿Qué pasa?
De pronto se originó un silencio en el que casi se podía oír el vuelo de una mosca.
—¿Eso que suena no es la canción de la serie del capitán Ri? —preguntó Estíbaliz.
—¿Desde cuándo escuchas tú música coreana? —se interesó Romina.
Alma parpadeó ante el gesto de ellas cuando, de pronto, oyó a Sugar gruñir e instantes después sus tres amigas abrían descomunalmente los ojos y la boca. Miró hacia atrás y se encontró a Saem empapado y con solo una toalla alrededor de la cintura.
¡Madre mía!
En silencio todos se miraban.
—Hola. Soy Saem —saludó, algo confundido.
—¡Jodidos Masters del Universo! —murmuró Nuria, boquiabierta.
Nadie dijo nada. Nadie se movió. Mientras, Alma comprobaba como Romina y Estíbaliz, desconcertadas, no le quitaban ojo, y Nuria la miraba a ella.
—Mejor vuelvo a la habitación para vestirme —propuso Saem, observando a Sugar que le gruñía.
Alma asintió. Y cuando él desapareció, Romina, impactada, susurró.
—Definitivamente, me voy a Corea. —Desde su posición, Estíbaliz se dio aire con la mano cuando Romina preguntó—: ¿Quién es ese pedazo de dios coreano desnudo y mojado?
Consciente de la gran pillada, y de que guardar el secreto ya era imposible, Alma iba a explicarse, pero Estíbaliz no le dejó.
—Pero ¿desde cuándo te traes a los churris a casa? —quiso saber.
—A ver, chicas...
—¿Saem? —insistió Romina—. ¿Ha dicho que se llama así?
—Sí. Así se llama —afirmó, mientras Nuria se acercaba a Alma.
—Esta camisa caqui que llevas no es tuya —insistió Estíbaliz, que aproximándose a ella le abrió la camisa y, con mofa, cuchicheó—. Mírala... si está desnuda.
Acalorada, Alma cogió un abanico de encima del mueble, justo en el momento en que Nuria le dijo por lo bajini.
—¿Con que tema totalmente finiquitado?
—A ver...
—Ya te vale, ¡mentirosilla!
Romina y Estíbaliz las miraban.
—¿Este es el coreano que comentó Nuria que habías conocido? —preguntó Romina.
Alma asintió.
—Dadme un segundo —dijo, sin mirar a Nuria, pero pensando en Saem—. Ahora vuelvo. Y os juro que os explicaré lo que queráis.
Sin mirar atrás, entró en su habitación. Allí Saem se estaba poniendo los zapatos.
—Son mis amigas. No sabía que iban a venir —se excusó.
—Tranquila. No pasa nada —dijo, levantándose de la cama y sonriendo.
—Sí, pasa. Ellas ya se han enterado y...
—¿Y qué importa si ellas se han enterado?
—Y abrazándola, dijo—: Si son tus amigas, y te quieren, estarán felices si te ven contenta y feliz, ¿no?
—Alma resopló. Saem tenía razón. Todas se alegraban de la felicidad de todas, y durante unos instantes permanecieron abrazados y en silencio.
Alma necesitaba recolocar sus ideas. Saem le pidió con cariño—: Necesito mi camisa para poder marcharme.
Alma se soltó de sus brazos y sin pensárselo se quitó la camisa.
—Qué gran tentación —bromeó él al verla desnuda—, pero creo que no es el momento.
Alma se echó a reír, luego fue al cajón de las bragas y se puso una. Y sin mirar a Saem, o se tiraría a sus brazos, se puso unos leggings y una camiseta.
—¿Quieres que te las presente? —le preguntó.
—Me encantaría.
Alma asintió. Aquello era lo que tocaba. Estaba enamorada. Apostaba por su relación, por eso se lo presentaría, y cuando él se marchara, escucharía lo que ellas tuvieran que decir. Que con seguridad no sería poco.
Ya correctamente vestidos, cogidos de la mano salieron al salón donde, nada más aparecer, Sugar comenzó a gruñir. Eso alertó a las mujeres, que dejaron de cuchichear.
—Vaya. De la manita y todo —se guaseó Nuria.
Alma apretó la mano de Saem y él la suya.
—Lobas, él es Saem —dijo Alma con la boca seca—. Saem, ellas son mis amigas: Romina, Estíbaliz y Nuria.
Saem las miró. A Romina y a Estíbaliz no las conocía. A Nuria, sí. La había visto en el DeLokos, y también el día que fue a visitar a su tío.
—Encantado de conoceros —saludó.
Las tres asintieron. Sonrieron y se acercaron a él para darle dos besos.
—A ti ya te había visto —dijo él, mirando a Nuria—, y te volví a ver el día que visité a mi tío y regaste las plantas de tu terraza, ¿lo recuerdas?
Romina y Estíbaliz la miraron. ¿Nuria había puesto plantas?
—¿Tu tío es el vecino de Nuria? —recordó de pronto Romina.
—Sí. Curiosamente, es el vecino de al lado.
—¿El calvete potentón? —preguntó Estíbaliz.
Saem se rio. ¿Calvete potentón? Seguro que cuando se lo contara a su tío le haría gracia. Alma, para cortar aquello, y temerosa de que indagaran más en el árbol familiar de Saem, anunció:
—Saem se tiene que marchar.
Él asintió, y Romina se acercó a él.
—Toma —le dijo—. Llévate un churrito para el camino.
Saem lo aceptó de buen grado, y tras despedirse de ellas con una sonrisa, se encaminó con Alma hacia la puerta. Una vez allí se miraron, sabiendo que las otras les observaban.
—Esta noche me gustaría verte —dijo Saem bajito.
Alma asintió. Ella también quería. Y él, viendo su receptividad, le dio un beso en los labios.
—Luego hablamos —murmuró.
Acalorada, encantada, y desconcertada por partes iguales, Alma hizo un gesto de asentimiento, y cuando él se marchó, resopló. En su salón tenía a tres fieras esperando explicaciones.