Capítulo 44 #3
—Que nos conozcamos, nos respetemos y amemos solo depende de ti y de mí.
Tengo treinta y nueve años y tú cincuenta y cinco, ¿y qué?
Tanto tú como yo somos personas adultas, sanas, sensatas y con las cabezas muy bien amuebladas.
Y loco estaría si no luchara por ti, porque desde el primer momento en el que te vi bailando con descaro en la pista del DeLokos, mi corazón te reconoció, y ya no ha podido dejar de desbocarse por ti.
Ambos sonrieron por aquello y se besaron de nuevo.
—¿Por qué eres tan romántico...? —susurró ella.
—Porque contigo me nace serlo y, además, porque aprendí del mejor.
—¿De tu padre?
—No. De mi tío Mario. —Alma, hechizada, asintió, y él dijo—: ¿Sabes que mi tío es vecino de tu amiga Nuria?
—Sí. —Y dispuesta a ser sincera, dijo—: Por cierto. Te vi.
—¿Me viste? ¿De qué hablas?
—El día que le cayó agua en la cabeza a tu tío. Yo estaba allí. ¿Y sabes dónde estaba?
—¿Dónde?
—Debajo de la enorme caja de cartón que había en el recibidor.
—¡¿Qué?! —preguntó Saem, divertido.
Alma asintió.
—Cuando miré por la mirilla y vi que tú estabas ahí —explicó—, me puse nerviosa y al ver que Nuria abría la puerta, lo primero que se me ocurrió fue meterme debajo de la caja como si fuera una cría de quince años.
—Saem soltó una risotada. Aquella mujer no paraba de sorprenderlo—.
Menos mal que Nuria no dejó que cogieras la caja.
Si no, me habrías visto y hubiera sido el momento más humillante de mi vida.
Ambos se rieron a carcajadas.
—Por lo que vi —señaló Saem, recordando aquel día—, no se llevan muy bien, mi tío y tu amiga.
—No se soportan. Y, por cierto, ni una palabra de esto a tu tío, como yo no le voy a decir nada a Nuria.
Ambos sonrieron cuando Saem, centrándose en ella, volvió a incidir en el tema de antes.
—Creo que si el destino nos ha hecho encontrarnos en tantas ocasiones es por algo. Tú eres una mujer libre. Yo soy un hombre libre, ¿a quién le hacemos mal?
—Siento vértigo...
—Olvida el vértigo —insistió él con seguridad—.
Somos lo suficientemente maduros como para que nuestras mentes no piensen en quien no deben y nuestros corazones no se desboquen por quien no lo merece.
Y vale, entiendo que la situación de tu hija y mi padre no es la más idónea para nosotros.
Pero tenemos el mismo derecho que ellos a enamorarnos y. ..
—Saem, ¡es una locura!
—Locura sería no besarte. No tocarte. No verte sonreír cuando algo te sorprende y no estar a tu lado cada día para intentar hacerte feliz. —Y viendo cómo lo miraba con cariño infinito, concluyó—: Los coreanos y los españoles son bastante románticos, y yo llevo sangre de los dos.
—¡Saem!
—Mira, Alma. Casi nos perdemos una vez y ahora no quiero que eso suceda. Yo no soy mi padre y simplemente quiero hacerte feliz.
—Me encanta tu vena romántica —no pudo evitar decir Alma.
Saem, aupándola en sus brazos, la llevó a la cama donde la volvió a posar.
—Soy romántico con quien me toca el corazón —dijo, colocándose sobre ella—.
Y tú lo has hecho. —La besó. La besó con deseo, con sensualidad, con delicia, y cuando finalizó, sin apenas separarse de ella, musitó—: La luna llena es sabia.
Y que se cumpliera mi deseo me hace saber que mi corazón llevaba razón.
Alma, conmovida, sonrió. Escuchar cosas tan románticas y sentidas era lo que siempre había querido.
Toda su vida había fantaseado con encontrar a un hombre que la mirara de la manera que Saem lo hacía.
Y sí. Había ocurrido. Y si había ocurrido ¿por qué negarse la oportunidad?
¿Por qué no escuchar a su corazón acelerado?
Y derribando todas las barreras que hasta el momento había puesto, enroscó sus piernas en el cuerpo de él.
—En coreano no sé decirlo, pero te lo digo en español. Yo también me estoy enamorando de ti —afirmó con seguridad.
Oír aquello fue música celestial para él. Aquello era lo que quería. Lo que necesitaba. Sabía que lo que había entre ellos era algo mágico y especial. Algo que merecía la pena, y entonces la besó con todo el cariño del mundo.
—Me gustas mucho —dijo ella.
—Lo sé.
—¡¿Lo sabes?!
—Sí.
Ambos rieron cuando ella con un movimiento rápido se puso sobre él.
—Eres un creído —susurró con sensualidad.
—Lo sé...
Alma le dio un dulce beso que a él le supo a invitación para el siguiente.
—Solo te pido una cosa. De momento hemos de ser discretos.
—¿Por qué?
—Por Natalia y por tu padre. Me angustia pensar en cómo se lo tomarán.
—Por mi padre no te preocupes —declaró—. He respetado sus relaciones, acertadas o no, y él me respetará a mí. ¿Y Natalia qué crees que dirá?
—Imagino que, de entrada, se quedará en shock . Eres el hijo de su pareja.
—Si por mi fuera, se lo diría hoy mismo. Nosotros tenemos el mismo derecho que ellos a enamorarnos y vivir nuestra historia con libertad.
—¿Te has vuelto loco?
—Sí. Por ti.
Le dio un dulce beso en los labios.
—Seamos cautelosos y hagamos las cosas con cabeza —le pidió—. Cuando sea el momento oportuno, se lo contaremos.
Saem asintió. Si ella lo quería así, así sería.