Capítulo 44 #2
—Francisco era cuatro años mayor que yo —explicó, dejándose abrazar—. Y era ¡fantástico! Un chico brillante en todos los sentidos, y yo lo adoraba como sé que él me adoraba a mí.
—¿Qué pasó?
—Se fue a dormir a casa de un amigo; al día siguiente tenían que madrugar mucho porque se marchaban a esquiar. Y esa noche hubo una fuga de gas en la vivienda y los dos murieron.
Saem notó un escalofrío.
—Tuvo que ser terrible. —Le dio un cariñoso beso en la frente.
—Lo fue. Yo tenía dieciocho años. Era una niña. Y de pronto me vi al cargo de unos padres a los que, ante la ausencia de mi hermano, el mundo se les desmoronó y ya nunca nada volvió a ser igual.
—¿A qué te refieres?
Alma, deshaciéndose del abrazo, se sentó en la cama y dijo:
—Me refiero a que perdieron al hijo que querían.
Escuchar aquello a Saem le incomodó. Sabía por su padre que los padres de Alma no eran muy empáticos, pero escucharlo de viva voz hizo que la abrazara.
—No digas tonterías —murmuró.
—No las digo, Saem. Es la realidad. Y si con cincuenta y cinco años que tengo dijera lo contrario, a la primera que me engañaría sería a mí.
—Y mirándolo, añadió—: Llevo toda la vida intentando hacer todo lo que puedo por ellos.
Los cuido. Intento darles caprichos. Ser la hija ideal.
Pero nunca nada de lo que hago está bien y solo recibo comentarios hirientes.
—¿Y por qué lo aceptas?
—Porque son mis padres. Sin más.
Saem acarició su rostro. Estaba claro que la vida no se lo había puesto fácil a Alma ni con el amor fraternal ni con el amor en pareja. Se quedaron los dos en silencio.
—¿Por qué aquella noche en tu restaurante no quisiste bailar la canción que elegí por azar? —preguntó ella de improviso.
Él sabía a qué se refería.
—Porque me prometí hace mucho tiempo que solo bailaría esa canción con la mujer que fuera mi destino. Y no me gusta incumplir mis promesas.
Alma asintió. Estaba claro que él ya imaginaba que ella no era su destino.
—Dime algo en coreano —le pidió, para acabar con aquel extraño momento y hacerlo sonreír.
Saem esbozó una sonrisa. Pensó que Alma era buena cambiando de tema, y sin dudarlo habló en aquel idioma. Ella, curiosa, lo observaba. Sonreía. No entendía nada de lo que decía. Podría estar llamándola gilipollas en coreano, pero sonreía como una tonta.
—He dicho que estos días no te he podido sacar de mi mente, y que gracias a la magia de la luna llena y a que mamá Haneul me obligó a pedirle un deseo, estoy aquí contigo —tradujo.
Apabullada por la multitud de emociones que sentía, Alma no supo qué decir, y él, mirándola a los ojos, susurró en coreano—: Naneun Neoege banhaesseo.
Acabo de decir que, aunque suene precipitado y sea difícil de entender, me estoy enamorando de ti.
Calor, Alma sintió mucho calor que inundó su interior como un tsunami.
—Saem, pero ¿qué dices?
—La verdad. Y como dice la canción de Bruno que tanto nos gusta, si me pides la luna, aprendería a volar para dártela.
La habitación a Alma le comenzó a dar vueltas. ¿En serio le había dicho eso? ¿De verdad estaba viviendo lo que creía estar viviendo?
—Dime algo. ¿Qué han sido para ti estos días?
—Han sido de los mejores de mi vida, aunque sé que no debería verlo así —trató de ser sincera.
—¿Por qué no deberías? —Ella levantó las cejas, y Saem preguntó—: ¿Por lo que hay entre mi padre y tu hija?
—Obvio. Y porque no puedo dejar de preguntarme si esto que nos está ocurriendo es real.
—Muy real, Alma —afirmó él.
Le encantaría oír que lo quería. Que se atreviera a abrirse con él, como él lo había hecho con ella. Pero sabía que cada uno tenía sus tiempos y sobre todo no quería agobiarla.
—Sé que estos días lo hemos evitado, pero querría hablar de tu hija y mi padre.
—Vale —asintió, interesada.
—Aunque ya te lo pregunté, lo vuelvo a hacer. ¿Qué piensas de su relación?
Confundida por el desarrollo de todo aquello, tomó aire.
—No conozco a Elías —respondió—, pero sí a mi hija, y no la veo con un hombre como él. No dudo que se quieran, pero creo que van muy rápido y se van a dar un batacazo.
—Yo también lo creo —afirmó Saem, pensando en lo que ocultaba sobre Verónica. Le había prometido a Natalia no contarle nada, y él era un hombre de palabra.
—Entiendo —prosiguió Alma— que se hayan encontrado en un momento especial de sus vidas y comprendo que ambos estén emocionados.
Pero ¡que se casen! ¡Por favorrrrr! ¿Acaso se han vuelto locos?
A Natalia le gusta salir todas las noches con amigos, viajar de mochilera, ir a locos conciertos que duran días durmiendo en tienda de campaña, realizar deportes de riesgo, y. ..
—A mi padre le horroriza todo eso.
—¿Y qué hace pidiéndole matrimonio a Natalia?
—No lo sé.
—Sé que te voy a preguntar algo muy raro. Incluso algo que no entiendas, pero ¿sabes lo que piensa tu padre de las relaciones abiertas?
A Saem le gustó aquella pregunta tan directa.
—Sé por qué lo preguntas. Él me lo comentó.
—¿Te comentó eso?
—Sí.
—Para Natalia, el amor y el respeto no dependen de la exclusividad, sino de un buen entendimiento entre dos personas y creo que no se va a dar el caso.
Pero si algo he aprendido es a ser cautelosa con mi hija, porque mi opinión, dependiendo de para qué, no la tiene en cuenta porque soy su madre.
Dicho esto, Natalia tiene mi apoyo al cien por cien.
—Saem asintió. Entendía lo que decía. Alma, curiosa, preguntó—: ¿Y tú qué piensas de su relación?
—¿Con sinceridad?
—Por supuesto.
—Que es un error —soltó. Alma se quedó un poco sorprendida por tanta seguridad, y él continuó—: Mi padre es un hombre al que siempre le gusta salirse con la suya.
Ha salido con infinidad de mujeres maleables, y por norma nunca acaba bien con ellas, porque tiende a exigir lo que a él no le gusta que le exijan.
Espero que tu hija sea lista y se dé cuenta más pronto que tarde de que estar con él no le conviene.
Alma asintió. Conocía a Natalia. Su hija sabía manejarse bien en la vida y confiando en ella, dijo:
—Gracias por tu honestidad. Y en cuanto a Natalia, ella es lista, y te aseguro que no es nada maleable.
—Me alegra saberlo —asintió él, sin hablarle de su conversación.
Guardaron silencio unos instantes. No hacía falta hablar para entenderse.
—Que quiere decir «La langosta está al lado del cangrejo» —preguntó Alma, recordando la frase de Haneul.
Saem soltó una risotada.
—¿Se lo oíste a mamá Haneul?
—Sí. Lo dijo el otro día en un momento en el que señaló a tu padre y a mi exmarido.
Riendo a carcajadas, Saem le hizo un cariñito.
—La langosta está al lado del cangrejo significa que una persona se pone al lado de otra que se encuentra en su misma situación —explicó—. Seguro que mamá lo dijo porque tanto mi padre como Carlos son maduritos y sus novias jovencitas.
—¿Qué diría Haneul si nos viera a nosotros?
—Le gustaría.
—¿Por qué?
—Porque Haneul me conoce y sabe que mi corazón no se desboca por cualquiera y sobre todo que yo no soy como mi padre, y que si estoy con una mujer es porque es especial.
—¿Y tu padre qué pensaría?
—Según él, eres una madurita interesante, por lo que imagino que pensará que tengo buen gusto.
Alma sonrió, pero se agobió. ¿Qué le ocurría? ¿Qué hacía preguntando aquello? ¿Por qué Saem le había dicho que la quería? Se levantó de la cama. Saem la siguió y la detuvo cogiéndola de la mano.
—Ehhhh... ¿qué pasa?
Sus cuerpos se juntaron. Se pegaron de pie frente a la cama.
—Saem... ¿Qué estamos haciendo? —preguntó ella.
—Conocernos. Darnos una oportunidad. Enamorarnos.
Aquella palabra a Alma le dio calor. Pero, consciente de que Saem llevaba razón en lo que decía, preguntó:
—¿Y crees que es buena idea?
—¿Acaso enamorarse es malo?
—Pero Saem, ¿no crees que es una locura cuando tu padre y mi hija tienen una relación? Por Dios... es que esto... esto... parece la trama de un culebrón.
Su voz le hizo entender sus miedos. Y semiocultos por la oscuridad de la habitación, él murmuró:
—Si el destino o los Masters del Universo no han parado una y otra vez de juntar nuestras vidas, y cuando estamos juntos sentimos que nuestros corazones laten al unísono, ¿no crees que es por algo?
—Ella no contestó. No podía. El romanticismo que él manejaba y sus propios sentimientos la tenían descolocada.
Él continuó explicando—: Eres preciosa. Divertida.
Inteligente. Me desconciertas y me gustas como nadie me ha gustado nunca.
Sé que conozco solo un diez por ciento de ti, pero mi instinto, y sobre todo mi corazón, me dice que el noventa por ciento que me falta por conocer me va a encantar, porque mereces la pena. Tú mereces la pena.
Alma, acalorada, miró aquel rostro y en especial aquellos ojos que tantos sentimientos le despertaban.
—Tengo cincuenta y cinco años —murmuró.
—¿Y?
—Saem...
—¿Cuál es el problema? —Confundida por todas las cosas que pasaban por su cabeza y su cuerpo sentía, no supo qué responder, y Saem, con su habitual tranquilidad y dulzura, dijo—: Esto solo depende de ti y de mí.
Aquí no entran números, ni edades, ni opiniones externas a nosotros.
El amor es un regalo desinteresado que tú y yo nos regalamos, porque. ..
Alma no lo dejó continuar. Lo besó. Necesitaba besarlo.
El amor que aquel hombre le regalaba era algo nuevo para ella y le gustaba.
Le gustaba mucho, y, olvidándose de sus barreras, decidió aceptarlo.
Quería aceptarlo. Instantes después, cuando el beso finalizó, Saem, viendo la receptividad de ella, musitó: