Ríete de las bodas Capítulo 44
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Capítulo 44

Tras el primer asalto llegó el segundo.

Si el primero fue bueno, el segundo fue ¡superior!

Acabado el segundo, cuando Saem regresó del baño, cogió su teléfono móvil, y buscó en su lista de Spotify música.

—¿Qué has puesto? —preguntó Alma, al oír los primeros acordes.

—Whee In cantando With My Tears —contestó al tiempo que la abrazaba—. Se puede decir que Whee In me gusta tanto como a ti Shakira.

En silencio escucharon la canción, y Alma, conmovida por la melodía, aventuró:

—No entiendo nada, pero imagino que es una canción romántica.

—Lo es.

—¿Y no me vas a decir de qué habla?

Saem sonrió.

—Prefiero besarte —murmuró, acercando su boca a la de ella.

Sorprendida por el romanticismo que él le mostraba en todo momento, Alma lo besó. Aquello que estaba viviendo era una locura, pero sin duda lo quería vivir.

Acalorados por el intenso momento y solo iluminados por la reluciente luz de la luna que se colaba a través de la cristalera de la terraza, tras varios besos y preciosas demostraciones de afecto, Alma, al notar que la mano de Saem le acariciaba la cabeza, murmuró:

—Me gusta.

—¿Las cosquillitas en la cabeza?

—Sí. —De fondo continuaba sonando música coreana y reconoció—: Es la primera vez que me las hacen. —Saem se extrañó. Aquel gesto era algo muy simple e íntimo entre dos personas en la cama, pero no quiso ser indiscreto. Ella prosiguió—: He de confesarte una cosa.

—Tú dirás.

—¿Recuerdas cuando nos vimos en la gasolinera y te prometí que si nos volvíamos a ver te invitaría a cenar?

—Sí.

—Nos volvimos a ver en dos ocasiones, pero no te dije nada. —Saem la miró sorprendido, y ella le explicó—. La primera vez fue en la tienda de Loewe.

—Ahí nos vimos.

—Me refiero a otro día. —Él puso gesto de sorpresa, y ella comentó—: Fui con Nuria a comprar un bolso. Al entrar vi que estabas con dos chicas de compras, por lo que me escondí en el almacén.

—¡¿Qué?!

—Penoso, lo sé —afirmó ella, al verlo sonreír, y añadió—: Y la segunda fue en una fiesta de disfraces que dio mi antiguo colegio a los alumnos de mi promoción. Tú estabas allí, te encargaste del catering , y yo... yo iba vestida de hippie e incluso me preguntaste si nos conocíamos de algo.

—¿Fuiste la de «paz y amor, colega»? —preguntó, recordándolo.

—La misma. —Él la miró con cara de pasmo, ella continuó—: Incumplí mi promesa y por eso te lo quería decir.

Es una tontería, pero quería ser del todo sincera contigo.

—Saem asintió. Enfadarse por algo ya pasado, cuando ahora estaban ahí era una tontería, así que él decidió callar, hasta que ella, algo inquieta por el silencio, dijo—: La luna, aunque no está llena, es preciosa.

Viendo como ella lo buscaba con la mirada, supo lo culpable que se sentía por lo que le había contado.

—¿Sabes que la luna llena es mágica? —le preguntó, con una gran sonrisa. Alma sonrió. Era lo mismo que le había dicho Haneul. Saem, tras darle un dulce beso en la frente, la abrazó con mimo y le dijo—: Primero mi abuela y luego mis madres...

—¿Tus madres?

—Mamá me dio la vida y me cuidó y mamá Haneul me sigue cuidando —explicó—.

La vida me ha dado dos madres. —Alma comprendió.

Que tuviera aquel sentimiento tan bonito hacia aquella encantadora mujer que había conocido le pareció precioso; él prosiguió—: Ellas siempre dicen que cuando la luna está llena es cuando hay que pedirle deseos, porque está cargada de magia.

—¿Y pides deseos?

—Sí.

—¿En serio?

—El sábado pasado lo hice. Mamá Haneul me lo pidió. —Alma recordó que aquella mujer había hecho lo mismo con ella. Él, rozando sus labios con los de ella, musitó—: ¿Y sabes cuál fue mi deseo?

—¿Cuál?

—Volverte a besar.

Oír aquello tan íntimo, tan romántico y cautivador, a Alma le erizó el vello de todo el cuerpo. ¿De verdad aquel hombre le había dicho eso?

—¿En serio? —preguntó, algo descolocada.

—Y como ves, la luna me lo concedió —afirmó él con seguridad.

Alma estaba hechizada por sus palabras. ¿En serio la vida le estaba regalando aquellos momentos románticos con semejante hombre?

Él se separó un poco y continuó hablando—: Según ellas, son tantos los deseos que pedimos los humanos que la luna se desinfla y tarda toda una fase lunar en llenarse para volver a tener su magia.

—¡Qué bonito!

—Lo es.

—¿Es alguna creencia de Corea?

Saem sonriendo negó con la cabeza y la abrazó de nuevo con mimo.

—Es algo de ellas que siempre vivirá en mí —contestó.

Su voz. Su mirada. Su manera de besarla o abrazarla. Todo aquello para Alma era nuevo. Aquella complicidad que sentía con Saem no la había tenido con nadie. Y sorprendida por vivir un momento tal dulce, metiendo los dedos en su cabello oscuro, preguntó:

—¿Viviste mucho tiempo en Corea?

—Nací en Madrid, porque mis padres, después de casarse en Seúl, se trasladaron, pero a los dos años los tres regresamos a Seúl.

La abuela enfermó y nos necesitaba. Papá trabajaba en un banco hispano-asiático, por lo que él viajaba constantemente, y yo, aunque me crie en Seúl, viajé en muchas ocasiones con él a España para ver a mis abuelos y a mi tío Mario.

Pero, a los dieciséis años, mamá murió. Mi abuela también había muerto y mi padre decidió que regresáramos a España.

Por lo que viví en Seúl los primeros dieciséis años de mi vida.

—Hablas muy bien español.

—Mi padre siempre me habló en español y fui a un colegio internacional.

Para él era importante que yo hablará su idioma.

Algo que le agradezco, pues cuando nos trasladamos a España definitivamente, me facilitó mucho la vida.

Con mamá hablaba en coreano y entre ellos se entendían en inglés, pues mi padre nunca se manejó bien en coreano.

—¿Hablas tres idiomas?

Saem hizo un gesto afirmativo.

—Yo hablo español y en inglés me defiendo —dijo Alma—. El coreano tiene que ser dificilísimo.

—Yo te enseñaré, si quieres.

Se rieron los dos.

—¿Qué recuerdas de Seúl? —quiso saber Alma.

—El kimchi y la cocina de mamá cuando trabajaban en el restaurante.

Las siluetas de las montañas como si fueran dragones dormidos sobre la ciudad.

La bonita casa donde vivíamos en el barrio de Ihwa-dong, que tenía unos escalones por los que me caía continuamente.

—Ambos rieron—. El colegio al que asistí y donde conocí a mi gran amiga Ji Woo, que ahora trabaja conmigo en el restaurante.

Los buenos amigos que dejé y que cuando visito Seúl me siguen recibiendo con cariño.

Y el bullicio que hay a lo largo del increíble río Han.

Todo eso está en mi mente y en mi corazón.

—El otro día me comentaste que sueles viajar a Seúl.

—Todos los años me gusta perderme un mes por allí para visitar a familiares y amigos. Disfrutar de lo conocido y descubrir lugares nuevos es algo que me llena el alma y el corazón y que me hace seguir conectado con mis raíces coreanas.

—Muy coreano tú en el sexo no eres. Pues si algo he comprobado en las series que veo es que no sois de mucho besar, ni tocar, y mucho menos tener sexo así como así.

—Es que en eso soy muy español.

—¡No tienes tu morro ni nada!

Volvieron a reírse.

—Al criarme en España el tema sexo no lo veo como se considera en Corea —explicó—.

Me gusta besar, abrazar, mostrar mi afecto y tener sexo si la ocasión lo merece.

—Y bajando la voz, cuchicheó—: Esto último mi madre, que era muy coreana, me lo reprocharía.

—Alma sonrió. Aquello le resultaba gracioso, y él añadió—: ¿Sabes que tienes un bonito lunar en tu rostro?

—Haneul lo comentó también el otro día. Me dijo que tener un lugar cerca de la boca da suerte.

—Hay muchas cosas de la cultura coreana que están en mí —expuso—, pero no todas. Cuando voy allí me siento como en casa y noto cómo mi corazón está más cerca de mi madre y más cuando la honro y visito.

—¿Vas al cementerio?

—No. Las cenizas de mamá están junto a su árbol preferido en Uiwang, el pueblo donde se crio. Ella quería ser enterrada allí junto a la abuela, y cuando murió, cumplí mi promesa, y allí la enterré.

Aquello le llamó la atención a Alma.

—¿No tenías dieciséis años cuando murió tu madre?

—Sí.

—Y por qué dices que cumpliste la promesa de enterrar a tu madre. ¿Acaso tu padre no tuvo nada que ver?

Saem movió la cabeza.

—La promesa a mamá se la hice yo —respondió, intentando ser prudente—, aunque, lógicamente, por mi edad mi padre lo pagó todo.

—Tu madre debió de ser una gran mujer y madre.

—Lo fue —afirmó Saem con seguridad—. Mamá era una mujer que prefería disfrutar de los abrazos, los momentos irrepetibles o las bonitas conversaciones, antes que de un cochazo o un precioso collar.

Eso para ella eran accesorios de la vida.

El amor no. —Alma no podía estar más de acuerdo—.

Mi madre deseó una familia numerosa, ya que ella era hija única, pero mi padre, al tenerme a mí y ser varón, decidió que ya no quería más hijos, y mamá lo aceptó.

—¿Y qué me dices de tu padre?

A Saem se le ensombreció el semblante.

—Nuestra relación es comedida. Sin más. —Aquella frialdad al hablar de su padre a Alma la dejó pensativa; él preguntó—: ¿Y tú por qué no tuviste más hijos?

—Porque no tenía relaciones sexuales con el que fue mi marido.

—¡¿Qué?!

—Mi matrimonio fue una farsa. Nos casamos obligados porque yo estaba embarazada de Natalia.

Entre nosotros nunca hubo complicidad ni cariño, aunque inicialmente yo estuve muy enamorada de él.

Pero él nunca lo estuvo de mí. Compartíamos casa, pero ni hija ni cama.

El tiempo pasó, y cuando me desenamoré y me vi fuerte para enfrentarme a mis padres y poder sacar yo sola a Natalia adelante, tomé la decisión, y tras decírselo a Carlos, nos divorciamos.

Fue complicado con mis padres. Ellos no me lo pusieron fácil.

Pero divorciarme ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.

—¿Tienes hermanos? —preguntó él.

—Tuve uno. Pero murió.

—Lo siento...

Alma suspiró.