Ríete de las bodas Capítulo 43
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Capítulo 43

El domingo Alma y Saem no se vieron, pero como se habían desbloqueado hablaron todo el tiempo que pudieron por teléfono. Incluso cuando él trabajaba en el restaurante. De pronto la comunicación entre ellos se había convertido en una necesidad imperiosa.

El lunes hablaron y se wasapearon, y Alma se acaloró y sonrió al recibir un precioso ramo de rosas blancas en la oficina con una notita que ponía: «Me gustas mucho.

.. mucho... mucho». Como firma solo ponía una «S».

Por suerte, ese día Nuria llamó para decir que no iba a la oficina, por lo que no pudo verlo.

El martes, como el restaurante estaba cerrado, quedaron cuando ella salió de la tienda y la llevó a tomar una copa con sus amigos.

¿Por qué no? Ellos la recibieron con agrado, pero a Alma no se le escapó la curiosidad con que la observaban.

Estaba claro que pensaban lo de la diferencia de edad.

Tras unas copas, Saem y Alma fueron a Mesa Trece y él volvió a cocinar para ella y, por supuesto, terminaron en el sofá del despacho haciendo el amor.

El miércoles fue ella quien le envío a él al restaurante un precioso ramo de rosas con una notita en la que ponía; «Gustarte es mi deporte favorito, y siempre voy a por mi récord personal. Y, por cierto, también me gustas mucho... mucho... mucho».

El jueves, Alma se quedó hasta tarde en la oficina trabajando para hacer tiempo, y ya tarde fue al restaurante a buscarlo, donde disfrutaron a solas de un rato agradable.

El viernes, la noche de lobas por excelencia, Alma quedó con sus amigas para cenar. Con fingido disimulo leía los mensajes que Saem le enviaba. Leerlos la acaloraba, y cuando iba al baño, le respondía como una quinceañera. No quería que nadie se enterara.

El sábado por la mañana quedaron en el parque del Retiro para verse, y ya no se pudieron separar. Saem llamó al restaurante y avisó de que no iría. Era el jefe y podía permitírselo.

Deambularon por Madrid, y por la noche entraron a cenar en un bonito restaurante.

Mientras Saem ocupaba la mesa, Alma fue al baño.

Se miró en el espejo. Estaba despeinada, pero le dio igual.

Estaba feliz. Se lavó las manos y luego se dirigió hacia la mesa cuando de pronto vio a Saem de pie con una pareja.

Los identificó rápidamente, eran Elvira y su marido.

Los amigos de Elías. Y medio escondida tras una columna observó cómo aquella mujer, una vez más, se comía a Saem con la mirada y se humedecía los labios para hablarle. Eso le molestó.

Estaba pensando qué hacer cuando vio que ellos se marchaban del restaurante y entonces se acercó a Saem.

—¿Crees que me han visto? —le preguntó.

—No. Y si te han visto no pasa nada —respondió, sonriente.

—Sí que pasa. Claro que pasa —afirmó ella con convicción.

Saem no contestó. Su vida privada era solo suya, y lo que pensaran los demás le daba igual. Y, al ver que Alma ocupaba su silla, él se sentó, pero fue testigo de la inseguridad de ella, que no paraba de mirar hacia los lados.

Acabada la cena, Saem propuso ir a un bonito sitio a tomar algo, pero ella se negó. No podía salir tan abiertamente con él. Habían estado a punto de pillarlos, y deseosa de continuar la noche juntos, le propuso ir a su casa. Saem se sorprendió, pero sin dudarlo aceptó.

Les llevó poco tiempo llegar a la casa de Alma en Boadilla del Monte. No había nada de tráfico y la música de Shakira, como ella había pedido, fue sonando todo el rato.

—Mira que te gusta Shakira —comentó él cuando bajaron del coche y se dirigían a la entrada de la casa.

—Es la mejor —rio Alma—. De hecho, mis amigas y yo somos de su clan «las lobas» y nuestras hijas «las lobeznas».

—¿Lo dices en serio? —preguntó divertido.

—¡Y tan en serio!

Al entrar en el ático y cerrar la puerta, sin encender las luces, se besaron. La pasión y el deseo que sentían el uno por el otro era pura urgencia. Saem oyó un gruñido.

—¿Qué es eso? —preguntó, dejando de besarla.

Alma, al entender lo que ocurría, rápidamente encendió la luz. Todo se iluminó a su alrededor y sonrió al ver a su perro con gesto fiero mirando a Saem.

—Es Sugar. Mi perro.

Aquel pequeñajo que le enseñaba los dientes era diminuto.

—Hola, Sugar, ¿qué tal? —lo saludó Saem.

El perrito, que era muy protector con Alma, volvió a gruñirle. Incluso le lanzó varios mordiscos al aire, y Alma lo cogió en brazos.

—Sugar, basta. No seas gruñón —le regañó.

—Menudo defensor tienes —dijo Seam, divertido.

—Es gruñoncete por naturaleza —explicó, sabiendo cómo era con los extraños, y cogiendo la mano de Saem se dirigió hacia el salón—. Le daremos unos minutos para que se tranquilice.

Divertidos y sin soltarse de la mano, entraron en un gran salón en tonos claros, bonito y elegante. Sin embargo, cuando se sentaron en el sofá, el perro seguía enseñándole los dientes.

—Creo que va a necesitar más que unos minutos —advirtió él.

Alma sonrió y sentándose sobre Saem, lo comenzó a besar. Aquel primer beso los llevó al siguiente y...

—¡Auggg! —exclamó Saem, encogiéndose.

—¿Qué ocurre?

—No quiero ser quejica, pero tu perro me acaba de dar un toque en el costado.

Horrorizada por aquello, Alma vio que Saem tenía enrojecida la zona. Estaba claro que su perro le había dado un toquecito con los dientes.

—Pero bueno, Sugar. ¿Cómo eres tan maleducado? —le reprochó, mirándolo.

Saem, al ver cómo el perro bajaba las orejas, sonrió. Alma se levantó.

—Castigado a tu camita, ¡ya! —le ordenó con seriedad.

El animalito se bajó del sofá y, sorprendentemente, se tumbó en una pequeña cama para perros, y Alma le dijo—: No se te ocurra moverte de ahí hasta que yo te lo diga, ¿entendido?

—Acto seguido, miró a Saem, y tomándole de la mano, indicó—: Ven conmigo.

—Cualquiera te dice que no —se mofó él.

Alma lo condujo hasta la habitación. Era espaciosa y tan elegante como el salón.

—¿No se va a mover de donde está? —preguntó, sorprendido de que el perro no los siguiera.

—No.

—¿Lo dices en serio?

—Y tan en serio. No soy inspectora de policía, pero tengo el carné oficial de la escuela de madres y sé cómo he de hablar para que me obedezca. —Boquiabierto, porque en su caso su perra ya estaría en la cama retozando, iba a hablar cuando Alma preguntó—: ¿Te quedan preservativos en la cartera?

Saem asintió. Se sacó la cartera. De ella extrajo un par de preservativos que tiró sobre la cama y Alma lo besó con deseo y él simplemente se centró en ella. En Alma.

Besos. Caricias. Ropa volando por los aires hasta que cayeron en la cama, y Alma, tras pasear la mano por el cuerpo de Saem, la metió dentro de su bóxer oscuro y agarró su dura y suave erección.

—Esto me gusta —susurró.

Saem vibró y jadeó. La impulsividad de Alma en cuanto al sexo lo estaba volviendo loco, y de un tirón, rompió el tanga que ella llevaba.

—Esto sí que me gusta a mí —murmuró.

Aquel momento. Aquel hombre. Aquella rotura de bragas.

Todo ello unido hizo que Alma jadeara de éxtasis y enloquecida por el momento se sentó sobre él sin dejar de besar su cuello.

Sinuosa y mirando aquellos ojos oscuros y rasgados que tanto le gustaban, comenzó a moverse.

Su cuerpo se ondulaba ligeramente sobre él.

—Me vuelves loco... —murmuró Saem.

Alma sonrió. Aquello que él decía era lo mismo que ella sentía. Necesitada de más lo liberó de su peso y le pidió.

—El preservativo.

No hizo falta decir más. Rápidamente, cogió uno de los preservativos que había sobre la cama, rompió el envoltorio y una vez que se quitó el bóxer, se lo colocó.

Acto seguido, asió a Alma y tras tumbarla boca arriba, cogió con sus manos las muñecas de ella, la besó y colocando su dura erección en la húmeda vagina de ella, se metió.

Calidez. Fuego. Placer. Exaltación. Todo ello sumado provocó que aflorara su lado más primitivo, más salvaje. Y mirándose a los ojos tuvieron un buen rato de locura y pasión hasta que el clímax les llegó, y, felices mirando el techo, jadearon.