Capítulo 42 #2
—Esta es la zona de los probadores —siguió Alma con el tour .
Ella entró en uno de aquellos probadores rodeado de espejos y seda.
Tenía que centrarse o lo besaría. Y, sonriendo, se subió a un redondo pedestal que había en el centro del probador y comentó—: Aquí es donde comienza la magia para mis clientas.
Viven la experiencia de probarse los vestidos de novia y realizamos las pruebas hasta conseguir que el vestido les quede perfecto.
Saem se acercó hasta ella. Aquella mujer lo tenía loco.
—No puedo más. Te voy a besar —susurró.
El deseo era mutuo y Saem, acercándose más al redondo pedestal, sin perder un segundo más, pasó sus manos por la cintura de ella y, atrayéndola hacia él, la besó.
Aquel beso tan deseado fue el pistoletazo de salida para dejarse llevar.
Sin necesidad de hablar, se desnudaron, y en aquel probador rodeado de espejos se hicieron con deseo el amor.
Acabado aquel momento en el que los dos se quedaron apoyados contra los espejos, él, al verla sonreír, preguntó:
—¿Puedo saber el motivo de tu sonrisa?
—Nunca pensé que yo haría una cosa tan loca en la tienda —reconoció, poniéndose las bragas.
—¿Primera vez?
Con seguridad, ella asintió, y pensando en el restaurante de Saem, donde habían tenido sexo en el sofá de su despacho, cuchicheó:
—Sí. Primera vez. Mi negocio no es mi picadero.
Saem se rio y captó que se refería al sofá cama marrón que había en su despacho.
—Qué mal suena dicho así —reconoció.
Entre risas, los dos se vistieron y subieron al primer piso. Allí, Alma terminó de enseñarle la pequeña oficina y cuando la visita se acabó, antes de salir volvió a conectar la alarma.
—Y esto es mi vida, mi sueño y mi negocio —dijo tras cerrar la puerta.
Caminaron silenciosos hacia el coche de él.
—Voy a coger un taxi —dijo Alma, deteniéndose.
—¿No quieres que te lleve a tu casa?
Alma se lo pensó. Dudó.
—No —respondió al fin. Se miraron—. ¿Por qué me miras así? —dijo ella, nerviosa
—¿¡Cómo!?
—Así. Como lo haces.
Saem sonrió. No era la primera vez que le decía algo con respecto a su mirada asiática.
—No sé mirar de otra forma —admitió, apoyándose en su coche.
—Siento todo lo que pasó entre nosotros. No lo hice bien —necesitaba decírselo.
—Yo tampoco lo gestioné bien. Te pido mis disculpas.
—Y también siento el numerito en el DeLokos.
—El numerito lo organizamos los dos. No solo tú. —Ambos sonrieron. Estaba claro que los dos buscaban un entendimiento; Saem preguntó—: ¿Qué tal si volvemos a empezar? Pero esta vez con normalidad y con permiso para saber el uno del otro.
Alma hizo un gesto de consentimiento.
—Soy Alma. Divorciada. Una hija. Cincuenta y cinco años, y trabajo diseñando vestidos de novia en mi propia empresa llamada Diva y Radiante —enumeró, tendiéndole la mano.
—Bonito nombre para tu empresa.
—Lo sé.
—Y qué buena tu edad.
—Lo sé también.
—Es en lo único en lo que no mentiste.
Divertidos por aquel comentario sonrieron. Entonces le tocó el turno a él.
—Encantado, Alma. Soy Saem. Soltero. Treinta y nueve años. No tengo hijos. Soy chef en mi propio restaurante llamado Mesa Trece, y socio con mi tío Mario en el local DeLokos.
—Encantada, Saem. —Y se miraron con complicidad—. ¿En serio que tu única relación es con tu perra Freya? —Alma no pudo evitar la pregunta.
Saem asintió. Que se acordara de su nombre le gustó.
—Así es. —Él también sentía curiosidad por una cosa—: ¿Quién es Ricardo y porque te llama Caramelito? —Un gesto de sorpresa apareció en el rostro de Alma; él se apresuró a aclarar—: Natalia dijo que él te llamaba así.
—Ricardo es un vecino. Un amigo con el que me llevo muy bien, divorciado como yo y con quien tengo sexo cuando a ambos nos apetece. Y sí, me llama Caramelito. Pero el porqué es algo solo entre él y yo.
Saem asintió y se dio cuenta de que había sido indiscreto y que ambos tenían un pasado.
—Tienes los ojos verdes más espectaculares que he visto en mi vida —susurró.
—Los tuyos también son muy bonitos.
—No deberías ocultarlos tras las lentillas de colores.
—Me gustan las lentillas de colores.
—Entonces, si te gustan, no hay más que hablar.
Alma sonrió. Saem también. Si habían llegado a aquel punto, estaba claro que era por la atracción que sentían el uno por el otro. Alma, dejándose llevar por su impulsividad, lo besó.
Un beso lento. Otro caliente. Y antes del tercero, Alma se separó unos milímetros para poder mirarlo.
—Se me va a salir el corazón del pecho —admitió.
—¿Atacan los calores de la menopausia?
A Alma le hizo gracia aquel comentario.
—Cada vez que te veo o pienso en ti, el corazón se me acelera como si estuviera corriendo una maratón —explicó—. Y, no, no es la menopausia. Eres tú quien origina que mi corazón se desboque como si tuviera quince años.
¿En serio? A Saem se le aceleró también su corazón.
—Saber que tu corazón se desboca tanto como el mío me hace pensar que esto no es casualidad, sino cosa del destino —aventuró.
—¿Crees en el destino?
—Sí. ¿Tú no?
—Yo creo en los ¡Masters del Universo! —exclamó con una gran sonrisa—. Mira, te voy a contar una cosa graciosa que si no me hubiera pasado a mí no la creería.
—Cuéntame...
—La noche en que te conocí, estuve cenando con unas amigas. En la conversación salisteis los hombres asiáticos y yo, bromeando, les pedí a todos los Masters del Universo conocer a un asiático potentón. Y esa noche te conocí a ti.
—Vaya... —murmuró él.
—Vaya... —repitió ella, divertida.
—Mi madre —sonrió él, dándole un dulce beso en los labios— decía que el destino no avisa, simplemente entrelaza los caminos cuando llega el momento exacto.
Porque cuando dos almas están destinadas a encontrarse, nada puede detener su encuentro.
Y está claro que el destino o los Masters del Universo nos han entrelazado.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó ella, hechizada por sus románticas palabras y con el vello de todo el cuerpo erizado.
—Besarnos.
—¿Por qué?
—Porque el destino y los Masters del Universo así lo han querido.
Acalorada, Alma asintió y cuando vio que aparecía un taxi, levantó la mano y lo paró. Saem, sin entenderla, parpadeó. Ella le dio un beso en los labios.
—Si el destino y los Masters del Universo nos han traído hasta aquí —murmuró Alma—, lo acepto. Pero ahora yo necesito mi espacio para procesar lo que estoy haciendo. Dicho esto, me encantará que me llames mañana.
—No dudes de que te llamaré.
Segundos después, ella, con una sonrisa, se montó en el taxi, y cuando este se alejó Saem sonrió. No iba a desperdiciar esa nueva oportunidad.