Ríete de las bodas Capítulo 42
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Capítulo 42

Alma caminaba por la calle de la urbanización con la cabeza embotada con la pedida de Natalia y, abriendo su teléfono, fue a mandar un wasap a sus amigas, pero se contuvo. Si lo hacía, la llamarían. Querrían hablar del tema. Y la verdad, primero tenía que digerirlo para poder comentarlo.

Encendiéndose un cigarrillo, se sentó en el banco de la parada del autobús y buscó en su teléfono la aplicación para pedir un taxi.

En eso estaba cuando oyó el sonido de un vehículo acercarse y parar.

Segundos después, oyó una puerta cerrarse y unos pasos que se acercaban.

Sin levantar la vista del móvil se tensó.

Era la una de la madrugada. No había gente en la calle, pero, dispuesta a defenderse, se levantó de golpe y sacando una muestra de colonia extendió su mano con ella.

—Llevo gas pimienta y soy cinturón negro de kárate, ¡no te acerques más! —gritó. Saem se detuvo, y Alma, viendo que era él, exclamó—: Joder, ¡qué susto me has dado!

—No lo pretendía.

—¡Pues lo has hecho!

Inconscientemente, Saem sonrió y Alma al ver su sonrisa lo imitó.

—¿Eres cinturón negro de kárate? —quiso saber él.

—No. Pero ¿a que ha quedado muy convincente?

Ambos volvieron a reír.

—Lo siento. No pretendía asustarte —se disculpó.

Alma movió la cabeza con gracia. Antes de guardarla en el bolso, le enseñó la muestra de colonia con la que lo había intimidado.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Aquella simple pregunta a Alma le erizó todo el vello del cuerpo.

—¿Por qué siempre me preguntas eso?

—Porque me preocupo por ti.

Conmovida, Alma asintió, y volvió a notar esos extraños nervios que le entraban siempre que lo tenía cerca.

—Agradezco tu preocupación, pero estoy bien. Ahora, vete. Estaba pidiendo un taxi.

—Te puedo llevar donde necesites.

—No, gracias.

—El taxi tardará en llegar.

—Lo sé, ¡adiós!

Saem tomó aire. Nunca le habían gustado los conflictos. Odiaba discutir.

—Si has quedado con Ricardo —soltó, incapaz de callar—, ¿por qué no te ha venido a buscar?

Sorprendida, Alma parpadeó. Estaba claro que su hija les había soltado aquella excusa.

—Porque soy una mujer independiente que sabe llegar a los sitios sola.

A Saem le agradó aquella respuesta, e incapaz de marcharse sin ella, volvió a la carga:

—Por aquí a estas horas no pasa gente. No seas cabezota.

—No seas cabezota tú.

Alma se volvió a sentar en el banco de la parada del autobús. La sonrisa de Saem y su mirada la desarmaban. Él, acercándose, la cogió de la mano y tiró de ella para levantarla.

—No voy a dejarte aquí sola —insistió, molesto—. Por lo tanto, te vienes conmigo y me da igual cómo te pongas. Dime adónde he de llevarte para que te reúnas con... Ricardo.

Boquiabierta, fue a protestar, pero no pudo. La realidad era que estar en su compañía era lo que deseaba. Su corazón se lo gritaba.

—Es mentira —admitió.

—¿El qué es mentira?

—Que he quedado con Ricardo. —Saem se alegró e iba a decir algo cuando ella aclaró—: Lo sé. Debes de pensar que soy la mayor mentirosa del mundo. Pero es que los amigos de tu padre estaban muy pesaditos e inventé...

—Lo que te gusta a ti inventar —se mofó él. Se rieron—. ¿Entonces no tienes una cita con Ricardo?

—No.

—¿Te tomas algo conmigo?

La respuesta era sí, pero le salió lo contrario.

—No.

—¿Por qué?

—¿Por qué habría de tomármelo?

—Porque somos adultos y porque te mueres por hacerlo.

—¿Que me muero por hacerlo? —replicó, incrédula.

Saem asintió con seguridad.

—Que vaya por delante que yo lo deseo más que tú —puntualizó él, mientras ella se sentaba en el coche.

Saem cerró la puerta y con una seguridad que a Alma la dejaba atontada rodeó el vehículo.

Alma lo observaba y se preguntaba: ¿qué estaba haciendo? ¿Qué hacía tonteando otra vez con el hijo del novio de su hija?

Cuando el vehículo se puso en marcha, ambos guardaron silencio. Por los altavoces sonaba una canción que a Alma se le antojó pegadiza.

—¿Quién canta? —se interesó.

—Hwasa. —¡¿Hwasa?! Era la primera vez que ella oía aquel nombre; Saem explicó—: Es una cantante surcoreana muy popular y la canción se llama Good Goodbye .

Que, por cierto, la canción se ha hecho viral en las redes sociales por su bailecito y movimiento de manos.

Y, bueno, también porque protagonizó el videoclip con el actor Park Jung-Min y tuvieron una aparición estelar en los Blue Dragons Film.

Alma asintió. No sabía quiénes eran ni la cantante ni el actor, pero no dijo nada. ¿Para qué? Ya lo buscaría más tarde y lo vería.

En silencio escucharon la animada canción coreana.

—¿De qué habla la canción? —quiso saber ella, que no entendía nada.

—Habla sobre la ruptura y el saber decir adiós con elegancia.

Alma asintió y al sentir la mirada de él, con disimulo indicó:

—Bonita luna.

—Es perfecta —afirmó Saem.

De nuevo el silencio se instaló entre ellos. Él, sin querer que esa incomodidad causara mella en ella, cambió de tema.

—¿Diseñadora de vestidos de novia?

—Sí. —Y mirándole, añadió—: Diseñadora. Patronista. Costurera. Vendedora. Digamos que hago de todo un poco en mi tienda. Como hace Nuria. Mi socia.

—¿Y es grande vuestra tienda? —se interesó.

—Doscientos cincuenta metros. Aunque fue un espacio grande en su momento, hoy en día se nos ha quedado pequeño y estamos pensando en ampliarlo.

—Eso es que el negocio va bien.

—No nos podemos quejar —reconoció Alma—. La gente sigue creyendo en el amor y sigue casándose.

—¿Tú no crees en el amor y en el matrimonio?

—Tras mi experiencia, no —respondió Alma—. ¿Y tú?

—Creo en el amor, aunque lo que he vivido dudo que se pueda llamar así —contestó él sin dudar—. Y también creo que cuando encuentre a mi persona especial, querré casarme con ella y compartir mi vida.

—Eres un romántico —se burló, aunque ciertamente sorprendida.

Los dos se rieron.

—Las mujeres, el día de la boda, con esos bonitos vestidos, parecéis auténticas princesas.

—Princesas lo somos todos los días.

—Por supuesto... Pero lo decía porque no soléis vestir cada día con...

—Tranquilo. Entiendo lo que quieres decir.

Saem paró en un semáforo y la miró. Tenerla sentada junto a él estaba siendo lo mejor desde hacía tiempo.

—¿Me enseñarías dónde está tu tienda? —le pidió, deseoso de que aquel momento durara.

Alma lo miró asombrada, y al encontrarse con aquella inquietante mirada que tanto había añorado, afirmó:

—Claro que sí.

Sonriendo, Saem siguió las instrucciones que ella le daba para llegar a Diva y Radiante. Se detuvieron en la puerta.

—¿Quieres conocerla por dentro? —preguntó Alma, nerviosa.

—Me encantaría.

—Este es el local que queremos comprar Nuria y yo para ampliar nuestro negocio.

—Señaló la enorme cristalera del local que hacía esquina, y con los ojos emocionados prosiguió—: Es cincuenta metros más pequeño que el que tenemos.

Pero unir esos doscientos metros a los doscientos cincuenta del nuestro sería algo impresionante para nosotras, pues podríamos ampliar espacio, y, ufff.

.., solo de pensarlo se me pone la piel de gallina.

Mientras le contaba aquello, Saem vio la ilusión en su rostro.

—¿Es tu sueño? —preguntó.

—¡Es mi gran sueño! Y por él ¡mato!

Saem asintió. Tener grandes sueños siempre era bueno en la vida. Se dirigieron hacia una puerta trasera, y Alma la abrió. Con rapidez desconectó la alarma. Entraron. Cerró la puerta y fue encendiendo las luces.

—Bienvenido a Diva y Radiante —anunció con una sonrisa.

Curioso, Saem miró a su alrededor. Había maniquíes con vestidos a medio hacer, varias máquinas, mesas, planchas y muchísimas telas. En silencio, recorrieron aquella estancia.

—Qué cantidad de máquinas —señaló él.

—Esa son máquinas de coser recta industrial. La de la derecha es overlock —le fue describiendo.

—¡¿Overlock?!

—Remalladora —explicó—. En ella las telas no se deshilachan.

—Saem hizo un gesto de asentimiento, y ella prosiguió—: Luego está la de ojales para corsés con ojales y detalles estructurados.

También la máquina zig-zag para elásticos y acabados delicados.

La máquina de bordado. La de puntada invisible.

Y esas son las mesas de corte. Y aquella la prensa para el termo fijado y las planchas profesionales.

Y si ampliamos la tienda como queremos, tenemos pensado comprar más máquinas como una collaretera, y otra de corte láser.

Saem, sorprendido y con el corazón acelerado por estar con ella, asintió. Nunca imaginó que para hacer un vestido de novia se necesitaran tantas máquinas.

—Ahí —señaló una enorme pared— tenemos las telas para crear los vestidos: seda, satén, mikado, encajes, brocados, tul, gasa, organza, chantillí, guipur y, por supuesto, distintos tipos de forros.

—Increíble —afirmó Saem, mirando a su alrededor.

Del atelier salieron a la tienda. Alma encendió las luces, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho de lo acelerado que lo tenía, y Saem sonrió al verse sumergido en un mundo lleno de glamur en tonos neutros que le proporcionaba tranquilidad.

Con curiosidad se acercó a los vestidos que colgaban alrededor de la tienda.

—¿Sabes que en Corea es casi una tradición que el novio acompañe a la novia a elegir el vestido de novia y viceversa? —le dijo.

Alma asintió. Lo sabía.

—Para mi gusto, eso le quita emoción al día —reconoció—. Lo bonito es que ese día ambos se sorprendan al verse, ¿no crees?

Saem, divertido, se mostró de acuerdo.

—Tienes que estar preciosa con uno de estos —dijo, tocando la suave tela de uno de los vestidos.

—No lo sé. Nunca me he puesto un vestido de novia —admitió, un tanto azorada.

—¿No te vestiste de novia al casarte con el padre de Natalia?

—No.

Saem, sorprendido, la miró. Pensaba preguntarle el motivo de aquello, pero al ver que ella se daba la vuelta, entendió que no quería hablar de ello y calló.

Fueron hacia la izquierda de la tienda.