Capítulo 41
En La Moraleja, en casa de Elías, Saem se sorprendió al no ver a Alma por ningún lado. ¿Dónde estaba?
Durante varios minutos esperó por si había ido al baño, pero al comprobar que no era así, cuando logró quitarse a la pesada de Elvira de encima, se acercó hasta Natalia, que se servía una copa.
—¿En serio quieres casarte con un manipulador? —le preguntó en bajito.
Natalia lo miró. Sabía por qué le decía aquello. Y cuando fue a responder, Elías se acercó a ellos.
—Qué bonita noche, ¿verdad? —dijo.
Ni Natalia ni Saem contestaron. A su manera, cada uno estaba molesto.
—Por lo que veo, tu padre lo pasa bien —repuso Saem, señalando a Carlos.
—Sin duda —afirmó Natalia.
Saem, con cierto disimulo, miró a los lados.
—¿Tu madre también lo pasa bien? —preguntó como el que no quiere la cosa.
—Se acaba de marchar. Había quedado con Ricardo.
Oír eso le inquietó y le escoció. ¿Ricardo otra vez? ¿Ese no era quien la llamaba Caramelito?
—Una mujer tan interesante como Alma es normal que tenga citas —intervino su padre.
—Y no precisamente con Gonzalo y José Luis —apostilló Natalia.
—¿Su cita venía a buscarla aquí? —quiso saber Saem.
—No. Iba a pedir un taxi.
A los pocos segundos, Saem se marchó con el mismo sigilo que había llegado, y al entrar en la cocina para recoger las llaves de su coche, se encontró con Haneul.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó ella.
—Nada, mamá.
—¿Y esas prisas?
—Me voy.
—¡¿Ya?!
—Sí.
—Tengo curiosidad por saber por qué tienes tanta prisa. —Haneul se mostró inquieta por verlo tan acelerado.
Saem estaba a lo suyo, y no oyó la pregunta que le acababa de hacer.
—¿Has visto marcharse a la madre de Natalia? —indagó. Haneul asintió. Ahí quedaba satisfecha su curiosidad—. ¿Hace cuánto tiempo?
—Se fue hará cinco minutos.
Saem, al ver cómo lo miraba, intuyó lo que ella pensaba, y sin darle tiempo a más preguntas, le dio un beso en la mejilla.
—Mamá, mañana te llamo. Ahora, ¡vete a descansar! —le recomendó.
Haneul lo abrazó. Adoraba a ese muchacho.
—Curioso lo acelerado que tienes el corazón —le dijo al notar algo.
Saem la miró. La conocía lo suficiente como para entender sus palabras. Le dio un nuevo beso en la frente y se marchó.
Haneul, sorprendida por lo que acababa de descubrir, salió de la cocina con sigilo, lo siguió hasta la puerta y se asomó. Ver a Saem mirar a los lados de la calle con impaciencia y correr hacia su coche la hizo sonreír.
—Espero que le enseñaras a decir algo más que adiós en coreano —murmuró.
Sonriendo, la mujer fue a cerrar la puerta.
—Curiosa tu magia —susurró, mirando a la luna.