Capítulo 40 #2
—Ahora entiendo por qué me dijiste aquel día eso de «Mario te tenías que llamar».
—Ambos sonrieron. Mario quiso cogerle la mano para apretársela, pero no lo hizo, aunque dijo—: Estuve casado durante siete años.
Se llamaba Isabel. ¡Otra perla! Cuando nos conocimos, no llamó mi atención.
Era la hermana de un compañero del ejército y, bueno, el roce llevó al cariño y terminé enamorado de ella hasta las trancas.
Un año después de conocernos, le pedí matrimonio.
Nos casamos. Todo parecía ir bien, pero cuando yo estaba de maniobras, ella se divertía con el hermano del vecino de enfrente.
—Noooo...
Mario asintió.
—Y todo se descubrió cuando ella se quedó embarazada. No podía ser mío. Yo estuve fuera seis meses, y cuando regresé ella estaba de cuatro. Por lo tanto, blanco y en botella.
—Lo siento, Mario.
—Nos divorciamos. Durante un tiempo lloré por las esquinas porque esa mujer me había roto literalmente el corazón, y una vez que me repuse, solo he tenido amigas.
—Pues como yo. Solo amigos. Y la verdad, es lo mejor. Cero compromisos y cero obligaciones.
—Así es. Sales para cenar, si cuadra se echa un polvito y luego cada uno a su casita tan feliz.
—Tal cual.
Ambos rieron.
—Pero ¿sabes? A diferencia de ti, yo no odio a las mujeres —matizó él—. Y no las odio porque no todas sois iguales. Hay algunas a las que sí merece la pena conocer.
Nuria hizo un gesto de asentimiento.
—Quizá es mi manera de vivir y no sufrir —replicó con la misma sinceridad con la que él hablaba.
—Aunque te diga esto —continuó Mario—, quiero que sepas que te entiendo. Cuando ocurrió lo de Isabel, sentí que el corazón me dejó de latir, que los ojos los tenía todos los días como las cataratas del Niágara, y me cerré en banda durante mucho tiempo a siquiera acostarme con otra mujer.
—¿Por qué?
—Porque estuve muy enamorado de ella y descubrir que no me quiso, valoró y respetó fue complicado de gestionar para mí.
Me dejó hundido. Derrotado. En aquel entonces yo tenía treinta y dos años y, uf.
.., lo que lloré. Por suerte, el tiempo hizo su trabajo, mis ojos se secaron, mi corazón volvió a latir y yo lo superé.
Con la mirada se entendieron. Ambos habían tenido a alguien que los había dañado en el pasado.
—La verdad es que el amor duele —reconoció Nuria—. Y más cuando acaba de forma tan complicada.
—Mi lectura en cuanto al amor y desamor es que, cuando te enamoras de verdad, las personas solemos entregar nuestra vida y nuestro corazón abiertamente y sin reservas.
Y cuando el desamor llega con el dolor, y nos damos cuenta de que el afecto, las risas, la complicidad, las palabras, las miradas o los bonitos momentos vividos ya no significan nada, es terriblemente abrumador.
—¡Qué romántico!
—Lo soy. ¿Tú no?
—No. Ese gilipollas me hizo dejar de creer en el romanticismo.
—¡No me lo creo!
—Pues créetelo —afirmó Nuria—. Las brujas vamos a lo práctico. No a lo romántico. —Con intensidad se miraron y Nuria, abrumada por aquella mirada, dijo—: Mi lectura fría del amor y del desamor es otra.
—Cuéntamela.
—Leí en un libro de no sé qué doctor que dice que, cuando estamos enamorados, las personas liberamos altos niveles de dopamina y oxitocina.
Vamos, que nos convertimos en unos yonquis de esas hormonas.
Cuando el desamor llega, esas hormonas desaparecen para liberar otra llamada cortisol.
Y el cortisol provoca en nuestros cuerpos malestar, ansiedad o ganas de llorar, entre otras cosas.
Vamos, una mierda. Por lo que hace mucho decidí que ni cortisol, ni dopamina ni oxitocina.
Mi cuerpo está liberado totalmente de hormonas.
—Me acabas de sorprender con tu fría lectura del amor —asintió Mario, estupefacto por aquella explicación técnica.
Nuria soltó una carcajada.
—Para que veas que, además de cabezota, complicadita, gruñona y mentirosilla, también soy una mujer fría en el amor.
—Lo tienes todo. ¡No te privas de nada!
—Lo sé.
Mario sonrió. Si algo tenía claro era que Nuria era mucho más de lo que ella misma creía ser. Vio entonces a un chico entrar en el restaurante vendiendo flores y con la mirada le hizo un gesto. El muchacho se acercó a ellos.
Cuando Nuria vio al muchacho, apurada, rápidamente negó con la cabeza.
—Dame dos rosas —pidió Mario.
—¿Rojas, blancas?
—No... no hace falta, de verdad —murmuró Nuria, apabullada.
A Mario le hizo gracia su expresión. Por primera vez la veía desconcertada.
—Una roja y otra blanca —le dijo al muchacho.
El chico dejó dos preciosas rosas sobre la mesa. Mario le pagó lo que pedía y cuando se quedaron a solas, este cogió aquellas flores y echándose hacia delante las puso ante ella.
—Son para ti. Soy un romántico —reconoció.
Nuria, bloqueada y desconcertada por aquello que no esperaba, no sabía cómo proceder. Era la primera vez que un hombre le regalaba flores.
—Gracias... —se limitó a susurrar mientras las cogía.
Mario sonrió. Estaba feliz de haberla desconcertado.
—Qué conste que esto no es una insinuación —bromeó—. Simplemente estoy cenando con mi vecina, y aunque no me atraigas como mujer, me ha parecido un gesto caballeroso regalarte flores, y más del color de mi equipo de futbol favorito.
Al ver su gesto de guasa, Nuria supo que él se había percatado de su desconcierto.
Eso le jorobó y decidió contraatacar y desconcertarlo a él.
Por ello, tras morderse el labio inferior con sensualidad, se echó hacia delante sobre la mesa, y quedando a escasos milímetros de su rostro, le dio un suave beso en la nariz.
—Gracias, vecino. Aunque no seas «mi Tigre», como dice la canción de Shakira, ha sido un bonito detalle por tu parte —susurró con sensualidad.
Mario tembló. Incluso la mandíbula se le abrió, y ella con un gesto cariñoso se la cerró. Tener a Nuria tan cerca y haber sentido sus labios sobre su nariz lo calentó como la mejor película porno, pero disimuló. Ella sabía jugar muy bien.
Un par de horas después regresaron a casa. Iban en silencio mientras subían en el ascensor. Al salir, cada uno se dirigió a su puerta.
—Que descanses, bruja.
Oír que la llamaba por aquel apodo, en esta ocasión, no le molestó. Su voz. Su manera de decir «bruja» se le antojó morbosa y sensual, pero, sin querer entender aquello como una provocación, con las rosas en la mano, dijo:
—Tú también, vecino.
Cuando Nuria entró en su casa y cerró la puerta, al notar cómo respiraba y cómo el corazón le martilleaba, mirando las rosas, se preguntó si vivía al lado de un unicornio.
Mientras, Mario, en el piso de al lado, iba hacia la ducha desnudándose por el camino. Necesitaba enfriarse o iba a explotar.