Capítulo 40
Cuando esa noche Nuria detuvo su coche en la calle Alberto Aguilera, esquina con la calle Argüelles, tocó el claxon, mientras tarareaba la canción Puntería de Shakira.
Mario, que la esperaba allí, sonrió al verla.
Era la tercera vez que quedaba con aquella mujer sin que su sobrino ni nadie lo supieran y, la verdad, estaba siendo divertido.
Tras la tarde de la cafetería, y otro día que fueron al centro comercial a comprar unas cosas, aquella era la primera noche en la que se citaban para cenar.
Para él, era una cita. Eso sí. Sin traspasar la línea marcada.
Nada de insinuaciones y mucho menos nada de sexo.
Si ella había marcado aquellos límites y no se le insinuaba, ¿por qué lo iba a hacer él?
Eso a Nuria le sorprendía. Acostumbrada a quedar con hombres simplemente para tener sexo, aquella situación, en cierto modo, la sobrepasaba. ¿Qué hacía quedando con su vecino para cenar cuando entre ellos nunca iba a haber nada, a pesar de la tensión sexual que sentía?
Sabía que ella le gustaba a Mario. Solo había que leer su mirada.
Pero él se contenía mientras bromeaba, y eso a Nuria la calentaba más a cada segundo que pasaba.
Entre ellos había una atracción sexual increíble, pero también había una lucha interna para controlarse y no ser el primero en saltarse la raya.
Mario, con una pícara sonrisa en los labios, caminó hacia el coche al ver a Nuria. Como siempre, lo recibió con su bonita sonrisa, y tras montarse en el vehículo, sin rozarla, ni darle un simple beso en la mejilla, se puso el cinturón de seguridad.
—Buenas noches, señorita —la saludó.
—Buenas noches, caballero.
Nuria, a quien la tensión le había subido a mil al notar la presencia de Mario en el coche, accionó el intermitente y se volvió a incorporar al delirante tráfico de Madrid.
—He reservado para cenar en un sitio muy bonito —anunció él.
—¡Genial! ¿Dónde está?
—En la Casa de Campo. Al lado del lago. ¿Sabes ir?
Nuria asintió mientras seguía tarareando la canción. En la Casa de Campo, el mayor pulmón verde de Madrid, había un conglomerado de bonitos restaurantes donde había estado con sus amigas o amigos. Algunos los conocía. Otros no. Pero le encantaba descubrir sitios nuevos.
—¿Es Shakira quien canta?
—Sí.
—¿Acaba de decir tú eres mi tigre?
—Sí. ¡Me encanta!
—Lo sé. Ya la escucho a través de la pared.
Nuria ignoró el comentario.
—¡Mis amigas y yo la seguimos desde siempre! —afirmó—. Y ya tenemos entradas para ir a uno de sus conciertos el 25 de septiembre.
—¡Qué buena noticia!
—La mejor —afirmó encantada.
En DeLokos Mario había oído aquella canción, pero era la primera vez que le prestaba atención a la letra.
—¿Acaba de decir «muérdeme duro, de este culo nunca te olvides»? —preguntó.
—Sí.
—Pero ¿cómo se llama esta canción?
— Puntería —afirmó, sin dejar de canturrearla.
—Ahí va la hostia, tú. Acabas de decir «Pero en tu cama o en la mía, todo eso a mí se me olvida». ¿Es una insinuación?
—No —rio—. Es lo que dice la canción.
—Yo soy más de Barry White.
—Lo sé. Lo escucho como sé que escuchas a Shakira. Y si no te he dicho nada es porque Barry White me gusta. Por lo tanto, ni se te ocurra quejarte de mi diosa Shakira, o será peor para ti.
Ambos sonrieron.
Mientras ella conducía él iba atento a la letra de la canción y cuando esta terminó, Nuria, que había observado sus manos fuertes y trabajadas, preguntó:
—¿Siempre has trabajado en la hostelería?
—No. —Que ella le preguntara por algo personal era nuevo. Hasta el momento, las veces que se habían visto simplemente se vacilaban o hablaban de la actualidad de sus trabajos. Pero que le hiciera aquella pregunta a Mario le gustó y respondió—: Durante treinta años fui militar en activo.
—¿¡Quéééé?!
—Lo que oyes.
—¿Militar?
Mario asintió.
—Teniente coronel Basagoitia del Ejército del Aire, para servirle, señorita.
—Y saludó con la mano. Sorprendida, Nuria reía cuando él añadió—: Me retiré cuando apareció mi enfermedad y ahora cobro una pensión del ejército con la que sé que podría vivir muy bien.
Pero como me aburría de no hacer nada, decidí invertir mi tiempo y dinero en algo con mi sobrino Saem. Por eso abrimos el DeLokos.
—Vaya. Nunca imaginé que pudieras haber sido militar.
—¿Algo en contra de los militares?
—No. Para nada. Es más, si te soy sincera, los hombres uniformados siempre me han parecido muy sexis. —Aquello hizo reír a Mario a carcajadas, y ella apostilló—: Aunque, bueno, tú no me lo parecerías. Tú eres un caso aparte.
—¿Quizá porque no tengo un pelo de tonto? —señaló él, tocándose la cabeza.
Sonriendo, Nuria lo miró. El humor de aquel hombre era una de las cosas que le atraían.
—Exacto. Los calvos nunca me han atraído —mintió.
Mario movió la cabeza.
—Todavía tengo los uniformes en casa. Cuando quieras lo compruebas.
—¿Eso es una insinuación? —preguntó ella, mirándolo con picardía.
Consciente de lo que había dicho, y dispuesto a que fuera ella la que diera el primer paso en el caso de que tuviera que ocurrir algo entre ellos, negó con la cabeza.
—No, bruja. Y menos siendo calvo.
—Uisss... animalillo.
Sonriendo, ambos se miraron. La primera vez que se vieron en el local había resultado desastroso, pero desde que coincidieron en la sala del médico y se fueron a tomar un interminable refresco, todo había cambiado entre ellos. Ahora se comunicaban y sorprendentemente se entendían.
Al llegar al lago, aparcaron el vehículo y fueron andando hasta el restaurante. Mario miró una de las manos de Nuria. Quería cogérsela, apretarla. Pero se contuvo. Aquella mujer era demasiado cabezota y no perdería ante ella.
Cenar juntos para ellos era algo nuevo. Hablaron de la relación entre Natalia y Elías.
Rieron al recordar lo ocurrido en el centro médico.
Comentaron el desencuentro entre Saem y Alma y que, para no molestarles, era mejor ocultar aquel encuentro.
Ambos eran ingeniosos, y lo que no se le ocurría a uno, se le ocurría al otro.
—Por cierto —dijo Mario de pronto—. El otro día reparé en que, además de cabezota, complicadita y gruñona, eres mentirosilla.
—Por favorrr, ¡no me salvo de nada! —rio Nuria divertida—. A ver, ¿en qué soy mentirosilla?
Mario asintió. Se moría por besar a aquella mujer tan tentadora, pero se contuvo y le dio un sorbo a la copa de vino que tenía en la mano.
—Me he dado cuenta de que, aunque tienes jardineras en la terraza —se explicó—, están vacías. Por lo tanto, no estabas regando las plantas el día, que, sin querer, me empapaste de agua.
A Nuria le dio la risa.
—Vale. Lo admito —confesó—. Lo hice adrede. Vi a un caballornio que me sacaba de mis casillas y no pude reprimirme, así que dejé que saliera la cabrona que hay en mi interior.
—¡Serás bruja!
—Lo sé. Soy lo peor. Pero cuando algo me molesta de un caballornio, ¡no tengo filtros!
—¿Qué es un caballornio?
—Lo contrario a un unicornio. —Mario la miró. No la entendía. Ella explicó—: Los unicornios, para mis amigas y para mí, son criaturas difíciles de encontrar. Llamamos así a un hombre único, increíble, caballeroso e irrepetible. Mientras que los caballornios son todo lo contrario.
—¿Y yo soy un caballornio?
—Cuando decidí mojarte con el agua, sí.
Ambos rieron.
—¿Qué caballornio te hizo tanto daño como para que actúes así? —quiso saber Mario, deseoso de saber más de ella.
—Un gilipollas. La Perla, como yo lo llamo.
—Desde luego, gilipollas tuvo que ser para dejar escapar a una mujer tan interesante como tú.
—Nuria no pudo reprimir una sonrisa. Lo sabía.
¡Le gustaba! Él prosiguió, consciente de lo que había dicho—: Decir que eres interesante no es una insinuación.
Y si aclaro esto es porque el tío que está sentado en ese banco de la izquierda leyendo también me parece alguien interesante, y no me van los hombres.
Simplemente su aspecto me lo parece. —Tras un instante de silencio, Mario insistió—: Háblame de esa perla.
Nuria resopló. No era su tema preferido, pero, sin saber por qué, se encogió de hombros, y, tras meterse una gamba al ajillo en la boca, masticarla y tragarla empezó a hablar.
—Comencé a salir con él cuando tenía veinticinco años y lo dejamos a los treinta y cinco.
Durante esos años estuve tan enamorada de él que me anuló totalmente y me engañó como quiso.
Y cuando hablo de engaño no me refiero a engaño con otras mujeres, que también.
Me engatusó para que yo pidiera un préstamo al banco de cien mil euros para comprarnos una casa, y en cuanto me lo concedieron, sacó el dinero de la cuenta común que teníamos y se marchó. Se largó con el dinero.
—No me jodas...
—De pronto me encontré sin novio, llorando las veinticuatro horas del día y con una deuda con el banco que yo solita tenía que pagar.
En esa época ya había iniciado con Alma nuestro negocio de vestidos de novia, y por suerte para mí, Alma no soltó mi mano.
Me ayudó en todo lo que pudo y, gracias a ella, pude hacer frente al préstamo.
Hoy por hoy, ya está pagado y olvidado. Pero de lo que no me olvido es de lo tonta que me volví por el simple hecho de enamorarme de un hombre.
—Lo siento.
—Y yo. Y para finalizar esa patética historia, te diré que la Perla murió hace dos años consumido por la drogadicción. Algo que sentí por su pobre madre, que era encantadora, pero por él no sentí nada de nada.
—Normal.
—Cuando me ocurrió eso, me prometí una cosa, y es que nunca volvería a dejarme engañar, mangonear, ni eclipsar por ningún caballornio. Y la verdad, desde que me lo prometí no me ha ido mal.
—Te entiendo.
—Y, por cierto, ese caballornio se llamaba ¡Mario!
Oír aquel nombre, que era el suyo, le hizo sonreír.
—Disculpa, no quería reírme —dijo al ver su gesto.
—Estás disculpado.