Ríete de las bodas Capítulo 39
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Capítulo 39

El grupo alrededor de la mesa del comedor observaba a Elías.

—Amigos —dijo él, levantándose—. Si he organizado esta cena ha sido para presentaros a mi preciosa novia Natalia y a sus maravillosos padres Carlos y Alma, y a Jessica, la novia de Carlos.

Por cierto, mi hermano Mario también estaba invitado, pero tenía un compromiso ineludible.

Quiero que sepáis que estoy feliz y en esto tienes tú mucho que ver, Natalia.

—Y animándola a levantarse, prosiguió—: Desde el día en que te conocí, todo ha sido interesante y bonito.

—Natalia sonrió, y el resto de los comensales también.

Elías continuó—: Dicho esto y tras pedirle permiso a tu padre, quiero preguntarte algo.

—Y arrodillándose ante ella, sacó un anillo—. Natalia, ¿quieres casarte conmigo?

Todo el mundo aplaudió, a excepción de Alma, que se quedó petrificada, y de Saem, que estaba boquiabierto.

¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¿Al final su amiga Romina iba a tener razón?

No. ¡Ni de coña! Su hija no debía casarse tan rápidamente. Una boda era algo serio. Mucho.

Sentada en su silla, Alma vio cómo su exmarido, feliz, y todos aplaudían, mientras Natalia, desconcertada, se llevaba las manos a la boca.

Bloqueada por aquello que no esperaba, Alma apenas podía respirar. ¿Boda? ¿En serio había oído bien? La mirada de su hija se clavó en ella. Sabía que a su manera le pedía ayuda y tras ver que miraba a Saem con cara de circunstancias, fabricó una sonrisa y respondió:

—Sí, quiero.

De nuevo todo el mundo prorrumpió en aplausos y vítores, y Alma miró a Saem. En su mirada, vio el mismo desconcierto que sentía ella. De pronto, Gonzalo, que estaba a su lado, la abrazó.

—Enhorabuena, futura suegra —la felicitó.

¿Futura suegra?

Alma, sin perder su sonrisa, asintió y cuando él la soltó, Carlos, su exmarido, fue hasta ella y la abrazó, tremendamente emocionado.

—Alma, ¡que se nos casa la niña con un excelente partido! —murmuró.

Oír eso la molestó.

Si el padre de Natalia pensaba eso, ¿qué no iban a pensar los otros?

—No creo que nuestra hija esté para casarse.

—No digas tonterías —gruñó Carlos—. Y sé práctica.

—¡Pero tú eres idiota! —se enfadó, dándose aire. De pronto, le habían entrado los jodidos calores de siempre.

Completamente desconcertada, Alma parpadeó. Necesitaba digerir lo que estaba ocurriendo. Natalia fue hasta ellos.

—¡Me caso! —exclamó, enseñándoles el anillo.

Acto seguido Carlos la abrazó. Alma y su hija se miraron, cuando Carlos la soltó, miró su mano.

—Madre mía, hija, ¡qué pedrolo te ha regalado! —soltó.

—¡Un diamante de Tiffany! Y por el tamaño parece de tres quilates —afirmó Jessica, sonriendo.

Alma seguía sin poder hablar. Le importaba un pimiento que fuera de Tiffany o de Pepito Grillo, mientras veía a Elías abrazar a Elvira. Pero ¿qué locura era aquella?

Jessica y Carlos rápidamente fueron a abrazar a Elías.

—La primera sorprendida he sido yo —aseguró Natalia—. Elías y yo lo habíamos hablado, pero...

—¿Que ya lo habíais hablado? —consiguió susurrar Alma, dándose aire.

Natalia asintió.

—Sí. Y le dije que no estoy en ese punto de la película —explicó, viendo el desconcierto de su madre—, pero está visto que no me escuchó. —Alma resopló y Natalia le susurró—: No hay fecha. Por lo tanto, por favor, tranquilízate, que te estás poniendo azul.

Saber que aún no había fecha la sosegó un poco. Elías se acercó hasta ella con la felicidad instalada en su rostro.

—¡Suegra! —exclamó—. Esto ha sido algo que no estaba planeado, pero al teneros a Carlos y a ti aquí, me inspiré y le pedí permiso al padre de la novia para pedirle matrimonio.

Como pudo, Alma sonrió. ¿Por qué al padre y no a la madre, cuando había sido ella quien la había criado? Eso no le gustó nada. Pero viendo cómo Elías y su hija la miraban, no pudo decir lo que pensaba, evidentemente.

—¡Enhorabuena! Me alegro mucho —mintió.

Con la mirada, Natalia se lo agradeció. Conocía a su madre. Sabía que aquella noticia la había dejado totalmente congelada. El camarero trajo entonces unas copas de champán y todos brindaron por la pareja.

Saem, observador y callado, también brindó. Una vez más, su padre lo sorprendía con algo que no le había comentado. Al poco rato, dejó sobre la mesa su copa.

—Es tarde. —Miró a su padre—. Voy a ayudar a Yeon-Seok a recoger.

—Saem, espera.

Al oír la voz de su padre se volvió con gesto incómodo.

—Esto no tiene sentido, ¿qué estás haciendo? —siseó, antes de que él abriera la boca.

—Lo que quiero. Es mi vida y tú no tienes que darme permiso —replicó Elías, sabiendo que nadie podía.

Saem resopló y cuando iba a contestar, Elvira se acercó a ellos.

—Qué lujo. Los dos Basagoitia para mí —bromeó—. Uno a cada lado.

Elías sonrió. Saem no. Y cuando iba a desaparecer por la puerta, Elías preguntó:

—Vendrás luego a tomar otra copita, ¿verdad?

—Sí, por favor... ven —murmuró Elvira con gesto entregado.

Saem, tan descolocado como Alma por aquella noticia, asintió y desapareció camino de la cocina. Allí se encontró con Haneul.

—Si la estupidez fuera deporte, tu padre y esa perra serían olímpicos —dijo ella en coreano.

Saem no quería entrar en polémica y comenzó a recoger para que Yeon-Seok se marchara con la furgoneta para su casa.

Por su parte, Alma, acalorada y sobrepasada por los acontecimientos, cuando acabaron de tomar el postre, pasó con el resto de los invitados a un salón colindante.

Tenían que celebrar. Gonzalo y José Luis, los pesaditos, seguía atosigando a Alma.

Estaban empeñados en quedar con ella para ir a la ópera y después a cenar, pero Alma se resistía. Ni loca quedaría con ellos.

Intentando mantener el tipo, Alma conversaba por compromiso, cuando en el salón apareció Saem.

Ya no iba con su chaquetilla blanca de chef.

Ahora vestía informal. Un pantalón vaquero con una camisa caqui que le sentaba muy bien.

Consciente de cómo otras mujeres, en especial la tal Elvira, lo miraban, perseguían y sonreían, Alma con disimulo lo observó.

Saem, sin ser un hombre terriblemente guapo, desprendía un magnetismo y una sensualidad que hacía que no pudieras apartar los ojos de él.

Su manera de moverse. De mirar. De sonreír. Todo aquello era un combo tremendamente explosivo que inquietó a Alma y entonces supo que se tenía que ir de allí. No podía seguir mirando así. ¿Pero qué le ocurría?

Saem, ajeno a lo que ella pensaba, se acercó al grupo y, como siempre, Elvira se le pegó. Y de inmediato comenzó a tontear con él. Le hacía ojitos, se acercaba a él más de la cuenta e intentaba acapararlo en todo momento.

—Menuda lagarta es la amiga —murmuró Natalia a su lado.

Sin necesidad de preguntar, Alma supo a quién se refería su hija.

—Lo más gracioso es que lo hace delante de su marido —se sorprendió Alma.

Natalia asintió. Sabía cosas relativas a la vida privada de muchos de los que allí estaban que debía de callar. Y de Elías el primero.

—Por suerte, veo que Saem sabe defenderse —cuchicheó, sin evitar una sonrisa.

Madre e hija se miraron con complicidad, y Natalia, tras mirar a su padre, que tenía agarrada a Jessica por la cintura mientras hablaban, se llevó a su madre al lado de la ventana.

—Mamá... —empezó.

—¿Cómo no me habías dicho que esto podía ocurrir?

—Natalia movió la cabeza. Sabía a qué se refería su madre, que insistió—: Corazón, solo os conocéis desde hace tres meses.

Pero... pero estáis locos, ¿cómo os vais a casar?

—Natalia resopló. A ella la propuesta también le había pillado por sorpresa—.

Y ya no digo nada de que solicitara el permiso de tu padre para pedirte matrimonio y no el mío.

Eso me hace ver de qué pelaje es tu querido Elías.

Natalia le dio la razón. Entendía a su madre.

—Eso me ha molestado a mí también —admitió—, y te aseguro que se lo voy a decir.

Si alguien me ha criado al cien por cien, esa has sido tú, no papá.

—Alma suspiró, y su hija añadió—: Quiero a Elías, pero no me voy a casar ni mañana, ni el mes que viene, ni dentro de seis meses.

Entiendo su impulsividad, como entiendo su felicidad.

Pero él sabe que yo aún no estoy preparada.

He aceptado, sí. Pero es que me daba palo decirle que no delante de sus amigos.

Por lo tanto, porfi porfi porfi, relájate y no te preocupes.

Alma miró a su hija. ¿Cómo no preocuparse?

—Verás cuando se enteren tus tías —musitó.

—Las lobas ¡con una caja de manolitos no vais a tener suficiente!

Madre e hija se rieron y se dieron un abrazo.

—Eres lo más importante de mi vida —dijo Alma, consciente de que Saem las observaba—, y solo quiero tu felicidad. Por lo tanto, por favor, utiliza esa preciosa cabecita, que sé que la tienes muy bien amueblada.

—Tranquila, mamá.

Aún estaban abrazadas cuando Alma vio que Gonzalo y José Luis se dirigían hacia ellas.

—Creo que voy a cometer dos asesinatos —bromeó.

—No me digas los nombres, que los sé.

Ambas rieron y se alejaron de la ventana para esquivarlos.

—Me voy a marchar —anunció Alma, incapaz de no mirar hacia donde estaba Saem.

—¡Tan pronto!

Sin parar de caminar por el salón para que los dos indeseables no se les unieran, Alma cuchicheó:

—Con pesaditos como esos, ¿cómo no querer irme?

Natalia la entendió. Ella en su lugar haría lo mismo.

—Hemos venido juntas en mi coche, por lo que tienes dos opciones, o te llevas mi coche o te pides un taxi cuando salgas a la urbanización —le dijo.

—Opto por la segunda opción. Pediré un taxi; mientras viene, me fumaré un cigarrito y disfrutaré del aire fresco, que me vendrá bien.

—¿Qué te parece Jessica? —preguntó Natalia, viendo a su padre besar a su novia.

Alma los miró. Aquello que hacía su exmarido con la joven nunca lo había hecho con ella.

—Como diría tu abuela Emilia, ¡que Dios la pille confesada! —respondió sonriendo.

—Le diré a Elías y a quien pregunte que te has marchado porque tenías una cita con Ricardo que no podías eludir —propuso Natalia.

Alma sonrió, y tras darle un beso a su hija, y con disimulo echarle una última miradita a Saem, se escabulló del salón. Mientras caminaba hacia la puerta, se cruzó con la pequeña señora asiática.

—Me marcho, Haneul —se despidió de ella, mientras cogía su bolso de la mesita donde lo había dejado.

—¿Tan pronto?

—Sí. Pero he de decir que ha sido un placer conocerte.

—Lo mismo digo, Alma. —Con una sonrisa se miraron y entonces Haneul, bajando la voz, cuchicheó—: Es una locura lo que don Elías le ha propuesto a tu hija.

—Pienso lo mismo que tú.

—Si tu hija es lista, no se casará con él. No le conviene —dijo Haneul de pronto.

Aquel comentario inquietó a Alma. Que aquella mujer que conocía bien a Elías dijera aquello, le hizo pensar en preguntar más, pero sabía que no debía. Por ello, con cariño y sin pedir permiso, Alma la abrazó.

— Annyeong —recordó Alma aquella palabra.

—¿Sabes hablar coreano? —se sorprendió Haneul, al oír adiós en su idioma.

Alma negó con la cabeza.

—No. Pero alguien me enseñó a decirlo —respondió con cierto cariño.

Ambas sonrieron.

—Espero que la luna llena te conceda tu deseo —susurró la mujer.

Alma asintió. Ya se lo había concedido, y con una sonrisa salió de la casa. Necesitaba aire.