Ríete de las bodas Capítulo 38
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Capítulo 38

La puerta sonó en varias ocasiones. Carlos llegó con su acompañante y, asombrado por el casoplón, miró todo a su alrededor. Sin duda, su hija había sabido elegir muy bien.

Minutos después, aparecieron Natalia y Alma, que fueron recibidas con amabilidad, y ambas se quedaron de piedra al ver a la acompañante de Carlos.

Era una chica más joven que Natalia llamada Jessica.

Alta. Rubia. Despampanante. Y por las ropas y joyas que llevaba no le iba nada mal en la vida.

Y cómo Carlos sonreía y no le soltaba la mano les hizo ver que estaba tontito por ella.

Después de las presentaciones, en un momento dado, madre e hija se quedaron solas.

—Ahora entiendo que papá se lo tomara tan bien —señaló Nuria.

—Y yo —afirmó Alma.

Ambas miraron. A buen entendedor pocas palabras bastaban, y se integraron en la fiesta.

Natalia, feliz y agarrada de la mano de Elías, disfrutaba de aquel encuentro, mientras Alma, sin perder su sonrisa, observaba con atención todo y a todos.

Los amigos de Elías parecían amables. Encantadores. Pero no se le escaparon ciertas miraditas que Sol y Manuel se cruzaron tras un beso que Elías y su hija se dieron.

—Qué maravillosa casa tiene Elías en La Moraleja, ¿verdad? —oyó a su espalda.

Al darse la vuelta, se encontró con Carlos y Jessica. Iban agarrados de la mano, algo que Carlos nunca hizo con ella.

—Sí, muy bonita —respondió.

—Nuestra niña es muy lista —susurró Carlos, al que la riqueza siempre había deslumbrado—. Más de lo que yo imaginaba.

Aquel comentario no le gustó. Era la típica frase que podrían haber dicho sus padres.

—Si algo tengo claro es que Natalia en lo último que se ha fijado es en el dinero que Elías pueda tener —replicó, molesta—. Ella no es como tú.

—¿Acaso ser como yo es malo?

—Muy bueno no es.

Carlos y Alma se miraron con rivalidad. Estaba claro que cada uno tenía sus propias ideas.

—Alma, me encanta coincidir contigo en esta cena —intervino Jessica.

—Lo mismo digo, Jessica.

—Carlos tiene razón. Tanto Natalia como tú sois muy guapas.

Alma miró a su ex. Era la primera vez que oía un piropo hacia ella que saliera de la boca de Carlos.

—¿Sabrías dónde está el baño? Necesito retocarme los labios —preguntó entonces la joven, sacando un gloss labial del bolso.

Alma negó con la cabeza, pero rápidamente otra de las invitadas se lo indicó.

—¿Crees que soy guapa? —le preguntó a Carlos cuando Jessica se perdió de vista.

—Siempre lo fuiste —admitió con tranquilidad, dándole un sorbo a su vino.

Estupefacta, Alma lo miró.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste? —quiso saber con cierto tono de mofa.

—Porque no quería darte esperanzas.

Carlos y Alma se miraron. Su vida anterior, como ellos, había quedado en el pasado.

—Vaya... vaya... —se limitó a decir ella. Sabía que aquel no era momento para reproches.

—Ese vaya... vaya... ¿va por Jessi o por qué?

—Por Jessica, mal pensado.

—Ah. Vale.

—¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—Ocho meses. —Alma recordó lo que Emilia, la madre de él, le dijo. Carlos añadió—: No conocimos en uno de mis viajes, y surgió la chispa. Ella es la hija de unos empresarios farmacéuticos. Es una de las mayores fortunas de Extremadura y vive en un palacete en Badajoz.

Alma asintió, entendiendo que decía aquello para darse importancia.

—Pues mira, le podías pedir los mil trescientos euros que me debes y pagarme, ¿no? —le soltó.

En ese instante regresó Jessica y Carlos disimuló. Por nada del mundo quería que la joven se enterara de eso.

Mientras disfrutaba de una excelente copa de vino, curiosa, Alma se acercó hasta la ventana que estaba abierta y miró la luna.

Estaba redonda y preciosa. Junto a la ventana había un mueble donde había varios marcos de fotos.

Con curiosidad, las miró y sonrió al ver a Saem en diferentes momentos de su vida. ¡Qué monoooooo!

—Es Saem. El hijo de don Elías —oyó detrás de ella.

Al girarse, se encontró con una mujer menuda, asiática, de mirada dulce y moñito canoso. ¿Sería algún familiar de Saem? Llevaba una bandeja en las manos.

—Señora, coja una copa de este vino —le ofreció, con un dulce acento—. Según don Elías, es muy bueno.

Sin dudarlo, Alma cogió una copa.

—Gracias —le sonrió.

La mujer fue a darse la vuelta para alejarse, cuando de pronto Alma se percató de que daba un paso en falso. Sin dudarlo, la sujetó. Rápidamente le quitó de las manos la bandeja.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó, con gesto preocupado.

—Sí, señora —respondió con celeridad Haneul, consciente de que había sufrido un pequeño mareo—. No se preocupe.

Hizo un ademán para recuperar la bandeja, pero Alma no se lo permitió.

—Hasta que no vea que no está usted bien no pienso devolverle la bandeja.

—Señora...

—Prefiero que me llame Alma. Eso de «señora» me hace sentir mayor.

—Pero si está en la flor de la vida.

Alma sonrió, tomó una jarra y un vaso y lo llenó.

—Soy una cincuentañera feliz. Y ahora tome un poco de agua.

Haneul obedientemente bebió del vaso que ella le ofrecía. Aquella mujer tenía una voz suave, una mirada cariñosa y una sonrisa encantadora. Sabía que era la madre de Natalia, la joven que se iba a casar con Elías, y al ver a aquel, junto al padre de la joven, riendo a carcajadas, musitó señalando:

—La langosta está al lado del cangrejo.

Alma miró hacia donde aquella señalaba. Su exmarido, su novia, Elías y su hija se reían. No entendió las palabras de la mujer, y sin saber por qué miró hacia la ventana abierta.

—Hoy hay una preciosa luna llena —dijo.

—La luna llena es mágica, ¿lo sabía? —murmuró Haneul. Y le preguntó—: ¿Le ha pedido un deseo?

—¿A la luna?

La mujer asintió.

—La luna llena concede deseos —afirmó—. Vamos. Mírela, y pida el suyo.

Alma miró aquella preciosa luna llena. Estaba esplendorosa. Mágica. Y mentalmente pensó: «Deseo escapar cuanto antes de esta cena».

—Lleva el éxito marcado en el rostro —sentenció Haneul, posando el vaso de agua en una mesita. Alma parpadeó. ¿De qué hablaba? La mujer aclaró—: En Corea, tener un lunar cerca de los labios simboliza éxito en el amor, trabajo e hijos.

Alma sonrió. Recordaba que Saem, el día que se conocieron, se refirió también a su lunar.

—En el trabajo y en tema hija, lo reconozco, ¡soy exitosa! —respondió—. Pero en el amor... soy un completo desastre.

—Eso es porque aún no ha llegado la persona que le desboque el corazón.

Ambas sonrieron.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó Alma.

—Por favor, señora, no me llame de usted. Tutéeme.

—Ah no. Ni hablar. Solo le tutearé si usted me tutea a mí.

—Me llamo Haneul. —Encantada, Alma asintió, y ella explicó—: Es un nombre coreano que significa cielo celestial.

—Ohhhh. Qué precioso nombre.

—Gracias, señora —y al ver el gesto de ella rectificó—... Alma.

Todavía se estaban riendo cuando se acercó a ellos una mujer morena. Era Elvira.

—Haneul, qué maravilloso cutis tenéis los asiáticos —dijo—. ¿Qué edad tenías? No lo recuerdo...

—¿Y a ti qué te importa?

Tan pronto como Alma soltó eso, al ver el gesto de sorpresa de Haneul, sin saber por qué sonrió.

A Elvira le molestó aquella contestación. A su manera, Alma le acababa de dar un zasca delante de la sirvienta.

—¿Sabes que Haneul es una excelente cocinera? —soltó, incapaz de reconducir la situación.

—Oh... qué bien —afirmó Alma, mientras con la mirada se entendía con Haneul y ambas sonreían

—¿La cena de esta noche estará tan bien preparada como siempre?

Haneul, al escuchar aquella pregunta de aquella estirada, asintió. Durante años, siempre que Elías organizaba cenas con amigos, ella se ocupó de cocinar, pero no quería mencionar que de la cena de aquella noche se había encargado Saem.

—Le hemos puesto empeño y será muchísimo mejor —afirmó.

Elvira, tras dar un trago a su bebida, miró hacia una de las fotos en las que aparecía Saem.

—Si estuviera soltera no se me escapaba —afirmó, con cierta picardía.

Oír aquello hizo que Haneul y Alma se volvieran a mirar con disimulo. Haneul hizo un gesto de desaprobación que hizo sonreír a Alma, y cuando la mujer se alejó con la bandeja en la mano, Alma preguntó, curiosa:

—¿Cuántos hijos tiene Elías?

—Solo tiene a Saem. —Y bajando la voz susurró—. Que es todo un bomboncito asiático la mar de apetecible, aunque, como buen coreano, es distante y esquivo.

Alma asintió. Lo que ella conocía de Saem no era así. Su hija Natalia se acercó hasta ellas, y la conversación se desvió al vestido que la joven llevaba.

Cuando llegó el momento de la cena, Alma se sentó entre Gonzalo y José Luis.

Ambos eran personas agradables, pero a medida que avanzaba la cena, se sintió incómoda al darse cuenta de que todos bromeaban con ella y con Gonzalo y José Luis por ser divorciados y no tener pareja.

Incluso los animaban para que quedaran a cenar a solas otro día.

Gonzalo y José Luis sonreían. Alma no. Aquellos hombres, ni física ni mentalmente le atraían y, como pudo, los toreó ante la mirada divertida de su hija Natalia, que sabía que en la vida quedaría a solas con unos hombres como aquellos.

Durante la cena, en varias ocasiones, para desconectar, pensó en Saem. ¿Qué pensaría si supiera que estaba cenando en la casa de su niñez? E imaginar que tiempo atrás correteaba por allí le hizo hasta gracia.

Alma disfrutaba de los platos ante la sonrisa de Haneul, que ayudaba al camarero a servir. Todo estaba buenísimo. ¡Exquisito! Y viendo aquellas maravillas que la pequeña mujer había preparado para cenar, supo que Saem había tenido una buena maestra cocinera, además de su madre.

Carlos parecía un quinceañero junto a su novia Jessica.

Tonteaba. Mimaba. Besaba. No podía apartar sus ojos ni sus manos de ella, y Alma sonrió.

¡Si lo vieran sus amigas fliparían! Desde su posición en la mesa, observó tanto a su exmarido como a su hija con sus parejas.

Ambos parecían felices y compenetrados, y eso a Alma le agradó.

Si ellos estaban bien, la vida para todos era más bonita.

Estaban disfrutando del postre cuando, de pronto, todos comenzaron a aplaudir. ¿Por qué aplaudían? Y al ver que todos miraban en una dirección, hizo lo mismo y casi se atragantó. Saem, del brazo de una sonriente Haneul, entraba en el salón con su chaquetilla de chef.

—Aquí está el maravilloso chef que nos ha preparado la cena. ¡Mi hijo Saem!

Natalia se llevó la mano a la boca. ¡Qué sorpresa! Estaba como loca por probar los famosísimos platos de Saem.

—Pero ¿no ha cocinado Haneul? —preguntó Elvira.

—No. Hoy ha sido Saem —afirmó ella.

—Qué maravilla —afirmó Elvira excitada.

Alma parpadeó descolocada. No solo llevaba toda la noche en la misma casa que Saem, sino que incluso había degustado su comida.

Elías, feliz y sintiéndose el gallo rey del corral, miró a su novia.

—Princesa. Quería que probaras su comida sin saber que era él quien cocinaba —dijo—. Era una sorpresa para ti, amor.

Encantada y feliz, la joven sonrió.

—Saem, ¡es una pasada lo bien que cocinas! —exclamó.

—Gracias, Natalia —sonrió él con gratitud.

Durante varios minutos, todos agasajaron al cocinero, que en ningún momento prestó atención a Alma.

—¿Qué te parece cómo cocina mi hijo? —le preguntó Elías, entonces.

Al notar todas las miradas sobre ella, en especial la de Saem, Alma sonrió.

—Increíble —respondió como pudo.

Haneul sonrió con agrado. Oír cosas bonitas relacionadas con Saem siempre le llenaba el alma.

Saem, que llevaba inquieto toda la noche porque ella estaba allí, esbozó una sonrisa distante. Se había fijado en que aquella noche Alma no llevaba lentillas. Lucía sus preciosos ojos verdes e, incorporándose, se dispuso a marcharse cuando su padre lo detuvo.

—Espera un segundo, hijo. Haneul, tú puedes regresar a la cocina.

Saem y Haneul se miraron. Ella desapareció por la puerta, él aguardó expectante.

¿Qué quería su padre?