Ríete de las bodas Capítulo 37
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Capítulo 37

El sábado, después de que Saem dejara el servicio de cena medio preparado en el restaurante, y diera las instrucciones pertinentes a Rosa, su jefa de cocina, como Yeon-Seok se había llevado la furgoneta de la empresa, él se dirigió con su coche hacia la casa de su padre en La Moraleja.

Tenían que dar un servicio de cena para quince personas.

Cocinar en la cocina de su padre era como hacerlo en la suya. Aquella era la casa donde había crecido y la conocía muy bien. Haneul, su segunda madre, que desde hacía tiempo vivía en la casa de invitados que había junto a la casa principal, estaba mirando por la ventana.

—¿Qué curioseas tan atenta? —le preguntó en coreano.

—La luna. Hoy está llena.

Saem sonrió. Haneul, como su madre y su abuela, decía que la luna llena concedía deseos bonitos.

—Pobre luna —dijo—. Esta noche mucha gente le pedirá sus deseos.

—¿Ya lo has hecho tú? —preguntó Haneul. Saem negó con la cabeza y la mujer le cogió de la mano para llevarlo ante la ventana—: Vamos. Mírala y pídelo. Que últimamente te noto algo alterado y no sé bien por qué.

Pedirlo era más rápido que discutir con ella, así que Saem lo hizo. Irremediablemente Alma, a quien no se quitaba de la cabeza, apareció.

—Deseo pedido —afirmó, mirando a Haneul.

—La luna con su magia te lo concederá.

—Espero que su magia sirva para que mis platos estén exquisitos hoy. ¿Por qué no te vas a tu habitación a descansar?

Haneul sonrió. Saem se preocupaba mucho por ella y más desde que a principio de año había sufrido un desvanecimiento que la mantuvo varios días en el hospital. Tras varias pruebas, le descubrieron una enfermedad crónica. Artritis. Algo con lo que podría vivir, pero tendría que cuidarse.

—Saem, estoy bien —respondió.

—Lo sé, mamá —afirmó él con cariño—. Sé que estás bien, pero...

—Me aburro sin hacer nada. Me encuentro perfectamente. Y hoy quiero ayudar en lo que pueda. Y no, no digas que no. O te mandaré al demonio. Ya me conoces.

Saem sonrió. Adoraba a aquella pequeña mujer coreana de apenas un metro sesenta, a la que desde siempre había llamado mamá, y acercándose a ella le dio un beso en el cabeza.

—Tú ganas —murmuró.

Haneul sonrió. El cariño de Saem siempre era limpio y puro. Aquel niño que ayudó a criar, su cachorro, y la madre de él la querían incondicionalmente.

—Dime en qué te puedo ayudar —preguntó, remangándose.

Saem sin dudarlo le dio instrucciones. Haneul era una excelente cocinera.

Haneul era prima de su madre, y su segunda madre desde que nació.

Trabajó en El Dragón de Seúl todo el tiempo que aquel estuvo abierto.

Y cuando su madre murió y se cerró el restaurante, lo único que le pidió Saem a su padre fue que Haneul viviera donde estuviera él.

Tenía que cuidarla. Elías lo obvió y finalmente fueron sus abuelos y su tío Mario quienes le concedieron ese deseo.

Haneul contempló cómo Saem emplataba lo que su compañero le entregaba.

—Ese tataki de atún marinado en salsa japonesa con mayonesa de wasabi me produce mucha curiosidad —le dijo en coreano.

—Pruébalo, mamá —la animó Saem—. De todo lo que se va a cenar aquí esta noche, siempre hago de más.

Animada por Saem y Yeon-Seok, Haneul lo probó.

—Está delicioso —afirmó emocionada, abriendo sus rasgados ojos—. Hye-Jin estará muy orgullosa de ti. —Saem sonrió y Haneul quiso saber—: Cuéntame. Dime que más has preparado para cenar.

Saem miró a su alrededor.

—Además de lo que acabas de probar —empezó a explicar—, esta noche cenarán croquetas de gamba al ajillo con chiles coreanos.

Berenjenas con hummus de sésamo. Huevitos rotos trufados con atún rojo, wakame y algas nori.

Y ternera con salsa oriental con patatas crujientes y arroz.

Y de postre he preparado mochis de té verde y coulant de chocolate con helado de vainilla.

—Increíble, hijo. Increíble —exclamó Haneul, apabullada al oír todo aquello.

Saem siguió concentrado en los platos sin perder el ritmo y perfectamente sincronizado con Yeon-Seok. Su padre entró en la cocina.

—¡Qué maravilla! —dijo.

—Maravilla será cuando te pasé la factura —afirmó Saem.

Elías miró a su alrededor con deleite. Aunque en un principio había deseado para su hijo una profesión mejor que la de cocinero, al final claudicó.

Saem tenía una personalidad tan fuerte y estaba tan decidido a ser chef, que tuvo que aceptarlo, por lo que le pagó los mejores estudios que pudo en todo lo que tuviera que ver con la cocina.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Elías, mirando a Haneul.

La mujer, sorprendida, asintió. Su salud nunca le había interesado a Elías.

—Al próximo que me pregunte si estoy bien —siseó—, juro que lo mato y hago kimchi con su cuerpo.

—Wooo —se mofó Saem, riendo con su padre y Yeon-Seok.

Elías y Saem se miraron. Dijeran lo que dijeran, estaba claro que Haneul haría lo que le diera la gana.

—¿Seguro que no quieres cenar con nosotros? —le preguntó Elías a Saem mientras miraba cómo preparaba los platos.

—Estoy trabajando.

—Pero, hijo, veo que la cena está preparada y...

—He dicho que no.

Elías no volvió a preguntar. Cuando Saem se ponía en modo frialdad coreana, poco se podía hacer.

—Cuando se sirva el postre, me haría ilusión que salieras al comedor. Quiero que Natalia te vea y sepa que has cocinado tú.

—Así lo haré. Para tus amigos ya he cocinado en otras ocasiones, pero ¿estás seguro de que Natalia no tiene ninguna intolerancia a ningún alimento?

—Ya te lo dije. Natalia come de todo.

Se oyó el timbre de la puerta. Y mientras Haneul iba a abrir, Elías encendió la cámara del portero automático.

—Son Felipe y Elvira —anunció—. Vienen con Gonzalo.

—Saem los conocía a todos desde hacía muchos años y sabía los jueguecitos que en la intimidad se traían; iba a decir algo cuando su padre, bajando la voz para que el ayudante de Saem no los escuchara, murmuró—: Espero que Elvira se contenga.

Porque, en cuanto te ve, se pone muy tontita.

Por cierto, ¿te he dicho que vienen los padres de Natalia a la cena?

Saem se quedó paralizado. ¿Alma y Carlos asistirían a esa cena? Y cuando fue a preguntar, la puerta volvió a sonar y Elías, observando la cámara, dijo:

—Catalina y Lucas.

—¿Cómo es que los padres de Natalia vienen a la cena?

—¿Por qué no? —replicó Elías, ajeno a lo que su hijo pensaba.

Saem suspiró y prosiguió con su trabajo. Era lo mejor.