Capítulo 36
Dos días después, en el centro hospitalario cercano a la casa de Nuria, ella esperaba pacientemente a que la avisaran para pasar a la consulta de su dermatóloga. Según la época del año, su piel se descamaba y tenía que tratarse.
Estaba mirando su teléfono móvil, cuando oyó unas voces y, al levantar la vista, vio cómo la recepcionista de la consulta intentaba tranquilizar a un señor.
Durante varios minutos, los observó. Al parecer, el hombre quería ver a su doctor, pero el médico no tenía podía hacerle un hueco.
Las voces del hombre subieron de tono. Ya no era solo que gritara, ahora incluso le faltaba el respeto a la pobre recepcionista, y Nuria, incapaz de callar, se levantó y se acercó a ellos.
—Disculpe, caballero —atrajo la atención del hombre. Él la miró, y Nuria dijo—: Quizá me estoy metiendo donde no me corresponde, pero la señorita le está diciendo que la consulta del doctor por el que pregunta está llena y...
—Efectivamente, se está metiendo donde no le incumbe —la cortó él.
Nuria asintió, y a pesar de que sabía que él tenía razón, insistió:
—Creo que usted debería entender que, si todos venimos sin hora, esto sería más caótico de lo que es y...
—Lo que tú digas me lo paso yo por el forro. He dicho que necesito ver a mi médico y lo voy a ver.
—Lo siento, señor —repitió la recepcionista temblorosa—. Pero es imposible. El doctor Gimeno tiene su agenda llena. Y para que lo vea a usted, ha de dejar de ver a otro paciente.
El hombre volvió a maldecir y con gesto intimidante se acercó más a la recepcionista.
—Mira, guapita. Creo que... —siseó.
—Señor. Disculpe. Yo no soy quien pone las normas. Y creo que...
—Lo que tú creas me importa tres narices, porque eres una incompetente. —Y la empujó.
Boquiabierta y molesta, Nuria, sin pensárselo, lo separó de la recepcionista, que lo miraba asustada.
—¡Pero buenooooo! ¿Quién narices te crees que eres para tratarla así? —le reprochó.
—¿Y tú quién eres para empujarme a mí?
Ahí se montó una buena marimorena. El hombre gritaba, y Nuria, junto a la recepcionista y otras personas que se les habían unido, le respondían. El ambiente se fue caldeando y uno de los que se habían unido a la discusión acabó en el suelo por un nuevo empujón de aquel individuo.
—Ahora mismo llamo a la policía —gritó Nuria.
—Por mí como si llamas al ejército —se mofó el atacante.
—Llamad a los de seguridad del hospital —exigió la mujer del hombre que estaba en el suelo.
La recepcionista fue a moverse cuando el atacante la aferró del brazo. Nuria rápidamente se lanzó a liberarla, y aquel sinvergüenza agarrándola la zarandeó.
—Guapita, ¡me estás tocando los...!
No pudo decir más. De pronto, alguien salió de entre la gente, liberó a Nuria y a la recepcionista en un santiamén e inmovilizó al atacante contra la pared.
—Guapito, se te acabó la tontería —dijo, con seguridad y control.
El atacante intentó zafarse, pero no pudo. Alguien más fuerte que él lo tenía sujeto con firmeza, y ofendido gritó. Pero de nada le sirvió.
Minutos después, llegaron los vigilantes del hospital, junto con la policía, que saludó al héroe del momento como si lo conocieran.
Por desgracia, incidentes como aquel se repetían cada día, y tras esposar al hombre se lo llevaron entre gritos.
Nuria tranquilizaba con cariño a la joven recepcionista.
Estaba asustada. Era su segundo día de trabajo y no estaba acostumbrada a numeritos así.
Minutos después, cuando la chica se recuperó, Nuria fue a agradecer la intervención al héroe del momento.
—No me jorobes —susurró al verlo.
Ante ella estaba el tonto del vecino. ¿Por qué se tenía que encontrar con aquel hombre ahora por todos los lados?
—Vaya —se mofó él—. No he visto tu escoba en la puerta aparcada.
Nuria tomó aire. O respiraba o allí se liaba otra vez.
—Estoy por volver a llamar a la policía —siseó.
Mario se había encontrado con todo el guirigay cuando había llegado a la consulta. Sin poder evitar una sonrisa trazó con el dedo una línea ante él.
—Cuidado. No sea que, en esta ocasión, te lleven a ti.
—Por favorrr —soltó Nuria, aunque sonrió.
—Anda mira... ya te teñiste las raíces del pelo —se mofó él.
Nuria cambió su gesto. Si quería guerra, la iba a tener. Pero consciente de su buena acción minutos antes, tomó aire.
—Ignoraré lo de mis raíces, pero te agradezco tu ayuda con ese tipo.
Mario, sorprendido, asintió, y Nuria se dio la vuelta y se sentó en el único sitio libre que había en la sala que estaba justo enfrente de él. Se quedaron mirándose en silencio.
—¿Te importaría dejar de mirarme? —gruñó ella, al cabo de unos segundos.
—¿Por qué sabes que te estoy mirando?
—Porque veo que no me quitas ojo.
—Quizá no te quito ojo porque tú no me lo quitas a mí. ¿Lo has pensado?
Nuria abrió la boca, pero la cerró. Él tenía razón. Mientras, una señora ya de cierta edad, que estaba sentada junto a Mario haciendo punto, los miraba, movía la cabeza y sonreía.
Los minutos pasaban lentamente en la sala del hospital y los pacientes iban entrando con cuentagotas en las consultas.
—¿Puedo saber por qué estás aquí? —preguntó Mario.
Nuria iba a responder con un comentario cortante. ¿Qué le importaba a él? Sin embargo, al mirarlo, se encontró con una mirada dulce y relajada.
—Dermatóloga —contestó finalmente.
—Oncólogo —indicó Mario. Nuria parpadeó al oír aquella palabra. ¡Oncólogo! Él, enseñándole una carpeta de papeles, se apresuró a añadir—: Llevo en remisión dos años.
—Cuánto me alegro, hermoso —musitó la mujer que hacía punto a su lado.
—Estoy a estrenar señora —sonrió él—. Pero eso sí, no falto a mis chequeos.
Nuria hizo un gesto afirmativo. Sus padres habían muerto de cáncer y Estíbaliz había superado uno.
—No sabes cuánto me alegra oírte decir que estás en remisión —murmuró.
—Mario Basagoitia. Consulta tres —se oyó por megafonía.
Mario se levantó rápidamente. Le guiñó un ojo y se encaminó hacia la consulta tres con sus papeles en la mano.
Nuria lo siguió con la mirada y sonrió cuando oyó a la señora del punto decir:
—No seas tan cortante con él. Parece un hombre muy agradable.
Nuria levantó las cejas y en ese momento dijeron su nombre por la megafonía.
—Nuria Urrutia. Consulta seis.
Cinco minutos después, Mario salió. Al no ver a Nuria sentada donde la dejó, se acercó a la señora que hacía punto.
—¿Ya se ha marchado ella? —le preguntó.
—Nuria Urrutia está en la consulta seis.
Mario asintió. ¡¿Urrutia?! ¿Era vasca?
—Muchísimas gracias, señora. Es usted un encanto de mujer —indicó con caballerosidad.
—Y tú eres un zalamero mu salao , ¡ jodío ! —se mofó ella.
Divertido, Mario se apoyó en una columna. No tenía prisa. Y cuando Nuria salió con un papel en la mano, se acercó a ella.
—Me encanta la cerveza —le dijo—, pero la bebo sin alcohol porque me cuido todo lo que puedo y más.
Y si mastico chicles es para no fumar. Y vale.
Me gusta el sabor maracuyá, algo que sé que no le gusta a todo el mundo.
—Boquiabierta por verlo a su lado y por enterarse de todo aquello que ella no había preguntado, se limitó a asentir.
Él añadió—: Me disculpo por haberte llamado bruja y haber dicho lo de tus raíces del pelo.
No venía a cuento y me salió sin pensar.
—Nuria se rio. ¿Por qué se reía? Mario prosiguió—: Hoy hace un calor de mil demonios.
Te invito a algo fresquito, que seguro que tu cuerpo lo va a agradecer.
—No.
—¿No a la invitación o no a que tu cuerpo lo va a agradecer?
Sorprendida, Nuria parpadeó. Estaba claro que era de los que olvidaban los enfados con facilidad.
—¿Por qué eres tan pesado? —preguntó.
—No lo sé. Será mi gen masculino.
Aquella contestación a Nuria le hizo gracia, pero sin hacerle ver lo que pensaba indicó:
—Sigue habiendo una raya infranqueable entre tú y yo.
—La cual es totalmente respetable.
A cada respuesta que recibía, más se sorprendía.
—No me caes bien —le soltó.
—Tú a mí tampoco.
—¿Y por qué me quieres invitar a algo fresquito?
—Porque tienes un apellido vasco, como yo, y porque no quiero que te deshidrates.
Aquello tan ocurrente finalmente hizo sonreír a Nuria.
—No busco ningún rollo —advirtió.
—Ni yo. Y menos con una vasca, como lo fue mi madre. Que las vascas tenéis muy mala hostia. Cosa, que, por cierto, ya he comprobado.
—Oye, ¿acaso tú no eres vasco?
—Sí. Pero los varones somos más tranquilos y dóciles.
Boquiabierta y sorprendida por las cosas que decía, Nuria soltó una carcajada.
—A ver, ¡vasco tranquilo y dócil! —le dijo, al ver cómo la miraba—. Que me empiece a plantear tomar algo contigo no significa que vayamos a tener sexo.
—Ahí va la hostia. ¿Yo he pedido eso? —Nuria negó con la cabeza, y él añadió—: Venga. Recojamos tu escoba y tomemos algo fresco.
—¿Dónde tienes el andador? —se mofó Nuria.
Se rieron.
—Por cierto, he de decirte que cuando se me conoce, soy altamente irresistible —afirmó él con un cierto aire de ingenuidad.
—Por favorrr.
—Por lo que, probablemente, seas tú la que se salte la raya y me pida tener sexo, aun siendo madurito, calvo y vasco.
—Lo dudo.
—Yo también... —Esta vez soltaron una carcajada—. Venga, mujer —pidió él—, fumemos la pipa de la paz. Prometo no hablar de mi sobrino y de tu amiga.
Nuria asintió. Mario se la había ganado con su desparpajo.
—De acuerdo —claudicó—. Pero tendrá que ser rapidito, que tengo prisa.
—Yo también.
Feliz por haber conseguido su propósito, Mario asintió y junto a ella salió del hospital. Tras caminar unas calles llegaron hasta una bonita cafetería, donde entraron a las doce de la mañana y salieron a las seis de la tarde. Sin duda, ambos tenían prisa.